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El soldado desconocido

Saturday, September 7th, 2013

I

La mañana soleada de fines de abril con el aire fresco de la primavera contribuía a que el anciano, con paso vacilante, disfrutara la caminata por la avenida de los Campos Elíseos en París. Al llegar frente al Arco de Triunfo y observar el monumento arquitectónico sintió un impulso curioso y cruzo hacia plazoleta circular. Ya en ella se detuvo pasando la mirada por todo el contorno y vino a su memoria el recuerdo de la primera vez que conoció París.

Volvió a mirar hacia la avenida de los Campos Elíseos, y se vio esa mañana de junio de 1940 erguido en la torreta de su panzer desfilando triunfante ante franceses que apostados en una larga fila sobre la vereda observaban en silencio, entre atónitos, dolidos y curiosos el paso del ejercito conquistador.

Fue una entrada distinta, reflexionó. En el Sarre, en el Sudetes y en Austria fueron recibidos con entusiasmo y admiración. En cambio, en París, tuvieron un recibimiento de una ciudad apática, resignada, y en algunos con odio reprimido. En un primer momento tuvo la sensación de entrar en una ciudad fantasma. Pero a los pocos días la urbe volvió a tener el ritmo nervioso que la caracteriza y los parisinos continuaron su vida normal, soportando a los “conquistadores” y simulando indiferencia. Al menos en los primeros tiempos… Y en Varsovia fue muy distinto, – murmuró, rememorando sus experiencias de la guerra.

Giró su cabeza tratando de olvidar las imágenes que venían del pasado y su mirada chocó con la llama votiva que custodia la sencilla tumba en que están sepultado los restos de un soldado no identificado: Ver la tumba del soldado desconocido y asociarla con otro soldado renovó sus recuerdos de guerra; recuerdos que quería olvidar pero que insistentemente volvían a su memoria negando a ser borrados. – Aquel soldado de Varsovia, – siseó sin dejar de mirar el fuego, – también era un soldado desconocido.

Apartó la vista de la llama, y girando nuevamente se dirigió hacia las Tullerías. Mientras caminaba comenzó a reconstruir el rostro de aquel soldado que el destino lo cruzó en su camino.

A finales de septiembre de 1939 su pequeña sección panzer estaba estacionada, esperando ordenes, a unos diez kilómetros al este de la ciudad de Varsovia. Su última misión había sido la de “limpiar” el camino que une Bialystok con Varsovia de probables focos de resistencia. En realidad no encontró resistencia, salvo algunos soldados polacos dispersos que los tomó prisioneros. El ejército polaco había sido totalmente vencido y quebrada su moral combativa, por lo que era razonable que no encontrara ninguna oposición a su paso.

Cuando ya pensaba que el ejército se había olvidado de él y de sus hombres recibió por radio, a primera hora de la mañana, la orden de trasladarse, solo él, de inmediato a la ciudad de Poznan, y ponerse a las ordenes del general Petzel, comandante militar de la ciudad. Se fastidió por tener que dejar su unidad y a su vez le pareció extrañó su traslado sin su blindado a un nuevo destino militar que ignoraba. Pero en la wehrmacht ordenes son ordenes y no se discuten sentenció. Una hora después un suboficial al volante de un VW militar lo recogió y puso rumbo a su nuevo destino debiendo pasar obligadamente por el centro de Varsovia.

Dos horas después se sorprendió al cruzar por la ciudad totalmente derruida, literalmente arrasada por los cañones, los blindados y la aviación. Y admitió que desde el punto estrictamente militar no hubiese sido necesario haber efectuado tal operación destructiva. Sin embargo, reconoció, que era la nueva concepción de la guerra. No solo la aniquilación del ejército enemigo, sino también la aniquilación moral de la población civil mediante la destrucción total de las ciudades o pueblos. Entre los escombros aún se veían cadáveres de civiles mutilados mientras que soldados polacos prisioneros los desenterraban de entre los escombros y los cargaban, como si fueran bolsas, sobre un carro tirado por una mula. Observó que los soldados hacían este trabajo con la mirada perdida.

Más adelante una abigarrada columna de prisioneros civiles marchaba custodiados por soldados hoscos. Los rostros de los prisioneros denotaba angustia y cansancio. – Judios…- murmuró con desdén su chofer señalando con su barbilla hacia la columna. Miró sorprendido por un breve segundo al suboficial e iba hacer un comentario reprobable pero desistió.

Pasado el medio día el VW se detenía ante el edificio del ayuntamiento de la ciudad de Poznan donde se había asentado el cuartel general del comandante militar de la ciudad, y rato después se presentaba ante su nuevo jefe. Este lo estaba esperando junto a un capitán de las SS.

Se cuadró haciendo sonar los tacos de sus botas y saludó con el brazo extendido a la manera de los legionarios romanos, y adoptado por el partido, pronunciando el saludo ritual – ¡Heil Hitler! – Con la misma energía y forma respondió el saludo el oficial SS, y advirtió que su nuevo comandante respondía con poco entusiasmo el saludo levantando la mano con gesto lánguido y pronunciando la palabra ritual en tono desganado.

Sabía que muchos oficiales de la wehrmacht, aunque adheridos al partido, no se adaptaban al nuevo saludo que había sustituido al tradicional saludo militar de la venia. Pero además había oído rumores de que su nuevo jefe no simpatizaba mucho con el partido, y se decía que no demostraba mucho entusiasmo con los métodos del ejército paralelo formado por los SS. – Capitán Werra, – le espetó sin preámbulos el general. – ¿Está Ud. al tanto de los reglamentos disciplinarios y los procedimientos de una corte marcial en tiempos de guerra? – Sorprendido por la pregunta y aterrado pensando en que lió se había metido como para merecer una corte marcial respondió con un débil “sí”.

- Muy bien, capitán, para mañana a las 0745 horas se hará un juicio sumario a un soldado. Ud. será el fiscal acusador…

Sintió un gran alivio al darse cuenta que lo cosa no era con él. – Mi general, yo no soy abogado, – atinó a decir aprovechando la pausa de su jefe y de inmediato se arrepintió de excusarse al notar los ojos encendidos del general. – El capitán Bach estará a cargo de la defensa, – continuó el general haciendo caso omiso a la excusa y señalando al SS a modo de presentación. Éste hizo una leve inclinación de cabeza acompañada de una ligera sonrisa. – Busque al sargento Stern, en la Oficina de Justicia, – agregó, – tiene el sumario, léalo y prepárese, – concluyó haciendo un ademán para que se retirase junto con el SS.

En el pasillo el SS le extendió la mano y apuntó pomposo – Esperemos que la verdad y la justicia ilumine al tribunal. – Él contestó vacilante unas palabras de compromiso mientras estrechaba el fuerte apretón de mano y su mente trataba de entender la situación que se encontraba. Luego escuchó el enérgico – ¡Heil Hitler! – del SS despidiéndose que él respondió por reflejo quedándose solo.

II

El edificio del ayuntamiento de la ciudad de Poznan era un hervidero de uniformes militares alemanes que entraban y salían de despachos y se desplazaban como hormigas enloquecidas por los pasillos; se escuchaban y se confundían las ordenes y contraordenes dadas con voz altisonante y los tacos de botas retumbando sobre el embaldosado. Como siempre, reflexionó, detrás del ejército conquistador venía otro ejército: el de los burócratas, que todo lo quiere reordenar, desordenando lo ordenado, inventando nuevos formularios, nuevas ordenanzas, disposiciones y reglamentos; mudando oficinas, cambiando nombres, suprimiendo esto o aquello por lo mismo. Creando el caos en aras del orden. Las distintas dependencias burocráticas se estaban instalando y pujaban unas y otras compitiendo por obtener el mejor espacio dentro del edificio. A ello se sumaban los reclamos y peleas por las perdidas o “sustracciones” de elementos de oficinas (escritorios, ficheros, sillas, etc) que necesita el burócrata que acompaña a la vanguardia de todo ejército. Reflexionó que muchas veces la burocracia podía ser más despiadada y destructiva que las bombas y los fusiles.

Y como era de esperar todos creían saber donde quedaba la Oficina de Justicia, indicándole el camino a seguir, aunque cuando llegaba a destino recibía un: “No es aquí. Vaya allá” Por fin en el quinto intento subiendo y bajando escaleras y deambulando por laberínticos pasillos encontró la dichosa “oficina” en el subsuelo del edificio. Por un estrecho, oscuro y extremadamente húmedo pasillo llegó hasta una puerta con un papel pegado de apuro con la inscripción “Oficina de Justicia”. Consideró con ironía que como símbolo la justicia estaba muy abajo. En cuanto ingreso a la precaria habitación, sin ventanas, e iluminada con una bombita colgada del techo que expandía una luz pálida, se encontró con tres suboficiales, dos de ellos despatarrados en unas sillas desvencijadas y un tercero en cuclillas fumando. Se reían y daba la sensación de que estaban comentando anécdotas graciosas. Ante la entrada de un oficial superior los tres demudaron sus rostros y como un resorte su pusieron de pie y en posición de firmes al tiempo que efectuaban fuerte y rígidos el saludo ritual. Él respondió el saludo a desgano (pensó que se estaba pareciendo al general en la manera de saludar) y quitándose la gorra y colocándosela debajo de la axila preguntó quién era el sargento Stern. Uno de ellos se adelanto con paso firme y se puso a sus ordenes. Luego de explicarle los motivos de su presencia, el sargento tomó de una mesa una prolija carpeta y se la entregó. Con la carpeta en sus manos buscó donde sentarse advirtiendo que había dos escritorios destartalados junto a las dos sillas donde habían estado sentado los otros dos suboficiales, en el mismo estado lamentable, uno de los escritorios tenía una vieja máquina de escribir y una lámpara en idénticas condiciones que el mobiliario; en el segundo escritorio dos canasto contenían papeles colocados prolijos junto a un par de cajas nuevas desentonando con el entorno. Completaba el mobiliario un desvencijado archivo de metal que junto a los demás muebles contribuían a crear un ambiente sórdido. – Es lo que nos dieron… y que pudimos conseguir, mi capitán, – comentó el sargento adivinando su pensamiento. Hizo una inclinación de cabeza como dando a entender que comprendía la situación. Luego se sentó en el escritorio dejando a un lado su gorra junto con sus guantes y encendió la lámpara. Al mismo tiempo el sargento pidió autorización para continuar con sus respectivas tareas y obtenido el permiso se pusieron a ordenar y revolver papeles. Mientras, él abrió la carpeta y comenzó a leer detenidamente el sumario. En resumen el acusado, soldado de primera clase Werner Müller, perteneciente a uno de los regimientos de infantería del III Ejército, tenía orden de requisar una granja que estaba en el camino de su regimiento para asegurarse que no se escondían soldados polacos y, según sus declaraciones, se dirigió hacia la casa del granjero con la intención de cumplir la orden rutinaria. No fue bien recibido por los ocupantes de la casa y tuvo una discusión y se fueron a las manos; obligándose el soldado a reducir a las dos mujeres, una anciana y la otra joven. Luego de la inspección de la casa confirmando que no había ningún soldado polaco y nada sospechoso que atentara contra el ejército alemán se retiró. Y eso era todo. Sin embargo, el granjero, que había estado ausente en el momento que ocurrieron los hechos, se presentó, horas después, nada menos que ante el comandante militar acusando de robo al soldado y golpear a las dos mujeres indefensas. “Y por supuesto, – reflexionó con un dejo de ironía, – el ejército podría tolerar que un soldado le pegara a una mujer pero no aceptaría que cometiera un robo, y menos un soldado raso.” Tomó algunas notas y satisfecho cerró la carpeta con un movimiento rígido, recogió su gorra y guantes y se irguió devolviendo la carpeta al sargento, para luego retirarse de la habitación, previo saludo a sus tres ocupantes cuyos semblantes denotaban el alivio de volver a quedar solos.

En el oscuro pasillo se encasquetó la gorra y se enfundó los guantes para luego sacudir con sus manos su cuerpo intentando sacarse la fría humedad que sentía se le había pegado a su piel.

En las escalinatas del ayuntamiento buscó donde estaba estacionado su VW y una vez ubicado se dirigió al vehículo y ordenó a su chofer, mapa en mano, que tomase el camino a. la granja donde se había cometido el supuesto delito. Esta estaba ubicada a veinticinco kilómetros al norte de Poznan en un camino secundario. En un viaje normal tardarían una media hora en llegar. Sin embargo les insumió mas de una hora y media ubicar la granja.

La tierra que rodeaba la granja era yerma y desolada creando una sensación de desolación, que el día gris de principio de otoño contribuía a remarcar. La casa del granjero, similar a una “dacha”, estaba semiderruida por el abandono y la pobreza.

Una vez frente a la puerta de entrada dio unos golpes y esperó que le abriesen. Minutos después al no obtener contestación entró. Se detuvo un instante en el vano al percibir sus fosas nasales un penetrante olor a ajo, grasa de cordero y pies sucios. Luego entró, una sola ventana pequeña que no alcanzaba a iluminar con la luz del día el oscuro recinto dejaba ver entre luces y sombras una habitación que hacia de sala, comedor y cocina con unos pocos muebles viejos hechos a mano esparcidos por el suelo y rotos. Como si una estampida de animales hubiese pasado por la sala arrasando con furia incontenible todo lo que obstruía su paso. A un costado, un tosco hogar de piedra, esparcía sus cenizas sobre el sucio piso de madera. A su derecha había una puerta; era una segunda habitación, más pequeña, con otra pequeña ventana, en la que cabía una cama de hierro de dos plazas y un ropero, dejando un mínimo espacio para desplazarse. El ropero tenía la puerta abierta; contenía escasa ropa gastada y de confección casera desordenada como si alguien hubiese estado removiendo buscando algo, alguna ropa estaba desparramada por el piso. El colchón, desplazado entre la cama y el piso, tenía un cotín sucio y con grandes manchones de humedad y quizás orina se encontraba desgarrado, presumiblemente con una bayoneta, y el relleno de paja esparcidos por todo el piso.

Volvió a salir al porche y respiró profundo el aire fresco del campo que contrastaba con el olor hediondo del interior. Luego ordenó a su chofer que volvieran a la ciudad.

Una vez en la ciudad se dirigió directamente al edificio de la policía polaca. En el recinto se encontró con la misma actividad febril de quienes están ocupando un lugar que no conocen, y simulan conocer. Pero esta vez no eran uniformes militares los que corrían de una lado al otro sino SS y de la Gestapo. Notó que las ordenes eran dadas con mas aparatosidad e histeria por funcionarios de comportamiento pedante y además preocupados en hacerse notar. Se encaró con un oficial de uniforme negro que se notaba se encontraba a sus anchas en su papel de “conquistador”, como si ellos hubiesen ganado la guerra contra Polonia y no los militares. El brillo de sus ojos denotaban fanatismo. Cuando preguntó por el prisionero, advirtió que éste se sorprendía, y luego su rostro adquirió preocupación, como quién creía tener todo bajo su control y se da cuenta que no es así. ¿Cómo era posible que él no supiera que había un soldado alemán detenido? – se pregunto estupefacto. ¿Un soldado alemán acusado de robo? No podía ser… – se respondió incrédulo. Y además, cómo era que él, responsable de la policía no lo sabía. – exclamó casi en un grito, y comenzó a aullar a sus hombres pidiendo un respuesta. No disimulaba que los militares no eran de su agrado, pero consideraba grave que un “polaco” acusara de ladrón a un soldado alemán. Comenzó a sentir cierto desagrado por ese hombre con reluciente uniforme negro que denotaba haber sido en otros tiempos un mediocre funcionario del estado y que ahora, con charreteras brillantes, parecía querer llevarse el mundo por delante. Recordó los consejos de su madre cuando con lagrimas en los ojos, angustiada por que él había decidido incorporarse a la wehrmacht, le aconsejaba mantenerse lejos de esos hombres de negro. Son necios que les han dado el poder de la vida y la muerte de sus compatriotas- sentenciaba angustiada.

Después de media hora de espera entre idas y vueltas y llamadas telefónicas de los subalternos del hombre de negro éste se acercó con aire jactancioso y le espetó que el soldado al que él hacia referencia estaba detenido en la comandancia militar. Que lo fuera a buscar ahí. No se privó de opinar que era humillante que se hubiese detenido a un alemán por una denuncia hecha por quienes son como animales. Además de sugerirle que como oficial alemán debía informarse correctamente de su misión y no andar vagando al buen tuntún buscando al prisionero. Tratando de ignorar los comentarios arrogantes del hombre de negro, saludo con desgano, despidiéndose, lo que fue contestado con la energía característica de los sectarios.

III

Volvió al subsuelo del ayuntamiento y otra vez en la Oficina de Justicia encontró a los tres hombres en total holgazanería; éstos al advertir su presencia se apuraron torpemente a simular que estaban atareados. Haciendo caso omiso al comportamiento de los suboficiales ordenó al sargento Stern que lo llevase hasta la celda donde estaba el acusado. Haciendo sonar los tacos el sargento pidió que lo acompañara. Salieron al húmedo pasillo y por este continuaron hasta toparse con una arcada donde un guardia se cuadro militarmente al ver a sus superiores; el sargento respondió al saludo militar agregando que iban a ver al preso. El guardia entonces haciendo sonar los tacos de sus botas giró sobre sus talones y comenzó a descender por una oscura y más húmeda escalera de piedra seguido por ellos. Él pensó que estaba bajando a los infiernos con la diferencia que en vez del calor del averno los recibía un frío húmedo y un vaho maloliente penetrante. Una auténtica mazmorra de la edad media, rumió para sus adentros.

Al final del último escalón sobre un banco había una lámpara de kerosén que iluminaba sombrío un estrecho pasillo con tres puertas de hierro con tachones oxidado y una pequeña ventana rectangular de unos 20 por 25 cm con un barrote en cruz en cada una de ellas. La típica puerta de un calabozo del medioevo, confirmó taciturno.

El guardia tomó una gruesa llave antigua que llevaba en la cintura y la introdujo en la cerradura de la primer puerta. La abrió con esfuerzo; los goznes oxidados chirriaron quejándose, quizás, de los siglos de inactividad. Luego el guardia tomó la lámpara de kerosén del banco e luminó el recinto. Pidió entonces quedarse solo con el preso y tomando la lámpara que le extendió el guardia ingreso al calabozo de gruesas paredes de piedra. Como en la granja, un fuerte olor a orina, excremento y paja húmeda inundo sus fosas nasales; el olor se mezclaba con el rancio olor a traspiración y mugre humana. Disimulo una mueca de asco tapándose la boca. Una mesa y un banco era el único mobiliario; sobre la mesa una vela encendida, cuya cera chorreaba sobre su gruesa superficie cilíndrica como si fuesen nervios, se consumía esparciendo una débil luz sobre un rincón del calabozo. No había ventanas y la luz de la lámpara que llevaba en la mano y la vela apenas alcanzaban para iluminar su alrededor dejando en total oscuridad los ángulos del calabozo. Por eso no vio al preso hasta que éste se corrió desde uno de los oscuros rincones hacia la mesa. Se cuadró militarmente y saludó extendiendo la mano y pronunciando el “¡Heil Hitler!” ritual. Ordenó que se pusiera en posición militar de descanso, mientras colocaba la lámpara sobre la desvencijada mesa. Estudió al joven que tenía enfrente suyo. El legajo decía que tenía veintidós años, aunque su cara era la de un niño; delgado y alto, probablemente 1,90 m: sus ojos celestes tenían un reflejo de inocencia que se acentuaba con su mechón rubio sobre su frente. Sus facciones expresaban temor. A simple vista no tenía la imagen del soldado pendenciero, y mas bien parecía un chico jugando a los soldados.

- Y, bien soldado. ¿Cómo justifica su comportamiento contrario al honor militar?, – preguntó retórico.

- No sé, mi capitán, – respondió con voz entrecortada y con la vista al frente. – Todo fue muy rápido…, – se interrumpió para contener el sollozo. Entonces le pidió que le relatase los hechos.

En síntesis él había llegado a la casa de la granja, en realidad una miserable choza, opinó, con la intención de cumplir la orden de requisa. Pensaba que los habitantes de la casa colaborarían. Lo recibió una mujer anciana y una joven de su edad; hablaban polaco, por lo que no se entendían. Por lo gestos de ambas mujeres interpretó que no querían dejarlo pasar y sospechó entonces que escondían algo. Venciendo la resistencia de ambas mujeres, que gritaban una jerigonza incomprensible para él, ingresó a la casa. Una vez dentro y después de una rápida mirada al cuartucho se dirigió al segundo cuarto, mas pequeño, que hacia de dormitorio seguido de las mujeres que no dejaban de parlotear, y al no encontrar tampoco nada sospechoso se decidió a salir. Giró sobre si mismo y se topó con la joven que estaba detrás suyo, y detrás de ésta la anciana. Fue entonces que advirtió que la joven llevaba prendido de su blusa un camafeo. En realidad era una barata imitación de un camafeo en latón y hueso. No obstante le recordó a uno autentico de su madre, y este recuerdo lo indujo a comentárselo a la joven mientras lo señalaba apoyando su dedo índice sobre la baratija. Dedujo que las mujeres no entendieron lo que él decía en alemán por la forma en que por un lado la joven retrocedió aterrorizada chocando con la otra mujer y ambas se pusieron a gritar como locas en su idioma. A la confusión se sumó que la anciana se adelantó, haciendo a un lado a la joven, lo cual no fue fácil por lo estrecho del lugar, y se abalanzó sobre él con los puños cerrados golpeándole el pecho con desesperación y aullando. En ese pandemónium que se armó en el angosto paso entre la cama y el ropero él solo atinó a retroceder y empujar a la anciana que calló al suelo; la joven espantada trató de huir dándose vuelta y él entonces pasando por encima de la anciana la tomó de un brazo y ella girando lo atacó con patadas e intentando arañarlo, trataba de defenderse lo mejor que podía; no conseguía desplazarse ni girar, estaba constreñido entre la cama y el ropero, mientras que la anciana en el piso se abrazaba a su pierna y se la mordía. Para sacarse a la mujer de su pierna la golpeo con la culata de su fusil haciéndole perder el conocimiento; en el forcejeo la joven se desprendió de él, e intentó nuevamente huir, lo que lo obligó a tomarla de la blusa y al tironear ella le rasgó la blusa, y luego se desmayó. Al ver a las dos mujeres en el suelo, se asustó y luego de unos segundos de indecisión salió corriendo.

- ¿Pero si eso ocurrió en ese cuartucho, que necesidad había para hacer ese revoltijo y destrozar los pocos muebles que había en el otro cuarto? – El soldado abrió los ojos sorprendido por la pregunta y contesto que no entendía. Volvió a reiterarle la pregunta aclarándole que había encontrado la “choza” como si un huracán hubiese pasado por las habitaciones. El joven soldado con una expresión confundida y voz entrecortada respondió que no había tocado nada. Juró, por su honor de soldado, que él no había destruido nada, y que a pesar de la lucha en la estrecha pieza nada se había movido de su lugar. Eso lo recordaba bastante claro, añadió, porque al ver a las dos mujeres en el piso, una casi encima de la otra, el pasó entre ellas, y antes de salir huyendo miró por todos los rincones tratando de encontrar un justificativo a la reacción de las dos mujeres hasta convencerse de que no escondían a nadie y que solo había sido una reacción histérica de ambas.

No muy convencido de la afirmación del joven soldado dio por concluido el interrogatorio saliendo del calabozo. Detrás suyo oyó el rechinar de los goznes de hierro de la puerta al cerrarse y los sollozos del soldado. Sintió pena por él.

Averiguo, luego donde se encontraba estacionado el regimiento del soldado y se dirigió hacia un sector de la ciudad donde habían establecido el comando. Una vez en el sector comprobó que los oficiales y compañeros del soldado Müller coincidían en que era un buen soldado, un poco retraído, pero jamás se les hubiese ocurrido pensar que fuera un ladrón y abusador de mujeres. Satisfecho con estas declaraciones, decidió que para completar la información y preparar la acusación debía hablar con las mujeres. No se sorprendió cuando, obligado a volver al edificio de la policía, nadie sabía el paradero de ambas mujeres atribuyéndolo a que en primer lugar ellos no habían tomado la denuncia y en segundo lugar: ¡Estaban en guerra! En un estado beligerante nadie se ocupa de los civiles. Y esto se lo confirmó el propio oficial de la Gestapo a cargo de la policía polaca con el cual había tenido el primer encuentro.

Frustrado volvió al ayuntamiento. En cuanto subió los escalones del edificio advirtió que el sargento Stern lo esperaba para comunicarle que el General Petzel reclamaba su presencia.

Una vez frente al comandante militar de la ciudad, éste sin saludar le advirtió:  -Capitán, está en juego el honor militar en este asunto. Si bien somos un ejército conquistador, no somos los bárbaros que arrasaron Roma. Por lo tanto el escarmiento debe ser ejemplificador, por sobre todas las cosas. No quiero clemencia, por atenuantes que seguramente invocará el abogado defensor.

Ud. ya debe saber la estrategia del abogado defensor. ¿No es así? – Iba a responder que no sabía cual era el planteo que haría el defensor, pero tragó saliva y se quedó mudo. El general lo miró con ojos brillantes: – ¿Qué hizo hasta ahora…? – preguntó con una voz de bajo.

Volvió a tragar saliva y resumió lo que había hecho hasta ese momento, agregando que el estado de destrozo en que encontró la casa mostraba que el soldado acusado había actuado con una furia de un enajenado y se lamentaba no poder hablar con las victimas del abuso ya que no las encontró, pero esperaba volver más tarde y hablar con ellas. Mientras daba cuenta de sus actividades notaba que el semblante del general se había puesto rígido y su mirada brillaba mas intensamente presagiando que algo andaba mal sin acertar a comprender qué era lo que lo estaba poniendo colérico.

- ¡Pero, Ud., capitán, no sabe ni donde está parado! – exclamó con furia interrumpiéndolo. – ¡Los destrozos en la casa no fueron provocados por el soldado, sino por los SS que se llevaron a toda la familia por ser judíos! ¿Me entiende? ¡Son judíos! ¿Aún no sabe qué significa ser judío para nuestro Führer? – Antes de que él respondiera el general, más calmo, agregó: – Capitán, el defensor, es un SS. Su argumento se basará en que siendo las “victimas” judías, no hay delito. Por lo tanto, Ud. deberá centrar toda su acusación en el honor militar, y en la desobediencia de una orden superior… – Calló abrupto y el silencio que se produjo permitió oír los sonidos de desplazamiento de tropas y voces de mando que provenían de la ventana que daba a la calle.

- Ese estúpido soldado robó, - continuó, más calmo – y el código militar dice que está prohibido, y entonces debe ser juzgado. No me importa si son unos sucios judíos. Lo que importa es mantener la disciplina y el orden. Y el orden se mantiene cumpliendo estrictamente el reglamento, a rajatabla,. – Hizo otra pausa fijando la vista en él: – Si permitimos que este soldado no sea ajusticiado por robar a un judío, mañana todos los soldados robaran a los judíos. Si somos permisivos con ellos, entonces habrá un hilo muy delgado para que luego comiencen a robar a los gentiles…

Desde ningún punto de vista debe Ud., capitán, dejar que este soldadito de plomo (supuso que se refería al SS) ponga al tribunal militar en condiciones de no poder juzgar bajo los principios del código militar. Lo que le estoy diciendo es una “sugerencia” no solo mía, sino también del tribunal y del Estado Mayor. ¿Me entiende, capitán?

-Pero, mi General, el defensor argumentará  que el objeto robado no apareció y que por lo tanto…

-Capitán-, interrumpió el general controlando su colera, -¿conoce la sentencia la mujer de César no sólo debe ser honrada; además debe parecerlo…?

Rato después, sentado en la Oficina de Justicia, recapituló lo que había oído y tomó conciencia de lo que estaba ocurriendo y no quería aceptar. Los judíos estaban siendo reubicados, como ganado, fuera de la ciudad, de la misma forma que se separa los animales que van al matadero con los que quedan para cría.

Admitía que hasta ahora se había mantenido al margen de la obsesión de los miembros del partido con respecto a que todos los males de Alemania eran por culpa de los judíos. También admitía que había mirado para otro lado cuando en el Sarre, en Chescolovaquia y en Austria había visto como trataban los SS a los judíos. Reconocía que su actitud de “indiferencia” tenía un justificativo de seguridad hacia su persona. En la rama Suiza de su familia sus bisabuelos habían sido judíos conversos. Y conversos o no, para el partido, cuyo objetivo era la pureza de la raza: Él era un impuro. Era una preocupación constante que tenía puesto porque él había mentido al ingresar al ejército falseando el nacimiento y religión de sus bisabuelos. En realidad, al asumir el Führer el gobierno su familia había ocultado y destruido celosamente toda la documentación que lo uniera a una familia de origen judío. Pero podía ocurrir, reflexionó, que un celoso SS, investigara mas concienzudamente sus orígenes… Y entonces se vería degradado a soldado raso cuando no seguir el destino que le reservaban a los judíos.

IV

A las siete de la mañana en una de los salones del ayuntamiento se reunió todo el séquito del tribunal militar de justicia. El reo ya estaba en el banquillo de los acusados. Luego que un escribiente diera lectura a los cargos que motivaban la reunión del tribunal le tocó el turno de fundamentar la acusación lo que hizo en un resumen escueto basado en el cumplimiento del código militar solicitando al final la máxima pena prescripta por los reglamentos en tiempos de guerra.

Finalizado su acusación le correspondió a la defensa rechazar los cargos. Inició el defensor su alegato haciendo hincapié en los méritos del soldado y que el incidente había sido un mal entendido entre personas que hablaban distintos idiomas negando que el soldado hubiese robado algo y que ello quedaba demostrado al no encontrarse entre sus pertenencias la prueba del delito. Por último señaló que la “familia “ acusadora pertenecía a una organización judía, enemiga del pueblo alemán, la cual ya había sido detenida por conspirar contra el Reich, y que el soldado Müller, un ario puro, argumentó, había cumplido con su deber al tratar de obtener información. Volvió a enfatizar que había una conspiración judía contra el Reich, y que esta denuncia hecha por parte del jefe la familia judía solo tenía el objetivo de resquebrajar la moral de la wehrmacht. Este hecho era la punta del iceberg de una conspiración mayor. Reiteró que la familia había sido detenida y encontrada culpable de conspiración. Concluía que la acusación no tenía fundamento por cuanto al soldado Müller no se le encontró entre sus pertenencias nada que lo involucrase con un robo. Que se trataba de judíos a los que no se les debía creer y solicitaba la inmediata libertad del acusado.

Al concluir su defensa el SS se sentó satisfecho intuyendo que éste estaba más satisfecho por la arenga que por el interés de defender al soldado.

Por unos segundos se hizo un pesado silencio. Los jueces militares se removieron inquietos en sus asientos y luego el presidente del tribunal anunció que se pasaría a un cuarto intermedio para deliberar sobre lo expuesto por la defensa y la fiscalía para finalmente dar su veredicto.

Media hora después los jueces militares volvieron al salón y en forma escueta y precisa el presidente del tribunal dio su veredicto condenando al acusado a la sentencia de muerte. El acusado, aclaró el juez, enfrentaría a un pelotón de fusilamiento en la madrugada siguiente. Mientras el juez leía el veredicto observó que el joven soldado apenas podía controlar las convulsiones de su cuerpo, a la vez que su rostro contraído contenía el llanto pronto a explotar. Su defensor imperturbable escuchó la sentencia sin prestarle atención a la angustia de su defendido.

Finalizado la lectura de la sentencia los jueces militares se retiraron, al tiempo que dos guardias tomaban de cada brazo al joven soldado y se lo llevaban al calabozo a pasar la última noche. En la puerta el prisionero no pudo contener mas su llanto y las lágrimas cubrieron su rostro. Alcanzó a oírle decir con voz entrecortada y angustiada: – Yo no robé… nada… No robe nada… Hay… una confusión…, sus palabras se perdieron al dejar la sala.

- Merecen que lo fusilen… – comentó el SS con desdén mientras guardaba sus papeles en su portafolio. – Dejarse engañar por unos judíos, – añadió despreciativo, – y llorar como una mujer no es propio de un soldado del Reich… Se merecía la pena capital; lo felicito por su trabajo como fiscal,- concluyó estrechando su la mano, luego hizo el saludo nazi con su característica energía y se dirigió hacia la salida resonando sus tacos sobre el embaldosado.

Se sentó quedándose con una desazón. La justicia militar no era lo justa que debía ser, se lamentó. Después de todo la justicia civil era igual, admitió. Ahora comprendía el símbolo de la ley y la justicia: Una mujer con una venda sobre los ojos y una balanza en su mano izquierda y una espada en su derecha. La balanza indicaba que la ley ponía en el fiel los argumentos de la acusación y en la otra los de la defensa, y la espada representaba la sentencia salomónica de tratar equitativamente a ambas partes del conflicto. Pero la justicia, cegada por una venda, contrariamente a la interpretación filosófica, significaba en realidad que no podía ver lo que se colocaba en cada fiel de la balanza, por lo que la espada de la justicia terminaba cortando a tontas y locas. Y en el presente caso las partes, que debían hacer justicia, se habían enfrentado entre cumplir el código militar y la “pureza aria” sin importarles si se hacia justicia con el reo. Se levantó y con un suspiro pesaroso, dejando de lado estos pensamientos, se dirigió hacia la salida.

En el pasillo se encontró con el general Petzel ingresando al edificio. Se cuadró de inmediato – Capitán, ya me he enterado del resultado de este juicio. Lo felicito.

Mañana después de cumplir con la sentencia queda Ud. liberado de esta comisión y puede volver a su unidad, – y continuó su camino mientras él solo atinó a decir Ia wohl, comprendiendo molesto que debía quedarse a presenciar la ejecución.

En la madrugada del día siguiente fue testigo del fusilamiento de un pobre soldado desconocido sacrificado en aras de la disciplina, mientras una familia, a su vez, había sido ejecutada en la horca por el solo delito de ser judía.

Encuentro

Friday, August 9th, 2013

-Federico se dirigió hacia la salida con paso ágil a pesar de sus setenta y dos años. Estaba satisfecho con las herramientas compradas en el remate del Banco de Préstamo de la calle Esmeralda. Ya en la puerta del banco oyó que lo llamaban por su nombre. Sorprendido se detuvo y giró buscando el origen de la llamada.

-¡Tío Federico! -volvió a oír, y advirtió que un hombre de edad madura acompañado con un joven de unos quince años se acercaba a él. De inmediato reconoció a Alberto, el hijo de su hermana Catalina, y supuso que el joven sería su hijo.

Luego de los saludos protocolares y las justificaciones de cada uno del por qué estaban ahí Federico tomó la iniciativa y los invitó a tomar un café en un bar cercano.

-¿Y, de la familia, qué se sabe…? -quiso saber Federico una vez que se sentaron frente a una mesa del bar y pidieron los cafés y la gaseosa para el joven.

-¿Estás enterado, tío, que falleció Otto?

-No… -respondió Federico con aire fingido de sorpresa.

-Y tío Ernesto…

-Ernesto también… -murmuró Federico pensativo. Por unos segundos se mantuvo en silencio con la vista perdida. En esos segundos una confusión de imágenes, como un calidoscopio, llenaron su memoria. Sus dos hermanos, más joven que él, habían fallecido. Hechos del pasado, recuerdos de su juventud, y de no tan joven, se confundían con reproches de su conciencia. Y tomó razón que pronto él también sería en poco tiempo un recuerdo. Desvió su vista y chocó con la mirada del joven. Le sonrió al tiempo que recordaba a su hijo. Había cosas que arreglar con él se dijo. ¿Pero cómo encontrarlo? ¿Dónde viviría con su madre? O era probable que ya no viviera con la madre. ¿Cuánto años tendría? Quizá veinte… Su sobrino lo sacó de su abstracción y conversaron un rato más. Luego se despidieron prometiéndose verse más adelante, sabiendo él que se trataba de una promesa meramente formal.

Se dirigió a tomar el subte en tanto volvió a pensar en su hijo. Recordó entonces que debía estar por vencer la cuota anual de la “Youngmen”. Se detuvo y sacó del bolsillo interior de su saco la agenda. Pasó unas hojas y confirmó que efectivamente en quince días vencía la cuota. Es probable que lo encuentre ahí, pensó vacilante.

-Está su abuelo en el comedor -anunció solícito el conserje en cuanto Jorge ingresó a la “Youngmen”.

-¿Mi abuelo? -dijo extrañado, y de inmediato comprendió. -¡Ah, sí! Gracias -agradeció confuso y se dirigió al comedor.

Mientras ascendía la escalera de mármol se dijo que, como siempre, su padre se aparecía de improviso, sin dar aviso previo. Luego pensó en la confusión del conserje. Siempre confundían a su padre con un abuelo. Claro había razones para esa confusión: él ya tenía veintiún años y su padre frisaba los setenta y tantos. Edad ésta que se tienen nietos y no hijos. Pero el viejo se mantenía bien reconoció.

Y ahora apareció. ¿Cuánto hacía que no lo veía? Más de un año. Entró al comedor y, en una rápida mirada, lo ubicó en una mesa alejada. Estaba sentado leyendo un diario. Así sentado y encogido, con el armazón de los anteojos colgando casi en la punta de la nariz semítica parecía un viejito bueno. Pero no había que equivocarse, juzgó, y se acercó.

-¡Hola, papá! -Saludó y se inclinó para darle un beso. Federico respondió el saludo y sonrió complacido. Seguido preguntó qué tomaba.

-Bueno, voy a tomar el té con masas. ¿Qué te traigo?

-Otro café -respondió el padre señalando el pocillo vació. Jorge asintió y se levantó para hacer el pedido y traerlo a la mesa ya que en el lugar se atendía por autoservicio.

-No te esperaba, por aquí -señaló Jorge al regresar con una bandeja y mientras alcanzaba el pocillo a su padre.

-Llegué ayer de la Patagonia… -respondió su padre simulando indiferencia y desviando la vista. Jorge asintió en silencio removiendo la cucharita en la taza de té. Intuyó que éste le estaba mintiendo. El viejo está jubilado, recordaba, y estoy seguro que no trabaja.

-¿Qué estás leyendo? -Preguntó su padre señalando un libro que su hijo había traído con él, y dejado a un costado de la mesa.

-Los cuatro Jinetes del Apocalipsis -aclararon sin tomarse el trabajo de mostrarle el libro. Se le ocurrió pensar que el viejo, en algunos aspectos, se parecía al alemán Hartrott, unos de los protagonistas principales de la novela de Blasco Ibáñez.

-¿Cuando vence la cuota del club? -oyó que preguntaba su padre al tiempo que sonreía sabiendo que era una pregunta retórica puesto que su padre sabía muy bien cuando vencía.

-No te preocupes. Este año no tenés que pagar.

-¿No?

-A los muchachos que están haciendo el servicio militar el club los libera de la cuota social por un año.

-¿Estás haciendo el servicio militar? -se sorprendió Federico.

-Unos meses… Luego me dieron la baja por hijo único de madre soltera -subrayó.

-Ah… -exclamó su padre por lo bajo y desviando la vista pensativo. Así que el muchacho ya tenía veintiún años, reflexionó. Se sintió incomodo. Su hijo había subrayado las palabras: “hijo único de madre soltera”. Miró al joven de soslayo, mientras éste se llevaba una masita a su boca. ¿Se parecía físicamente a él? se preguntó. No lo sabía. Le había oído decir a Lola, infinidad de veces, como reproche que: “Tu hijo es asqueroso igual que vos” refiriéndose a ambos. No sabía si lo decía por la personalidad, o por el físico. O por ambas.

En tanto, Jorge, pensaba que el viejo debía estar feliz de no tener que pagar la cuota anual de la “Youngmen”. ¡Con lo amarrete que era el viejo!, exclamó en su interior. Salvo alguna ropa comprada cuando era más chico en Gath & Chávez, o en el Hogar Obrero, nunca se molestó en hacer otros gastos. ¡Ni para su educación! volvió a exclamar con amargura. Con excepción, reconoció, de la “Youngmen” que venía pagando anualmente desde los nueve años. Y pagaba por año con la excusa de que trabajaba todo el año en una estancia en la Patagonia. Pero la real excusa, consideró, era para no tener la obligación de encontrarse más seguido con él y con su madre.

-Compré una casa en Haedo. Modesta -oyó que decía. -Y me gustaría que la conocieras -. Jorge se esforzó en mantenerse indiferente. -¡Salute con el viejo! -Exclamó sorprendido en su fuero interno y añadió -¡Me está invitando a su casa! Hizo memoria que, desde que tenía edad para preguntar dónde vivía su padre, nadie sabía decirle. Ni a él ni a su madre el viejo jamás permitió preguntarle. Y de su trabajo sólo sabían por referencias casuales de él mismo, que comentaba como al pasar, o por alguna infidencia de su madre.

-¿Quieres venir el domingo a tomar el té? -oyó que lo invitaba su padre con aparente indiferencia.

-Bueno, sí. Me tenés que decir como llegar.

Seguido su padre sacó de su bolsillo un papel doblado en cuatro partes y lo extendió sobre la mesa. Había dibujado unas líneas a modo de mapa explicativo. Sonrió el joven y no dejó de maravillarse de la habilidad de su padre para dibujar con prolijidad y precisión de detalles la manera de llegar a la casa. ¡Tan distinto a la manera de ser de su madre! Atolondrada y poco hábil para la escritura.

§

Ese domingo Jorge descendió del colectivo y recorrió las tres cuadras de tierra hasta la casa.

Se detuvo frente al número que le había dado su padre, y apreció con cierta curiosidad la fachada. Un muro bajo de ladrillos a la vista, de no más de un metro de alto, seguido por un ligustro impedía ver la casa. Se acercó a la verja de madera y dio un vistazo más allá de la entrada. Un jardín no muy cuidado, con dos palmera y un pino, separaban la entrada de la casa. Ésta, de construcción prefabricada, estaba cubierta casi en su totalidad por una enredadera. El techo lucia con tejas españolas. A un costado un treillage romboidal dejaba adivinar la existencia de una galería.

No había timbre en la entrada y golpeó las manos para llamar la atención. Esperó unos segundos y por detrás del treillage apareció su padre acercándose a la verja. Abrió ésta y se saludaron y seguido lo invitó a pasar. Una vez que el joven ingreso, su padre señaló en el jardín un par de pequeños senderos recubierto con polvo de ladrillo. Orgulloso comentó que él los había diseñado. No obstante lo precario consideró que estaban bien hechos. Notó también que las plantas crecían libremente, en estado silvestre, sin orden ni armonía.

Luego el joven siguió a su padre hasta la galería y entraron a lo que parecía la habitación principal cuya superficie sería de cuatro por cuatro metros. Y paredes de madera. Dominaba el centro de la habitación una cama de hierro, de dos plazas, apoyado su respaldo contra la pared opuesta a la entrada. A cada lado de la cama se ubicaban un par de mesas de luz anticuadas. Por una única ventana ubicada del lado que daba al jardín y a la calle penetraban unos rayos de luz. De un lado de la ventana se situaba una antigua cómoda con espejo y mesada de mármol, y del otro lado un viejo ropero de tres cuerpos. En la pared opuesta a la ventana había una improvisada biblioteca con una cortina que ocultaba una veintena de libros y unos biblioratos. Completaba el mobiliario de la habitación una mesita con una máquina de escribir de los años treinta, cubierta con una funda plástica, y dos sillas estilo provenzal. A los pies de la cama se arrimaba un estropeado baúl de viaje. Al volver a pasar la mirada sobre la mesada de la cómoda descubrió una ajada tarjeta de visita. En una fugaz mirada pudo leer escrito con una birome, con letra clara: “Federico, estuvimos, y no estabas. Emma”. Simuló prestar atención al reloj de péndulo que colgado sobre la pared de la pequeña biblioteca y que en ese momento hacía sonar su carillón. Eran las cinco de la tarde. En tanto, su mente intentaba recordar que su madre le había comentado que su padre tenía una hermana llamada Emma que vivía en Lanús. ¿Cuántos hermanos tendría? Hizo memoria que su padre a los siete u ocho años le había contado, como una anécdota curiosa, que tenía un hermano ventrílocuo. Con gracia refirió que su hermano confundía a su madre -es decir a mi abuela, señaló – escondiéndose debajo de la mesa y, llamándola, hacía que su voz pareciera venir de lejos.

Siguió a su padre en el recorrido de la casa y pasaron a una habitación contigua. Ésta era chica, no más de dos por tres. Una pequeña mesa rectangular, cubierta con un rustico mantel, estaba arrimada contra una ventana angosta. Sobre la mesa había un juego sencillo de té, y unas facturas. En una rápida mirada, antes que su padre se lo explicara, comprendió que la habitación hacía de comedor, despensa y depósito de herramientas. Una segunda puerta comunicaba con una cocina. Ésta, a diferencia al resto de la casa estaba construida en material. Era un cubículo con dos puertas, a los extremos; una daba a la galería, y la otra al fondo de la casa. En las reducidas dimensiones había una pileta de loza con una canilla de agua fría; una corta mesada de madera y unos estantes. Sobre la mesada, un calentador de kerosene, calentaba una tetera de cuyo pico, como una locomotora, escapaba el vapor. Su padre recordó entonces que había dejado calentando el agua cuando él llegó. Apagó el calentador y propuso mostrarle la parte trasera de la casa antes de servir el té. El joven, asintió, y pensó, que la cocina era rudimentaria y pobre. No tenía heladera ni una sencilla cocina a gas. ¡Ni siquiera contaba en la cocina con agua caliente!

Fuera, un patio reducido cuyo ancho no pasaría de los dos metros hasta la medianera de los vecinos y no más de cuatro metros de fondo. Al costado, separado por un pequeño pasillo y pegado a la pared estaba el baño. Éste era un excusado, un agujero en el piso, revestido en cemento, y una ducha eléctrica. Por lo menos se baña con agua caliente, comentó para sí.

De una ménsula, sujeta en la pared externa de la cocina, colgaba una fiambrera de alambre, y dentro un trozo de carne, y unos tomates. No terminaba de sorprenderse ante lo primitivo, a su entender, en que vivía su padre. No sabía si se debía a su pobreza o a su tacañearía. Y, bueno, si es feliz así, allá él, exclamo en su fuero íntimo.

Volvieron a entrar y su padre lo invitó a sentarse a la mesa, y sirvió el té. Su padre conversaba animadamente sobre cómo había comprado la casa y los arreglos que había hecho en ella. Estaba orgulloso del empapelado que había colocado en las paredes de la pequeña habitación en que se encontraban. Era un papel barato pero el joven se sorprendía de lo bien colocado que estaban.

Luego del té volvieron a la galería y se sentaron en unas reposeras. La de su padre estaba cubierta, a modo de tapizado, con una piel con lana de oveja. Éste le aclaró que la había traído de la Patagonia. Un cálido sol de otoño mitigaba la fresca temperatura e invitaba dormitarse.

La referencia sobre la piel de oveja dio pie a que el joven preguntara cómo había llegado a la Patagonia. Era una oportunidad de conocer a su padre un poco más, siempre esquivo con respecto a su vida privada.

-Con la Dirección General de Tierras y Colonias -respondió afable. -Había que mensurar los campos de explotación lanar -añadió -Y yo iba con la Comisión de Agrimensura como apuntador.

-¿En qué año?

-Eh… Ah… -por unos segundos quedó pensativo. -Mil novecientos quince… No, dieciséis… Sí, mil novecientos dieciséis.

Pero al llegar a Puerto Deseado -continuó -el ingeniero, que ya estaba allá, vio que físicamente era distinto a los rústicos peones de la zona. Y opinó que era superfluo para el trabajo en el campo. Y entonces, como yo hablaba alemán, me recomendó a la Casa Lahusen, un almacén de alemanes. Y, como a ellos le convenía andar bien con el ingeniero, porque tenían campos que mesurar, enseguida me dieron el trabajo de cajero.

Por un rato, Federico se mantuvo en silencio, su mente recordaba que tenía veinticinco años cuando llegó a Puerto Deseado. Ya habían pasado cuarenta y seis años de aquella aventura.

-Pero después trabajaste en una estancia… -oyó que decía su hijo.

-Ah… Sí. Pero eso fue más adelante, cuando tuve que renunciar por razones morales de la casa Lahusen… En 1921…

-¿Por…? -Se extrañó el joven. Federico quedó pensativo, tratando de ordenar sus pensamientos. En su rostro se notaba que no tenía muchas ganas de contar el episodio.

-Estando en Puerto Deseado -se decidió a narrar -yo era uno de los pocos que recibía el diario La Vanguardia…

-¿Y eso que tiene que ver?

-Bueno, sucedió que los esquiladores pidieron dos centavos más por chapa. Entonces liderada por la Sociedad Exportadora de Menéndez y la casa donde yo trabajaba y los estancieros… Ellos se sindicaban como los reyes de la Patagonia… y se negaron a pagar los dos centavos de aumento.

Al negárseles, los esquiladores solicitaron la cooperación de los esquiladores de San Julián, de Río Gallegos y de Río Grande… Y pararon el trabajo de esquila…

Entonces Menéndez y los estancieros, con el párate, se vieron con un beneficio menos. Y avisaron a Buenos Aires que en la Patagonia los esquiladores se habían levantado en huelga con el argumento de obstaculizar los intereses de los estancieros. En Buenos Aires, el gobierno, que estaba pegado a los intereses creados de Menéndez y los estancieros, mandó la tropa para establecer el orden… Y al mando de toda la tropa estaba el Tte. Cnel. Varela. El gobierno le había dado la orden de detener a todos los que se resistieran a volver al trabajo.

Entonces al llegar a Río Gallegos, el Tte. Cnel. Varela, preguntó: ¿Quiénes son los cabecillas? Y le han dicho, fulano, mengano; esto y aquello… Y les señalaron a un grupo de esquiladores que estaban agrupados en un campo.

Ahora bien, como toda paisanada del campo tienen dos o tres caballos que llevan con ellos como montura de recambio para viajes largos. El Tte. Cnel. Varela ignoraba esto. Y cuando fue con la tropa para ver donde estaban reunidos… Reunidos, ¡juntados! Y cada uno con sus dos o tres caballos… ¡Claro, daban la impresión de un voluminoso ejército! Entonces la única forma que se le ocurre para hacerle frente era ¡ratatata…! con la ametralladora…

Y eso pasó. Entonces Varela telegrafía a Buenos Aires pidiendo refuerzos y diciendo ¡que se habían levantado en revolución! Y cuando llegan los refuerzos empezaron a tirar abajo a todo el que se les ponía enfrente…

Y eso es lo que pasó en la Patagonia… El Tte. Cnel. Varela cuando volvió para Buenos Aires tuvo su castigo, también. Un anarquista dijo a este lo voy a liquidar… Anarquista, digo yo, porque tenía una bomba… Aunque para tener una bomba no se necesita tener un ideal.

-¿Pero eso que tiene que ver con vos…?

-¡Ah, bueno! En Puerto Deseado algún envidioso, o alcahuete de los milicos, me sindicó a mí y a dos más como que estábamos involucrados en la revuelta: ¡Porque recibíamos La Vanguardia! ¡Y porque éramos socialistas debíamos ser anarquistas! Mirá vos que disparate… ¡Ni siquiera sabían hacer el distingo!

-A lo mejor los otros dos estaban involucrados…

-¡No, qué va…! -interrumpió haciendo un gesto con la mano. -Uno se llamaba Portales, que era el jefe del ferrocarril que iba a Río Turbio… El otro, Correa Alegre, era el telegrafista del ferrocarril… Y el otro era yo…

A los tres nos chaparon y nos metieron en una barraca. Porque en la comisaría no había lugar para nosotros. Nos custodiaban tres milicos… Conversábamos con ellos para no aburrirnos, y no aburrirse ellos. ¡Je! ¡Je! Hacíamos camaradería… Fíjate que uno de los milícos era de Lanús, y hablábamos de gente conocida de allá…Después de todo de ahí no podíamos dispararnos. ¡Era como si estuviéramos en el Polo!

-¿Y luego, qué pasó?

-Después… nos llevaron en vapor a Río Gallegos. En un vapor de propiedad de la compañía Menéndez…

Allá, en Río Gallegos nos llevaron en un camión, hasta la cárcel. A Portales, Correa Alegre y a mí. A los tres. Nos llevaban unos soldados, con fusil y bayoneta calada.

Cuando íbamos en camino, un poco para entretenerme en el viaje, le digo al soldado que estaba a mi lado, un conscripto, -qué buenos Máuser que tienen. ¿Y son precisos? ¿Disparan lejos? -Y me responde: -Sí, como no. Fíjese que bueno serán que le disparamos la otra vez a unos vecinos que estaban curioseando a unos mil metros… Y hasta allá llego la bala…-Y se quedó pensativo. Entonces le digo -¿Y…? – Y me responde -ahí quedó…

-Qué, ¿lo mató?

-¡Ah, no sé! Me responde… Bueno, y así llegamos hasta un pabellón… Había una piecita. Y ahí nos dejaron. ¡Y ahí estábamos los tres más bandoleros! -ironizó con una sonrisa.

-¿Y después?

-Un día… Al segundo o tercer día… Viene un milico con galones con un ayudante. Entra a la piecita y saluda -Buenos días -.

-Buenos días -respondimos nosotros.

-¿Quién es Federico, el alemán? -pregunta. -Soy yo -respondí. -¡Ah! ¡Pero me da lastima en Ud.! -exclama, y agrega -¡Un hombre culto, que habla alemán, metido con todos los bandidos!

-Pero yo no los conozco -respondo yo sorprendido. -No sé si son bandidos -agrego.

-Bueno, cállese -me conmina. -Hay gente que tiene un buen concepto de Ud. Pero también muy malo -juzga en una evidente contradicción, y luego reacciona diciendo: -Bueno, muy bien, acá es para que firmen esto -y me muestra un papel escrito a máquina. Y yo lo tomó y pido una lapicera para firmar que me alcanza el milico. Entonces salta Correa Alegre. -¿Pero qué es lo que vas a firmar? Esperá, déjamelo leer… -lo lee y dice: -¡Che; aquí dice: Póngase en libertad a nosotros tres! -Y ahí no más firmamos los tres. Y ahí terminó el episodio -concluyó con una sonrisa divertida mirando a su hijo.

-¿Y cómo, así no más? -quiso saber el joven sospechando que faltaba algo más en el relato.

-Parece que una persona -respondió concentrado después de unos segundos de silencio, -telegrafió a Buenos Aires pidiendo respeto por nuestras vidas. Y de Buenos Aires solicitaron informes. Y entonces cambiaron la sentencia de muerte, por la de libertad.

-¿Y luego que hicieron?

-Resulta que había que regresar a Puerto Deseado. Y no teníamos un centavo. Entonces fui al subjefe de la policía, y éste nos mete en un buque que venía de Punta Arenas, y nos manda a casa de nuevo.

Y todo por Menéndez y los estancieros que no querían dar dos centavos más por la chapa de la esquila. Si no le convenía a ellos ya era delito…

-Y en Lahusen, ¿qué te dijeron?

-Nada.

-Seguiste trabajando…

-¡No…! No, yo no hubiera aceptado volver a trabajar con ellos. Después de allí me fui a trabajar, como administrador, a una estancia…

Añoranza y decepción

Saturday, May 11th, 2013

Entró al restaurante, con apariencia de bodegón, y se ubicó en una mesa con vista a la calle. Para el final del almuerzo, mientras saboreaba un café, observó distraído hacia la calle gris, de veredas angostas y baldosas rotas. Autos, colectivos y camiones se desplazaban con aceleraciones bruscas y frenadas histéricas y bocinazos irritables que lastimaban los oídos. En el aire flotaban pequeñas nubes de monóxido de carbono que escupían los vehículos y que contaminaba el aire. -Sí, es un espectáculo deprimente –se le ocurrió pensar. -¿cómo se puede vivir así? –agregó y sorprendido recordó que él vivió en esa calle. –Es curioso –reflexionó, -sabía que esa calle se llamaba Moreno, pero de su memoria se había borrado el número del edificio. Sólo tenía registrado que era el piso 10 y el departamento D. Habían pasado ya veintitrés años. Perón ya había muerto, y los militares gobernaban el país.

Una ola de nostalgia amarga cubrió de recuerdos esas un poco más de dos décadas pasadas. Sintió que su estado de ánimo se parecía al flujo y reflujo de las corrientes marinas. Su humor, como las mareas, subía y bajaba con cada recuerdo; buenos y malos.

Con ese talante salió del restaurante en dirección a la calle Bolívar buscando señales de un tiempo pasado. Al cruzar por la puerta de entrada donde vivió constató que el número del edificio era el 445. Por esa puerta quedaron en su memoria el día que ingresó por primera vez, 1978, con una carga de frustración y dos años después al mudarse con optimismo… Y deudas. Pero no importaba, volvía a ser dueño de una casa, de su propio hogar, en un barrio de jardines y tranquilidad.

Al llegar a la esquina se detuvo. Su mirada se fijó en el vetusto edificio de arquitectura de principios del siglo XX de estilo francés Beaux Arts o académico francés. Se conocía por el palacio Raggio. Curiosamente, en la colonia, en ese solar vivió la familia de Ortiz de Rosas. Cuando se inauguró el edificio fue destinado a departamentos de alquiler para familias pudientes, ahora, notó, alberga, como un viejo conventillo, familias muy pobres. En sus balcones, carente de flores, además de ropa secándose, se amontonan objetos, como colchones, viejas bicicletas, palanganas, y cacharros dando la sensación de descuido, suciedad, desorden, apatía. Hace pensar que detrás de las lonas o telas astrosas que hacen de cortinas, (las persianas han desaparecido vaya uno a saber el motivo) las amplias habitaciones están subdividas por paredes de cartón en cuartuchos miserables. Y en ellas viven miserablemente varias familias. ¿Por qué sus habitantes no se organizaban y ponían el edificio en condiciones habitables? Y reflexionó que a la miseria no se le puede pedir que además sea culta.

¡Vaya paradoja! –exclamó. En antaño las familias de ese edificio probablemente estudiaban en el Colegio Nacional Buenos Aires, justo enfrente. Y hoy los hijos de esa pobre gente apenas estudian la primaria en una escuela paupérrima. Antes de continuar por la vereda del Nacional Buenos Aires, se detuvo en este edificio, que en su época se reconocía como centro de un nivel educacional de excelencia. Pero que ahora debe competir con desventaja con mejores colegios privados. Notó que los plátanos sobre el frente del colegio se mantenían fuertes, atiborrados de ramas y hojas, a pesar de las agresiones de los humanos y los gases y ruido de los vehículos.

Siguió su camino hasta la iglesia San Ignacio cuyos muros se levantaron hace tres siglos y soportan, como los plátanos, el paso del tiempo contaminado por las agresiones. Ya en la esquina de Alsina sonrió ante la “Librería del Colegio” que a pesar del deterioro del tiempo aún conserva su belleza. Sin pensar ingresó a la librería en busca de una vieja edición del petit Larousse. Extrañado notó que el salón estaba colmado de gente, los hombres y las mujeres vestían a la moda de los años 50. Confuso desvió la vista hacia la calle sorprendido de ver por Bolívar un par de tranvías traqueteando. Detrás un auto negro mostraba a la derecha del conductor una banderita roja con la palabra “libre” inequívoca señal de que se trataba de un taxi de aquellos años. Se notaba un tráfico escaso, y mucho menos enloquecedor que cuarenta años después. Volvió otra vez la mirada estupefacta hacia el salón de ventas. Vendedores y clientes se movían a ritmo frenético. La mayoría mujeres con chicos entre los 6 y 12 años, vestidos, los más pequeños con un conjunto de pantalón corto y camisa blanca y gorro tipo jockey. En tanto los mas grande ya usaban saco, pero con pantalón corto. Todos parecían hablar a la vez, y a la vez los empleados mostraban a sus clientes cuadernos, manuales, libros de lecturas, lápices, reglas, compases. Los vendedores luego llenaba boletas con carbónico que entregaban a la clienta para pagar en la caja. Le causó gracia, dentro de su confusión, un vendedor mostrando a su clienta y al que sería su pequeño hijo unos modelos “pluma cucharita” y una marca de frasco de tinta. Pudo comprender que el movimiento y aglomeración se debía a que estaban al inicio de las clases. Una señora sostenía en su mano un libro de primer grado titulado Upa, y luchaba para que le dijeran el precio. Un chico de unos siete años trataba, en punta de pie, y con las manos en el mostrador estirar la cabeza por encima del mueble. Turbado advirtió que ese niño por los rasgos tenía un gran parecido a él.

-Buenas tarde, ¿Lo puedo ayudar? –Sobresaltado oyó una voz a su espalda. Hasta ese momento había escuchado las voces como en un sueño, pero esta era clara, real. Se dio vuelta y un joven vestido con chomba le sonreía. Boquiabierto paso la vista a su alrededor. El salón estaba ahora desierto, y en semipenumbra. Un empleado descansaba desganado detrás del mostrador, y sobre éste se exhibían viejas y ajadas ediciones. Un Upa, manoseado por años de uso dormía sobre otra pila de viejos libros. Comprendió que había vuelto a la realidad. -¿Lo puedo ayudar? –insistió el joven vendedor. Confuso, agradeció y con paso apresurado salió del local.

II

Una vez en la calle continuó por Alsina hacia la Av. Diagonal Sur. Al pasar por la antigua universidad recordó con nostalgia sus años de estudiante de minería. Y también que en 1966, en una noche que quedó signada con el nombre de “La noche de los bastones largos” un gobierno militar se consideró con el derecho de echar de las aulas a brillantes profesores por pensar distinto a las estrechas miras de los uniformados. En el cruce de Perú, Alsina y Diagonal Sur su memoria se transporta a 1951. Al pie de la estatua ecuestre de Julio A. Roca estaba armada una tribuna donde Perón arenga a una concentración peronista. Él recuerda haber estado ahí, con ocho años, sin comprender por qué su madre quiere que esté escuchando lo que, a esa edad, no entendía. Se desentiende de estos pensamientos y se encamina por Perú hacia la Av. De Mayo. Al pasar por el edificio del Consejo Deliberante su memoria vuelve a transportarlo con diecinueve años acompañando a una joven de su misma edad. No eran novios, pero él estaba enamorado de ella. Sin embargo la joven era esquiva a sus declaraciones amorosas. En el esporádico tiempo que se conocieron mantuvo la joven una distancia un poco más allá de una amistad, con algunos escarceos amorosos y besos no tan púdicos. Muchos años después se cruzaron en la calle Florida, se saludaron sorprendidos por el encuentro, y él la invitó a tomar el té en la confitería Richmond. Ella le contó entonces que estaba trabajando en Alemania (era hija de una familia de ese origen) y que había vuelto para visitar a sus padres. Pero en unos días más regresaría. Orgullosa le mostró el pasaporte Alemán. Mientras ella hablaba él la estudió. Seguía teniendo un rostro hermoso, aunque un poco ajado, y su cuerpo ya no era el de una bailarina. Había engordado, y su cadera ensanchado. No era la joven esbelta de años atrás. Volvió a echar una mirada al Consejo Deliberante. El edificio siempre le causó admiración por la belleza de su arquitectura con sus columnas, estatuas, sus enormes ventanales y sus macizas puertas de madera. Varias veces, principalmente su hemeroteca, recorrió por dentro sus lujosos pasillos recubiertos de mármol y boiseries. Y herrerías de hierro y bronce de primera. Y arañas, candelabros y luces con cristales biselados. Sólo una vez no apreció la belleza del edificio ni su interior. Ocurrió en julio de 1952. Al final de la tarde de un día lluvioso una larga fila se extendía por la calle Perú y continuaba por la Diagonal Sur. Los rostros de los que hacían la fila, en su gran mayoría, estaban constreñidos por una pena; en algunos sus mejillas estaban húmedas de lágrimas. Y estas se mezclaban con la fina lluvia que caía por sus rostros. Unos constantemente se secaban sus ojos con un pañuelo ya húmedo de tanto usar. La fila, estoica, indemne a la lluvia esperaba impasible entrar al “palacio” y despedir el cuerpo de Eva Perón. Otra vez, contra su voluntad, se veía obligado a acompañar a su madre que, como el resto, lloraba la muerte de la “jefa espiritual”. Él, ya tiene nueve años, y está confundido. No entiende por qué tantas lagrimas por esa mujer gritona y mandona. Otro recuerdo se mezcló con ella. Quizá fue un año o dos antes. Caminaba con su madre por la Av. De Mayo y ante la puerta del edificio de “El hogar de la empleada” hay un grupo de gente expectante. En ese momento sale del edificio una mujer rubia, joven, bella. La gente aplaude y grita ¡Evita! ¡Evita! Ella sonriente, cubierta con un tapado de visón, lleva sus dedos a sus labios y tira unos besos al público que la vitorea. La mujer se detiene ante él y lo mira sonriente invitando a que se acercara. -¡Evita quiere darte un beso! –oyó que decía su madre emocionada -¡Andá! –es la orden perentoria. Pero su timidez lo clava al piso. Siente que alguien, quizá su madre, lo empuja con fuerza hacia adelante. Por la fuerza del empuje casi se cae si la llamada Evita no lo sostiene y lo abraza mientras su cabeza se apoya en su regazo. Por unos segundos se siente cómodo y asustado en la calidez de ese cuerpo. Ella le da un fuerte beso, le remueve el pelo castaño y con rapidez se desprende de él y se zambulle en un Cadillac negro. Se cerró la puerta y el automóvil se desplaza silencioso hacia el centro de la avenida, para luego acelerar y perderse en la noche.

Todo había ocurrido en breves minutos. Y él, a pesar de estar su madre a su lado, se sintió sólo sin comprender qué había pasado. Siempre se preguntó el significado, si lo había, de ese instante ínfimo en su vida. Observó otra vez el edificio del Consejo Deliberante y volvió  a rememorar el momento en que, siempre arrastrado de la mano de su madre, ingresó a un salón donde sobre una tarima posaba el féretro de Eva Perón. Su madre besó con pasión el cristal que resguardaba el cuerpo de la difunta. Luego su madre lo tomó de las axilas y levantando su cuerpo exigió que besara el cristal. Él contuvo las lágrimas y se negó a la orden de su madre. Ante la insistencia, y con lágrimas en sus ojos simuló el beso apoyando la frente sobre el cristal. Aún no puede olvidar el rostro blanco de ese cadáver. Y aun hoy no puede entender tanta devoción.

Se despreocupó de estos pensamientos y continuó su camino hacia la Av. De Mayo.

III

Hizo un inventario. A su izquierda, en la esquina de H. Yrigoyen y Perú, un edificio de oficinas semejante a un paralelepípedo que intentaba sin éxito ser arquitectonico reemplazaba a la vieja e histórica casona del Club del Progreso. Frente, formando esquina aún se mantenía la vieja farmacia. Cruzando, antes de llegar a la avenida, a su derecha había desaparecido el antiguo baño público subterráneo. En ese baño, en 1954, fue a higienizarse para estar más presentable ante su padre. Se habían citado en la confitería London. Recordaba que estaba asustado por el encuentro. Él , en pocos días, cumpliría doce años y hacía un año que no se veía con su padre. Y, en ese lapso pasaron muchas cosas en su vida. Su madre, por su mal carácter e irresponsable había sido despedida de su trabajo. No tenía trabajo y estaban en la pobreza extrema. Como consecuencia de ello, el día anterior, en la pensión que habitaban el dueño los había desalojado y quedado con sus pertenencias hasta que le pagaran lo que le debían. De todos modos era poco lo que tenían ya que su madre empeñó tiempo atrás el resto, incluida la hermosa radio que le regaló su padre. Radio que, junto con los libros, ayudaban a soñar aventuras y evadir su soledad y sus angustias. Por su memoria pasaron programas escuchados: “Tarzan”, “La familia Rampullet”, “Los cinco Grandes”, “Tatín”, “Pepe Iglesias” y un sinfín más. El dueño de la pensión solo le permitió a él y su madre llevarse lo puesto. Y por la noche pasaron durmiendo en los bancos de la estación Constitución. Por la mañana, mientras su madre buscaba trabajo y una nueva pensión, él fue a la pensión a rogarle al dueño le dejara llevarse sus cosas del colegio. Éste ascendió y de paso le avisó que su padre había llamado y que lo esperaba esa tarde en la confitería London. Volvió al baño público. Si había ido ahí era porque no tenía donde lavarse y no iba a presentarse ante su padre desaliñado. El encuentro con su padre, como siempre, era una mezcla de alegría y resentimiento. La alegría de escuchar cosas que a él le interesaban: historia, ciencia, costumbres; de libros, de cine. Y de su vida en las estancias de la Patagonia. Y de sus viajes por el sur. En cambio el resentimiento venía por tener un padre que se perdía por un año en los confines del mundo, y cuando regresaba sólo estaba un par de horas con él. Que se preocupaba superficialmente por lo que hacía cuando él estaba ausente. Preguntaba, sin entusiasmo, si continuaba estudiando, principalmente el idioma alemán o si iba tres veces por semana a hacer gimnasia a la YMCA. Él estaba consciente que podía mentirle a su padre pero no se atrevía y contestaba con evasivas. Y no podía decirle que el dinero para el colegio se lo gastaba su madre, siempre llena de deudas por mala administradora. Y perdida de sus trabajos. Ahora su madre lo había conminado a que le pidiera plata. Pero él no se animó. Hizo a un lado estos pensamientos penosos y cruzó la Av. De Mayo.

Al llegar a la esquina de Rivadavia un local de hamburguesas, y que la moda llamaba “fast food” reemplazaba a la antigua joyería Escasany. Se preguntó que lo fundadores  de esa joyería se revolverían en sus tumbas sabiendo que sus descendientes no continuaron con la tradición familiar y se volvieron pseudos banqueros, simples especuladores de dinero. A su izquierda, por Rivadavia, el viejo restaurante Pedemonte se había mudado a la Av. De Mayo. Ese tradicional restaurante donde iba a almorzar Lisandro de la Torre y que amargado de tanta corrupción política se suicidó. –¡Bueno, de nada le sirvió el ejemplo! –exclamó sonriente. –La clase política continua siendo corrupta… -murmuró. Antes de cruzar miró a su derecha por si venía un auto y reconoció a mitad de cuadra la parte trasera del edificio de La Prensa, y su biblioteca. Ahí estudiaba cuando iba a la secundaria. Reconoció que en invierno era el lugar acogedor, por su calefacción, y no la fría pieza de la pensión. En el salón de lectura de la biblioteca había un grupo de jóvenes que estudiaban también, y entre intervalo e intervalo se producían entre ellos conversaciones dicharacheras y sonrisas, que los bibliotecarios luego llamaban al orden y silencio. Pero él nunca intimó con ellos, no solo porque eran de otro colegio, sino por su timidez. Él se ubicaba en un rincón solo. Del grupo había una muchacha que, había advertido, estaba pendiente de su llegada, y cada tanto dirigía su mirada hacia él. Nunca se atrevió a hablarle.

Ya en Florida sus recuerdos y añoranzas continuaban ocupando su mente. El banco de Boston con su exquisita puerta de bronce labrada lo llevó a recordar el “Informe para ciegos” de Sabato que señalaba que los bancos semejaban templos de dioses paganos. Se detuvo frente al banco y giró la cabeza hacia lo alto fijando la vista en un ventana del edificio de enfrente desde donde Medrano observaba el paso de los transeúntes y fijaba en sus “Grafodramas” escenas de los porteños.

Cruzó Bme. Mitre. Ya no estaba la tienda Etam, ni el Bazar Dos Mundos, ni Los Gobelinos; el tiempo y el “progreso” (o las mala economías del país) se lo habían llevado. Más adelante la galería Güemes aun conservaba aires de tiempos pasados. De tiempos en que un ilustre escritor inspirado, como su padre, del sur argentino escribió “Correos del Sur” y “Vuelo Nocturno”, y quizás los primeros borradores de “El Principito”.

Giró la cabeza y el edificio de Gath & Chaves, de estilo segundo imperio habían convertido sus vidrieras en pequeños locales parecidos a un bazar persa. Y su interior, ayer un lujo de decoración en oficinas insulsas. Por los años cincuenta su padre lo vestía, una vez por año en la sección niños. Siempre le compraba las mismas ropas: pantalón corto, camisas blancas de manga corta en verano y largas en invierno; sacos haciendo juego con el pantalón. Y en invierno un sobretodo abotonado y cerrado en el cuello. Y la infaltable gorra tipo jockey con un botón, de adorno, en el centro. Recordaba maravillado la atención de los vendedores que trataban a padre e hijo como si fueran de la alta sociedad porteña.

Pensando en ello levantó la cabeza hacia el último piso de la famosa tienda y sintió que se elevaba como si fuese un espíritu. Pronto se encontró en medio de un gran salón. Una rápida mirada le bastó para descubrir que estaba en la confitería de Gath & Chaves. Advirtió asombrado que las personas que ocupaban las mesas del bullicioso salón  vestían a la moda de principios del siglo XX. Recorrió las mesas notando que era invisible para los demás. En una mesa a su derecha un joven sostenía con sus dos manos un diario abierto en una página interior y parecía concentrado en su lectura. Se aproximó y leyó la primera página: ¡Armisticio! Estaba impreso con grandes letras en negrita. Se fijó la fecha 12 de noviembre de 1918.

IV

Se puso de costado para ver mejor al joven. Debía rondar los treinta años. Usaba anteojos sin armazón y lucía su camisa con un grueso cuello desmontable almidonado y corbatín negro al uso de la época. Un sombrero homburg informal posaba sobre una silla. Observó con mayor detenimiento sus rasgos que le parecieron conocidos. Su tez muy blanca y su rala cabellera rubia le recordaban a alguien pero no acertaba saber a quién.

Despreocupándose de buscar el parecido con algún conocido volvió a recorrer con la vista el salón. Según señalaba el diario se encontraba transportado a 1918. Y la forma de vestir de quienes lo rodeaban parecía confirmar este supuesto. Se preguntó por qué se encontraba reviviendo un pasado veinticuatro años anterior a su nacimiento. No lograba entender si lo que sucedía, de la misma forma que en la “Librería del Colegio”, era un sueño o una alucinación viajando a través del tiempo. Oyó un ruido de papeles y se dio vuelta. El joven que le había llamado la atención dejó con fuerza el diario sobre la mesa, de ahí el ruido, y unos ojos grises fijaron su vista en él. Sobresaltado su corazón latió con fuerza. Seguido advirtió que no era a él que miraba, puesto que era invisible a la vista de los demás, sino que dirigía la mirada a los ascensores. Su expresión denotaba que esperaba a alguien y que estaba irritado con la espera mientras extraía un reloj de su chaleco, abría la tapa y consultaba la hora. Para después de unos segundos cerrar fuerte la tapa del reloj y volverlo al bolsillo de su chaleco, sin perder la irritabilidad de su rostro. Esos movimientos produjeron un estremecimiento en él. El joven que estaba frente a él era su padre. Y tal aseveración se confirmó al descubrir en su anular el particular anillo de sello. No cabía duda era su progenitor en su juventud.

En ese momento las facciones de su padre cambiaron por una expresión de alivio. Siguió la mirada de su padre. Una mujer joven de unos dieciocho o veinte años parada a espalda del ascensor pasaba la mirada por el salón y al descubrir a su padre se dirigió directamente a la mesa de éste. Su asombro y nerviosismo aumentó al comprender que se trataba de su madre. Delgada, piel olivácea y cabello negro peinado a la moda. Vestía sencillo con elegancia. Su padre se paró e invitó a sentarse a su madre. Esta lo hizo con una sonrisa seductora. Extrañado advirtió que no se besaron. Y no pudo evitar observar el contraste de ambos en sus caracteres. Estructurado su padre, y despreocupada, superficial su madre. Pero ambos eran sanguíneos. Luego se extrañó que sus padres se conocieran a esa edad. Siempre había supuesto que se habían conocido veinte años más tarde.

Pero ahí estaban. Luego de la sorpresa inicial sintió cierta alegría que ambos se hubiesen conocido en su juventud, y no en su madurez cuando ambos rondaban los cuarenta y cincuenta años respectivamente. -¿No estás triste? –preguntó su madre en tono que quería ser irónico.

-¿Por qué? –quiso saber su padre extrañado con la pregunta. –Perdieron los alemanes la guerra… -aclaró ella en tono burlón señalando el diario. Los ojos de su padre relampaguearon y su tez adquirió el color rojo. –Siempre llegando tarde –le reprochó ignorando el comentario anterior. -¡Bueno, che! Se me hizo tarde. ¡Qué querés! –exclamó su madre fastidiada. Ambos se quedaron en silencio con expresiones ofendidas.

-¿Vas a tomar algo? – preguntó su padre en el momento que se acercó un mozo. Ella asintió seria y pidió un servicio de té.

-¿Para qué me llamaste? – quiso saber su madre en cuanto el mozo se retiró. Su tono era agresivo. Su padre se revolvió inquieto en su silla, como a quien le resulta difícil tener una conversación normal. -¿Qué tal te trata Ridders? – preguntó amable obviando la respuesta de su madre. –Bien, por ahora… Debo servir el desayuno, el almuerzo y la cena. El señor es una persona tranquila y la señora parece media tonta. Tienen cuatro chicos y una nena… La molesta es la suegra. Anda detrás mío viendo que hago o no hago. Que los cubiertos se ponen así. Que esto está mal. Que aquello tiene que estar prolijo… ¡Me tiene harta, che…! En cualquier momento hago la valija y me voy. ¡Qué se cree!

-Pero es un buen trabajo, te pagan bien y tenés alojamiento. Aprovechá. Es una buena familia con la servidumbre-, aconsejó. Y ese fue el detonante para que su madre y padre se trenzaran en una discusión en que una decía que él estaba del lado de los patrones y el otro la acusaba de incompetente e irresponsable.

Callaron con la llegada del mozo con el té y una bandeja de masas. Su madre tomó una masita y la llevó a la boca con aire glotona. -Bueno, ¿qué querés? ¿Para qué me llamaste? –repitió con la boca llena. Su padre aguardó unos segundos observando como ella se engullía otra masita.  –Me voy al sur -, aclaró. –A Río Gallegos…

-¿A qué? –interrumpió su madre sorprendida al tiempo que llevó la tercera masita a su boca. –Conseguí trabajo en los almacenes Lahusen… -respondió paciente. -¿Lahusen? ¿Alemanes?

-Sí… -afirmó observando como devoraba la siguiente masita. Por unos momentos ambos quedaron pensativos. Su madre bebió un sorbo de té y volvió a atacar las masitas. –Pero, Federico, ¿un almacén en Río Gallegos? ¿Pero hay gente viviendo ahí? No debe haber nadie-, dio por sentado. –Pero ya vos estuviste ahí –continuó, -con una compañía de no sé que cosa de limites. Esas que hacen mapas.

-Con la Compañía Alemana de Agrimensura… Para fijar los límites de los territorios nacionales… Y sí, hay gente viviendo en Río Gallegos. Y la casa Lahusen provee a las estancias de la Patagonia. Hay muchas estancias…

-Y si ya estuviste, ¿para qué querés volver? –Su padre desvió la vista y se restregó en su silla. Su madre ya se había bajado media bandeja de masas. –Porque el trabajo es muy bueno y me pagan bien.

-Entonces quiere decir que vas a vivir allá.

-¡Claro que me voy a vivir a Río Gallegos! – respondió su padre irritado. Imperturbable su madre bebió otro sorbo de té y volvió a las masas. –Bueno, ándate. A mi que me importa-, respondió ella. -¿Para eso me hiciste venir? –preguntó en tono agresivo. -Pensaba –respondió su padre cuidando las palabras, -que querías venir conmigo…

-¿Estás loco? –interrumpió su madre con la boca llena de masas. –No. Yo me quedó aquí. Estoy cómoda acá, en Buenos Aires. ¿Qué querés, enterrarme en el medio del campo…? Yo me crié en el campo, y sé lo que es vivir en el campo. No andate solo –remarcó a la vez que volvía a atacar las pocas masas que quedaban. Y se volvió a servir otra taza de té. Su padre quedó en silencio, con la vista fija en las manos de su madre que llevaba la taza de té a sus labios. –Bueno, solo quería decirte eso… -dijo finalmente con un dejo de frustración. Luego hizo una señal al mozo para que se acerque, pagó la consumición y, sin despedirse, se levantó, tomó el sombrero, y se dirigió a los ascensores.

En todo tiempo su madre no pronunció ninguna palabra manteniéndose en una pose indiferente. Sola, acercó a su boca una masita, mientras una lágrima recorrió su mejilla que presurosa secó con un pañuelo.

Él sintió un vacío en su corazón al ver a su madre triste sin comprender como había pasado de la agresividad con su padre al desconsuelo. En ese momento sintió que alguien rozaba su espalda. Se dio vuelta y se encontró, otra vez, en la calle y en tiempo presente.

V

El joven que lo rozó pidió disculpas y continuó con paso vivo por Florida perdiéndose entre el frenético gentío que la transitaba. Tuvo conciencia que había despertado de un sueño momentáneo, y sin entender los juegos de la mente recreando espejismos siguió su camino.

Antes de llegar a la Av. Corrientes prestó atención a la vidriera de la librería El Ateneo. Siempre se detenía a mirar los libros expuestos y recrear su mirada con las nuevas novedades de las editoriales. La mayoría de las veces ingresaba al salón de ventas y recorría las mesas ávido de descubrir un nuevo libro que lo transportara a tierras exóticas, a conocer otros mundos, o develar historias. O simplemente gozar de una aventura. Abría un libro de los tantos expuestos y recorría sus páginas leyendo párrafos salteados, y si se “enganchaba” seguro que terminaba llevándoselo. Pero había otra librería que era para él un templo, un mundo de sensaciones: la librería de Tomás Pardo, en la calle Maipú. Ahí, junto al librero conversaba largas horas sobre este o aquel libro, o sobre el autor. Ahí descubrió a Kipling, a Borges, Sabato, etc. Ahí el librero, a pedido, le conseguía viejas ediciones de tal o cual libro como aquel de Blasco Ibáñez, Los cuatro Jinetes del Apocalipsis, o Las Minas del Rey Salomón de Haggar. O El Hombre que Ríe de Victor Hugo.

Esta vez no entró a la librería y continuó hacia Corrientes. En la esquina registró que ya no estaba más la casa de carteras Mayorga y, como en el caso de Escasany, ahora lo ocupaba un “fast food”. Sin embargo el viejo edificio aún conservaba algo de la antigua arquitectura. Antiguamente ese solar había sido una residencia palaciega. Después la casa de carteras adaptó la planta baja a las necesidades de un negocio y su planta alta a la administración. Aún recuerda que siendo cadete de un estudio jurídico, tendría en ese entonces unos dieciséis años, entregó un sobre subiendo a la planta alta. Debía subir por una suntuosa escalera de mármol y baranda de bronce labrado que se había conservado de la vieja casona. Y él, al subir y bajar por esa escalera, se imaginaba el amo del antiguo palacio.

Junto con la casa Mayorga habían desaparecido la zapatería Guante y su competidora, Delgado. También la casa Tonsa, la sastrería Cervantes, y la tienda James Smart. En esa tienda su padre, y después él, se procuraban de conseguir la colonia Ambre. Otra desaparición la tradicional zapatería Los Angelitos. Todas esas casas habían marcado una época de Buenos Aires, y sintió que marcaban un retroceso en la tradicional calle Florida. Que decir del Jockey Club, señorial arquitectura que el fanatismo convirtió en cenizas. Y hoy es un adefesio de Galería. Sin pasado, sin futuro. Sin tradición. Una calle atiborrada de locales que venden baratijas, y en mendicantes. Al menos, aceptó, la vieja Galería Pacifico remozada había mantenido su estilo.

Cruzó la avenida Córdoba y se detuvo ante el abandonado edificio de la tienda Harrods. No podía creer que esa tienda, otrora centro de compras cuyos clientes ostentaban el buen gusto sin importar la clase social estuviera en estado ruinoso. En un pantallazo su memoria retrocedió treinta años atrás con las imágenes del edificio engalanado con motivos navideños. En la entrada el tradicional portero de Harrods con su uniforme militar color verde entorchado de galones y botones dorados, y gorra de plato en la puerta saludando atentamente a todos los clientes como si estos fueran viejos conocidos. -¡La biblioteca circulante! – exclamó por lo bajo recordando que Harrods tenía una biblioteca que prestaba libros. No recordaba cuantos libros había leído pero ahí descubrió “La invención de Morel”, a autores como Cronin, Graham Green; la ciencia ficción. La bibliotecaria, siempre amable, le recomendaba libros y autores. Y todo eso había desaparecido. ¿En donde estarían esos libros? Se preguntó. Una imagen de un salón vacío, oscuro y lleno de polvo se le representó. Y de pronto, sin explicación, se encontró vagando por los salones oscuros y polvorientos del edificio. Estanterías y mostradores se amontonaban en rincones de algunos pisos. Y en otros esparcidos aquí y allá, algunos cubiertos con telas y otros mostrando su vetustez.

En el último piso, llamó su atención unas puertas batientes con herrajes de bronce, oscurecidos por el tiempo, y cristales biselados con el monograma de Harrods y visillos blancos que el tiempo y el polvo colorearon de gris oscuro. Prestó atención a un murmullo, ruido de vajilla y sillas que se corren provenientes detrás de las puertas. Extrañado ingresó al salón como lo hacen los espíritus atravesando las paredes.

Como había ocurrido en Gath & Chaves, se encontraba ahora en la confitería de Harrods colmada de clientes a la hora del té. Observó por los altos ventanales caer la lluvia que chocaba contra los vidrios y sus gotas se deslizaban formando líneas plateadas. Esta vez los hombres y mujeres vestían a la moda de los años cuarenta. Su mirada vagó por entre las mesas en que señoras parloteaban y reían moderadamente quizá saboreando comentarios maliciosos de amigas y conocidas de su círculo social. Notó que sólo había dos parejas con chicos, y un par de hombre sentados alrededor de una mesa en unos de los rincones del salón. Giró su cabeza y su mirada chocó con las figuras de sus padres ingresando al salón.

Aunque con más años los reconoció en al acto. Se dirigieron a una mesa de un rincón, y se sentaron. Él entonces, cargado de ansiedad, se acercó a la mesa que ocupaban al tiempo que lo hacía uno de los mozos. –Estoy de antojo. Tomaré un chocolate con churros –comentó su madre. –Que sean dos –ordenó su padre. El mozo se retiró a cumplir el pedido. En tanto él estudió los rostros de ambos. Su padre, calculó, debería acusar cincuenta años, y su madre, por lógica, unos cuarenta. Pero como siempre lo sabía ambos representaban diez años menos. Notó que estaban incómodos.

-Buenos, entonces, estás de paso-, señaló su madre, y añadió en tono bajo y suave. –Entonces, ¿no te vas a ser cargo? –Su padre se revolvió incomodo. -¿Fuiste al médico? –preguntó contenido. –No… Pero si tengo dos meses de atraso quiere decir que estoy embarazada- El rostro de su padre no parecía expresar alegría, y su madre expresaba angustia. Si mantuvieron en silencio hasta el instante que se acercó el mozo y sirvió dos tazas de chocolate y una bandeja con media docena de churros. –Así que tenés antojo de chocolate con churros-, comentó su padre intentando ser gracioso. –Si tengo antojo es porque estoy embarazada-, puntualizó ella en ese tono agresivo que le era tan familiar. Su padre hizo un gesto. –Bueno, tenés que ir al médico insistió molesto. –Yo me voy mañana Río Gallegos-, aclaró, -de madrugada. Te escribiré.

-¡Pero vos sos el padre…! –exclamó por lo bajo su madre. -¡Y qué sé yo si soy el padre! –reaccionó exaltado su padre. -¿Cómo decís eso, Federico…? –No respondió su padre quedando pensativo. –Bueno, Lola, cualquier cosa que necesites me avisas.

-No necesito nada-respondió orgullosa su madre, –Sólo que reconozcas a tu hijo. Fue como un estallido en su cerebro. ¿Estarían hablando de él? Sintió que su respiración estaba contenida y una sensación de vértigo. -¿Estarían discutiendo su gestación? –se volvió a preguntar. Observó a su padre que flemático llevaba la taza de chocolate a su boca, mientras su madre hundía un churro en la taza.

-Está caliente el chocolate -, comentó su padre dando la sensación de no continuar con el tema de reconocimiento. -¿Qué tal es como patrona doña Amalia? –dijo tratando de ser agradable. Su madre se tomó el tiempo en engullir un churro. –Y sí… -respondió con la boca llena mientras con una mano tomaba otro churro y con la otra bebía el chocolate. –Pero voy a cambiar de patrón. Voy a trabajar en la casa de un médico-, comentó. El rostro de su padre mostró sorpresa. -¿Otra vez? ¿Pero por qué te querés ir de lo doña Amalia?

-Porque me pagan más. Doña Amalia es una explotadora…

—Pero, Lola, tenés que tener un trabajo estable. No podes cambiar de trabajo por capricho. No creo que sea porque te pagan más. Seguro que no te gusta algo de doña Amalia… -Su madre no respondió, mas atenta al quinto churro, y beber el chocolate.

Mientras sus padres ofrecían un cuadro patético se sintió dolorido. Había descubierto, lo que su subconsciente sabía desde pequeño. Su gestación se trató como si fuese un objeto descartable. Desvió la vista hacia el ventanal y sintió vértigo, tanto que creyó que se caía. Todo a su alrededor se oscureció. Fue un segundo, a su alrededor la gente caminaba apurada por Florida.

La tía

Saturday, May 11th, 2013

El cuento es una masa de verdad y sueños.
Pero al igual que la harina, el agua y la sal
una vez amasado no vuelven a separarse.

Fragmento

En el verano de 1961, tenía diecinueve años, Pedro me pidió que lo acompañara a un baile de estudiantes de fin de curso en Ramos Mejía. Había conocido una chica y estaba ansioso de encontrarse con ella.

El salón de baile se había organizado en el gimnasio del colegio. Y no bien ingresamos, Pedro logró ubicar a su compañera, y después de las presentaciones quedé solo mientras mi amigo ya estaba bailando. Me coloqué en un rincón pasando la mirada distraído por todo el lugar lleno de chicas y muchachos bailando. Advertí en una mesa a mi izquierda a una mujer de unos treinta años compartiendo una mesa con dos jóvenes de mi edad. Decidido me acerqué a la mesa e invité a bailar a una de las jóvenes. Esta no se hizo rogar.

Mientras bailabamos noté que tenía un carácter alegre y una conversación entretenida. Se llamaba Sara. Al finalizar el disco se hizo un intermedio e imitando a las demás parejas la acompañé hasta su mesa junto a sus compañeras. La más grande me invitó a que me sentara con ella y Sara insistió. No me hice rogar. Vinieron entonces las presentaciones. La más joven se llamaba Carmen y la más grande, que me pareció las acompañaba como “custodia” de la castidad de las chicas se presentó como Lucía, tía de Carmen. Advertí que ambas tenían un parecido físico, pero no de carácter. La tía,  parecía desinhibida. En tanto su sobrina poseía un aire retraído; ojos marrones esquivos y cabellera cortada a lo varón. Comenzamos con una conversación de circunstancia.

Volvió a sonar la música y la tía, antes de que Sara tuviese iniciativa, sugirió que bailase con su sobrina. Esta, timida, dijo que no, pero ante la insistencia de de su tía aceptó.  La música era de ritmo lento, con los Cinco Latinos. Mientras bailabamos comecé a sentir cierta atracción por ella. Poseía unas facciones dulces y una mirada timida. Había algo en ella que me atraía. La cuestión que a partir de ese momento estuvimos bailando varios longplay. En un intervalo decidimos volver a sentarnos y diez o quince minutos despues, para no quedar mal con Sara volví a bailar con ella. Y  así, alternando con Carmen y Sara bailamos hasta que la dirección del colegio dio por terminada la fiesta. En el interín ya habíamos acordado con Carmen encontranos al día siguiente, domingo, a la tarde en la plaza frente a la estación Ramos Mejia. Y antes de que nos despidieramos, ambas jovenes se dirigieron al toilette quedando solo con la tía. –Me alegra que hayas decidido invitar a salir mañana a mi sobrina-, señaló la tía con una sonrisa. Asentí comprendiendo que en algun momento que bailaba con Sara tía y sobrina cuchichearon. -¿A que hora se citaron? –Quiso saber la tía. Respondí a las cinco. -¿Dónde vives?- Contesté en el barrio de Congreso. –Que bien –dijo despues de unos segundo de meditación. –Entonces me gustaríamos que nos veamos a las ocho- Quedé sin saber que decir. Ella aprovechó para agregar. –Necesito hablarte de Carmen, y acá no puedo. Eso si te interesa relacionarte seriamente con mi sobrina-. Respondí entre molesto y nada seguro, que sí, que me interesaba. Y pregunté donde nos veriamos. –Carmen tiene que estar en la casa a las siete. Los padres son muy estrictos. Así que a las ocho me parece bien. ¿Conoces la confitería Las Delicias?  ¿No? Es en Medrano y Rivadavia – precisó.

Para la tarde del domingo, a las cinco en punto, estaba como soldado firme en la estación Ramos Mejia. Llegó puntual, y después de los saludos nos sentamos en un banco de la plaza donde conversamos un tiempo. Mas tarde la invité a tomar un café en una confitería cerca de la plaza donde continuamos nuestra charlas de “bueyes perdidos”. A las seis y media Carmen dijo que tenía que irse porque los padres la estaban esperando. Nos despedimos con un beso ingenuo en la mejilla y acordamos que me llamaría en la semana para volver a encontrarnos.

Mientra regresaba en tren para encontrarme con la tía intentaba intrigado saber qué me diría. Todo parecía que Carmen era un chica normal, al menos así lo parecía. Quizá se olcultaba en ella una personalidad esquizofrenica, y la tía tratara de mitigar la reacción que podría producir en mi. En fin ya vería de que se trataba. En tanto el calor se hacia sentir sofocante.

Llegué a la confitería pasadas las ocho. Ella me estaba esperando en un rincón apartado del salón. Me acerqué y nos saludamos intercambiando besos en la mejilla. Seguido me senté. Hablamos sobre el sofocante calor y otras trivialidades cuando se acercó el mozo preguntando lo que me serviría. Opté por una gaseosa. El mozo se retiró y ella me preguntó cómo me había ido con Carmen. Respondí que bien. Asintió ella y señaló que su sobrina era una chica sensible. Y me advirtió que no la debía herir. Y que si no tenía fines serios era mejor que no la viera más. Y agregó todo aquello que le dice una madre al novio de su hija. ¡Y para decirme esto me citó! Pensé con cierta bronca. Continuó luego preguntando sobre mis gustos, aspiraciones; mi futuro. Hizo otras preguntas másy dijo que tenía que irse.

Salimos a la calle y nos recibió un aire caliente y sofocante. Si bien dentro de la confitería hacia calor (por aquella época no existian los aires acondicionados en esos lugares) fuera parecía el infierno. –Espera… -advirtió la tía con voz sofocante al tiempo que se sujetaba de mi brazo. Sorprendido noté que la piel de su rostro estaba blanca. –Sufro de baja presión -, aclaró con signo de costarle mantenerse en pie. Me asusté. –Esta humedad elevada no la soporto. Para colmo olvidé mis pastillas en mi casa-, dijo con esfuerzo rebuscando en su cartera. -¿Puedes acompañarme hasta mi departamento? Tengo miedo de tropezar… Vivo acá, a media cuadra… -señaló con pesadez. Dije que sí, que no se preocupara. Cruzamos Medrano y lentamente caminamos por Rivadavia. Unos treinta metros más adelante se detuvo ante una puerta. – Es aquí…

Buscó la llave en su cartera y un llavero relució en su mano antes de caer al suelo. Presto recogí el llavero, y luego de que ella me indicara cual llave introducir en la cerradura, abrí la puerta de entrada. Seguido subimos al ascensor hasta el quinto piso. Y esta vez ella abrió la puerta de su departamento. –En el baño tengo las pastillas…-dijo mientras entrabamos y señaló un sillón para que me sentara al tiempo que cerraba la puerta de entrada y se dirigía, supuse, al baño.

Esperé sentado en el borde del sillón con la sensación de estar confundido. Con los ojos puestos en la puerta del baño oí el sonido del agua de una canilla. Desvié la vista y me distraje unos segundos observando a mi alrededor. En la entrada, un diminuto pasillo conectaba con una pequeña cocina que ya había visto fugazmente el ingresar. Y a mi izquierda una ventana daba a un hueco de luz. A mi derecha un tabique de maderadividía el monoambiente en dos. Había pocos muebles, una mesa con sillas, el sillón en que me encontraba sentado, una especie de bargueño; un Winco, y una colección de longplays. Se notaba austeridad y buen gusto.

Minutos después salió del baño con aire más animado. Supuse que la pastilla le había levantado el ánimo. – ¡Uf! ¡Qué calor! –exclamó apantallándose con una mano. –Ponte cómodo, sácate el saco y la corbata-, sugirió. Al mismo tiempo abrió la ventana y se dirigió al otro lado del tabique. –Vení Pasá a este lado que está más fresco… -sugirió. La seguí sintiendo que continuaba confuso. Mientras abría un ventanal observé contra una de las paredes un diván que supuse se convertiría en cama. Sobre la pared del diván lucia un poster de Nureyev y Fonteyn en la clásica pose del “Paraíso Perdido” que dio la vuelta al mundo.

Insistió Lucia, ya debo llamarla así, que me sacara el saco y la corbata y respondí que no era necesario porque ya me iba. Que si se sentía bien no era necesario que me quedara. –Bueno, pero antes toma un vaso de agua con limón-, ofreció. Y antes que respondiera se dirigió a la cocina. –Siéntate, acá está mas fresco…-dijo señalando el diván. No obstante el ofrecimiento me mantuve de pie mirando hacia el ventanal.Continuaba confuso y no sabía el por qué. Me acerqué al ventanal y miré hacia abajo. Unas plantas ocupaban el piso bajo.

Volvió Lucia con el vaso que agradecí. Mientras bebía observé a Lucia que se había sentado en el diván. Vestía una blusa blanca similar a la que vi lucir a Ava Gadner en una película. Un cabello negro y unos ojos brillantes que me miraban divertidos. Sentí ante ella cierta excitación que sumó a la confusión que ya llevaba. Noté que se había descalzado y la blusa colgaba fuera de la pollera. Verdaderamente estaba sexi, y yo me estaba poniendo más nervioso.

Terminé de beber y ella estiró la mano y tomó mi vaso que puso sobre una mesita al lado del diván. Insistió que me sentara. Accedí, ubicándome al borde del diván. Luego ella tomó mi mano diciendo que su corazón latía normal y que lo comprobara llevando  la palma de mi mano  a su pecho. Al posar la mano sobre su pecho me desorienté y excite más. Aún más cuando ella sin soltarme pasó mi mano por debajo de la blusa. ¡No tenía corpiño, y mi mano se apoyaba sobre el duro pezón! Sus ojos brillantes parecían decir -¡que esperas!

El anticuario

Wednesday, December 24th, 2008

 

Hace aproximadamente veinte años recorría una tarde la avenida Santa Fe viendo las vidrieras de los locales que se extienden a lo largo de la elegante vía del norte. Estos exhibían, en la mayoría de las casas, adornos navideños. Buscaba, precisamente, comprar unos regalos con motivo de las fiestas cuando distraído pasé por un local de antigüedades. Me detuve curioso a observar los objetos expuestos. El nombre del local, Kunst macht gunst me llamó la atención. Recorde la divisa: citada en El Anticuario de Walter Scott. Parecía, a juzgar por lo mostrado en su vidriera, que el anticuario se especializaba en armas blancas y de fuego. Mostraba una variedad de viejos trabucos maltratados, oxidados algunos; muchos con apariencia de haber estado enterrados largo tiempo. Había pistolas y revolveres; rifles, escopetas y fusiles de distintos modelos y procedencia. Unos cuantos totalmente deteriorados por el tiempo. En un escaparate se exhibían sables, espadas, etiletes, dagas y toda clase de cuchillería.

El local estaba cerrado y a oscuras. Sin embargo, más allá de la vidrera, se percibían unos estantes donde se amontonaban cascos de guerra de distintas épocas y guerras. También insignias de ejercito o marina, o aviación; cantimploras, y otros adminículos de guerra por el estilo.

Descubrí en un rincón oscuro una espada samurai con vaina y empuñadura de marfil repujada con motivos en relive alegóricos. La takana resaltaba en la penumbra como una joya.

Luego reflexioné sobre los objetos en cuestión. Están ahora, quietos, fríos, silenciosos como la muerte. Todos se muestran con apariencia inofensiva; durmiento un dulce sueño. Objetos destinados a ornamentar una repisa, o en una panoplia. O exhibirse como falsos trofeos de algún mitónamo. Cada una de ellas podrá contar una historia de muerte. Quizá fueron testigos de la cobardía o el heroismo; otros de la maldad, el odio, la pasión… El asesinato…

Pero inertes y frías como la muerte aún están ávidas, en especial los puñales y las espadas, de ofrecer sus servicios segando una vida. Después de todo, ¿para qué fueron construidas, si no es para matar?

-Pensar que estos objetos guardan muchas historias de odios y crimenes… -oí que decían a mi espalda. Sorprendido ante éste comentario giré y me enfrenté con un hombre anciano vestido con un traje cruzado de buen corte. Usaba sombrero rancho que dejaba entreveer una cabellera cana. Lucia camisa blanca impecable y bien almidonada junto con una corbata negra. Una perla estaba prendida a su corbata. El triángulo de un fino pañuelo asomaba del bolsillo superior del saco. Completaba su atuendo un clavel en el ojal de la solapa. Sus ojos azules poseían cierto brillo de tristeza resaltando sobre su piel extremadamente blanca. Me observó con una sonrisa complice, y se llevó la mano al sombrero descubriendose a modo de saludo. Advertí en ese movimiento que los puños de su camisa lucian unos gemelos de oro.

Pensé, que este anciano pasado de moda, leía el pensamiento.

Me sentí molesto ante el intruso. Intenté una sonrisa de compromiso y encogí los hombros como dando a entender que no me interesaba su opinión. Seguido hice ademán de retirarme.

-Es extraño que mucha gente-, comentó el anciano, y me detuve a escucharlo, -coleccione estos objetos que han sido fabricados para matar… Paradojico que lo que sirve para quitar la vida del prójimo, se coleccione con devoción casi religiosa. Y esto aunque muchos disfracen el asesinato como lance de honor. O defensa personal…

-Bueno, su opinión es muy severa-, repliqué. -Si alguien está dispuesto a matarlo, es legítimo que Ud. se defienda a costa de matar a su probable asesino. ¡Es su vida o la de él!

-Es probable que en ese extremo uno deba matar a otro… -Afirmó el anciano sin perder la sonrisa. -Al menos desde su punto de vista. Pero considero que para llegar a ese extremo debe haber ocurrido algo que hizo que se provocara esa situación…

-¿Es decir que, si un delincuente además de asaltarme y violarme, decide matarme yo debo ser además el culpable de provocar esa situación?

-Sí -respondió categórico. Y antes de que pudiera responder por absurdo su afirmación agregó: -Como dije antes es interesante y fascinante conocer la historia que esconden estas armas. ¿No es cierto? -Me desubique. Pensaba que continuaría discutiendo sobre la legítima defensa, y en lugar de ello volvio sobre las armas de colección. Como si el otro tema no diera para más. -Como ser-, continuó -esa takana que se ve en ese rincón, dentro del local. Es del siglo XVII. Es una joya. Y puede tener una interesante historia de samurais ¿no?

-Y, sí… Puede ser… Debe valer una fortuna…-Atine a decir.

-Bueno, no la compre, es falsa.

-Pero-, otra vez sorprendido -¿cómo sabe que es falsa?

-Soy armero, y coleccionista de armas-, respondió sin dejar de sonreir. -Y tengo muchos años en el oficio… Muchos más que la edad que Ud. tiene. Es probable que que Ud frise los cuarenta años, ¿no?

-Sí…

-Es aún joven. Cuando Ud. nació yo ya tenía aproximadamente cincuenta años, y más de treinta de oficio de armero…

-¿Es decir que ahora Ud. tiene unos noventa años y setenta de armero…?-pregunte en un facil calculo sorprendido. -Se conserva bien para la edad que tiene. Yo creía que podía tener unos setenta y tantos años.

-Gracias. Ve ese sable, -y señaló un sable oxidado de la vidriera. En su empuñadura ostentaba grabado el escudo argentino. -Es autentico. Pero no tiene ninguna historia macabra. Es un sable de un oficial de granaderos usado entre 1920 y 1945 en desfiles y guardias en la Casa Rosada. Jamás su dueño desenvainó con causa de defensa, ni la envainó con sangre. La paradoja: El herrero forjó la hoja con arte para ser usada en la guerra, y solo fue usada en utilería.

En cambio ese fusil que está al lado, con el caño oxidado y la culata comida por las tremitas y otros insectos, tiene una historia interesante. Estuvo enterrado por espacio de ciento cincuenta años frente al cabildo de Buenos Aires. Es un fusil inglés que un soldado escoces empuñaba en el momento de ser atacado por los defensores de la ciudad. Este fusil quedó cubierto de barro despues de la escaramuza, y paso desapercibido por quienes recogieron los cadaveres y armas en ese sector. Otra lluvia y el paso de los carros lo hundieron mas en la tierra. Los años pasaron y nuevas capas de tierra se sumaron a las existente. Luego vinieron el empedrado, y mas tarde el asfalto. En ciento cincuenta años descendió mas de quince metros. Por el año de 1940, comenzaron las excavaciones para construir el subterraneo de la linea D. Y la piqueta de un obrero lo volvió a la luz. Este hombre, un italiano, no dijo nada de su descubrimiento y se lo llevó a su casa como trofeo. Al morir su hijo lo vendió.

-¿Y cómo sabe toda esa historia?

-Porque yo lo compre…

-Pero… ¿Es Ud. el dueño de este local?

-Sí, señor… -respondió al tiempo que extraía del bolsillo de su pantalón una llavero unido a una cadena de oro sujeta al cinturón. Abrió la puerta del local, al tiempo que me invitaba a pasar. Picado por la curiosidad acepté la invitación. El anciano prendió unas luces, y todos los objetos parecieron cobrar vida. Al menos eso me pareció. Luego de dejar su sombrero sobre el mostrador se acercó a la vidriera, y levantó el fusil. El dueño -, dijo mientras sujetaba el fusil con las dos manos-, se llamaba Joseph Jersey. El arma le fue entregada con todo el equipo en 1805…

-¡Eh! -lo interrumpí. -¿Cómo sabe a quién pertenecía?

-Aquí esta su nombre… -Y señaló la culata. Me acerqué, y pude comprobar que en ella había sido grabado a cuchillo por una mano inexperta el nombre y el año. Si bien el tiempo había hecho su trabajo volviendo borrosa la escritura, aún se podía leer la inscripción.

-Teniendo el nombre y el año, y el tipo de fusil, pude conseguir algunos datos interesantes proporcionados por el Seventy first Regiment, en Inglaterra.

-¿Al regimiento setenta y uno? ¿Es el de la primera invasión inglesa?

-Así es. Estando en Inglaterra pude acceder a los archivos de la época. Estos me confirmaron que el joven Jersey se incorporó con dieciocho años y estuvo en Buenos Aires. Y encontré algo más. Tuve acceso a unos archivos del regimiento, que estan en un museo. En él se guardan una colección de cartas, notas y diarios de soldados, muchas donadas por parientes, y otras que quedaron, por distintas razones, en el regimiento. Por curiosidad investigué en los archivos de la época. Más precisamente en los años de las invasiones inglesas: 1806 y 1807. Lo primero que encontré fue un diario del teniente coronel Lancelot Holland.[1]

-¿Lancelot? Como el caballero que le robó la dama al Rey Arturo-. Interrumpí haciendome el gracioso. El anciano me estudió unos segundos antes de responder.

-…And so at that time sir Lancelot had the greatest name of one knight of the world[2]-, recitó pensativo.

-Lo siento-, volví a interrumpir, -pero no entiendo mucho el inglés…

-No importa. Disculpeme, me desvié de la historia. Como le decía. Éste teniente coronel vino con la segunda invación inglesa. En 1807. Hace una descripción de la ciudad de Buenos Aires, la forma en que comabatieron y cómo fue tomado prisionero. Animado por lo que había descubierto intensifiqué mi busqueda.

Entonces encontré una correspondencia del teniente Malcom Roberts. Se trata de unas seis hojas escrita en seis oportunidades en el lapso de varios meses del año 1806. En su correspondencia no hace mención del soldado Joseph Jersey. Sin embargo lo que relata me permitió reconstruir por asociación, a grandes rasgos, un capítulo de la existencia del dueño de este fusil.

-Es decir, por analogía.

-Sí

-Pero ¿Ud. tuvo en cuenta que el que escribió esas cartas era un oficial de su majestad? Estos, por lo general, pertenecían a la nobleza y poseían privilegios que un simple soldado ni soñaba. Por lo tanto la descripción del lugar y las visicitudes de este teniente serán diametralmente diferente a las del soldado. Éste carecería de la minima educación, y por añadidura un joven sin experiencia. No sé, me parece a mi que debía ser así.

-Muy buena deducción. Así es. Y he tenído en cuenta ese detalle, que no es nimio. Continuo. El soldado Jersey se incorpora al regimiento setenta y uno de la reina escapando, supongo, de la miseria y el hambre de su ciudad natal Durness, Escocia. No bien se incorporó tuvo su primer destino en el Cabo de Buena Esperanza. En ese destino, a juzgar por una de las cartas del teniente la vida del soldado debía ser muy aburrida. Solo guardias y algunas tareas rutinarias del ejercito.

Poco tiempo después, se rompe la rutina, y es embarcado junto con todo el regimiento con destino desconocido. Antes hicieron una parada en una isla ignorada por Jersey llamada Santa Elena. Finalmente continuaron viaje. La navegación fue una tortura para los soldados no acostumbrados a los viajes por mar.

-Me lo imagino -apunté. -No hacían un viaje en un crucero turistico. Además, en esa época, los viajes por mar no tenía nada de lo romántico que pintan las películas de Hollywood. Ratas, piojos, comida agusanada. No había baños. Durmiendo hacinados en una bodega axficiante, con olores nauseabundos. El aseo debía ser un lujo para un soldado. Aunque no creo que tuvieran conciencia higienica…

-No crea, fijese que en el diario de Holland, anota su preocupación por su higienización. Y critica a los lugareños con el adjetivo de sucios.

-Es posible. Pero no se olvide, como ya se lo mencioné, que él era un oficial. Probablemente con más cultura y preparación que los soldados que, le reitero, como la mayoría, no debían saber leer ni escribir. Propio de la época.

-Es cierto. La cuestión que finalmente el barco llegó a estas costas. Claro, él no sabía donde había llegado, salvo que, por rumores, había oido que pronto desembarcarian con la intención de tomar un fuerte en manos de los españoles.

El desembarco se produjo una mañana cargada de neblina…

-En Quilmes.

-Sí. Pero el soldado Jersey no sabía el nombre. Y el paisaje, como lo expresa el teniente en otra carta, les pareció a todo el regimiento un paramo. Que la expesa niebla debió hacer mas desolador.

Pronto emprendieron la marcha bajo una fina lluvia. La marcha se les hizo tediosa. Avanzaban por un paisaje de extensión dilatada de pasto, como si fuese un mar. Descubrir un árbol en el trayecto era lo único que los distraía en ese paisaje monotono. A mitad de camino se cruzaron con un grupo que parecían soldados españoles. Pero huyeron, y no les fue necesario disparar un solo tiro.

Finalmente llegaron sin haberse cruzado con nadie mas hasta los primeros caserios hechos de barro y techo de paja. Los primeros pobladores que se asomaron a su llegada eran tan sucios y miserables como los de su pueblo natal. Jersey debe haber notado curioso que lo único que los diferenciaba era su aspecto moreno, y sus chozas de barro y no de piedra como en Escocia. Por las calles de tierra y en algunos terrenos se diseminaban restos de vacas descuereadas. Perros cimarrones se estaban haciendo un festin con una de ellas. Un olor putrefacto llenaba el aire, descomponiendo a la mayoría del regimiento. Parecía que los pobladores de la periferia estaban acostumbrados al olor y no lo sentían. Acamparon en un lugar que ni siquiera sabían el nombre, pero a juzgar por lo que habían visto paracía un matadero de animales.

Poco después entraron en el fuerte. Recién entonces Jersey se enteró que la aldea y el fuerte se llamaban Buenos Aires.

El teniente Roberts escribe que entre la lluvia, el frio, el barro y los olores a podredumbre a los soldados les pareció que el nombre correcto del fuerte debería haber sido Bad Air.

-Y Ud. deduce que el soldado Jersey debió haber pensado lo mismo.

-Correcto…

-Pero no se olvide que este muchacho vivía en la miseria. No es de extrañar que el paisaje de la aldea le fuese indiferente dado que su aldea debía ser tan miserable como ésta. Por lo que los oleres de podredumbre también existirian.

-Dificilmente en Escocia se desollaría un animal para procurarse solo el cuero dejando el resto de la carne a los perros… No se olvide que en Buenos Aires se mataba ganado por el cuero, y el resto quedaba a la podredumbre.

Pero volvamos a nuestro soldado Jersey. Después de la rendición del fuerte de Buenos Aires, el regimiento pasó a la rutina. Guardias, limpieza de la cuadra, limpieza del fusil… Y haciendo ocio.

Los lugareños eran amables y, aparentemente, nada hacia presagiar una rebelión. Cuando llegó, los tomó de sorpresa. El joven Joseph, que debía estar descansando en el catre con sus otros camaradas, debió salir corriendo a tomar una posición. Que de seguro le señaló el teniente Roberts. Fue obligado a salir fuera del fuerte para reprimir la sublevación. Cuando llegó a lo que es hoy Diagonal Norte y Defensa una bala enemiga, es decir patriota, le cegó la vida. Final de la historia-. Concluyó volviendose de espalda y dejando el fusil nuevamente en la vidriera.

-¿Cómo supo que murió en combate? -Quise saber al tiempo que se daba vuelta y me miraba.

-Es una suposición. En los archivos en Inglaterra no hay constancia de lo que le ocurrió. Pero ningún soldado deja abandonado su fusil, si no es por muerte-. No me convenció su argumento, y estaba por replicarle cuando me mostró una daga.

-Fijece en esta daga-, comentó jugando con ella en sus manos. -Es de factura toledana del siglo XVIII. Obsérvela.

Tomé en mis manos la daga que me extendía. La empuñadura de madera con incrustaciones  en oro y una filigrana. Dentro de un rombo figuraban dos letras, A y T, que supuse serían las iniciales de un nombre. La hoja cubierta por una vaina de plata. La desenvainé a medias y descubrí que la hoja, de dos filos, tenía grabada una inscripción. La extraje de su vaina para leer la inscripción:. Instintivamente di vuelta la hoja y me encontré con otra inscripción:. Miré al anciano pidiendo una explicación.

-Un bel fuggir tutta la vita scampa- recitó.

-Lo siento pero no entiendo latin. Supongo que es latin, ¿no?

-Sí, es latin. Significa que: Una bella huida libra toda la vida-. Aclaró. Por unos segundos quedé meditando sobre el lema.

-Si no me equivoco debo interpretar que es mejor huir sin pelear, que pelear y morir…

-Algo parecido. Es de Lope de Vega, citado en su obra Gatomarquia. En realidad Lope de Vega ironiza un refran italiano que dice: Un bel morir tutta la vida onora. Es decir: Una bella muerte honra de por vida-. Le devolví la daga.

-Las letras AT debe ser el nombre del dueño-, señalé.

-Sí -. Afirmó al tiempo que volvía a colocar la daga en su lugar. -Un italiano. Se llamaba Antonino di Taranto, conde de Cortina-. Comentó. -La daga es un regalo de una amante española-, continuó revelando. -La historia es así: El conde estaba casado, pero no era feliz. Su matrimonio había sido arreglado, como se estilaba en aquellos tiempos por conveniencia social con una dama de su mismo rango, y edad. A la edad de quince años. Realmente el conde era un infeliz. Su mujer poseía un carácter agrio, histerica e hipocondriaca.

Para alejarse de ella, por no decir huir, acepto a los veintidos años unirse al sequito del embajador italiano ante la corte española. En una fiesta en el palacio del rey de España conoció a la española que sería su amante. Ella, una marquesa, ya tenía treinta años, y según parece, bien llevados. Además una mujer de mundo. Había sido obligada a casarse con un viejo decrepito, aparentemente impotente, y dedicado a la bebida. Los elementos necesarios como para que una mujer bella y de temperamento fogoso, tuviera varios amantes. El flechazo entre ambos fue instantaneo Tanto como para que ella dejara a sus amantes por este joven de pasión arrebatadora. Él aportaba la excitación de la juventud, y ella su experiencia de alcoba. La mujer necesitada de un joven que le llevara el ritmo en el tálamo, y el joven asombrado de todo lo que descubria y aprendía de la diosa Afrodita. Una mezcla de pasión explosiva que en los corrillos de la corte se comentaba casi a diario.

A tres meses del encuentro la pasión, no quisiera llamarla amor, no había disminuido, y el joven cumplía veintitres años. La mujer no encontró mejor idea que mandar hacer una daga, con el mejor acero de toledano. Ignoro por qué agregó esa inscripción irónica.

Pero al decir de Don Quijote: Mas fuerza tiene el tiempo para deshacer y mudar las cosas, que las humanas voluntades.[3]. La cuestión que, con el tiempo, los amantes comenzaron a perder la discreción. Con mas frecuencia de la tolerada se hacían ver juntos con gestos más allá de los permitidos por la moral de la época. La corte española, cuya rigidez es proverbial no vio con buenos ojos, lo que toleraba en ámbitos reservados. A esto debemos agregar que el protocolo español es aún más rigido. Cuestión que lo que no escandalizaba a puertas cerradas, y que era practica común, movia a escándalo a la luz del día.

El marido, siempre el último en enterarse, fue puesto en autos. Y el joven conde, antes de que se convirtiera en una cuestión diplomática, fue puesto en una diligencia a su país.

-¿Y la daga cómo llego a sus manos? -pregunté sospechando que estaba inventando esta historia.

-Aún no he llegado a eso…

-¿Y entonces como sigue? -respondí curioso en oir cómo intentaría cerrar la historia.

-El conde, no bien llegó a Italia, le escribió a la marquesa jurandolé amor eterno, y que prontó estaría a su lado. Se desesperó al no recibir respuesta. Escribió otra vez, con el mismo resultado. Envió entonces un emisario, y éste volvió con una historia que lo dejó frío.

La marquesa, no lo quiso recibir al emisario. No obstante éste antes de regresar quiso averiguar sobre la dama. Entonces se enteró que, días después de haberse ido su amante, su esposo falleció dejandole una fortuna inmensa. Y la mujer que había tenido una pasión desbordante con él, rapidamente encontró un sustituto.

Es entonces que el conde, desesperado escribe su última carta narrando su desventura, y con la misma daga se quita la vida.

-Todo un novelón -comenté sarcástico, puesto que ya no le creía la historia. -Pero no me dice cómo llega a sus manos la daga.

-La esposa del conde -, continua el anciano -guarda la daga y la carta como un trofeo oprobioso en un pequeño cofre de joyas. Este cofre, pasa de generación en generación. En la quinta generación, ya han pasado unos cien años, el hijo bastardo del último conde quiere emigrar a America. Pero no tiene dinero. No se le ocurre mejor idea que pedirle a su padre el dinero del pasaje. Éste, que no quiere reconocer a su hijo, se lo niega., El muchacho entonces, ayudado por el ama de llaves, que es su madre, por la medianoche se introduce en el palazzo. Su madre le indica el escondrijo donde el conde guarda las monedas de oro. Para su sorpresa descubre el famoso cofre y, sin dudar y sin saber su contenido, se lo lleva.

Antes de embarcarse decide ver qué hay en el cofre. No tiene llave, pero violenta la cerradura. Como era de esperar dentro encuentra la daga y la carta. No sabe leer, pero intuye que guarda un gran secreto de su progenitor. La guardará aún con mayor celo con la esperanza que le sirva como garantía de su libertad en caso de que sea detenido.

Por suerte para él esto no ocurre, y finalmente desembarca en Montevideo en 1909. Fue a parar a una pensión donde un ratero, en un momento de descuido le roba el cofre. Al revisar el contenido se desilusiona, puesto que había pensado había dinero dentro, decide quedarse con la daga. Abandona el cofre y la carta. A lo primero, el hijo bastardo del último conde se desespera. Pero ya en América, admite que los objetos ya no le sirven de nada, y no se preocupa más de ello.  Pero guada la carta.

En tanto el ratero, se dedica al contrabando entre ambas bandas del Río de la Plata. Luce la daga en la faja y se enorgullece de ser su “propietario”. Años después, una partida de la policía lo detiene. La daga queda en manos del comisario, y éste la coloca como trofeo en la pared de su escritorio. Mitómano, a todos contaba que esa daga había pertenecido a un peligroso delincuente que él enfrentó y venció a mano limpia.

Tanto creyó esta historia que jamás reconoció que el “dueño” era un simple contrabandista.

Al morir en 1945, igual que ocurrió con el fusil inglés, sus familiares me la vendieron.

Sucedió que, por eses cosas del destino, revolviendo en un negocio de anticuario de San Telmo, descubrí la carta. Asociar esa daga con la carta me fue facil.

Y como diría Becquer. O parafraseando al poeta: La daga se encuentra, dormida y olvidada en un rincón a la espera de que alguien la empuñe y la use.

Me quedé perplejo con la historia del vejete, y con aire divertido señale hacia la vidriera. -Y ese revolver, qué historia tiene?

No me respondió. En ese momento entró un cliente, que parecía un turista. Le habló en alemán. El anciano, que parecía que hablaba varios idiomas, se concentro en la conversación con el cliente.

Entendiendo que estaba demás lo saludé, y él respondió mi saludo con una media sonrisa, y continuó conversando con el germano.

Ya en la calle me pregunté si lo que había oído era producto de una imaginación prodigiosa, o real.

Pasaron unos años de aquel encuentro cuando caminando por la avenida Santa Fe recordé al anticuario. Curioso me acerqué al negocio. Para mi sorpresa el local ahora estaba ocupado por ropa de mujer. Pregunté sobre el anticuario, pero la joven que me atendió pareció no entender. Ese negocio de ropa hacía años que estaba ahí. La propietaria, me informó, poseía el local desde hacía muchos años. No supo precisar cuantos.

Como dije al principio de la narración ya han pasado unas dos décadas y aún sigo pensando si lo que viví fue producto de mi imaginación o real.


[1] El diario La Nación, ya se había anticipado transcribiendo el mecionado diario en la edición del 2 de julio de 1937. Seguramente el anticuario ignoraba esta edición. O simuló ignorarla.

[2] “The Acts of King Arthur and his Noble Knigth from the Winchester Mss. of Thomas Malory and Other Soucers” Autor: John Steinbeck

[3] Cervantes/Don Quijote/ Cap. XLIV; 1° parte.

Viajes nocturnos

Tuesday, July 15th, 2008

La historia comenzó así: Cada tanto, cuando mi cuerpo y cerebro están en reposo, es decir, durmiendo, me despierto abruptamente, con un sobresalto igual al que uno tendría si se tirase de la cama, o una silla. Al despertar y recuperarme del susto, siento que mi cuerpo está frío, aún en pleno verano, como si hubiese estado durmiendo sobre barras de hielo. Muchas veces me he despertado sin la sensación de la caída, pero temblando de frío, aterido. A la sensación de caída no encontraba explicación y en cuanto al frío de mi cuerpo suponía que se debía a que mi termostato interno producía esa empinada baja debido a mi estado de reposo total y, por esa razón, disminuían al mínimo las funciones del cuerpo, incluido la temperatura corporal. Sin embargo, no conocía a nadie que se despertara temblando, salvo que padezca alguna enfermedad, que suponía no era mi caso.

La caída me era más misteriosa puesto que estas sensaciones deduje pueden ocurrir durante una pesadilla, pero en mi caso ocurrían sin el menor sueño, con mi mente totalmente vacía de imágenes. Si bien todo esto no me hizo perder el sueño, puesto que me ocurría esporádicamente, no por ello dejaba de pensar cual sería el síntoma que lo producía.

Así las cosas una noche tuve un sueño en el que yo me encontraba parado en un lugar oscuro donde se oía únicamente la respiración de una persona, intente hablar preguntando quién estaba ahí pero advertí con asombro que de mi garganta no salía ningún sonido. Entonces me desplace con la extraña sensación de que no caminaba, sino que flotaba. Y luego de varias vueltas sin encontrar una salida o claridad que me indicara donde me encontraba, decidí desplazarme en línea recta hasta que chocara con una pared o con algún objeto físico. Otra sensación que me intrigaba era que me parecía que no tenía manos, pero en ese momento no le preste mucha atención, ya que era en ese instante absorbido por algo espeso, literalmente como si fuera “chupado” y luego expulsado a otro ámbito. Mi sorpresa fue en aumento al encontrarme suspendido, a la altura del primer piso de mi casa, frente a la ventana de mi dormitorio del lado de la calle.

Era de noche. Y supuse por la quietud que me rodeaba, no se desplazaban automóviles ni gente caminando, que serían las dos o tres de la mañana. Tomé conciencia, al menos eso creí (que tomaba conciencia), que estaba soñando. Y que en el sueño yo era una especie de espíritu, sin cuerpo, flotando en el espacio como una mota de polvo. Que era puro pensamiento desplazándome en el espacio. Y que me desplazaba hacia un lado o hacia otro solo con mi voluntad. Maravillado con este sueño hice la prueba, para convencerme, si podía traspasar la pared; y no bien lo pensé sentí la sensación de estar siendo succionado por la pared y expulsado al otro lado de ella. Otra vez estaba en la oscuridad absoluta, solo oyendo unos ronquidos. A estas sensaciones se sumó otra, la de poder ver ahora en la oscuridad como quién percibe las cosas en la penumbra. Y comprobé, sobresaltado, que los ronquidos provenían de una persona que estaba durmiendo en mi cama, y que esa persona era yo. O al menos mi cuerpo. Y que era mi propia cama.

Con cierta excitación y ansiedad decidí desplazarme hacia el patio de mi casa. En ese momento una fuerza desconocida me atraía y me impedía avanzar en sentido contrario. Cuanto más fuerza hacia para desprenderme de esa atracción, mas era empujado. Asustado tuve un segundo de vacilación que fue suficiente, al no ejercer la fuerza contraria, para que la fuerza magnética me empujara hacia el lado opuesto al que quería desplazarme. Sentí, o tuve la misma sensación de quién se tira de una cama. Después del estremecimiento, al mismo tiempo, desperté. La temperatura de mi cuerpo había bajado produciéndome temblores. Como si volviera de la muerte. Al menos es la sensación que me quedó.

Tres o cuatro noches después se repitió el mismo “sueño”. Esta vez “más consciente” sentí que mi espíritu o mi cuerpo incorpóreo, o cosa parecida, dejaba mi cuerpo físico mientras dormía y comenzaba a deambular por la casa primero y luego por las dormidas calles de la ciudad. Como un intruso invisible husmeaba en las casas vecinas. Y cosa curiosa, solo los perros o gatos, o donde había aves, parecían adivinar mi presencia. Los perros ladraban desesperados y los gatos erizaban su pelambre y como los grandes felinos mostraban sus garras y dientes dispuestos a saltar sobre la presa; mientras que los pájaros espantados echaban a volar huyendo de algo desconocido.

Poco después volví a tener esa sensación magnética que me llamaba a unirme a mi cuerpo dormido y despertarme con el susto de la caída y frío.

Cada noche que tenía este sueño me aventuraba cada vez mas lejos. Pero también el regreso a mi cuerpo, cuanto más lejos, más violento se hacia la caída y sensación de frío intenso. Este frío intenso duraba por espacio de más de media hora hasta que la temperatura corporal se normalizaba. Pero por otro lado cada vez sentía mayor fascinación con estos “viajes” ya que me introducía en la intimidad de las personas que creían estar a cubierto de cualquier ojo curioso. Así descubrí, siempre de madrugada, comportamientos, posturas, aptitudes, inimaginables en personas que se consideraban “cuerdas” o al menos que uno no podía imaginarse que se comportaran de esa forma. En algunos casos había visto personas, aunque desconocidas, haciendo cosas aberrantes y otras en ridículas poses. En uno de estos “sueños” presencie un crimen. A la importancia de no poder hacer nada para impedirlo se sumó el desconcierto y asombro al enterarme al día siguiente que fulano había muerto por insuficiencia cardíaca, cuando yo había presenciado su muerte por asfixia. ¿Pero quién iba a desconfiar de esa anciana de ochenta años que había asesinado a su hijo de cincuenta años?

Descubrir la intimidad de las personas comenzó a crearme problemas psicológicos en mi vigilia. Ya no veía a las personas tal como las vemos a diario. Mas bien las veía con el alma desnuda. Y comprendía horrorizado que aquellos en que había “husmeado” en su intimidad los podía ver en forma normal.

Horrorizado, trate de evitar estas “exploraciones” a la intimidad y descubrí que podía remontarme a alturas inimaginables del espacio. Sorprendido y maravillado descubrí que mis sueños me llevaban a los planetas vecinos con solo desearlo en un instante. Vi entonces los desiertos de la Luna, de Marte y de Júpiter. Solo que cuando la fuerza misteriosa me llamaba a juntarme con mi cuerpo el choque que se producía con mi cuerpo físico al despertarme era de tal violencia que me dejaba la sensación de haber caído de un edificio de varios pisos y mi cuerpo se helaba a temperaturas por debajo del cero por un par de horas.

Sin embargo, nada de esto podía detenerme. Explorar las estrellas fue mi segundo paso. Y también esta situación me obligó a que me internaran en un hospital.

Los médicos no acertaban a entender la causa de mi enfermedad y si primero diagnosticaron una hipotermia causada por la tiroides, mas tarde consideraron que el diagnostico no era tan simple. Mientras, yo callaba. ¿Que podía decir? ¿Que todo esto era producto de un sueño que me permitía viajar por el universo? A mas de diagnosticarme un cuadro agudo, es probable que dijeran que no estaba en mi sano juicio.

Finalmente, en uno de estos sueños mi cuerpo no llamó más a mi alma y esta quedó librada para viajar a los confines del universo.


19/5/98


¿Quién era Ema Pía?

Tuesday, July 15th, 2008

(Cuento policial)

-¿Quién era Ema Pía? – Preguntó reflexivo el subcomisario mirando fijo a su subordinado. -¿Aún no se ha dado cuenta? -Añadió bajando la vista y ordenando unas carpetas que estaban sobre su escritorio..

-La verdad, señor, no-, respondió del otro lado del escritorio el joven y novato oficial.

-Conocí a Ema Pía cuando tuvo el accidente de intoxicación-, señaló el subcomisario condescendiente con su novel oficial. -Como Ud. pudo apreciar era una mujer madura. Sin embargo poseía aún un rostro joven y ojos chispeantes. Y no había perdido el encanto de la juventud.

Sin embargo, los rasgos de su personalidad eran extravagantes, excesivamente peculiares. Por ejemplo su vocabulario. Buscaba palabras elaboradas y sofisticaba los diálogos usando un tono y un modo de hablar que denotaban una rebuscada adjetivación. Decía “cháchara” en vez de palabrería o parloteo. Usaba el tú en vez del vos, que acostumbramos a decir. Siempre saludaba en francés. Cuando se dirigía a otros usaba el “vosotros” en lugar del Uds. No decía: “tengo frío” sino “me encuentro aterida”. Cuando iba al cine decía que había visto una “vista”. En cuanto a su curiosidad se limitaba a cosas banales a las que ella consideraba de gran trascendencia. Advertí que su manera de hablar y sus gustos muy kitsch causaban cierta irritación en quienes la escuchaban.

Otra característica de su personalidad la obligaba a que todo suceso del pasado que podía ser desagradable, y no querido rememorar por ella, era borrado de su memoria.. Y mantenía fuertemente cerrado sus ojos al mañana temerosa que, al abrirlos, pudiese caer al vacío. Verdaderamente vivía llena de tabúes… atormentada; el sexo era su mayor tormento; le temía -Se detuvo en su relató y se restregó en su sillón. Después de unos segundos pensativos continuó -Al iniciar esta investigación… -Y se interrumpió nuevamente. Su mirada se fijó en el cuaderno que estaba sobre su escritorio. Era el diario íntimo de Ema Pía. Se sintió incomodo. Siempre le pasaba lo mismo cuando, por causas de una pesquisa, debía hundirse en la vida privada de los involucrados. Ir hasta lo más profundo del alma humana. En muchos casos era desagradable descubrir las bajezas que se ocultaban; principalmente en aquellos que, involucrados en un delito, eran inocentes. Pero si no hurgaba en lo íntimo de sus pensamientos nunca se descubriría al culpable y descartaría al inocente. Suspiró resignado. Dio unos golpecitos con el dedo índices sobre el diario mientras decía -Su diario me reveló cosas interesantes. Según su diario, Ema Pía, compartía su departamento con una amiga…

-¿Una amiga? -interrumpió su subordinado extrañado.

-Vamos por parte-, respondió el subcomisario. -Déjeme continuar. Para más datos trabajaban juntas…

-No sabía -volvió a interrumpir el novel oficial – que una de sus compañeras fuese su amiga. ¿Cuál de ellas? Lo tenían bien guardado..

-Era comprensible. Ya va a ver. Su amiga a la que en su diario llama Lucía era de su misma edad. Pero personalidades opuestas. Mientras Ema Pía, como dije antes, vivía atormentada con el sexo, su amiga Lucía satisfacía lujuriosa sus amores furtivos. Ema Pía describe en su diario, horrorizada, pero en detalle, el desenfreno amoroso de Lucía; los excesos lascivos que cometía. Esto era en la intimidad. En su trabajo Ema Pía tenía un comportamiento formal, sería y responsable. En tanto su amiga solía actuar, muchas veces, como una adolescente… Así lo hace constar en su diario.

-No acierto, señor, a saber cual de las jóvenes era-, señaló su subalterno. Molesto por la interrupción el subcomisario continuó.

– Ema Pía no tenía otras aspiraciones que cumplir con su trabajo; a su manera era seria, cumplidora y aplicada. Además de celosa de sus “tareas laborales” como designaba en su rebuscado lenguaje. En cambio parece que Lucía tenía una obsesión: quería demostrar que todo lo sabia, que todo lo hacia bien. Según el diario, buena voluntad no le faltaba, le sobraba. Pero, a los ojos de Ema Pía, era una niña, atolondrada y caprichosa. Y esto, registra en su diario, le traía sus buenos dolores de cabeza a Ema Pía.

Otra costumbre de Lucía es que escribía poemas a escondidas de Ema Pía. En ellos reflejaba sus “fantasías”, y para darle realismo mentía, y se mentía a sí misma. Así opinaba Ema Pía, que se tomaba el trabajo de robarle los poemas, transcribirlos en su diario, y criticarlos ferozmente.

De lo apuntado en el diario se desprende que ambas buscaban el amor. Sólo que una soñaba con el príncipe azul. En cambio la otra buscaba un “hombre” dando énfasis a esta palabra.

A pesar de sus diferencias, producían una simbiosis. Eran, sin serlo, como hermanas siamesas. Pero se ignoraban, de la misma forma que una mano desconoce la existencia de la otra. En ese perverso sistema de incomunicación vivían juntas y trabajaban juntas. Jamás se separaban. Dormían en la misma cama, comían en el mismo plato. Idénticos eran sus gustos, vestían de la misma forma y compraban las mismas cosas. Veían los mismos programas de televisión, las mismas revistas, y esporádicos libros. Juntas subsistían.

Hasta que al final Ema Pía, descubrió que era necesario separarse de su amiga. Consideró que la única alternativa posible para desprenderse de lo que consideraba su sombra sería el asesinato.

-¿El asesinato? ¿Y cómo? Si… Un momento, señor, ¿escribió en su diario que iba a asesinar a su amiga?

-No, para nada-, aseguró.

-¿Entonces, señor, cómo llegó a esa conclusión? Que Ema Pía asesinaría a su amiga.

Por unos segundos el subcomisario demoró la respuesta. Íntimamente pensaba que el joven oficial estaba aún muy verde. Aún le faltaban unos cuantos crímenes para entender la mecánica de su profesión. -Nadie en su diario personal-, aseguró, – transcribe en letra clara, sencilla, franca sus más oscuros y profundos pensamientos. Estos pensamientos serán volcados en el diario mediante una elíptica, o parábolas; o símbolos. Para un detective será cómo descifrar un código encriptado.

-Pero, señor, Ud. Perdone, pero no es una prueba tangible como la impresión digital, o la prueba de parafina. O la confesión lisa y llana. Ningún juez le va a tomar en serio la interpretación caprichosa de lo que está escrito en un diario.

-¡Claro que no! -Exclamó el subcomisario molesto por la pretendida erudición del joven oficial. -La ciencia criminal es igual que cualquier ciencia-, aleccionó. -Primero especulamos, para formar una teoría, y después desarrollamos la teoría. Por último hacemos la demostración práctica. La comprensión de este diario me ayudó a formar la teoría. Sin ella no tendría la herramienta necesaria para reunir las pruebas “tangibles” a que Ud. hace referencia-, concluyó enfático. Por unos segundos ambos quedaron en silencio.

-En su diario-, continuó el subcomisario después de la pausa, – hace constar que está harta de Lucía. Que ya no soporta más sus groserías libinidosas-. El policía hace un paréntesis y toma el diario, lo abre y lo hojea. Se detiene ante una página: -“Me sentiría feliz-, lee, -si ha Lucía la viniera a buscar el demonio. Su tránsito al averno es lo mejor que le puede pasar a esta perdida.”

-Palabras fuertes y rebuscadas-, señor. – Pero no hubiesen sido pruebas suficientes para acusarla de un crimen-, insistió el joven oficial.

-Sí -asintió desganado su jefe. -Voy ahora a darle mis conclusiones a las que he llegado a través de la lectura de este diario. El asesinato sería para Ema Pía una catarsis. Quizás piense que elegir el método haya sido para ella una tarea ardua y extenuante. No fue así. Por lo que se desprende del diario, una misteriosa embriaguez de su alma hizo que se le revelara la forma y el método con claridad. Era fácil, debía esperar que su amiga se durmiese, luego abriría la llave de gas del horno, y saldría a caminar. Rato después volvería a su casa y descubriría un suicidio. El crimen perfecto debió suponer. La noche que se decidió escribe en el diario que hacia frío y una tormenta estaba en cierne. Anota que el centelleo de los relámpagos y el eco de un trueno daban el marco adecuado. El toque estético, agrega.

Después de la siniestra noche, y ya de mañana, anota que desayunaba observando la ventana cuyos vidrios eran lavados por la fuerte tormenta. Ésta, aparentemente, había durado toda la noche. Aquí debí hacer la siguiente deducción: Esa noche, después de abrir la llave de gas y disponerse a salir, se le ocurre que debía descansar unos minutos con la intensión de no hacer tan evidente su apuro en salir a la calle. Inexplicablemente se quedó dormida de inmediato… Es por eso que en el diario se pregunta, ¿cómo Lucía hizo para despertarse y darse cuenta que la llave de gas estaba abierta? Y que una vez cerrada se fue a dormir como si nada hubiese ocurrido… Esto para ella era un enigma.

No por haber fracasado, Ema Pía desistió de su empeño de asesinar a su amiga. Estaba dispuesta, ahora, a no fallar. Eligió esta vez un antiguo, milenario y siempre renovado método universal: el veneno.

Aclaro que ambas, por lo que se deduce de su diario, tenían por costumbre tomar por la noche, antes de acostarse, un vaso de leche caliente. Así que, elegido el instrumento y el vehículo solo faltaba el día. Y una hermosa noche de domingo, tan bien descrito en el diario, con el cielo fulgurante de estrellas, agregó al vaso de leche una cucharita de un probable veneno y tres de miel para disimular el gusto del veneno. Es curioso como describe esto en el diario. Le leo-, y tomó otra vez el diario, y lo abrió en una página previamente marcada-. “Esta noche prepararé una leche caliente, como es la costumbre, y le daré una sorpresa a Lucía. Una receta clásica con un toque culinario.”

Días después-añade el policía dejando el diario sobre el escritorio, – escribe, a modo de parábola, que esa noche despertó en el hospital, ya hecho el lavaje estomacal, aún confundida preguntándose en que momento bebió equivocadamente el vaso de leche caliente que le correspondía a Lucía.

Por su parte los médicos diagnosticaron una intoxicación severa. El informe médico señala que se trata de una sustancia no identificada que frena el proceso físico o químico del cuerpo. Un par de días después la conocí.

Esa tarde debí ir al hospital a visitar a una sobrina que había sido operada de apendicitis. En la cama de al lado estaba Ema Pía. Conversé con ella y me enteré que vivía a una cuadra de la comisaría. Me contó de su intoxicación, sin saber cómo había sucedido. Cuando le pregunté quién la había traído me dijo que su amiga. Su conversación, aunque como ya le dije rebuscada, era agradable, amena. Y todo quedó ahí.

Como ya nos conocíamos y vivía cerca de la comisaría nos cruzábamos de tanto en tanto en la calle, y nos saludábamos como vecinos que éramos. Y, aunque debo reconocer que me parecía un poco extraña, no me llamaba más la atención que cualquier otro vecino.

El tercer intento de Ema Pía para eliminar a Lucía, ocurrió en Villa Gesell. En su diario, escribe que descansaba del tórrido verano en la playa-. Hace una pausa e y vuelve a tomar el diario y lo abre en otra página. -Con su estilo pseudopoético apunta lo siguiente: “Mi mirada vaga sobre la línea del horizonte en que el mar y el cielo se confunden en un mismo color. Entonces como un reflejo el paisaje marítimo entra en mi mente junto la imagen de Lucía ahogándose…” -Cierra el libro y lo vuelve a dejar sobre el escritorio. -Señalo que Ema Pía era una experta nadadora, y que yo constate con un familiar. En su diario relata que ella se había introducido en el mar incitando a su amiga a que la siguiera.. Nadaron hasta que su amiga se cansó y las fuerzas la abandonaron imposibilitando su regreso.

A continuación escribe: “No se ahogo”. Es una frase seca. Sin aditamentos. Luego hace un punto y aparte y cuenta que es ella la que casi se ahoga. Gracias a que un bañero la había estado observando, a Ema Pía, pudo ser salvada de perecer ahogada por efecto de un calambre… -Después de una pausa el subcomisario remató: -Al final, Ema Pía asesinó a Lucía…

-¡¿Asesinó a Lucía?! -exclamó sorprendido el joven oficial. -¿Y quién asesinó a Ema Pía? Al menos tenemos el cadáver de ella en la morgue.

-No. El cadáver que está en la morgue es el de Lucía. Joven, ¿quién cree que era Ema Pía…?

 

 

P.D.(Nota del Dr. Soriva, médico psiquiatra, a su colega el Dr. Piccini:

Estimado amigo: la semana pasada atendí en mi consultorio a la paciente Ema Pía, por recomendación suya, y estoy de acuerdo con su diagnostico:

Ema Pía ideó un personaje imaginario, una invención de su mente, al que denomina su “amiga”, con un carácter distinto a su personalidad real, no se detuvo ahí, también le presto su cuerpo, haciendo una creación tan perfecta que ambos personajes, el imaginario y el real se confunden hasta tal punto que Ema Pía cree que convive con un personaje real. Estos dos personajes no podran convivir por mucho tiempo porque  mientras uno se mantenga en un aislamiento, la otra tendera a una exhibicionismo irritativo.

Le saluda atentamente.

Dr. Jorge A. Soriva)

 

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Buenos Aires 30/10/92

(de un trabajo anterior probablemente de 1988/89)

 

Otoño en Budapest

Tuesday, July 15th, 2008

I

Alambre tomó la carta que le extendía el comisario de abordo extrañado por la expresión socarrona de éste. Él le explicó que por error había abierto el sobre, dándose cuenta por el contenido que no era para él, y se disculpaba.

El sobre manuscrito estaba dirigido a Juan Daireaux. Se agregaba debajo el nombre de la compañía aérea y Buenos Aires, Argentina, sin indicar la calle y el número. Se sorprendió al notar que la estampilla fuese de Hungría. ¿Que broma era esta? Se preguntó pensativo mientras miraba de reojo a Daireaux que continuaba sonriendo burlón. ¿Por qué habían juntado su nombre, Juan, con el apellido del comisario de abordo, Daireaux? ¿Cuál sería el chiste? Se volvió a preguntar sin atreverse a abrir el sobre por temor al ridículo. Miró, entonces, el dorso del sobre y leyó el remitente. Escrito con la misma letra decía: Ilonka Török y una dirección en Hungría. La luz se le hizo de repente en su cerebro. Confundido le pidió disculpas a Daireaux. Con torpeza se dirigió hacia un rincón del hangar donde había unas cajas apiladas seguido por la mirada del comisario. Éste no perdía la sonrisa aunque la había cambiado por una más cálida y comprensiva. Alambre se ocultó detrás de las cajas como un niño que se esconde para no ser castigado por una travesura. Con manos inseguras miró el contenido del sobre; dentro había una tarjeta postal con una vista de un puente. Estaba tomada desde uno de los extremos cuya entrada custodiaban un par de leones de piedra. No necesito leer para saber de que puente se trataba y que el río que corría por debajo se llamaba Danubio.

Leyó con dificultad el reverso de la tarjeta, con igual letra que el sobre, decía: “Meg emlékszem te illat…”, y debajo firmaba “Ily“. Ignoraba el significado del mensaje pero intuyó que era un saludo y a la vez un recordatorio de que ella existía. Y por unos instantes su mente fue una confusión de imágenes. Para serenarse se sentó en una de las cajas y encendió un cigarrillo; inhaló el humo tres veces seguida y exhaló con fuerza una humareda.

Habían pasado tres largos años pensó mirando hipnotizado la escritura de la tarjeta. Y entonces comenzó a evocar.

Todo comenzó una tarde de un tibio sábado de otoño al cruzar con aire aburrido el viejo puente sobre el Danubio. Recordó que cuando llegó a la mitad del recorrido se detuvo y se inclino sobre la baranda observando, sin entusiasmo, el fluir del famoso río. Siempre había oído decir que era de color azul. Incluso sabía que había un vals que en la mayoría de las veces tocaban en los casamientos y cumpleaños de quince que se llamaba “Danubio Azul”. Pero lo que vieron sus ojos aquella vez era un simple río de color similar al del Río de la Plata. Luego había decidido completar su recorrido hasta el extremo opuesto del puente. Fue en ese instante, hizo memoria, cuando la vio.

Venía caminando hacia él con aire pensativa. Sus cabellos cortos eran rubios, rellenita de cuerpo y un poco caderona. Una mujer madura como él. Sintió en aquel instante que su cuerpo se contraía. Y ella pasó por su lado ignorándolo.

¾Hola ‑ atinó a decir. Ella entonces se detuvo y giró la cabeza sorprendida enfrentándolo; los ojos grises de la mujer lo miraron extrañada, y de su boca salieron sonidos que él no pudo comprender. ‑ Hola, que tal… Lindo día…¿no?‑ contestó él por decir algo. Una sonrisa se dibujo en los labios de ella, y volvió a pronunciar palabras indescifrables a sus oídos. Sin embargo el sonido de su voz le pareció amistoso.

‑ ¡Je…! No hablo húngaro‑ contestó inseguro. ¡Flor de mina, y no puedo decirle nada! recordó que murmuró. ‑ Soy Argentino…¡Je!‑ atinó a decir en tono inocente.

La mujer quedó unos instantes dubitativa antes de decir: ‑Speak English…?

‑ ¡Que! ¡Ah, sí! ¡No, no…!‑ respondió entonces sorprendido acompañando la respuesta con un gesto de la mano queriendo decir “más o menos”. En realidad él no sabía ni una palabra de inglés. Pero quería mantener el dialogo.

‑Where are you from…?‑ preguntó entonces la mujer.

‑ Buenos Aires, Argentina‑ respondió por reflejo. En tantos viajes por el mundo arriba del carguero. Y de tanto pasar por las aduanas había llegado a asimilar más de veinte preguntas y respuestas del idioma inglés. Y esta había sido una de ellas.

‑ Buenos Aires, Argentina!‑ exclamó ella con una expresión risueña. ‑ Beautiful City, yes? Tango, no?‑ agregó sin dejar de sonreír. ‑ What is your name…?‑ quiso saber de inmediato.

‑Juan…‑ respondió otra vez por reflejo. Ella lo miró extrañado como si no entendiese. ‑ Ju…an…‑ repitió silabeando.

‑ Ju‑an ‑ repitió ella con un raro acento en sus oídos.

‑ Sí, Juan ‑ contestó pausado.

‑ Juan ‑ logró pronunciar ella. ‑ My name is Ilonka.

‑ Ilonka… ‑ respondió como un eco pensando en lo raro del nombre. ‑ Ilonka ‑ repitió.

Las preguntas entonces que ella le hizo a continuación en inglés ya no las entendió. Lo cual, recordó, comenzó a desesperarlo. Por señas y como pudo le dio a entender que no entendía nada. Ella lo miró con sus ojos grises brillantes en silencio por unos segundos. Después, señalando hacia una de las orillas dijo ¾Pest¾, luego señaló hacia la orilla opuesta y dijo ¾Buda¾, luego agregó unas palabras más que él entendió no eran del idioma inglés por lo que supuso serían húngaras. La miró y repitió tontamente “Buda… Pest” señalando cada orilla.

Volvieron a quedar en silencio. Recordó entonces que a pesar de la barrera del idioma algo lo estaba atando a ella. Tuvo la sensación que ella tampoco tenía deseos de irse.

Se esforzó, entonces, en poner su mejor expresión de simpatía. Movió los dedos índice y medio de su mano derecha sobre la palma de su mano izquierda tratando de que ella entendiera que la invitaba a caminar. Señaló para reforzar el gesto hacia el final del puente.

‑ Walking…?‑ dijo la mujer. Él comprendió esa palabra y entonces caminaron en silencio hasta salir del puente. Luego ella le señaló, acompañando con frases en húngaro, una escalera de piedra al pie del puente, indicándole que bajaran. Él asintió con la cabeza mansamente y descendieron hasta la orilla del río. Ella volvió a decirle algo en su lengua adelantándose y señalando un banco se sentó; él hizo lo mismo. Estaba confundido y no sabía como manejar la situación. Se desesperaba por entender a la mujer, pero no sabía como. Miró en silencio el río y los edificios de la costa vecina, y en ese instante ella volvió ha hablarle en su endemoniado idioma. Él la miró con una expresión de no entender y ella se quedó mirándolo a los ojos por unos segundos pensativa. Después reacciono y dijo: ‑Yes‑ y movió la cabeza de arriba abajo y viceversa tratando de alentarlo a que repitiera la frase afirmativa. Él repitió ‑Yes‑ Luego ella dijo ‑ No ‑ con entonación inglesa moviendo la cabeza y el dedo índice a ambos lados. Agregó otras palabras en húngaro y luego lo miró con sus ojos chispeantes y una graciosa sonrisa en los labios que a él le cautivo. Después ella rebuscó en su cartera, para luego sacar una libreta y un lápiz. De inmediato abrió la libreta y en el medio de una hoja en blanco trazó una línea vertical; del lado derecho escribió “Magyar” y del lado izquierdo “Spanish”, formando así dos columnas.

‑ ¡Ah! “Español”‑ exclamó él satisfecho de su descubrimiento. ‑Y…¿Magyar…? ¿Que quiere decir?‑ preguntó respondiendo de inmediato: ‑¿”Húngaro”?

‑Yes, “Hungarian”‑ contestó ella con fuerte acento sin abandonar la sonrisa. Él, entonces, la quedó mirando con una expresión que quería decir “no entiendo”. Y ella pareció captar el mensaje; paciente señaló las dos columnas y repitió: ‑Magyar, Hungarian; Spanish, “Espaniol”.

‑¿”Jan…que…?‑ pronunció él. Entonces ella advirtió que su pronunciación inglesa era distinta a la del español.

‑Hungarian‑ volvió a pronunciar con entonación inglesa y señalo la columna spanish en un intento de que lo entendiera, y él seguía sin entender, notando que la mujer parecía que perdería en unos segundos la calma. El entonces sonrió intentando suavizar la tensión. En ese instante, rememoró, los distrajo el paso de una lancha quedándose unos segundos mirando el paso de la misma.

‑Lindo paseo‑ recordó que comentó él aprovechando decir algo.

‑¿Lendo paseoo…?‑ repitió ella con mala pronunciación.

‑Paseo, paseo‑ repitió entonces él intentando corregirla. ‑Pa‑se‑o‑ volvió a repetir con un silabeo.

‑Paseo‑ pronuncio entonces correctamente ella sin perder la sonrisa. Luego tomó nuevamente la libreta y en otra hoja en blanco trazó tres líneas verticales formando tres columnas; en la primera escribió Hungary, en la segunda English y en la tercera Spanish. Luego lo miró y con un ademán le señaló que prestara atención. Debajo de English escribió “Yes” e hizo un gesto afirmativo con su cabeza. Luego escribió en la columna de Hungarian: “Igen”, y repitió el mismo gesto afirmativo con la cabeza. Por último señaló la columna Spanish y le extendió el lápiz y la libreta y con gestos intentó que escribiera el equivalente afirmativo en español. Él, tomó la libreta y el lápiz con cierta duda de si la había entendido o no. Sin embargo se decidió a escribir “sí” en la columna Spanish. Ella al leer lo escrito exclamó:‑ Sí‑ y él asintió sonriente ‑¡Igen!‑ exclamó ella con alegría y ambos rieron. Luego, ella tomó la libreta y el lápiz de sus manos y escribió “nem” en la columna del húngaro y “no” en la columna del inglés. Él entonces tomando el lápiz y la libreta escribió “no”. Mientras le devolvía los instrumentos de escritura se atrevió a aclararle la pronunciación del español y del inglés.

Sonriendo comprensiva ella señaló la lancha cuya popa se percibía a lo lejos y repitió: ‑Paseo‑ Él asintió.

A pesar de haber pasado tres años recapacitó todavía recordaba la primera palabra húngara que escribió ella en la libreta: “hagó” y su equivalente en inglés: “boat”. Ella en aquel momento le propuso que escribiera el significado de ambas palabras en español. El entonces entendió que debía escribir: “Paseo”. Y luego, recordó, que ambos se miraron satisfechos por estar entendiéndose.

Así, rememoró, siguieron un tiempo más anotando el significado de las palabras en cada idioma hasta formar varias páginas de la libreta. Aún hoy, admitió, no está convencido de que muchas de las palabras que ella anotaba fueran las correctas. Siempre le quedó la sensación de que en determinados momentos ambos se referían a cosas distintas sin darse cuenta.

Más tarde, se quedaron observando a una joven pareja de enamorados que caminaban por el sendero paralelo al río; la muchacha sostenía una rosa y la olía después de cada beso que le daba el joven amante. Al pasar frente a ellos la pareja se detuvo, ignorándolos, y ambos se besaron apasionadamente en un interminable abrazo. Luego continuaron su camino deteniéndose otra vez a unos pocos pasos. La muchacha entonces aspiró profundamente el perfume de la flor. Seguido con un ademán ceremonioso que acompañó su joven amante arrojaron la flor al Danubio. Reiniciaron su caminata acompañados un tramo por la rosa que se dirigía al mar.

Él y ella se quedaron en silencio observando a la pareja que se alejaba por la vera del río. Sonrió al recordar que él, menos atento a la pareja, se estrujaba el cerebro pensando como podía hacer para comunicarse con la mujer. Pensaba que era una situación desesperante. Como sordos debían comunicarse por señas. Pero a su vez ambos ignoraban el símbolo de los gestos con el cual se comunican los privados del habla y del oído. En eso estaba pensando él cuando ella súbitamente se levantó y mirándolo con ojos brillantes le dijo algo que él no entendió. La miró con expresión inocente. Y ella sin perder la sonrisa le extendió la mano para que él la tomara. Mecánicamente, asió la mano de la mujer y se levanto. Al sentir el contacto tibio y suave de la mano de ella recordó que se estremeció. Ella volvió a decirle algo sin poder acertar él lo que quería transmitirle. Mientras, ella lo sujetó del brazo y con su otra mano lo obligó a encaminarse hacia la escalera de la escollera. Subieron hacia la calle paralela a la costanera. Después cruzaron las vías del tranvía y se detuvieron en la parada.

II

Unos minutos más tarde ascendieron a un tranvía que corre un gran tramo paralelo al Danubio. Ella se sentó del lado de la ventanilla que daba al río y él a su lado. De inmediato ella comenzó a hablarle con una expresión segura de que sería entendida. Y él recordaba que se esforzaba inútilmente en captar los sonidos que emanaban de la boca de ella y comprenderlos. Sin embargo intuía que ella le estaba describiendo los edificios que se veían en la costa opuesta del río. Quizá, conjeturó, sus nombres y sus significados. Quizá, pensó, estuvo haciendo referencias del enorme castillo que se erguía sobre una colina. O acerca de un monumento (de un hombre, o una mujer, no pudo distinguir el sexo). Éste con los brazos extendidos hacia arriba parecía aún más alto y asemejaba una torre puntiaguda de una iglesia. Más tarde ella le dijo algo que él interpretó como una pregunta directa mientras lo miraba con una sonrisa traviesa. El entonces lo único que pudo contestarle fue con un encogimiento de hombros y murmuró irritado consigo mismo: ¾Piba, no te entiendo ni jota¾. Ella entonces le dio unas palmaditas en el dorso de su mano. Luego hizo un ademán que dedujo como que no importaba que la entendiera; giró después ella la cabeza hacia la ventanilla y se quedó ensimismada con la vista perdida en el paisaje. Él, entonces, se quedó indeciso, sin saber que hacer o decir. Ladeó la cabeza hacia el pasillo del tranvía y se distrajo mirando disimuladamente a los pasajeros. Sus rostros le resultaron familiares y sus ropas le parecieron tan comunes como las que usaba él en ese momento. El traqueteo del tranvía le hizo recordar su niñez, cuando sus tíos lo trajeron por primera vez a Buenos Aires. Por primera vez subió a un “tranway” como los denominaba su tío. Que aventura había sido ese viaje desde la estación Constitución hasta Quilmes. Rememoró como se maravilló ante el caos y ruido del tránsito por la ciudad. De los edificios altos y grises; de la gente que caminaba apurada de un lado al otro, la mayoría con la mirada en el piso como buscando algo perdido en la calle. Pero lo que más le fascinó, recordó risueño, fue a los policías. Estos dirigían el tránsito desde una garita parecida a una pequeña torre techada y forrada en lona. Ubicada en la intersección de dos avenidas hacían sonar estrepitosamente el silbato. Seguido con ademanes marciales y giros de noventa grados, rígidos y cortantes, detenían los autos que venían en un sentido dando paso a los que estaban detenidos en sentido contrario. También le llamó la atención sus cubre mangas blancos almidonados como el cubre nuca sujeto a una gorra parecida a un plato. Después recordó cuando cruzaron el puente del Riachuelo; una estructura de hierro que retumbaba al paso del tranvía y los vehículos como si fuese a venirse abajo. ¿Que diferencia había entre el Danubio y el Riachuelo? se preguntó ahora. ¾Bueno¾, se dijo, ¾el Riachuelo tiene un olor no muy agradable a la nariz, Aromas del Cairo le decían¾, reflexionó, y añadió: ¾Y manchas negras de petróleo y aceites de máquina que hacían pensar más que en un río de color de león en un leopardo con manchas¾. Pero aún así y todo, reflexionó, un río era un río. Después consideró que no había diferencia entre la gente del tranvía de su niñez y aquella otra en Budapest. Los rostros de los pasajeros le parecieron iguales. Mientras el tranvía se desplazaba paralelo al Danubio pensó que si él hubiese despertado en aquel momento de un largo sueño hubiese creído que la gente que lo rodeaba era tan argentina como él.

Al tiempo que pensaba esto, trataba infructuosamente de encontrar una solución a su problema de comunicación. ¿Cómo hacerme entender? se había preguntado por enésima vez mientras ambos se miraban en silencio mostrando los dos una sonrisa forzada. Rato después ella volvió a decirle algo y él no tuvo más remedio que reiterarle con el mismo ademán de que no entendía. Ella entonces lo empujó suavemente y señaló hacia delante parándose. Comprendió que debían bajar. Asintió, entonces, tontamente y se levantó.

Ya en la calle ella señaló hacia la vereda de enfrente. Al tiempo que pronunciaba unas palabras en su lengua a la par que lo tomaba del brazo y lo invitaba a cruzar la calle.

Luego caminaron en silencio varias cuadras por calles que parecían un centro comercial. Él continuaba torturándose pensando si estaba perdiendo el tiempo haciendo de acompañante mudo, o si se llegaría a acostar con ella. En definitiva, el acostarse, era su único objetivo. Por lo que careciendo del poder de la palabra y estando acostumbrado a usarla para comunicarse se sentía anulado e ignoraba como encarar la “cosa”. No sabía hacer el “tren” en un caso así. Admitió que pudo ahorrar tiempo tomándola en sus brazos y besándola con fuerza, ahí no más. Hubiese sido una forma rápida de entenderse, pero tuvo miedo de fracasar, pensó que le daría un sopapo y lo dejaría plantado. También se le había ocurrido comenzar con una caricia aquí, otra allá; después besarle la mano hasta que tomara temperatura, pero eso llevaba más tiempo. Por último pensó que la forma más práctica era hacer lo mismo que con las prostitutas de Marsella: señalarle un hotel, y listo. Pero las cosas no se dieron así, admitió; el destino ya había tejido el paño de como iban a resultar, rumió. Él tenía el palpito de que si seguía el “juego” ella lo llevaría a la cama.

Recordó con placer que con todos los inconvenientes de comunicación le agradaba estar al lado de ella. Y en aquel momento debió aceptar que, entre pasear solo por una ciudad desconocida y con un idioma que para él era lo mismo que el chino, era mejor hacerlo con una mujer. Aunque tuviese que comunicarse por señas como el “penado 14″.

En su caminata, recordó luego, ella se paró en una vidriera de un negocio observando detenidamente la ropa de bebes que se exhibían en unos escaparates. Aún estaba grabada en su memoria la expresión dulce que adquirió la mujer mientras murmuraba suavemente en su lengua materna. Él, sin poder comprender, se sintió como un marido paseando con su esposa. Visto a la distancia le extrañó que en aquel momento se sintiera cómodo en ese papel.

Así fueron caminando despaciosamente. Ella deteniéndose en algunas vidrieras de los negocios mientras hacia uno que otro comentario sobre lo que exhibían sin importarle si él entendía o no. Así llegaron a una especie de plazoleta que a él le recordó a la Recoleta. Y volvió a sentir esa sensación de que estuviese donde estuviese, en cualquier ciudad del mundo, siempre habría un lugar igual a otro lugar de otra parte del mundo.

Cuando estaba pensando en eso se dio cuenta que ella le estaba hablando y señalando unas mesas distribuidas sobre la vereda enfrente a una confitería. Luego ella hizo un ademán como de beber y él comprendió y de inmediato asintió.

Mientras esperaban que los atendieran sentados en una de las mesas de la vereda, él paso la vista por el lugar. Se convenció que, salvo el parloteo extraño que se oía a su alrededor, podría pensar que estaba en “La Biela”. Giró la cabeza y leyó el nombre de la confitería escrito sobre la marquesina: ‑Ger…be…aud…‑ silabeo en voz alta.

‑Gerbeaud‑ pronunció ella correctamente sin dejar de sonreír corrigiendo la pronunciación de él. ‑Gerbeaud‑ repitió incitándolo a decirlo correctamente.

‑Gerbeaud‑ dijo entonces correctamente con una sonrisa de satisfacción.

‑¡Igen!‑ exclamó ella y agregó otras palabras que supuso serían de felicitación.

‑Värösmarty Square‑ agregó luego de una pausa señalando los alrededores de la plazoleta.

‑¿Como?‑ preguntó sorprendido.

‑Värösmarty Square‑ repitió ella animándolo otra vez a pronunciar el nombre del lugar. Recordó entonces que al fijar la vista en sus labios, cuando repetía el nombre, se tuvo que contener para no besarla. Cerró los ojos para no tentarse y dijo: ‑ Värösmarty Square…

‑ ¡Rendben van!‑ exclamó ella, y aún hoy no comprende por qué le quedó grabada esas palabras tan raras.

Después de tomar un café cada uno, ella miró la hora e hizo un comentario en su idioma. Seguidamente, lo observó detenidamente por largos segundos. Después de parecer satisfecha con su examen ocular tomó el cuaderno y escribió unas líneas en su libreta. Luego le pareció que se arrepentía en escribir y lo volvía a mirar con expresión concentrada.

Sonrió ahora, pensando en el esfuerzo que en aquel momento hizo ella para que lo entendiera por medio de señas, gestos y escritura sobre la libreta. Primero quiso saber en que hotel se alojaba, después quiso saber como se decía corbata y saco y hora en español. Calculó que le llevó por lo menos media hora entender lo que quería y otra media hora comprender tres cosas: que ella lo invitaba a la opera, que entonces pasaría por él hotel donde se alojaba a eso de las 7 de la noche, que estuviese vestido con saco y corbata.

Recordó que cuando llegó al hotel aún le dolía la cabeza del esfuerzo de concentración que tuvo que hacer para finalmente entenderla a medias. Reconoció que no estaba preparado para trabajar demasiado con la cabeza. A él le gustaban, y le gustan, las cosas simples, sin complicaciones y sin que tenga que pensar mucho. Y esa vez, admitió, tuvo que esforzarse en pensar más de lo que pensaría el resto de su vida.

Al dolor de cabeza se le sumó la preocupación de que ella le había insistido con todas las señas y gestos posibles en el uso de un traje y corbata. Por lo poco que pudo entender parecía que a la opera no se permitía la entrada “vestido así no más”. Solo en tres ocasiones, recordaba ahora, usó traje y corbata: cuando su hermana se casó; cuando falleció su padre; y cuando bautizaron al hijo de su hermana. Todo eso en el lapso de veinticinco años con el mismo traje, la misma camisa y la misma corbata; aunque admitía que en el bautismo ya le quedaba chica la ropa. Pero la cosa era que en Budapest no tenía el traje y no sabía como conseguir uno.

Se quedó sentado en el lobby del hotel varias horas sin atreverse a subir a su habitación. Su cabeza daba vueltas confundido tratando de encontrar una solución cuando acertó a pasar por su lado Daireaux. Sin dudar le confesó su aventura y desventura.

El comisario de abordo, después de escucharlo, (a él le pareció que se divertía), lo tomó de un brazo mientras le decía que no se preocupara, que no se hiciese problemas, y se lo llevó a su habitación. Cuando ingresaron en ella, Héctor, el mecánico, que compartía la pieza con el comisario, se encontraba tirado en la cama. Daireaux le contó su “drama”. Luego le preguntó a Héctor si lo vestían de “comandante”; (sospechó que el comisario le guiñaba un ojo al mecánico) y éste tardó unos segundos en contestar antes de largar una sonora carcajada. Él entonces se ofendió de que le tomaran el pelo e intento salir de la habitación. Entonces sus compañeros le pidieron disculpas tranquilizándolo. Ellos tenían lo que necesitaba. Seguido Daireaux le aconsejo que se fuera a bañar y afeitar. Que se apurara ya que faltaba un poco más de una hora para la cita. Ellos se encargarían de la ropa. Admitió que se dirigió a su habitación no muy convencido de la buena voluntad de sus compañeros. Y cuando salió de la ducha ya estaba Héctor en su habitación ofreciéndole su colonia importada. El se la agradeció sabiendo lo cara que era. Luego entro Daireaux. Señaló que, siendo los dos de la misma altura, (aunque para él el comisario era más gordo) el uniforme de aviador le quedaría bien. Y un uniforme era como un traje de etiqueta lo trató de persuadir.

Aún ahora que lo piensa le corre un escalofrío. En aquel momento se quedó helado. Sabía que no podía usar un uniforme que no le correspondía por rango ni por mérito, ni por reglamento. Recordó que dijo justificándose que él era un peón de la compañía aérea, y ese uniforme era para el personal de jerarquía. Además, argumento con turbación, que tanto él como sus compañeros se exponían a una sanción disciplinaria. Esto podía llegar hasta el despido por parte de la compañía aérea si usaba el uniforme. Lo rechazó asustado. Sin embargo Daireaux y Héctor insistieron con el argumento de que ellos se hacían responsables de tamaña infracción al reglamento. Le dijeron que se quedara tranquilo. Y así, poco a poco lo fueron convenciendo y él con cierto resquemor acepto el uso del uniforme. Sintió ahora otra vez frío pensando en lo que hubiese sucedido si el comandante se hubiera enterado. El despido era seguro, consideró.

Daireaux lo acompañó hasta el ascensor y le sugirió que se sacase la gorra y la sujetase debajo de la axila del brazo izquierdo. ¾Eso te hace más elegante¾ recordó que dijo. ¾Está hecho a tú medida, y parece que estuvieses acostumbrado a usarlo¾, añadió en un tono que a él le pareció sincero. Cuando las puertas de ascensor se abrieron se despidió del comisario visiblemente nervioso e incomodo con el uniforme. Daireaux le deseo suerte.

La encontró sentada en uno de los sillones del lobby y se acercó a ella. Percibió que se sorprendía al verlo vestido así. Por la mirada y las palabras que dijo en su idioma intuyó que le hacia un elogio, aunque no estaba seguro. Le tomó, entonces, la mano y la invitó a levantarse y ella se irguió con una sonrisa de agradecimiento. Se complació en recordar lo espléndida que estaba con ese vestido azul de fiesta. Ella lo tomó del brazo con un mohín y él se imaginó que ella se sentía orgullosa con su compañía.

III

Ya en la calle se paró inseguro. No muy cómodo con la vestimenta y aterrorizado de toparse con el comandante hizo una seña para que el portero le consiguiese un taxi. Quería salir lo más rápido posible de la puerta del hotel. Pero se frustro; ella le señaló con gestos de que se irían caminando. Él trató de persuadirla pero ella fue más convincente que él. Caminaron en silencio perdiéndose por las calles antiguas de la ciudad hasta desembocar sobre la avenida costanera del Danubio. Luego bordearon la orilla del río. A esa hora silencioso y oscuro; sospechó que algunas parejas furtivas aprovechaban la escasa iluminación para hacer el amor. Él quiso iniciar una conversación pero cada vez que se decidía a decir algo chocaba contra el sólido muro de la incomprensión idiomática. Y ella parecía gozar del silencio, y cuando él intentaba comunicarse ella sonreía y dándole unas palmadas sobre su brazo parecía decirle que no importaba. Al final desembocaron en una plaza. A un costado de la misma percibió recortado por la luz de la luna la silueta de un antiguo edificio. Sonrió ahora recordando ese momento.

‑ The Parlament ‑ dijo ella adivinando su mirada curiosa y él asintió e introduciendo su mano en el bolsillo de su saco extrajo un paquete de cigarrillos “Parliament”. Ella lo miró desconcertada por unos segundos y luego soltó una estrepitosa risa que lo descolocó. Después ella le explicó sin dejar de sonreír con gestos de que no quería fumar y la diferencia entre una y otra palabra. Luego él se distrajo observando el paso de dos jóvenes sosteniendo cada uno un velón. Ya antes, mientras venían caminando, había reparado distraídamente a pequeños grupos llevando antorchas o velas encendidas de diferentes tamaños. Se preguntó si eso significaba que se apagaría la luz de la ciudad en cualquier momento, y la gente se preparaba para esa eventualidad. Fue cuando advirtió que en la plaza había una multitud portando antorchas y velas. No pudo dejar de comparar la Plaza de Mayo, en Buenos Aires, y la plaza en la que había estado hacia tres años; la primera ruidosa y llena de bombos y la segunda silenciosa como si se fueran a honrar a los muertos. Y su mente, entonces, rememoró otro recuerdo de su infancia, esta vez con su tía, una noche de antorchas en la Plaza de Mayo. ¾Es por Evita¾, le había dicho su tía. Volvió de nuevo sus pensamientos a Budapest. Ella soltándose del brazo de él lo tomó de la mano. Él volvió a sentir el placer del contacto de la mano tibia y suave mientras lo llevaba al centro de la plaza. Un orador, en una improvisada tribuna, parecía decir un discurso a la masa que lo rodeaba. A los pocos minutos, (que a él le parecieron horas) el orador se calló. Se hizo a continuación un extraño silencio. Segundos después comenzó a oírse el murmullo de una canción que se fue extendiendo y agrandando. Pronto todo el mundo en la plaza estaba cantando aparentemente la misma canción. En ese momento observó a su compañera de reojo y  se sorprendió. Ella estaba también cantando y se notaba su emoción; unas lagrimas recorrían su rostro mientras su mano apretaba con fuerza la de él, y sintió, sin comprender el por qué, que le transmitía la misma emoción. Prestó mayor atención a la canción y le pareció un himno similar al de su patria. Incomprensiblemente, se confesó ahora, en aquel momento sintió que su corazón se conmovía.[1]

Cuando finalizó la canción volvió a reinar el silencio para después la gente comenzar a desconcentrarse calladamente con sus antorchas y velas encendidas. Ella dijo unas palabras en húngaro mientras se secaba las lagrimas con un pañuelo que él interpretó como de disculpas. Luego tomándolo de nuevo del brazo lo llevó hacia la parada de un ómnibus.

Viajaron en silencio un trayecto de unos diez o veinte minutos, no podía recordar. Poco después ella con su perpetua sonrisa le hizo una seña para que se levantase y bajaran en la próxima parada. Al bajar se enfrento a un edificio iluminado similar al teatro Colón. Ella le dijo algo que supuso sería el nombre del teatro pero lo único que entendió fue “Opera Jaus” o algo que se pronunciaba parecido.

Ingreso al hall del teatro del brazo de ella con la sensación de una entrada triunfal. Sintió que las miradas se centraban en ellos. Recordó entonces que volvió a sentir la misma incomodidad de antes. El terror de que alguien se le acercase y lo criticase por la usurpación del uniforme. Tratando de disipar esos funestos pensamientos trató de recrearse mirando el lugar. De chico, hizo memoria, la maestra les había leído la historia de un tipo que si mal no recordaba se llamaba Anastasio El Poyo. No recordaba bien pero sabía que era la historia de un paisano metido en el teatro Colón. Lo que sí estuvo seguro era que él se sintió como pollo en gallinero ajeno. Jamás había entrado en un teatro como ese. En su pueblo había conocido los teatros de circo que se atrevían a llegar a esos parajes, o las compañías de radioteatro; y en Buenos Aires los teatros de revistas. Y en París, acompañado de la tripulación del carguero había ido a ver los espectáculos de “strip tease”. ¾¡Pero un espectáculo de música clásica! ¡Que joder, nunca!¾ Exclamó, y admitió que esa fue la primera y hasta ahora última vez.

Trató entonces de comportarse con naturalidad ingresando a la platea. Sentado pasó la mirada observando como se iba acomodando la gente; algunos con expresión solemne y otros, en grupo, alegres como si en vez de escuchar música fuesen a bailar y cantar. Luego se distrajo mirando el programa. La escritura húngara le parecía chino, pero a pesar de eso pudo acertar que una joven tocaría el piano acompañado de una orquesta juvenil. El programa incluía los nombres de Mozart y Beehtoven; cerró el programa y con mirada aburrida observó el escenario, que no cubría ningún telón, donde había un enorme piano de cola y sillas con atriles esperando a los músicos. Minutos después aparecieron los músicos y cada uno ocupó su lugar silenciosamente; luego las luces de la platea se debilitaron hasta quedar a oscuras y unos focos iluminaron el escenario apareciendo entonces una joven que se puso al lado del piano. Todos aplaudieron, mientras la joven después de inclinar la cabeza en un gesto de agradecimiento se sentaba al piano.

Se hizo un silencio religioso por unos segundos. La joven hundió sus dedos sobre las teclas produciendo los primeros sonidos de las cuerdas del piano, acompañado de inmediato por toda la orquesta.

Recapitulando sobre aquel concierto reconoció sorprendido que no la pasó tan mal. La música le agradó tanto como los tangos que bailaba en el Palacio de las Flores en Buenos Aires.

Después de salir del teatro ella lo llevó a comer. El restaurante que eligió era más parecido a un bodegón de San Telmo que a un pub de los que había conocido una vez en Londres. Comieron en silencio como el resto de los comensales hasta que apareció un violinista. Éste parecía tan viejo como el lugar. Sin que se lo pidieran comenzó a tocar entre las mesas un popurrí de valses y czardas. Al tiempo que incitaba a los clientes a cantar y batir palmas. La gente comenzó a alegrarse y varias parejas se pusieron a bailar en el centro del salón estimulando a otras parejas a hacer lo mismo.

Fue en ese momento, recordó, cuando el viejo violinista se acercó a ellos y dijo unas palabras en húngaro. Ella contestó de inmediato con su eterna sonrisa.

‑¡Ah…! ¡Tango…! ‑ exclamó entonces el violinista sorprendido mirándolo y de inmediato arranco con los compases de “La comparsita”. El se sorprendió, y luego agradeció con timidez cuando el violinista interrumpió su ejecución y se dirigió a la mujer con un tono que a él le pareció de confabulación. Ella volvió a sonreír con mayor entusiasmo mientras lo miraba a él con sus ojos chispeantes. Luego reacciono y tomándolo de la mano lo tironeo hacia el centro del salón. Al tiempo que el zíngaro iniciaba con ímpetu las primeras notas de un vals. Y al abrazarla sintió una corriente eléctrica por todo su cuerpo; la apretó contra sí y sintió que ella se pegaba a él con firmeza. El contacto de su cuerpo y el calor que emanaba de ella lo perturbaron y lo excitaron. Recordó que se controló con esfuerzo, intentando continuar danzando al compás de la música.

Debió ser como las dos de la mañana, cuando el mozo se les acercó y les dijo que cerrarían el local. No bien salieron del restaurante ella decidió tomar un taxi y él la siguió dócilmente. Calculó que el taxi tardó unos quince o veinte minutos en recorrer una o dos avenidas de la ciudad antes de tomar por unas intrincadas callejuelas a cuyos lados se levantaban edificios en monobloques rodeados de árboles. Unos minutos después el taxi se detuvo en un edificio de departamentos.

Con gestos y palabras en inglés ella trató de decirle que vivía ahí. Él asintió con la cabeza y se dispuso a bajar; entonces ella le puso la mano sobre el pecho para detenerlo y dándole un beso en la mejilla le dijo en castellano ‑ Adiós. ‑ Y abriendo la puerta del auto descendió. Quedó sorprendido al escuchar una palabra de su lengua y le quitó reacción; cuando se recuperó de su sorpresa ella ya estaba introduciendo la llave en la puerta de entrada y lo despedía agitando la mano. Confundido cerró la puerta del vehículo mientras pensaba que todas sus fantasías eróticas que pasaría esa noche se hacían humo. El taxi se puso en movimiento y miró por ultima vez por detrás del vidrio de la ventanilla la espalda de la mujer que ingresaba al edificio. “Lo que siguió fue como una película de Carlitos…,” murmuró.

En el momento que el taxi aceleraba vio que ella volvía a salir y corría hacia el vehículo. Él sin pensar le ordenó al taxi que parara, pero este no entendió lo que decía su pasajero y no se detuvo. Desesperado lo tomó del hombro y lo zamarreó y éste sorprendido frenó bruscamente mirando con temor a su pasajero. Repuesto prorrumpió con un vocabulario húngaro que él sospechó no estaría exento de insultos a su persona. En tanto llegó ella agitada y dirigiéndose al conductor le habló en su lengua a la vez que rebuscaba nerviosa en su bolso para luego sacar su billetera y pagarle. El taxista volvió a cambiar su expresión mientras recibía el dinero cruzando una mirada cómplice con él. No necesito que nadie lo invitara a bajar y no bien cerró la puerta del vehículo el taxi salió disparado. Ambos entonces quedaron enfrentados en la solitaria y serena noche mirándose mutuamente a los ojos. Rememorando aquella noche pensó que el carmín de sus labios eran resaltados por el brillo de la luna y quiso besarla, pero su timidez lo paralizó. Ella sin perder su sonrisa le tomó la mano callosa con la suya delicada y tersa conduciéndolo hacia la entrada del edificio. El se sintió como un niño llevado de la mano de su madre.

Hizo un alto en sus recuerdos mientras encendía un nuevo cigarrillo y daba las primeras pitadas repasando los acontecimientos de aquella noche. Jamás se volvió a repetir en su vida tanto fuego como el que ardió esa noche, admitió.

Por la mañana lo despertó el fuerte olor a café. Ella apareció con un tazón de café, pan negro y un trozo de salame sobre una bandeja. Se veía alegre y en su idioma natal adivinó él que lo invitaba a desayunar. Actuaba como una amante solícita que quiere halagar a su compañero. Se sentó en la cama tomado la bandeja, mientras ella recogió la camisa blanca que estaba en el piso. Hizo un comentario, que no se preocupo en entender, pero al hacer ella una mímica sobre la camisa entendió que la plancharía. Con la boca llena de pan y salame, asintió despreocupado.

‑ ¿Daireaux…? Daireaux, ist your last name… ‑ dijo ella sonriente dándolo por seguro y señalando el nombre bordado en la camisa. Esto lo tomó de sorpresa y se atragantó con la comida. Tosió y bebió apurado el fuerte y negro café para aliviarse y evitar regurgitar la masa de pan y salame. ¾Y fue peor…¾ farfulló. El trago de café fue interrumpido con otra convulsión y escupió parte de lo que tenía en la boca y derramó el café de la taza. Ella extrañada tomó la bandeja y con gestos le indicó que se levantará. Seguido señaló un sillón para que se sentara mientras en su idioma se expresaba con preocupación. Luego fue hasta la cocina a dejar la bandeja y volvió con un trapo y una esponja para limpiar la cama.

Aparentemente, ella se convenció que se llamaba Daireaux, y él no hizo ningún esfuerzo para desmentirlo. Luego el incidente quedó olvidado ya que cuando la estaba observando como ordenaba la cama sintió que se excitaba y se abalanzo sobre ella. No se resistió, y por el contrario, lo abrazó con una mezcla de furia y deseo haciendo el amor con el mismo ardor que la noche anterior y otra vez se sorprendió de la forma volcánica en que se entregaron.

La mañana de domingo, evocó, se presentó más como un día de primavera, que de otoño. Una vez que le planchó la camisa y el pantalón lo apuró para salir a caminar.

Ignorando hacia donde se dirigían tomaron un ómnibus y poco tiempo después bajaron en una especie de plazoleta. Había una iglesia grande cuya arquitectura le recordó a la catedral de La Plata; detrás de la iglesia se veía el moderno edificio del hotel Hilton. Se dio cuenta que el lugar era una zona de turismo como lo era la plazoleta de San Telmo o la Recoleta. Y se sorprendió cuando ella tomándolo del brazo lo empujó hacia la catedral.

Hizo memoria, tratando de recordar cuantas veces había entrado a una iglesia. Debió reconocer que, salvo de chico, cuando lo llevaban sus tíos los domingos y la vez que se casó su hermana y en el bautismo de su sobrino, jamás volvió a entrar en una iglesia. Debió confesar que ingresó al templo con cierto temor imaginando que Dios no le perdonaría su falta de atención hacia Él. Sin embargo sus temores de que un rayo cayese sobre él fulminándolo desaparecieron en cuanto entró. Se sintió maravillado ante el imponente interior de la iglesia. Estaba lleno de gente como la noche anterior en el concierto. Y a ambos lados había gente parada formando una masa compacta. Ella se adelantó y se abrió paso notando que la gente se corría al verlo a él y supuso que su uniforme despertaba curiosidad. Llegaron hasta cerca del altar quedándose a un costado. En ese instante advirtió que el cura estaba dando la misa.

Aburrido comenzó a pasar la mirada por la ornamentación de la majestuosa catedral. Se detuvo a observar unas estatuas de santos que lo miraban con ojos compasivos. Al menos esa fue la impresión que tuvo. Uno de ellos advirtió tenia un aire a alguien conocido; el rostro a medida que lo observaba más detenidamente le resultaba familiar. Se sobresalto al descubrir la semejanza con su compañero Lombriz, y ese descubrimiento fue suficiente para aclararle la memoria; miró la hora casi con desesperación, eran las doce y cuarto. ¡A la una salía el carguero y él estaba lo más pancho en una iglesia! Sin pensar la tomó del brazo y casi la arrastró rápidamente hacia la salida. Ella lo miraba con asombro y parloteaba en su lengua lo que él intuyó sería una condena a su proceder. Se paró en la escalinata de entrada a la catedral y aunque perdía minutos preciosos trató con mímicas y gestos de hacerle entender que perdía el avión, y que antes tenía que pasar por el hotel a recoger sus cosas. Ella pareció entender después de unos segundos de duda. Luego ella tomó la iniciativa y aferrando su mano se dirigió con paso presuroso hacia el hotel Hilton distante unos treinta metros de donde estaban. Enfilo directo hacia un taxi parado frente a la entrada del hotel.

En el trayecto ambos se mantuvieron en silencio. Cuando llegaron el portero se apresuro a darle un papel; era un mensaje de su compañero Lombriz. La tripulación ya había dejado el hotel y se dirigían hacia el aeropuerto, se habían llevado su bolso y lo esperaban en la zona de cargas. Devuelta en el taxi tomaron rumbo a la estación aérea encerrados en sus pensamientos. Los de él, admitió, confusos por un lado por no saber como despedirse de ella. Por otro lado más preocupado, y asustado, si el comandante lo veía con el uniforme del comisario de abordo.

Cuando al final llegaron él descendió primero y salió corriendo olvidándose de la mujer. El sonido de la voz de ella lo paró en seco, giró sobre si y la enfrentó. Por unos segundos no supo que hacer. Ella lo miraba con sus ojos grises brillantes y su eterna sonrisa aunque notó, o creyó notar, un cierto rictus de amargura. La tomó de los brazos y la atrajo hacia él y le dio un suave beso en la frente. Advirtió en ese momento que unas lagrimas corrían por sus mejillas; se las limpio con el pulgar, y ella volvió a sonreír. Hizo un gesto para que le diera un lápiz y un papel: En el escribió Juan Daireaux  y la dirección de la compañía aérea en Ezeiza. ¾Escríbeme…¾, atinó a decir, y la volvió a besar.

El rostro del comandante y del avión despegando se le presento en su mente. ‑ Adiós ‑ logró despedirse y salió corriendo hacia la entrada presintiendo que la dejaba llorando. ¾Y no la vi más…¾, murmuro con un suspiro.

Después de eso recordó que a escondidas y con la ayuda de Lombriz pudo cambiarse. ¾Pero no me salve del reto del comandante por llegar tarde¾ comentó pensativo.

Cambió de posición en su improvisado asiento mientras apagaba su segundo cigarrillo. Luego apoyó sus codos sobre sus rodillas sosteniendo la tarjeta postal con las dos manos; la contemplo por unos segundos como si quisiera arrancarle un secreto mensaje que intuía debería tener, pero que no podía adivinar. Luego, en forma impulsiva, la rasgó en cuatro pedazos. Se levantó y decidido se dirigió hacia un tambor de gasolina que hacia de recipiente de basura.

En una plaza de Budapest, una mujer sentada en un banco observa con atención como su hijo de dos años juega en la arena con otros niños de su misma edad. Su mente repasa su pasado. Unas lagrimas corren por sus mejillas al recordar con nostalgia un otoño de hace tres años. Absorta en ese recuerdo del pasado no se dio cuenta que su hijo se había acercado y la miraba con sus ojos pardos en silencio. Sonrió mientras con un pañuelo se limpió el rostro, luego abrazó al niño con una mano y con la otra le revolvió el negro cabello. ‑ “You look like you father… and you skin has the same perfume…” ‑ murmuró sin que el niño la entendiera.

Buenos Aires 18/4/93


[1] La acción transcurre a fines de octubre, de 1989. Días después se inicia la caída del muro de Berlín y el fin del comunismo. La gente en la plaza está festejando el levantamiento de 1956 contra la ocupación de la URSS. Cantan el himno nacional de Hungría.