Archivado en July, 2008

Misceláneas

Tuesday, July 15th, 2008

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  

  

 

 

 

1.   A partir de una gota de agua –decía el autor–, cabría al lógico establecer la posible existencia de un océano Atlántico o unas cataratas del Niágara, aunque ni de lo uno ni de lo otro hubiese tenido jamás la más mínima noticia. La vida toda es una gran cadena cuya naturaleza se manifiesta a la sola vista de un eslabón aislado. A semejanza de otros oficios, la Ciencia de la Deducción y el Análisis exige en su ejecutante un estudio prolongado y paciente, no habiendo vida humana tan larga que en el curso de ella quepa a nadie alcanzar la perfección máxima de que el arte deductivo es susceptible.
Sherlock Holmes
Estudio en escarlata

2.  
A raíz del fallo de la Cámara de Casación (Sala IV) obligando a los padres de Marcela Iglesias a pagar parte de los honorarios de los abogados de los acusados (La Nación, 08/02/06) en la causa en que murió su hija, llena de asombro y estupor.
El fallo hace pensar que los jueces actuaron ateniéndose a la letra de la ley, pero no al espíritu de ella. Queda la sensación de jueces que sin resquicio de sensibilidad aplican la ley, pero no la justicia.
Me atengo a un párrafo de Las Fuerzas Morales (José Ingenieros) sobre la justicia:
La justicia es el equilibrio entre la moral y el derecho. Tiene un valor superior al de la ley. Lo justo es siempre moral; las leyes pueden ser injustas. Acatar la ley es un acto de disciplina, pero a veces implica una inmoralidad; respetar la justicia es un deber del hombre digno, aunque para ello tenga que elevarse sobre las imperfecciones de la ley.

3.  
Aquellos de nuestros lectores que hayan contemplado uno de los lienzos de Rembrandt, en el fondo de los cuales las grandes masas de oscuro circunscriben la luz en un solo punto, punto que desde luego fija la atención del espectador atrayendo su mirada sobre la principal figura, tras la que luego se comienzan a distinguir entre las sombras unas cabezas, antes invisibles, después otras, en seguida grupos de personajes que se adelantan, un mundo, en fin, que, sumerjido entre las fantasticas y transparentes veladuras del pintor, va apareciendo y completándose según el análisis a que se sujeta…
Gustavo Adolfo Bécquer
El Templo de Santa Locadia.

4.  
Ceder el terreno… sería una lección contraproducente para las nuevas generaciones.
Si se decía que no… lo jovenes sabían desde el vamos que, si no se preparaban su propia vejez, nadie se sentiría obligado a hacerlo por ellos.
Grondona
La Nación (enfoques)

5.  
¿Podemos decir que el conductor de un automóvil es el reflejo de una sociedad hipocrita? La mayoría de los conductores estacionan en los lugares en que no está permitido sin importarles el cartel de “prohibido estacionar”. No respetan las velocidades mínimas y máximas. Violan todas las normas de conducir como el que ignora la existencia de algo.  En los transportes públicos, en su parte trasera se coloca un cartel que dice: “Velocidad máxima 90 Km” que ningún transportista cumple. Intolerancia, prepotencia, ignorancia, salvajismo, insolaridad son las características del conductor medio. ¿Quién le enseña a manejar a el novel principiante? Algún familiar o amigo, cuya ignorancia en el manejo es supina. Solo le enseña a mover el auto. Y hacer trampas en el examen de conductor, cuando no a sobornar a los isnpectores.
Cualquier falsa creencia, por más distorcionada que sea, tiene una parte de verdad…
La Nación, Enfoques, 24-02-08

6.  
La burocracia es uno de los mayores males de esta sociedad-, aduce C.
-No, señor-, responde M seguro, y agrega: -Gracias a la burocracia el caos se reduce, la mala fe se aplaca, las palabras se imprime. Nada queda al azar…
-¡Pero lo que me estás diciendo es una monstruosidad jurídica! -explota C.
-Sí, claro-, aclara M -si como todas las cosas se le ve el lado oscuro siempre será negro. Pero lamentablemente todas las cosas tienen un lado positivo y otro negativo.
-Pero de esa forma estamos creando una burocracia de “memos” -criticó C-. Y estar constantemente atentos de que no te claven un cuchillo en la espalda…
-Ni más ni menos -interrumpió M, y agregó. -Contrariamente a las críticas de la burocracia, yo digo ¡gracias a Dios que existe! Los críticos dicen que la burocracia está inventada por los estúpidos. Si es así, entonces, ¿por qué los no estúpidos, los inteligentes, no la han derrotado?
-Pero entonces-, contestó C sorprendido, -no puedo confiar en la buena fe…
-No, señor -interrumpe M -puedes confiar en la buena fe. Pero para qué jugarte a la buena fe. Aún con buena fe la duda en los demás queda cuando cometes un error. Y debes tener en cuenta que muchos no tienen buena fe. Por el contrario no les importará herirte o matarte para salvar su imagen. Acá no está explicito que siga adelante con este asunto-, señala M.
-Pero está implícito que se debería seguir adelante-, argumenta C.
-No-. Rechaza M. -En este Estudio nada queda implícito si no está escrito. Lo que no se escribió entra en el plano de la especulación, en “quizá”, “tal vez”; “podría ser”, “lo dije, pero no en ese sentido”. Es tu palabra contra la de otro. En cambio lo escrito es como la matemática, no puede cambiarse el resultado.

7.  
…os pido vuestra opinión sobre los sueños?
¿Qué son sino los engaños de la imaginación cuando la razón suelta las riendas?
El Anticuario
Walter Scott

8.  
-Ha tenido mucha suerte. Fíjate donde ha llegado sin merecerlo.
-No creo que sea así. Después de todo, si llegó debe ser por algún mérito…
-Suerte. El compró un billete de lotería, y salió premiado. Así de simple.
-Entonces ese billete lo podías haber comprado vos.
-Sí. Pero no lo compré El ganador siempre es uno entre muchos.
-La vida está compuesta de accidentes que marcan nuestro destino-, opinó.
-Para mi la vida es un azar. Desde nuestro nacimiento hasta nuestra muerte discurre en un perpetuo azar.
-Entonces, será mejor que definamos qué es azar y qué es accidente.
-Me parece bien. El azar no está sujeto a ninguna ley física, química, o matemática. No tiene reglas que determinen o anticipen lo que va a ocurrir. Cualquier acto del azar es impredecible e incluso incomprensible. Un objeto que busco y no encuentro, y más tarde, cuando no lo estoy buscando, lo encuentro por puro azar.
Es decir, que voy a un lugar que la lógica dice que no puede estar ahí, y ahí está. Nadie puede determinar el número que sale de un bolillero. Cuando todos los razonamientos lógicos no encuentran la solución, el azar las encuentra.
-El accidente puede ser lo mismo, pero más específico, ¿no?
-Siempre se dice que cuando dos personas se cruzan lo hacen por accidente.

9.  
El Dux tiene que cumplir la ley, porque el crédito de la república perdería mucho si no se respetan los derechos del extranjero. Toda la riqueza, prosperidad y explendor de esta ciudad dependen de su comercio con los extranjeros.
El mercader de Venecia
Shakespeare

10.  
was continuing to shrink, to become… what? The infinitesimal? What was I? Still a human being? Or was I the man of the future? If there were other bursts of radiation, other clouds drifting across seas and continents, would other beings follow me into this vast new world? So close – the infinitesimal and the infinite. But suddenly, I knew they were really the two ends of the same concept. The unbelievably small and the unbelievably vast eventually meet – like the closing of a gigantic circle. I looked up, as if somehow I would grasp the heavens. The universe, worlds beyond number, God’s silver tapestry spread across the night. And in that moment, I knew the answer to the riddle of the infinite. I had thought in terms of man’s own limited dimension. I had presumed upon nature. That existence begins and ends in man’s conception, not nature’s. And I felt my body dwindling, melting, becoming nothing. My fears melted away. And in their place came acceptance. All this vast majesty of creation, it had to mean something. And then I meant something, too. Yes, smaller than the smallest, I meant something, too. To God, there is no zero. I still exist!
The Incredible Shrinking Man (1957)

 

 

Citas escritas en 1999

Tuesday, July 15th, 2008

  1.   Quizás siempre os habéis tomado la verdad como un insulto.
    Robert Fisher
    El caballero de la armadura oxidada
    (Pocas veces la verdad sobre nosotros nos cae bien)
  2. ¿No os pareció amarga al principio y, luego, a medida que la degustabas, no le encontrabas cada vez más apetitosa?
    Robert Fisher
    El caballero de la armadura oxidada
    (La verdad)
  3. La naturaleza es la verdadera revelación de la divinidad del hombre
    Conan Doyle
  4. El amor de una mujer es lo que inicia la historia del hombre
    R, Stone – Conan Doyle
  5. Considero que un cerebro humano es, originalmente, como un ático vacío que debe amueblarse como uno prefiere…
    Es un error creer que ese pequeño apartamento tiene paredes elásticas y puede distenderse y contraerse.
    En base a esto, llega un momento en que por cada nuevo conocimiento se olvida algo que se sabía antes.
    Estudio en escarlata – Conan Doyle
  6. Las gentes que leen sin seguir un camino determinado no pueden recordar la mayor parte de lo que han leído
    Estudio en escarlata – Conan Doyle
  7. ¿Qué es la imaginación? Puede hacer algo donde no hay nada. ¿Cómo puede cualquier cosa ser algo nada al mismo tiempo?
    Los muertos no vuelven – Jack London
  8. El que confunde lo que escucha, confunde lo que piensa
  9. Afirmo con Hobbes que es imposible separar el pensamiento de la materia que piensa.
    Jack London
  10. Afirmo con Locke que todas las ideas humanas se deben a las funciones de los sentidos
    Los muertos no vuelven – Jack London
  11. Afirmo con Bacon que todo el entendimiento humano proviene del mundo de las sensaciones
    Los muertos no vuelven – Jack London
  12. Afirmo con Kant, el origen mecánico del universo, y que la creación es un proceso natural e histórico
    Los muertos no vuelven – Jack London
  13. Afirmo con Lapalace que la hipótesis de un creador no es necesaria.
  14. ¿O más bien eso demuestra que el fantasma es lo que es: un producto de mi propia conciencia morbosa, más allá de toda duda?
    Los muertos no vuelven – Jack London
  15. Pregunta: si un hombre, con todo el proceso histórico a sus espaldas, puede crear una entidad, algo bien real, ¿entonces la hipótesis de un creador no se vuelve concreta? Si la materia viva puede crear, entonces es justo asumir que puede haber un Él que creo la materia de la vida. No es más que una diferencia de grado.
    Aún no he hecho una montaña o un sistema solar, pero he hecho algo que se sienta en mi silla.
    Si esto es así ¿acaso un día no seré capaz de hacer una montaña o un sistema solar? Hasta hoy, el hombre ha vivido todos los días de su vida en un laberinto. Nunca ha visto la luz, no como la veía mi hermano, tropezando con ella por accidente, sino de modo deliberado y racional.
    Los muertos no vuelven – Jack London
  16. La verdad muchas veces es más extraña que la ficción.
  17. Muchas veces la verdad puede creerse que es una fantasía
  18. La verdad no es absoluta; en la mayoría de los casos…
  19. ¡Cuantas veces una mentira se ha convertido en verdad! Y una verdad en mentira.
  20. La verdad es un trago amargo que muchas veces puede descomponer. La verdad también puede ser un trago dulce, un néctar de los dioses. Pero en exceso puede, como el vino, emborrachar. La verdad en exceso se convierte en fanatismo.
  21. Muchas veces la mentira puede ser como un veneno fulminante. En otros casos, tomada en pequeñas dosis, no hace mal.
    Pero también es una potente droga para quién la prueba se convierte en un adicto.
  22. Nos dicen que no existen cosas grandes y pequeñas sino por comparación
    Los viajes de Gulliver
  23. Según Buda, las tres grandes verdades son: Que el sufrimiento nace con el hombre; que el deseo es la causa del sufrimiento; que suprimido el deseo, se reprime el dolor. La cuarta gran verdad es que suprimido el deseo se adquiere la liberación del alma.
    Estas verdades, para el hombre común, para ponerlas en práctica, le es tan difícil como caminar sobre las aguas. Muy pocos, espíritus excepcionales, lo logran. Los seres comunes estamos atados con gruesas cadenas imposibles de romper hasta el fin de nuestros días.
  24. Si suprimimos el deseo, se suprime el dolor, según el principio budista. Ahora bien, ¿cómo suprimimos los dolores físicos de una enfermedad en que nada tiene que ver el deseo? Podemos poseer una dieta adecuada, una vida de abstinencia e higiene corporal y mental, y sin embargo el virus está ahí, al acecho, esperando el momento de penetrar en nuestro cuerpo y producirnos el dolor de la enfermedad.
  25. Qué es el demonio, sino un símbolo con el cual identificamos todos los males, y atribuimos a él todas nuestras desdichas. El miedo se viste con los ropajes del demonio.
  26. El e-mail es el registro del instante, y no el documento de la permanencia.
    La velocidad es algo que huye, no algo que queda.
    Rabanal/ La Nación, 23/3/99
  27. El servir es un arte. Que no se debe confundir con servilismo. Todos servimos a alguien. Dios nos sirve a nosotros, pero no es nuestro sirviente.
    (de un dialogo en la película “La vida es bella”)
  28. “Cuan vano resulta todo intento que hace el hombre cuando busca hacerse matar entre aquellos con quienes no puede compararse en grado de igualdad e importancia.
    Viajes de Gulliver
    Swift
  29. No puede haber entendimiento entre la mano y el cerebro a menos que el corazón actúe de mediador.
    Metrópolis
    Film de Frizt Lang
  30. Desde que Aristóteles mencionó que el hombre es un animal político, pensadores de todas las disciplinas, filósofos, etc. aceptaron esta premisa de que el hombre no puede vivir sin política. Desde niño un político intuitivo. El niño aplica una política de relación con sus padres, sus amigos y sus hermanos. Esta política continúa de joven, mas elaborada, agregando a ella una política para el estudio, el trabajo y el amor.
  31.  A medida que pase el tiempo hará una política mas refinada en sus relaciones con el trabajo, con su esposa y sus hijos. A la vejez ya será un veterano político.
    Participar en la vida política de un país es tan importante como la de su hogar. Es decir, si uno carece de política en su hogar, entrará en la anarquía. Lo mismo ocurre con su país. Si no se participa directa o indirectamente en política seguramente dejaremos que otro lo haga por nosotros y de esta forma creamos los gobiernos corruptos, demagógicos, que luego desembocan en una tiranía.
  32. Oí decir que los secretos son como el océano. En sus profundidades guarda todo lo que se tira. Y que solo buceando se puede encontrar. Sin embargo, cuanto más profundo ha caído más dificultoso puede ser encontrado. Y hay secretos que han caído en un oscuro abismo del océano que nadie humanamente puede acceder.
  33. Otros dicen que la ciencia y la filosofía es como el océano: En sus profundidades se guardan mundos maravillosos, esperando que el buzo los descubra. No obstante, el buzo, está limitado en su búsqueda puesto que no puede permanecer mucho tiempo debajo de las aguas. El oxígeno y la presión de las profundidades, tienen un límite que no puede franquear aún. Quién logre llegar al lecho profundo podrá conocer a Dios.
  34. Escribir de manera grandilocuente no sólo es un error que nace de la vanidad. Creo con firmeza que para escribir bien hay que ser discreto
    J. L. Borges
    Revista La Nación 11/4/99
  35. La amistad puede ser generada espontáneamente entre dos personas que íntimamente se atraen. O un proceso lento de dos personas que un primer momento se rechazan. Por lo general suele ocurrir que la amistad duradera y verdadera se alcanza cuando se produce ese proceso lento de maduración.
  36. Para ser un buen lider demagógico se debe llenar los siguientes requisitos: Creer ciegamente en el líder; rendirle pleitesía como a un monarca absolutista; aceptar que el líder se rodee de ineptos. Se espera del líder soluciones a todo sus problemas, como un padre pródigo. Cuando no logra solucionar sus problemas la culpa no es por la ineficiencia del líder, sino de la sinarquía internacional.
  37. Pocas veces la vida premia por los logros obtenidos o castiga por nuestros fracasos, o nuestras maldades. Por lo general los premios y castigos de la vida son caprichosos. Muchas veces pagamos un premio muy alto por cosas de poco valor. Y otras veces se paga un precio muy bajo por algo de mucho valor. Y más de una vez nos lamentamos de un alto precio pagado y olvidamos que en muchas ocasiones hemos pagado un precio vil obteniendo grandes satisfacciones de la vida.
  38. La vida no compensa equitativamente. En la mayoría de los casos premia a los injustos y castiga a quienes no merecen el castigo. No es pesimista pensar así; es realidad. En la historia abundan los ejemplos en que los “malos” han sido venerados como “dioses” y los “buenos” lapidados o crucificados. En las cárceles penan mas los inocentes que delincuentes.
  39. Las medallas logradas en batallas por un soldado son por actos de extremo heroísmo ganadas logrando salvar la vida de sus compañeros o conquistando una posición por sí solo con riesgo de su vida. En cambio las medallas de los generales se ganan por batallas dirigidas y alejadas de las trincheras, y sobre una alfombra de cadáveres. Y muchas en salones diplomáticos.
  40. La felicidad no es incompatible con la pobreza, como tampoco es una garantía con la riqueza. Si no se tiene ambiciones desmedidas por lo material, se pude ser pobre y feliz. De la misma forma que quién posee riquezas será feliz si abandona su ambición desmedida.
  41. La mujer sucia, desgreñada, vestida de andrajos mugrientos, con la vista perdida fuma un cigarrillo despaciosamente sentada frente a la vidriera de una afamada joyería de un barrio elegante. Nada mas alejado uno de otro: Una casa de artículos de plata y oro, decoración suntuosa, y joyería de orfebre costosa. La mujer hundida en su profunda indigencia y alienación está horas rodeada de sucios bolsos y atados, mirando hacia el infinito no se sabe qué, y qué pasa por su imaginación.
    Sin embargo, ella tiene un mundo. Vive en una dimensión distinta a la nuestra. Si bien es visible en nuestra dimensión y parece que vive en esta, quizá su mente está en un lugar desconocido para mentes “racionales”. Quizá en ese mundo en que ella vive nada de lo que conocemos existe. Quizá en su mundo seamos nosotros los locos, extraviados, alienados…
  42. Oí decir: -Nuestro destino está en manos de extraños-. ¿Será verdad? Quizá. Gente que no conocemos puede, sin proponérselo, torcer nuestro destino para bien o para mal. Extraños pueden hacernos recordar cosas olvidadas o que no queríamos recordar. Extraños pueden hacernos recorrer caminos que no imaginábamos. Extraños pueden influir en nuestros amigos. Extraños pueden darnos la felicidad o quitárnosla.
  43. La certeza del empleador de que todos son fácilmente reemplazables le da casi invariablemente un carácter de ser todopoderoso, insensible y tirano.
  44. Trabajar sin ser alentado, aportar sin ser reconocido, cumplir fielmente sin siquiera ser visto y muchas veces sin ser renumerado como corresponde, termina aplastando nuestras ganas y nuestra estima convirtiéndonos en simples autómatas.
    Lo importante sería que los empleadores y jefes notaran que sin nosotras no serían ninguna de las dos cosas y que poner más que el hombro todos los días cuando muchas veces no podemos darnos el lujo ni de comprar una pizza los fines de semana, necesita el mínimo aliento, reconocimiento y apoyo.
    Nora Castor Padula
    Carta de lectores La Nación
  45. Las elecciones se ganan con el sentimiento. Está comprobado que el voto racional es minoritario. En cambio el voto pasional es abrumadoramente mayoritario. Muy pocos son los que haciendo un análisis frío de los candidatos votan por el mejor. En realidad se vota por sensaciones, intuiciones, simpatías o intereses mezquinos. Los candidatos saben esto y se inclinan a presentarse de forma de llegar al corazón, pero no a la mente.
  46. Darse la mano a modo de saludo o presentación es un acto mecánico, reflejo, que por costumbre adquirimos en nuestra juventud, pero que ya en nuestra niñez veníamos observando ante los adultos. Consideramos, inconcientemente, este acto como un gesto de buena educación, civilizado, como el saludo. Negarse a dar la mano se interpreta como un acto de grosería, mala educación o enemistad o desprecio. Pero realmente, ¿qué significado tiene, y de donde proviene esta costumbre? Ya que hay pueblos que usan otros gestos como saludo.
  47. Algún día me iré de este mundo… Y después ¿qué? Seré quizá un ángel en el paraíso o un demonio. O vagaré hasta el juicio final en el purgatorio según la concepción cristiana.
    Quizá vuelva a reencarnarme: En un hombre de bien, en un asesino, en un hombre ignorante o ilustrado. O en una mujer de hogar, o prostituta. Podría también reencarnarme en una flor, en una araña, o en cualquier cosa… Pero sin tanta especulación quizá sea una máquina que una vez que dejó de funcionar se convierte en chatarra, se oxida y desaparece con el tiempo sin dejar rastros
    Quizá toda nuestra vida sea una ilusión, un sueño. Donde el mundo que veo, toco y escucho no sea otra cosa que un invento, mal inventado, y desproporcionado de algún inventor que nos inventó. Quizás a semejanza de las computadoras que hemos inventado alguien nos creo en un laboratorio sin estar seguro de lo que saldría y lo que salió fallado.
    Y lo dejó ahí tirado como se tira una semilla y luego esta se reproduce por si misma creando una plaga.
  48. .Una de las causas (quizá la más importante) del incremento de la delincuencia se debe a la pobreza e injusticia social. La falta de oportunidades y de trabajo. Esto es a su vez provocado por el incremento de la población. Las oportunidades y el trabajo crece mas lento con relación a la población. Por cada trabajo nuevo que se crea hay tres nuevos aspirantes.
  49. Cuando tenemos recursos podemos hablar de un plan racional. En cambio cuando decimos que tenemos que conseguir esos recursos estamos hablando de buenas intensiones. Si tenemos éxito en conseguir esos recursos, entonces podemos decir que fue un plan estratégico brillante. Si fracasamos se dice que solo fueron buenas intenciones. Paradójicamente los planes que nacen de buenas intenciones, por lo general, triunfan más que cuando tenemos a disposición los recursos.
  50. El cliente preguntó si las etiquetas se parecían. Respondí que a mi criterio nada las confundía. Sin embargo, le aclaré, que otros podían opinar distinto. Pero, también, teníamos un problema: La supuesta etiqueta similar a la del cliente era también de un cliente del Estudio. Por lo tanto estábamos ante un “conflicto de intereses”. Y por lo tanto debíamos derivar el asunto a otro estudio.
    Al día siguiente el cliente llamó por teléfono y me comunicó que lo había meditado profundamente y se había sentido dolido con la derivación de este asunto a otro Estudio. Agregó que lo se lo había tratado con indiferencia. Que a un cliente de tantos años no era correcto tratarlo de esa forma.
    Sorprendido pregunté si estaba mal que le haya dicho la verdad que ambas compañías eran clientes del Estudio. Me respondió que no era correcto tener dos clientes que se dedican al mismo rubro. Fin de la conversación.
  51. En otro caso el cliente posee una manía persecutoria. Piensa que oscuros y poderosos intereses están en contra suyo. Y que esos intereses están comprando al Estudio y, por supuesto, a mí interpretando que cualquier solución o decisión que se tome será perjudicial para su empresa. En su fiebre persecutoria envía una carta documento amenazando al Estudio por no atender sus asuntos con eficiencia. Nada se puede hacer con clientes creyentes en las teorías conspirativas.
  52. El perder es como una enfermedad. El perdedor es un enfermo y puede contagiar.
    El perdedor es un estado mental. Como toda enfermedad es curable
    .
    El mejor antídoto es pensar como ganador.
    Inspirado en un diálogo de la película “El jugador”
  53. Una de las cosas que no sabe hacer bien la imaginación humana es concebir plenamente el sufrimiento ajeno. El dolor, el simple dolor físico es una barrera infranqueable entre quién lo padece y quién lo presencia. Cesar González…que no era un escritor muy dotado para la compasión repetía mucho citando a Oscar Wilde, que en las tragedias de los demás siempre vemos algo de ridículo.
    Antonio Muñoz Molina – La Nación, 13/06/99
  54. Las moscas siempre prefieren la mierda.
    Los pueblos siempre prefieren a los políticos de mierda.
    (Oído al pasar)
  55. Ella dice que tiene todo ordenado, y que él es todo desorden. Sin embargo, ella tiene dificultades para encontrar cosas que siempre ordena. Mientras que él, en su desorden, encuentra siempre lo que busca.
  56. Hay personas que al sentirse molesta o incomodas con otras personas, o que éstas se interpone en sus proyectos entonces desea destruirla o desearle la muerte. Hasta piensa que se sentirá feliz si esa persona sufre un accidente que lo deje, al menos, incapacitado. O desea, lisa y llanamente, su muerte.
    No ignora que lo que desea para su prójimo es un acto de maldad. Mucho más cuando se le desea a aquellos seres queridos, cercanos a sus afectos. Pero el ser humano es así; por el simple hecho de interponerse alguien a un capricho mundano desea su muerte.
  57. Nuestra mente, que pensamos está bajo el control de nuestra voluntad, muchas veces escapa a ella, y nos hace cometer cualquier desatino, error o estupidez, o locura. Cuando nuestra mente no es controlada por nuestra voluntad decimos que la pasión ahogó nuestra mente.
  58. En cierto modo, la ciencia puede ser definida como el pensamiento paranoide aplicado a la naturaleza.
    Los actos creativos son en buena medida resultado de los componentes del hemisferio derecho, pero los razonamientos sobre la validez del resultado son, primordialmente, funciones del hemisferio izquierdo.
    Los dragones del Edén, Sagan
  59. Hay quienes dicen que todo razonamiento es “especulativo”, lo que equivale a decir que todo lo que vemos es “aparente”, y todo lo que decimos es “relativo”.
    “Especulamos que el sol nos da vida. Que “aparentemente” el sol nos da energía. Que la energía es “relativa”.
  60. Estamos a las puertas del tercer milenio, y la cantidad de libros editados sobre todas las inquietudes de la vida humana era inimaginable dos milenios atrás. El acceso a los libros ha sido en la última centuria mayor que en épocas posteriores.
    Sin embargo, los lectores, paradójicamente, carecen de tiempo para leer.
  61. Un enigma es una pregunta disfrazada de alegorías para dificultar la respuesta. La pregunta está hecha de tal manera que obliga a quien debe responder a reflexionar de la misma forma que si caminara por un laberinto donde cada camino -es decir cada palabra -contiene una pista. Y la respuesta, contrario a la pregunta, suele ser sencilla. Los hechos llamados “casuales” son enigma a resolver.
  62. Lo único que sabemos con exactitud es que tarde o temprano vamos a morir. Lo paradójico es que toda la vida tratamos de ignorar este acontecimiento.
  63. Tales también dice: “Todo está lleno de dioses…” Quizás se refiere a cómo la tierra negra pudiese ser el origen de todo, desde flores y cereales hasta cucarachas y otros insectos y se imaginase que la tierra estaba llena de pequeños e invisibles “gérmenes” de vida.
    De lo que sí podemos estar seguros, al menos, es que no estaba pensando en los dioses de Homero
    El mundo de Sofía – Jostein Gaarder
  64. Las tres edades.
    Y dijo la esfinge: Se mueve en cuatro patas por la mañana, camina erguido al medio día y utiliza tres pies al atardecer. ¿Qué es?
    Y Edipo respondió: El hombre.
  65. ¿Dónde había quedado el sindicalismo de los dirigentes que ha principios de siglo se abstenían del alcohol y el cigarrillo, predicaban con el ejemplo -incluso el revolucionario -pero que en la sede sindical daban prioridad a la biblioteca?
    La Nación/Enfoques/Memoria/Vandor/11/7/99
  66. En la vida hay que saber bailar. Es muy triste estar sentado viendo bailar a los demás.
  67. Para adiestrar a un perro se le debe dar ordenes. En cambio a un gato se lo debe persuadir.
    Hay humanos que obedecen por sumisión y otros por persuación. Pero perro y gato gustan que sus amos sean cariñosos. Sin embargo, el perro pide que lo acaricien. En tanto el gato le es indiferente.
    Hay humanos que se someten para estar protegidos, y otros prefieren carecer de protección si para ello deben someterse.
  68. Un pesimista es un realista bien informado.
  69. Para vivir una vida feliz es importante superar el miedo a la muerte.
    La muerte no nos concierne -dijo Epicuro, -así de simple. Pues mientras existimos, la muerte no está presente. Y cuando llega la muerte nosotros ya no existimos
    .
    El mundo de Sofía – Jostein Gaarder
  70. ¿Qué es un accidente? Una definición clásica de cualquier diccionario aclara que “es un suceso imprevisto que altera el orden regular de las cosas”. Otra definición, mas extrema, dice que “es una acción o suceso que produce un daño o desgracia. En cambio los filósofos la definen como algo que puede aparecer o desaparecer, sin destrucción del sujeto, cualidad que consideran que no es escencial, ni constante. Más practico sería decir que un accidente es una acción que imprevistamente priva al ser humano de sentido, movimiento o razonamiento con resultado que puede ser negativos o positivos.
  71. Cuando ves una sombra, Sofía, también tú pensaras que tiene que haber algo que la origina. Ves la sombra de un animal. Quizá sea un caballo, piensas, sin estar del todo segura. Luego te giras y ves el verdadero caballo, que es infinitamente más hermoso y su silueta mucho mas nitida que la “inestable sombra del caballo”. Platón opinaba que , de la misma manera, todos los fenómenos de la naturaleza son solamente sombras moldes e ideas eternas. No obstante, la gran mayoría de los seres humanos están satisfechos con su vida entre las sombras.
    El mundo de Sofía – Jostein Gaarder
  72. El periodismo, salvo raras excepciones, no busca la verdad. Sino el sensacionalismo. No busca denunciar al culpable, sino inculpar a todos. No busca informar sobre una tragedia, sino exacerbarla.
    Siempre argumentarán que ellos no analizan, que la velocidad de la noticia no les permite profundizar. Que para eso está la libertad de prensa… Para decir irresponsaablemente cualquier cosa.

Viajes nocturnos

Tuesday, July 15th, 2008

La historia comenzó así: Cada tanto, cuando mi cuerpo y cerebro están en reposo, es decir, durmiendo, me despierto abruptamente, con un sobresalto igual al que uno tendría si se tirase de la cama, o una silla. Al despertar y recuperarme del susto, siento que mi cuerpo está frío, aún en pleno verano, como si hubiese estado durmiendo sobre barras de hielo. Muchas veces me he despertado sin la sensación de la caída, pero temblando de frío, aterido. A la sensación de caída no encontraba explicación y en cuanto al frío de mi cuerpo suponía que se debía a que mi termostato interno producía esa empinada baja debido a mi estado de reposo total y, por esa razón, disminuían al mínimo las funciones del cuerpo, incluido la temperatura corporal. Sin embargo, no conocía a nadie que se despertara temblando, salvo que padezca alguna enfermedad, que suponía no era mi caso.

La caída me era más misteriosa puesto que estas sensaciones deduje pueden ocurrir durante una pesadilla, pero en mi caso ocurrían sin el menor sueño, con mi mente totalmente vacía de imágenes. Si bien todo esto no me hizo perder el sueño, puesto que me ocurría esporádicamente, no por ello dejaba de pensar cual sería el síntoma que lo producía.

Así las cosas una noche tuve un sueño en el que yo me encontraba parado en un lugar oscuro donde se oía únicamente la respiración de una persona, intente hablar preguntando quién estaba ahí pero advertí con asombro que de mi garganta no salía ningún sonido. Entonces me desplace con la extraña sensación de que no caminaba, sino que flotaba. Y luego de varias vueltas sin encontrar una salida o claridad que me indicara donde me encontraba, decidí desplazarme en línea recta hasta que chocara con una pared o con algún objeto físico. Otra sensación que me intrigaba era que me parecía que no tenía manos, pero en ese momento no le preste mucha atención, ya que era en ese instante absorbido por algo espeso, literalmente como si fuera “chupado” y luego expulsado a otro ámbito. Mi sorpresa fue en aumento al encontrarme suspendido, a la altura del primer piso de mi casa, frente a la ventana de mi dormitorio del lado de la calle.

Era de noche. Y supuse por la quietud que me rodeaba, no se desplazaban automóviles ni gente caminando, que serían las dos o tres de la mañana. Tomé conciencia, al menos eso creí (que tomaba conciencia), que estaba soñando. Y que en el sueño yo era una especie de espíritu, sin cuerpo, flotando en el espacio como una mota de polvo. Que era puro pensamiento desplazándome en el espacio. Y que me desplazaba hacia un lado o hacia otro solo con mi voluntad. Maravillado con este sueño hice la prueba, para convencerme, si podía traspasar la pared; y no bien lo pensé sentí la sensación de estar siendo succionado por la pared y expulsado al otro lado de ella. Otra vez estaba en la oscuridad absoluta, solo oyendo unos ronquidos. A estas sensaciones se sumó otra, la de poder ver ahora en la oscuridad como quién percibe las cosas en la penumbra. Y comprobé, sobresaltado, que los ronquidos provenían de una persona que estaba durmiendo en mi cama, y que esa persona era yo. O al menos mi cuerpo. Y que era mi propia cama.

Con cierta excitación y ansiedad decidí desplazarme hacia el patio de mi casa. En ese momento una fuerza desconocida me atraía y me impedía avanzar en sentido contrario. Cuanto más fuerza hacia para desprenderme de esa atracción, mas era empujado. Asustado tuve un segundo de vacilación que fue suficiente, al no ejercer la fuerza contraria, para que la fuerza magnética me empujara hacia el lado opuesto al que quería desplazarme. Sentí, o tuve la misma sensación de quién se tira de una cama. Después del estremecimiento, al mismo tiempo, desperté. La temperatura de mi cuerpo había bajado produciéndome temblores. Como si volviera de la muerte. Al menos es la sensación que me quedó.

Tres o cuatro noches después se repitió el mismo “sueño”. Esta vez “más consciente” sentí que mi espíritu o mi cuerpo incorpóreo, o cosa parecida, dejaba mi cuerpo físico mientras dormía y comenzaba a deambular por la casa primero y luego por las dormidas calles de la ciudad. Como un intruso invisible husmeaba en las casas vecinas. Y cosa curiosa, solo los perros o gatos, o donde había aves, parecían adivinar mi presencia. Los perros ladraban desesperados y los gatos erizaban su pelambre y como los grandes felinos mostraban sus garras y dientes dispuestos a saltar sobre la presa; mientras que los pájaros espantados echaban a volar huyendo de algo desconocido.

Poco después volví a tener esa sensación magnética que me llamaba a unirme a mi cuerpo dormido y despertarme con el susto de la caída y frío.

Cada noche que tenía este sueño me aventuraba cada vez mas lejos. Pero también el regreso a mi cuerpo, cuanto más lejos, más violento se hacia la caída y sensación de frío intenso. Este frío intenso duraba por espacio de más de media hora hasta que la temperatura corporal se normalizaba. Pero por otro lado cada vez sentía mayor fascinación con estos “viajes” ya que me introducía en la intimidad de las personas que creían estar a cubierto de cualquier ojo curioso. Así descubrí, siempre de madrugada, comportamientos, posturas, aptitudes, inimaginables en personas que se consideraban “cuerdas” o al menos que uno no podía imaginarse que se comportaran de esa forma. En algunos casos había visto personas, aunque desconocidas, haciendo cosas aberrantes y otras en ridículas poses. En uno de estos “sueños” presencie un crimen. A la importancia de no poder hacer nada para impedirlo se sumó el desconcierto y asombro al enterarme al día siguiente que fulano había muerto por insuficiencia cardíaca, cuando yo había presenciado su muerte por asfixia. ¿Pero quién iba a desconfiar de esa anciana de ochenta años que había asesinado a su hijo de cincuenta años?

Descubrir la intimidad de las personas comenzó a crearme problemas psicológicos en mi vigilia. Ya no veía a las personas tal como las vemos a diario. Mas bien las veía con el alma desnuda. Y comprendía horrorizado que aquellos en que había “husmeado” en su intimidad los podía ver en forma normal.

Horrorizado, trate de evitar estas “exploraciones” a la intimidad y descubrí que podía remontarme a alturas inimaginables del espacio. Sorprendido y maravillado descubrí que mis sueños me llevaban a los planetas vecinos con solo desearlo en un instante. Vi entonces los desiertos de la Luna, de Marte y de Júpiter. Solo que cuando la fuerza misteriosa me llamaba a juntarme con mi cuerpo el choque que se producía con mi cuerpo físico al despertarme era de tal violencia que me dejaba la sensación de haber caído de un edificio de varios pisos y mi cuerpo se helaba a temperaturas por debajo del cero por un par de horas.

Sin embargo, nada de esto podía detenerme. Explorar las estrellas fue mi segundo paso. Y también esta situación me obligó a que me internaran en un hospital.

Los médicos no acertaban a entender la causa de mi enfermedad y si primero diagnosticaron una hipotermia causada por la tiroides, mas tarde consideraron que el diagnostico no era tan simple. Mientras, yo callaba. ¿Que podía decir? ¿Que todo esto era producto de un sueño que me permitía viajar por el universo? A mas de diagnosticarme un cuadro agudo, es probable que dijeran que no estaba en mi sano juicio.

Finalmente, en uno de estos sueños mi cuerpo no llamó más a mi alma y esta quedó librada para viajar a los confines del universo.


19/5/98


¿Quién era Ema Pía?

Tuesday, July 15th, 2008

(Cuento policial)

-¿Quién era Ema Pía? – Preguntó reflexivo el subcomisario mirando fijo a su subordinado. -¿Aún no se ha dado cuenta? -Añadió bajando la vista y ordenando unas carpetas que estaban sobre su escritorio..

-La verdad, señor, no-, respondió del otro lado del escritorio el joven y novato oficial.

-Conocí a Ema Pía cuando tuvo el accidente de intoxicación-, señaló el subcomisario condescendiente con su novel oficial. -Como Ud. pudo apreciar era una mujer madura. Sin embargo poseía aún un rostro joven y ojos chispeantes. Y no había perdido el encanto de la juventud.

Sin embargo, los rasgos de su personalidad eran extravagantes, excesivamente peculiares. Por ejemplo su vocabulario. Buscaba palabras elaboradas y sofisticaba los diálogos usando un tono y un modo de hablar que denotaban una rebuscada adjetivación. Decía “cháchara” en vez de palabrería o parloteo. Usaba el tú en vez del vos, que acostumbramos a decir. Siempre saludaba en francés. Cuando se dirigía a otros usaba el “vosotros” en lugar del Uds. No decía: “tengo frío” sino “me encuentro aterida”. Cuando iba al cine decía que había visto una “vista”. En cuanto a su curiosidad se limitaba a cosas banales a las que ella consideraba de gran trascendencia. Advertí que su manera de hablar y sus gustos muy kitsch causaban cierta irritación en quienes la escuchaban.

Otra característica de su personalidad la obligaba a que todo suceso del pasado que podía ser desagradable, y no querido rememorar por ella, era borrado de su memoria.. Y mantenía fuertemente cerrado sus ojos al mañana temerosa que, al abrirlos, pudiese caer al vacío. Verdaderamente vivía llena de tabúes… atormentada; el sexo era su mayor tormento; le temía -Se detuvo en su relató y se restregó en su sillón. Después de unos segundos pensativos continuó -Al iniciar esta investigación… -Y se interrumpió nuevamente. Su mirada se fijó en el cuaderno que estaba sobre su escritorio. Era el diario íntimo de Ema Pía. Se sintió incomodo. Siempre le pasaba lo mismo cuando, por causas de una pesquisa, debía hundirse en la vida privada de los involucrados. Ir hasta lo más profundo del alma humana. En muchos casos era desagradable descubrir las bajezas que se ocultaban; principalmente en aquellos que, involucrados en un delito, eran inocentes. Pero si no hurgaba en lo íntimo de sus pensamientos nunca se descubriría al culpable y descartaría al inocente. Suspiró resignado. Dio unos golpecitos con el dedo índices sobre el diario mientras decía -Su diario me reveló cosas interesantes. Según su diario, Ema Pía, compartía su departamento con una amiga…

-¿Una amiga? -interrumpió su subordinado extrañado.

-Vamos por parte-, respondió el subcomisario. -Déjeme continuar. Para más datos trabajaban juntas…

-No sabía -volvió a interrumpir el novel oficial – que una de sus compañeras fuese su amiga. ¿Cuál de ellas? Lo tenían bien guardado..

-Era comprensible. Ya va a ver. Su amiga a la que en su diario llama Lucía era de su misma edad. Pero personalidades opuestas. Mientras Ema Pía, como dije antes, vivía atormentada con el sexo, su amiga Lucía satisfacía lujuriosa sus amores furtivos. Ema Pía describe en su diario, horrorizada, pero en detalle, el desenfreno amoroso de Lucía; los excesos lascivos que cometía. Esto era en la intimidad. En su trabajo Ema Pía tenía un comportamiento formal, sería y responsable. En tanto su amiga solía actuar, muchas veces, como una adolescente… Así lo hace constar en su diario.

-No acierto, señor, a saber cual de las jóvenes era-, señaló su subalterno. Molesto por la interrupción el subcomisario continuó.

– Ema Pía no tenía otras aspiraciones que cumplir con su trabajo; a su manera era seria, cumplidora y aplicada. Además de celosa de sus “tareas laborales” como designaba en su rebuscado lenguaje. En cambio parece que Lucía tenía una obsesión: quería demostrar que todo lo sabia, que todo lo hacia bien. Según el diario, buena voluntad no le faltaba, le sobraba. Pero, a los ojos de Ema Pía, era una niña, atolondrada y caprichosa. Y esto, registra en su diario, le traía sus buenos dolores de cabeza a Ema Pía.

Otra costumbre de Lucía es que escribía poemas a escondidas de Ema Pía. En ellos reflejaba sus “fantasías”, y para darle realismo mentía, y se mentía a sí misma. Así opinaba Ema Pía, que se tomaba el trabajo de robarle los poemas, transcribirlos en su diario, y criticarlos ferozmente.

De lo apuntado en el diario se desprende que ambas buscaban el amor. Sólo que una soñaba con el príncipe azul. En cambio la otra buscaba un “hombre” dando énfasis a esta palabra.

A pesar de sus diferencias, producían una simbiosis. Eran, sin serlo, como hermanas siamesas. Pero se ignoraban, de la misma forma que una mano desconoce la existencia de la otra. En ese perverso sistema de incomunicación vivían juntas y trabajaban juntas. Jamás se separaban. Dormían en la misma cama, comían en el mismo plato. Idénticos eran sus gustos, vestían de la misma forma y compraban las mismas cosas. Veían los mismos programas de televisión, las mismas revistas, y esporádicos libros. Juntas subsistían.

Hasta que al final Ema Pía, descubrió que era necesario separarse de su amiga. Consideró que la única alternativa posible para desprenderse de lo que consideraba su sombra sería el asesinato.

-¿El asesinato? ¿Y cómo? Si… Un momento, señor, ¿escribió en su diario que iba a asesinar a su amiga?

-No, para nada-, aseguró.

-¿Entonces, señor, cómo llegó a esa conclusión? Que Ema Pía asesinaría a su amiga.

Por unos segundos el subcomisario demoró la respuesta. Íntimamente pensaba que el joven oficial estaba aún muy verde. Aún le faltaban unos cuantos crímenes para entender la mecánica de su profesión. -Nadie en su diario personal-, aseguró, – transcribe en letra clara, sencilla, franca sus más oscuros y profundos pensamientos. Estos pensamientos serán volcados en el diario mediante una elíptica, o parábolas; o símbolos. Para un detective será cómo descifrar un código encriptado.

-Pero, señor, Ud. Perdone, pero no es una prueba tangible como la impresión digital, o la prueba de parafina. O la confesión lisa y llana. Ningún juez le va a tomar en serio la interpretación caprichosa de lo que está escrito en un diario.

-¡Claro que no! -Exclamó el subcomisario molesto por la pretendida erudición del joven oficial. -La ciencia criminal es igual que cualquier ciencia-, aleccionó. -Primero especulamos, para formar una teoría, y después desarrollamos la teoría. Por último hacemos la demostración práctica. La comprensión de este diario me ayudó a formar la teoría. Sin ella no tendría la herramienta necesaria para reunir las pruebas “tangibles” a que Ud. hace referencia-, concluyó enfático. Por unos segundos ambos quedaron en silencio.

-En su diario-, continuó el subcomisario después de la pausa, – hace constar que está harta de Lucía. Que ya no soporta más sus groserías libinidosas-. El policía hace un paréntesis y toma el diario, lo abre y lo hojea. Se detiene ante una página: -“Me sentiría feliz-, lee, -si ha Lucía la viniera a buscar el demonio. Su tránsito al averno es lo mejor que le puede pasar a esta perdida.”

-Palabras fuertes y rebuscadas-, señor. – Pero no hubiesen sido pruebas suficientes para acusarla de un crimen-, insistió el joven oficial.

-Sí -asintió desganado su jefe. -Voy ahora a darle mis conclusiones a las que he llegado a través de la lectura de este diario. El asesinato sería para Ema Pía una catarsis. Quizás piense que elegir el método haya sido para ella una tarea ardua y extenuante. No fue así. Por lo que se desprende del diario, una misteriosa embriaguez de su alma hizo que se le revelara la forma y el método con claridad. Era fácil, debía esperar que su amiga se durmiese, luego abriría la llave de gas del horno, y saldría a caminar. Rato después volvería a su casa y descubriría un suicidio. El crimen perfecto debió suponer. La noche que se decidió escribe en el diario que hacia frío y una tormenta estaba en cierne. Anota que el centelleo de los relámpagos y el eco de un trueno daban el marco adecuado. El toque estético, agrega.

Después de la siniestra noche, y ya de mañana, anota que desayunaba observando la ventana cuyos vidrios eran lavados por la fuerte tormenta. Ésta, aparentemente, había durado toda la noche. Aquí debí hacer la siguiente deducción: Esa noche, después de abrir la llave de gas y disponerse a salir, se le ocurre que debía descansar unos minutos con la intensión de no hacer tan evidente su apuro en salir a la calle. Inexplicablemente se quedó dormida de inmediato… Es por eso que en el diario se pregunta, ¿cómo Lucía hizo para despertarse y darse cuenta que la llave de gas estaba abierta? Y que una vez cerrada se fue a dormir como si nada hubiese ocurrido… Esto para ella era un enigma.

No por haber fracasado, Ema Pía desistió de su empeño de asesinar a su amiga. Estaba dispuesta, ahora, a no fallar. Eligió esta vez un antiguo, milenario y siempre renovado método universal: el veneno.

Aclaro que ambas, por lo que se deduce de su diario, tenían por costumbre tomar por la noche, antes de acostarse, un vaso de leche caliente. Así que, elegido el instrumento y el vehículo solo faltaba el día. Y una hermosa noche de domingo, tan bien descrito en el diario, con el cielo fulgurante de estrellas, agregó al vaso de leche una cucharita de un probable veneno y tres de miel para disimular el gusto del veneno. Es curioso como describe esto en el diario. Le leo-, y tomó otra vez el diario, y lo abrió en una página previamente marcada-. “Esta noche prepararé una leche caliente, como es la costumbre, y le daré una sorpresa a Lucía. Una receta clásica con un toque culinario.”

Días después-añade el policía dejando el diario sobre el escritorio, – escribe, a modo de parábola, que esa noche despertó en el hospital, ya hecho el lavaje estomacal, aún confundida preguntándose en que momento bebió equivocadamente el vaso de leche caliente que le correspondía a Lucía.

Por su parte los médicos diagnosticaron una intoxicación severa. El informe médico señala que se trata de una sustancia no identificada que frena el proceso físico o químico del cuerpo. Un par de días después la conocí.

Esa tarde debí ir al hospital a visitar a una sobrina que había sido operada de apendicitis. En la cama de al lado estaba Ema Pía. Conversé con ella y me enteré que vivía a una cuadra de la comisaría. Me contó de su intoxicación, sin saber cómo había sucedido. Cuando le pregunté quién la había traído me dijo que su amiga. Su conversación, aunque como ya le dije rebuscada, era agradable, amena. Y todo quedó ahí.

Como ya nos conocíamos y vivía cerca de la comisaría nos cruzábamos de tanto en tanto en la calle, y nos saludábamos como vecinos que éramos. Y, aunque debo reconocer que me parecía un poco extraña, no me llamaba más la atención que cualquier otro vecino.

El tercer intento de Ema Pía para eliminar a Lucía, ocurrió en Villa Gesell. En su diario, escribe que descansaba del tórrido verano en la playa-. Hace una pausa e y vuelve a tomar el diario y lo abre en otra página. -Con su estilo pseudopoético apunta lo siguiente: “Mi mirada vaga sobre la línea del horizonte en que el mar y el cielo se confunden en un mismo color. Entonces como un reflejo el paisaje marítimo entra en mi mente junto la imagen de Lucía ahogándose…” -Cierra el libro y lo vuelve a dejar sobre el escritorio. -Señalo que Ema Pía era una experta nadadora, y que yo constate con un familiar. En su diario relata que ella se había introducido en el mar incitando a su amiga a que la siguiera.. Nadaron hasta que su amiga se cansó y las fuerzas la abandonaron imposibilitando su regreso.

A continuación escribe: “No se ahogo”. Es una frase seca. Sin aditamentos. Luego hace un punto y aparte y cuenta que es ella la que casi se ahoga. Gracias a que un bañero la había estado observando, a Ema Pía, pudo ser salvada de perecer ahogada por efecto de un calambre… -Después de una pausa el subcomisario remató: -Al final, Ema Pía asesinó a Lucía…

-¡¿Asesinó a Lucía?! -exclamó sorprendido el joven oficial. -¿Y quién asesinó a Ema Pía? Al menos tenemos el cadáver de ella en la morgue.

-No. El cadáver que está en la morgue es el de Lucía. Joven, ¿quién cree que era Ema Pía…?

 

 

P.D.(Nota del Dr. Soriva, médico psiquiatra, a su colega el Dr. Piccini:

Estimado amigo: la semana pasada atendí en mi consultorio a la paciente Ema Pía, por recomendación suya, y estoy de acuerdo con su diagnostico:

Ema Pía ideó un personaje imaginario, una invención de su mente, al que denomina su “amiga”, con un carácter distinto a su personalidad real, no se detuvo ahí, también le presto su cuerpo, haciendo una creación tan perfecta que ambos personajes, el imaginario y el real se confunden hasta tal punto que Ema Pía cree que convive con un personaje real. Estos dos personajes no podran convivir por mucho tiempo porque  mientras uno se mantenga en un aislamiento, la otra tendera a una exhibicionismo irritativo.

Le saluda atentamente.

Dr. Jorge A. Soriva)

 

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Buenos Aires 30/10/92

(de un trabajo anterior probablemente de 1988/89)

 

Otoño en Budapest

Tuesday, July 15th, 2008

I

Alambre tomó la carta que le extendía el comisario de abordo extrañado por la expresión socarrona de éste. Él le explicó que por error había abierto el sobre, dándose cuenta por el contenido que no era para él, y se disculpaba.

El sobre manuscrito estaba dirigido a Juan Daireaux. Se agregaba debajo el nombre de la compañía aérea y Buenos Aires, Argentina, sin indicar la calle y el número. Se sorprendió al notar que la estampilla fuese de Hungría. ¿Que broma era esta? Se preguntó pensativo mientras miraba de reojo a Daireaux que continuaba sonriendo burlón. ¿Por qué habían juntado su nombre, Juan, con el apellido del comisario de abordo, Daireaux? ¿Cuál sería el chiste? Se volvió a preguntar sin atreverse a abrir el sobre por temor al ridículo. Miró, entonces, el dorso del sobre y leyó el remitente. Escrito con la misma letra decía: Ilonka Török y una dirección en Hungría. La luz se le hizo de repente en su cerebro. Confundido le pidió disculpas a Daireaux. Con torpeza se dirigió hacia un rincón del hangar donde había unas cajas apiladas seguido por la mirada del comisario. Éste no perdía la sonrisa aunque la había cambiado por una más cálida y comprensiva. Alambre se ocultó detrás de las cajas como un niño que se esconde para no ser castigado por una travesura. Con manos inseguras miró el contenido del sobre; dentro había una tarjeta postal con una vista de un puente. Estaba tomada desde uno de los extremos cuya entrada custodiaban un par de leones de piedra. No necesito leer para saber de que puente se trataba y que el río que corría por debajo se llamaba Danubio.

Leyó con dificultad el reverso de la tarjeta, con igual letra que el sobre, decía: “Meg emlékszem te illat…”, y debajo firmaba “Ily“. Ignoraba el significado del mensaje pero intuyó que era un saludo y a la vez un recordatorio de que ella existía. Y por unos instantes su mente fue una confusión de imágenes. Para serenarse se sentó en una de las cajas y encendió un cigarrillo; inhaló el humo tres veces seguida y exhaló con fuerza una humareda.

Habían pasado tres largos años pensó mirando hipnotizado la escritura de la tarjeta. Y entonces comenzó a evocar.

Todo comenzó una tarde de un tibio sábado de otoño al cruzar con aire aburrido el viejo puente sobre el Danubio. Recordó que cuando llegó a la mitad del recorrido se detuvo y se inclino sobre la baranda observando, sin entusiasmo, el fluir del famoso río. Siempre había oído decir que era de color azul. Incluso sabía que había un vals que en la mayoría de las veces tocaban en los casamientos y cumpleaños de quince que se llamaba “Danubio Azul”. Pero lo que vieron sus ojos aquella vez era un simple río de color similar al del Río de la Plata. Luego había decidido completar su recorrido hasta el extremo opuesto del puente. Fue en ese instante, hizo memoria, cuando la vio.

Venía caminando hacia él con aire pensativa. Sus cabellos cortos eran rubios, rellenita de cuerpo y un poco caderona. Una mujer madura como él. Sintió en aquel instante que su cuerpo se contraía. Y ella pasó por su lado ignorándolo.

¾Hola ‑ atinó a decir. Ella entonces se detuvo y giró la cabeza sorprendida enfrentándolo; los ojos grises de la mujer lo miraron extrañada, y de su boca salieron sonidos que él no pudo comprender. ‑ Hola, que tal… Lindo día…¿no?‑ contestó él por decir algo. Una sonrisa se dibujo en los labios de ella, y volvió a pronunciar palabras indescifrables a sus oídos. Sin embargo el sonido de su voz le pareció amistoso.

‑ ¡Je…! No hablo húngaro‑ contestó inseguro. ¡Flor de mina, y no puedo decirle nada! recordó que murmuró. ‑ Soy Argentino…¡Je!‑ atinó a decir en tono inocente.

La mujer quedó unos instantes dubitativa antes de decir: ‑Speak English…?

‑ ¡Que! ¡Ah, sí! ¡No, no…!‑ respondió entonces sorprendido acompañando la respuesta con un gesto de la mano queriendo decir “más o menos”. En realidad él no sabía ni una palabra de inglés. Pero quería mantener el dialogo.

‑Where are you from…?‑ preguntó entonces la mujer.

‑ Buenos Aires, Argentina‑ respondió por reflejo. En tantos viajes por el mundo arriba del carguero. Y de tanto pasar por las aduanas había llegado a asimilar más de veinte preguntas y respuestas del idioma inglés. Y esta había sido una de ellas.

‑ Buenos Aires, Argentina!‑ exclamó ella con una expresión risueña. ‑ Beautiful City, yes? Tango, no?‑ agregó sin dejar de sonreír. ‑ What is your name…?‑ quiso saber de inmediato.

‑Juan…‑ respondió otra vez por reflejo. Ella lo miró extrañado como si no entendiese. ‑ Ju…an…‑ repitió silabeando.

‑ Ju‑an ‑ repitió ella con un raro acento en sus oídos.

‑ Sí, Juan ‑ contestó pausado.

‑ Juan ‑ logró pronunciar ella. ‑ My name is Ilonka.

‑ Ilonka… ‑ respondió como un eco pensando en lo raro del nombre. ‑ Ilonka ‑ repitió.

Las preguntas entonces que ella le hizo a continuación en inglés ya no las entendió. Lo cual, recordó, comenzó a desesperarlo. Por señas y como pudo le dio a entender que no entendía nada. Ella lo miró con sus ojos grises brillantes en silencio por unos segundos. Después, señalando hacia una de las orillas dijo ¾Pest¾, luego señaló hacia la orilla opuesta y dijo ¾Buda¾, luego agregó unas palabras más que él entendió no eran del idioma inglés por lo que supuso serían húngaras. La miró y repitió tontamente “Buda… Pest” señalando cada orilla.

Volvieron a quedar en silencio. Recordó entonces que a pesar de la barrera del idioma algo lo estaba atando a ella. Tuvo la sensación que ella tampoco tenía deseos de irse.

Se esforzó, entonces, en poner su mejor expresión de simpatía. Movió los dedos índice y medio de su mano derecha sobre la palma de su mano izquierda tratando de que ella entendiera que la invitaba a caminar. Señaló para reforzar el gesto hacia el final del puente.

‑ Walking…?‑ dijo la mujer. Él comprendió esa palabra y entonces caminaron en silencio hasta salir del puente. Luego ella le señaló, acompañando con frases en húngaro, una escalera de piedra al pie del puente, indicándole que bajaran. Él asintió con la cabeza mansamente y descendieron hasta la orilla del río. Ella volvió a decirle algo en su lengua adelantándose y señalando un banco se sentó; él hizo lo mismo. Estaba confundido y no sabía como manejar la situación. Se desesperaba por entender a la mujer, pero no sabía como. Miró en silencio el río y los edificios de la costa vecina, y en ese instante ella volvió ha hablarle en su endemoniado idioma. Él la miró con una expresión de no entender y ella se quedó mirándolo a los ojos por unos segundos pensativa. Después reacciono y dijo: ‑Yes‑ y movió la cabeza de arriba abajo y viceversa tratando de alentarlo a que repitiera la frase afirmativa. Él repitió ‑Yes‑ Luego ella dijo ‑ No ‑ con entonación inglesa moviendo la cabeza y el dedo índice a ambos lados. Agregó otras palabras en húngaro y luego lo miró con sus ojos chispeantes y una graciosa sonrisa en los labios que a él le cautivo. Después ella rebuscó en su cartera, para luego sacar una libreta y un lápiz. De inmediato abrió la libreta y en el medio de una hoja en blanco trazó una línea vertical; del lado derecho escribió “Magyar” y del lado izquierdo “Spanish”, formando así dos columnas.

‑ ¡Ah! “Español”‑ exclamó él satisfecho de su descubrimiento. ‑Y…¿Magyar…? ¿Que quiere decir?‑ preguntó respondiendo de inmediato: ‑¿”Húngaro”?

‑Yes, “Hungarian”‑ contestó ella con fuerte acento sin abandonar la sonrisa. Él, entonces, la quedó mirando con una expresión que quería decir “no entiendo”. Y ella pareció captar el mensaje; paciente señaló las dos columnas y repitió: ‑Magyar, Hungarian; Spanish, “Espaniol”.

‑¿”Jan…que…?‑ pronunció él. Entonces ella advirtió que su pronunciación inglesa era distinta a la del español.

‑Hungarian‑ volvió a pronunciar con entonación inglesa y señalo la columna spanish en un intento de que lo entendiera, y él seguía sin entender, notando que la mujer parecía que perdería en unos segundos la calma. El entonces sonrió intentando suavizar la tensión. En ese instante, rememoró, los distrajo el paso de una lancha quedándose unos segundos mirando el paso de la misma.

‑Lindo paseo‑ recordó que comentó él aprovechando decir algo.

‑¿Lendo paseoo…?‑ repitió ella con mala pronunciación.

‑Paseo, paseo‑ repitió entonces él intentando corregirla. ‑Pa‑se‑o‑ volvió a repetir con un silabeo.

‑Paseo‑ pronuncio entonces correctamente ella sin perder la sonrisa. Luego tomó nuevamente la libreta y en otra hoja en blanco trazó tres líneas verticales formando tres columnas; en la primera escribió Hungary, en la segunda English y en la tercera Spanish. Luego lo miró y con un ademán le señaló que prestara atención. Debajo de English escribió “Yes” e hizo un gesto afirmativo con su cabeza. Luego escribió en la columna de Hungarian: “Igen”, y repitió el mismo gesto afirmativo con la cabeza. Por último señaló la columna Spanish y le extendió el lápiz y la libreta y con gestos intentó que escribiera el equivalente afirmativo en español. Él, tomó la libreta y el lápiz con cierta duda de si la había entendido o no. Sin embargo se decidió a escribir “sí” en la columna Spanish. Ella al leer lo escrito exclamó:‑ Sí‑ y él asintió sonriente ‑¡Igen!‑ exclamó ella con alegría y ambos rieron. Luego, ella tomó la libreta y el lápiz de sus manos y escribió “nem” en la columna del húngaro y “no” en la columna del inglés. Él entonces tomando el lápiz y la libreta escribió “no”. Mientras le devolvía los instrumentos de escritura se atrevió a aclararle la pronunciación del español y del inglés.

Sonriendo comprensiva ella señaló la lancha cuya popa se percibía a lo lejos y repitió: ‑Paseo‑ Él asintió.

A pesar de haber pasado tres años recapacitó todavía recordaba la primera palabra húngara que escribió ella en la libreta: “hagó” y su equivalente en inglés: “boat”. Ella en aquel momento le propuso que escribiera el significado de ambas palabras en español. El entonces entendió que debía escribir: “Paseo”. Y luego, recordó, que ambos se miraron satisfechos por estar entendiéndose.

Así, rememoró, siguieron un tiempo más anotando el significado de las palabras en cada idioma hasta formar varias páginas de la libreta. Aún hoy, admitió, no está convencido de que muchas de las palabras que ella anotaba fueran las correctas. Siempre le quedó la sensación de que en determinados momentos ambos se referían a cosas distintas sin darse cuenta.

Más tarde, se quedaron observando a una joven pareja de enamorados que caminaban por el sendero paralelo al río; la muchacha sostenía una rosa y la olía después de cada beso que le daba el joven amante. Al pasar frente a ellos la pareja se detuvo, ignorándolos, y ambos se besaron apasionadamente en un interminable abrazo. Luego continuaron su camino deteniéndose otra vez a unos pocos pasos. La muchacha entonces aspiró profundamente el perfume de la flor. Seguido con un ademán ceremonioso que acompañó su joven amante arrojaron la flor al Danubio. Reiniciaron su caminata acompañados un tramo por la rosa que se dirigía al mar.

Él y ella se quedaron en silencio observando a la pareja que se alejaba por la vera del río. Sonrió al recordar que él, menos atento a la pareja, se estrujaba el cerebro pensando como podía hacer para comunicarse con la mujer. Pensaba que era una situación desesperante. Como sordos debían comunicarse por señas. Pero a su vez ambos ignoraban el símbolo de los gestos con el cual se comunican los privados del habla y del oído. En eso estaba pensando él cuando ella súbitamente se levantó y mirándolo con ojos brillantes le dijo algo que él no entendió. La miró con expresión inocente. Y ella sin perder la sonrisa le extendió la mano para que él la tomara. Mecánicamente, asió la mano de la mujer y se levanto. Al sentir el contacto tibio y suave de la mano de ella recordó que se estremeció. Ella volvió a decirle algo sin poder acertar él lo que quería transmitirle. Mientras, ella lo sujetó del brazo y con su otra mano lo obligó a encaminarse hacia la escalera de la escollera. Subieron hacia la calle paralela a la costanera. Después cruzaron las vías del tranvía y se detuvieron en la parada.

II

Unos minutos más tarde ascendieron a un tranvía que corre un gran tramo paralelo al Danubio. Ella se sentó del lado de la ventanilla que daba al río y él a su lado. De inmediato ella comenzó a hablarle con una expresión segura de que sería entendida. Y él recordaba que se esforzaba inútilmente en captar los sonidos que emanaban de la boca de ella y comprenderlos. Sin embargo intuía que ella le estaba describiendo los edificios que se veían en la costa opuesta del río. Quizá, conjeturó, sus nombres y sus significados. Quizá, pensó, estuvo haciendo referencias del enorme castillo que se erguía sobre una colina. O acerca de un monumento (de un hombre, o una mujer, no pudo distinguir el sexo). Éste con los brazos extendidos hacia arriba parecía aún más alto y asemejaba una torre puntiaguda de una iglesia. Más tarde ella le dijo algo que él interpretó como una pregunta directa mientras lo miraba con una sonrisa traviesa. El entonces lo único que pudo contestarle fue con un encogimiento de hombros y murmuró irritado consigo mismo: ¾Piba, no te entiendo ni jota¾. Ella entonces le dio unas palmaditas en el dorso de su mano. Luego hizo un ademán que dedujo como que no importaba que la entendiera; giró después ella la cabeza hacia la ventanilla y se quedó ensimismada con la vista perdida en el paisaje. Él, entonces, se quedó indeciso, sin saber que hacer o decir. Ladeó la cabeza hacia el pasillo del tranvía y se distrajo mirando disimuladamente a los pasajeros. Sus rostros le resultaron familiares y sus ropas le parecieron tan comunes como las que usaba él en ese momento. El traqueteo del tranvía le hizo recordar su niñez, cuando sus tíos lo trajeron por primera vez a Buenos Aires. Por primera vez subió a un “tranway” como los denominaba su tío. Que aventura había sido ese viaje desde la estación Constitución hasta Quilmes. Rememoró como se maravilló ante el caos y ruido del tránsito por la ciudad. De los edificios altos y grises; de la gente que caminaba apurada de un lado al otro, la mayoría con la mirada en el piso como buscando algo perdido en la calle. Pero lo que más le fascinó, recordó risueño, fue a los policías. Estos dirigían el tránsito desde una garita parecida a una pequeña torre techada y forrada en lona. Ubicada en la intersección de dos avenidas hacían sonar estrepitosamente el silbato. Seguido con ademanes marciales y giros de noventa grados, rígidos y cortantes, detenían los autos que venían en un sentido dando paso a los que estaban detenidos en sentido contrario. También le llamó la atención sus cubre mangas blancos almidonados como el cubre nuca sujeto a una gorra parecida a un plato. Después recordó cuando cruzaron el puente del Riachuelo; una estructura de hierro que retumbaba al paso del tranvía y los vehículos como si fuese a venirse abajo. ¿Que diferencia había entre el Danubio y el Riachuelo? se preguntó ahora. ¾Bueno¾, se dijo, ¾el Riachuelo tiene un olor no muy agradable a la nariz, Aromas del Cairo le decían¾, reflexionó, y añadió: ¾Y manchas negras de petróleo y aceites de máquina que hacían pensar más que en un río de color de león en un leopardo con manchas¾. Pero aún así y todo, reflexionó, un río era un río. Después consideró que no había diferencia entre la gente del tranvía de su niñez y aquella otra en Budapest. Los rostros de los pasajeros le parecieron iguales. Mientras el tranvía se desplazaba paralelo al Danubio pensó que si él hubiese despertado en aquel momento de un largo sueño hubiese creído que la gente que lo rodeaba era tan argentina como él.

Al tiempo que pensaba esto, trataba infructuosamente de encontrar una solución a su problema de comunicación. ¿Cómo hacerme entender? se había preguntado por enésima vez mientras ambos se miraban en silencio mostrando los dos una sonrisa forzada. Rato después ella volvió a decirle algo y él no tuvo más remedio que reiterarle con el mismo ademán de que no entendía. Ella entonces lo empujó suavemente y señaló hacia delante parándose. Comprendió que debían bajar. Asintió, entonces, tontamente y se levantó.

Ya en la calle ella señaló hacia la vereda de enfrente. Al tiempo que pronunciaba unas palabras en su lengua a la par que lo tomaba del brazo y lo invitaba a cruzar la calle.

Luego caminaron en silencio varias cuadras por calles que parecían un centro comercial. Él continuaba torturándose pensando si estaba perdiendo el tiempo haciendo de acompañante mudo, o si se llegaría a acostar con ella. En definitiva, el acostarse, era su único objetivo. Por lo que careciendo del poder de la palabra y estando acostumbrado a usarla para comunicarse se sentía anulado e ignoraba como encarar la “cosa”. No sabía hacer el “tren” en un caso así. Admitió que pudo ahorrar tiempo tomándola en sus brazos y besándola con fuerza, ahí no más. Hubiese sido una forma rápida de entenderse, pero tuvo miedo de fracasar, pensó que le daría un sopapo y lo dejaría plantado. También se le había ocurrido comenzar con una caricia aquí, otra allá; después besarle la mano hasta que tomara temperatura, pero eso llevaba más tiempo. Por último pensó que la forma más práctica era hacer lo mismo que con las prostitutas de Marsella: señalarle un hotel, y listo. Pero las cosas no se dieron así, admitió; el destino ya había tejido el paño de como iban a resultar, rumió. Él tenía el palpito de que si seguía el “juego” ella lo llevaría a la cama.

Recordó con placer que con todos los inconvenientes de comunicación le agradaba estar al lado de ella. Y en aquel momento debió aceptar que, entre pasear solo por una ciudad desconocida y con un idioma que para él era lo mismo que el chino, era mejor hacerlo con una mujer. Aunque tuviese que comunicarse por señas como el “penado 14″.

En su caminata, recordó luego, ella se paró en una vidriera de un negocio observando detenidamente la ropa de bebes que se exhibían en unos escaparates. Aún estaba grabada en su memoria la expresión dulce que adquirió la mujer mientras murmuraba suavemente en su lengua materna. Él, sin poder comprender, se sintió como un marido paseando con su esposa. Visto a la distancia le extrañó que en aquel momento se sintiera cómodo en ese papel.

Así fueron caminando despaciosamente. Ella deteniéndose en algunas vidrieras de los negocios mientras hacia uno que otro comentario sobre lo que exhibían sin importarle si él entendía o no. Así llegaron a una especie de plazoleta que a él le recordó a la Recoleta. Y volvió a sentir esa sensación de que estuviese donde estuviese, en cualquier ciudad del mundo, siempre habría un lugar igual a otro lugar de otra parte del mundo.

Cuando estaba pensando en eso se dio cuenta que ella le estaba hablando y señalando unas mesas distribuidas sobre la vereda enfrente a una confitería. Luego ella hizo un ademán como de beber y él comprendió y de inmediato asintió.

Mientras esperaban que los atendieran sentados en una de las mesas de la vereda, él paso la vista por el lugar. Se convenció que, salvo el parloteo extraño que se oía a su alrededor, podría pensar que estaba en “La Biela”. Giró la cabeza y leyó el nombre de la confitería escrito sobre la marquesina: ‑Ger…be…aud…‑ silabeo en voz alta.

‑Gerbeaud‑ pronunció ella correctamente sin dejar de sonreír corrigiendo la pronunciación de él. ‑Gerbeaud‑ repitió incitándolo a decirlo correctamente.

‑Gerbeaud‑ dijo entonces correctamente con una sonrisa de satisfacción.

‑¡Igen!‑ exclamó ella y agregó otras palabras que supuso serían de felicitación.

‑Värösmarty Square‑ agregó luego de una pausa señalando los alrededores de la plazoleta.

‑¿Como?‑ preguntó sorprendido.

‑Värösmarty Square‑ repitió ella animándolo otra vez a pronunciar el nombre del lugar. Recordó entonces que al fijar la vista en sus labios, cuando repetía el nombre, se tuvo que contener para no besarla. Cerró los ojos para no tentarse y dijo: ‑ Värösmarty Square…

‑ ¡Rendben van!‑ exclamó ella, y aún hoy no comprende por qué le quedó grabada esas palabras tan raras.

Después de tomar un café cada uno, ella miró la hora e hizo un comentario en su idioma. Seguidamente, lo observó detenidamente por largos segundos. Después de parecer satisfecha con su examen ocular tomó el cuaderno y escribió unas líneas en su libreta. Luego le pareció que se arrepentía en escribir y lo volvía a mirar con expresión concentrada.

Sonrió ahora, pensando en el esfuerzo que en aquel momento hizo ella para que lo entendiera por medio de señas, gestos y escritura sobre la libreta. Primero quiso saber en que hotel se alojaba, después quiso saber como se decía corbata y saco y hora en español. Calculó que le llevó por lo menos media hora entender lo que quería y otra media hora comprender tres cosas: que ella lo invitaba a la opera, que entonces pasaría por él hotel donde se alojaba a eso de las 7 de la noche, que estuviese vestido con saco y corbata.

Recordó que cuando llegó al hotel aún le dolía la cabeza del esfuerzo de concentración que tuvo que hacer para finalmente entenderla a medias. Reconoció que no estaba preparado para trabajar demasiado con la cabeza. A él le gustaban, y le gustan, las cosas simples, sin complicaciones y sin que tenga que pensar mucho. Y esa vez, admitió, tuvo que esforzarse en pensar más de lo que pensaría el resto de su vida.

Al dolor de cabeza se le sumó la preocupación de que ella le había insistido con todas las señas y gestos posibles en el uso de un traje y corbata. Por lo poco que pudo entender parecía que a la opera no se permitía la entrada “vestido así no más”. Solo en tres ocasiones, recordaba ahora, usó traje y corbata: cuando su hermana se casó; cuando falleció su padre; y cuando bautizaron al hijo de su hermana. Todo eso en el lapso de veinticinco años con el mismo traje, la misma camisa y la misma corbata; aunque admitía que en el bautismo ya le quedaba chica la ropa. Pero la cosa era que en Budapest no tenía el traje y no sabía como conseguir uno.

Se quedó sentado en el lobby del hotel varias horas sin atreverse a subir a su habitación. Su cabeza daba vueltas confundido tratando de encontrar una solución cuando acertó a pasar por su lado Daireaux. Sin dudar le confesó su aventura y desventura.

El comisario de abordo, después de escucharlo, (a él le pareció que se divertía), lo tomó de un brazo mientras le decía que no se preocupara, que no se hiciese problemas, y se lo llevó a su habitación. Cuando ingresaron en ella, Héctor, el mecánico, que compartía la pieza con el comisario, se encontraba tirado en la cama. Daireaux le contó su “drama”. Luego le preguntó a Héctor si lo vestían de “comandante”; (sospechó que el comisario le guiñaba un ojo al mecánico) y éste tardó unos segundos en contestar antes de largar una sonora carcajada. Él entonces se ofendió de que le tomaran el pelo e intento salir de la habitación. Entonces sus compañeros le pidieron disculpas tranquilizándolo. Ellos tenían lo que necesitaba. Seguido Daireaux le aconsejo que se fuera a bañar y afeitar. Que se apurara ya que faltaba un poco más de una hora para la cita. Ellos se encargarían de la ropa. Admitió que se dirigió a su habitación no muy convencido de la buena voluntad de sus compañeros. Y cuando salió de la ducha ya estaba Héctor en su habitación ofreciéndole su colonia importada. El se la agradeció sabiendo lo cara que era. Luego entro Daireaux. Señaló que, siendo los dos de la misma altura, (aunque para él el comisario era más gordo) el uniforme de aviador le quedaría bien. Y un uniforme era como un traje de etiqueta lo trató de persuadir.

Aún ahora que lo piensa le corre un escalofrío. En aquel momento se quedó helado. Sabía que no podía usar un uniforme que no le correspondía por rango ni por mérito, ni por reglamento. Recordó que dijo justificándose que él era un peón de la compañía aérea, y ese uniforme era para el personal de jerarquía. Además, argumento con turbación, que tanto él como sus compañeros se exponían a una sanción disciplinaria. Esto podía llegar hasta el despido por parte de la compañía aérea si usaba el uniforme. Lo rechazó asustado. Sin embargo Daireaux y Héctor insistieron con el argumento de que ellos se hacían responsables de tamaña infracción al reglamento. Le dijeron que se quedara tranquilo. Y así, poco a poco lo fueron convenciendo y él con cierto resquemor acepto el uso del uniforme. Sintió ahora otra vez frío pensando en lo que hubiese sucedido si el comandante se hubiera enterado. El despido era seguro, consideró.

Daireaux lo acompañó hasta el ascensor y le sugirió que se sacase la gorra y la sujetase debajo de la axila del brazo izquierdo. ¾Eso te hace más elegante¾ recordó que dijo. ¾Está hecho a tú medida, y parece que estuvieses acostumbrado a usarlo¾, añadió en un tono que a él le pareció sincero. Cuando las puertas de ascensor se abrieron se despidió del comisario visiblemente nervioso e incomodo con el uniforme. Daireaux le deseo suerte.

La encontró sentada en uno de los sillones del lobby y se acercó a ella. Percibió que se sorprendía al verlo vestido así. Por la mirada y las palabras que dijo en su idioma intuyó que le hacia un elogio, aunque no estaba seguro. Le tomó, entonces, la mano y la invitó a levantarse y ella se irguió con una sonrisa de agradecimiento. Se complació en recordar lo espléndida que estaba con ese vestido azul de fiesta. Ella lo tomó del brazo con un mohín y él se imaginó que ella se sentía orgullosa con su compañía.

III

Ya en la calle se paró inseguro. No muy cómodo con la vestimenta y aterrorizado de toparse con el comandante hizo una seña para que el portero le consiguiese un taxi. Quería salir lo más rápido posible de la puerta del hotel. Pero se frustro; ella le señaló con gestos de que se irían caminando. Él trató de persuadirla pero ella fue más convincente que él. Caminaron en silencio perdiéndose por las calles antiguas de la ciudad hasta desembocar sobre la avenida costanera del Danubio. Luego bordearon la orilla del río. A esa hora silencioso y oscuro; sospechó que algunas parejas furtivas aprovechaban la escasa iluminación para hacer el amor. Él quiso iniciar una conversación pero cada vez que se decidía a decir algo chocaba contra el sólido muro de la incomprensión idiomática. Y ella parecía gozar del silencio, y cuando él intentaba comunicarse ella sonreía y dándole unas palmadas sobre su brazo parecía decirle que no importaba. Al final desembocaron en una plaza. A un costado de la misma percibió recortado por la luz de la luna la silueta de un antiguo edificio. Sonrió ahora recordando ese momento.

‑ The Parlament ‑ dijo ella adivinando su mirada curiosa y él asintió e introduciendo su mano en el bolsillo de su saco extrajo un paquete de cigarrillos “Parliament”. Ella lo miró desconcertada por unos segundos y luego soltó una estrepitosa risa que lo descolocó. Después ella le explicó sin dejar de sonreír con gestos de que no quería fumar y la diferencia entre una y otra palabra. Luego él se distrajo observando el paso de dos jóvenes sosteniendo cada uno un velón. Ya antes, mientras venían caminando, había reparado distraídamente a pequeños grupos llevando antorchas o velas encendidas de diferentes tamaños. Se preguntó si eso significaba que se apagaría la luz de la ciudad en cualquier momento, y la gente se preparaba para esa eventualidad. Fue cuando advirtió que en la plaza había una multitud portando antorchas y velas. No pudo dejar de comparar la Plaza de Mayo, en Buenos Aires, y la plaza en la que había estado hacia tres años; la primera ruidosa y llena de bombos y la segunda silenciosa como si se fueran a honrar a los muertos. Y su mente, entonces, rememoró otro recuerdo de su infancia, esta vez con su tía, una noche de antorchas en la Plaza de Mayo. ¾Es por Evita¾, le había dicho su tía. Volvió de nuevo sus pensamientos a Budapest. Ella soltándose del brazo de él lo tomó de la mano. Él volvió a sentir el placer del contacto de la mano tibia y suave mientras lo llevaba al centro de la plaza. Un orador, en una improvisada tribuna, parecía decir un discurso a la masa que lo rodeaba. A los pocos minutos, (que a él le parecieron horas) el orador se calló. Se hizo a continuación un extraño silencio. Segundos después comenzó a oírse el murmullo de una canción que se fue extendiendo y agrandando. Pronto todo el mundo en la plaza estaba cantando aparentemente la misma canción. En ese momento observó a su compañera de reojo y  se sorprendió. Ella estaba también cantando y se notaba su emoción; unas lagrimas recorrían su rostro mientras su mano apretaba con fuerza la de él, y sintió, sin comprender el por qué, que le transmitía la misma emoción. Prestó mayor atención a la canción y le pareció un himno similar al de su patria. Incomprensiblemente, se confesó ahora, en aquel momento sintió que su corazón se conmovía.[1]

Cuando finalizó la canción volvió a reinar el silencio para después la gente comenzar a desconcentrarse calladamente con sus antorchas y velas encendidas. Ella dijo unas palabras en húngaro mientras se secaba las lagrimas con un pañuelo que él interpretó como de disculpas. Luego tomándolo de nuevo del brazo lo llevó hacia la parada de un ómnibus.

Viajaron en silencio un trayecto de unos diez o veinte minutos, no podía recordar. Poco después ella con su perpetua sonrisa le hizo una seña para que se levantase y bajaran en la próxima parada. Al bajar se enfrento a un edificio iluminado similar al teatro Colón. Ella le dijo algo que supuso sería el nombre del teatro pero lo único que entendió fue “Opera Jaus” o algo que se pronunciaba parecido.

Ingreso al hall del teatro del brazo de ella con la sensación de una entrada triunfal. Sintió que las miradas se centraban en ellos. Recordó entonces que volvió a sentir la misma incomodidad de antes. El terror de que alguien se le acercase y lo criticase por la usurpación del uniforme. Tratando de disipar esos funestos pensamientos trató de recrearse mirando el lugar. De chico, hizo memoria, la maestra les había leído la historia de un tipo que si mal no recordaba se llamaba Anastasio El Poyo. No recordaba bien pero sabía que era la historia de un paisano metido en el teatro Colón. Lo que sí estuvo seguro era que él se sintió como pollo en gallinero ajeno. Jamás había entrado en un teatro como ese. En su pueblo había conocido los teatros de circo que se atrevían a llegar a esos parajes, o las compañías de radioteatro; y en Buenos Aires los teatros de revistas. Y en París, acompañado de la tripulación del carguero había ido a ver los espectáculos de “strip tease”. ¾¡Pero un espectáculo de música clásica! ¡Que joder, nunca!¾ Exclamó, y admitió que esa fue la primera y hasta ahora última vez.

Trató entonces de comportarse con naturalidad ingresando a la platea. Sentado pasó la mirada observando como se iba acomodando la gente; algunos con expresión solemne y otros, en grupo, alegres como si en vez de escuchar música fuesen a bailar y cantar. Luego se distrajo mirando el programa. La escritura húngara le parecía chino, pero a pesar de eso pudo acertar que una joven tocaría el piano acompañado de una orquesta juvenil. El programa incluía los nombres de Mozart y Beehtoven; cerró el programa y con mirada aburrida observó el escenario, que no cubría ningún telón, donde había un enorme piano de cola y sillas con atriles esperando a los músicos. Minutos después aparecieron los músicos y cada uno ocupó su lugar silenciosamente; luego las luces de la platea se debilitaron hasta quedar a oscuras y unos focos iluminaron el escenario apareciendo entonces una joven que se puso al lado del piano. Todos aplaudieron, mientras la joven después de inclinar la cabeza en un gesto de agradecimiento se sentaba al piano.

Se hizo un silencio religioso por unos segundos. La joven hundió sus dedos sobre las teclas produciendo los primeros sonidos de las cuerdas del piano, acompañado de inmediato por toda la orquesta.

Recapitulando sobre aquel concierto reconoció sorprendido que no la pasó tan mal. La música le agradó tanto como los tangos que bailaba en el Palacio de las Flores en Buenos Aires.

Después de salir del teatro ella lo llevó a comer. El restaurante que eligió era más parecido a un bodegón de San Telmo que a un pub de los que había conocido una vez en Londres. Comieron en silencio como el resto de los comensales hasta que apareció un violinista. Éste parecía tan viejo como el lugar. Sin que se lo pidieran comenzó a tocar entre las mesas un popurrí de valses y czardas. Al tiempo que incitaba a los clientes a cantar y batir palmas. La gente comenzó a alegrarse y varias parejas se pusieron a bailar en el centro del salón estimulando a otras parejas a hacer lo mismo.

Fue en ese momento, recordó, cuando el viejo violinista se acercó a ellos y dijo unas palabras en húngaro. Ella contestó de inmediato con su eterna sonrisa.

‑¡Ah…! ¡Tango…! ‑ exclamó entonces el violinista sorprendido mirándolo y de inmediato arranco con los compases de “La comparsita”. El se sorprendió, y luego agradeció con timidez cuando el violinista interrumpió su ejecución y se dirigió a la mujer con un tono que a él le pareció de confabulación. Ella volvió a sonreír con mayor entusiasmo mientras lo miraba a él con sus ojos chispeantes. Luego reacciono y tomándolo de la mano lo tironeo hacia el centro del salón. Al tiempo que el zíngaro iniciaba con ímpetu las primeras notas de un vals. Y al abrazarla sintió una corriente eléctrica por todo su cuerpo; la apretó contra sí y sintió que ella se pegaba a él con firmeza. El contacto de su cuerpo y el calor que emanaba de ella lo perturbaron y lo excitaron. Recordó que se controló con esfuerzo, intentando continuar danzando al compás de la música.

Debió ser como las dos de la mañana, cuando el mozo se les acercó y les dijo que cerrarían el local. No bien salieron del restaurante ella decidió tomar un taxi y él la siguió dócilmente. Calculó que el taxi tardó unos quince o veinte minutos en recorrer una o dos avenidas de la ciudad antes de tomar por unas intrincadas callejuelas a cuyos lados se levantaban edificios en monobloques rodeados de árboles. Unos minutos después el taxi se detuvo en un edificio de departamentos.

Con gestos y palabras en inglés ella trató de decirle que vivía ahí. Él asintió con la cabeza y se dispuso a bajar; entonces ella le puso la mano sobre el pecho para detenerlo y dándole un beso en la mejilla le dijo en castellano ‑ Adiós. ‑ Y abriendo la puerta del auto descendió. Quedó sorprendido al escuchar una palabra de su lengua y le quitó reacción; cuando se recuperó de su sorpresa ella ya estaba introduciendo la llave en la puerta de entrada y lo despedía agitando la mano. Confundido cerró la puerta del vehículo mientras pensaba que todas sus fantasías eróticas que pasaría esa noche se hacían humo. El taxi se puso en movimiento y miró por ultima vez por detrás del vidrio de la ventanilla la espalda de la mujer que ingresaba al edificio. “Lo que siguió fue como una película de Carlitos…,” murmuró.

En el momento que el taxi aceleraba vio que ella volvía a salir y corría hacia el vehículo. Él sin pensar le ordenó al taxi que parara, pero este no entendió lo que decía su pasajero y no se detuvo. Desesperado lo tomó del hombro y lo zamarreó y éste sorprendido frenó bruscamente mirando con temor a su pasajero. Repuesto prorrumpió con un vocabulario húngaro que él sospechó no estaría exento de insultos a su persona. En tanto llegó ella agitada y dirigiéndose al conductor le habló en su lengua a la vez que rebuscaba nerviosa en su bolso para luego sacar su billetera y pagarle. El taxista volvió a cambiar su expresión mientras recibía el dinero cruzando una mirada cómplice con él. No necesito que nadie lo invitara a bajar y no bien cerró la puerta del vehículo el taxi salió disparado. Ambos entonces quedaron enfrentados en la solitaria y serena noche mirándose mutuamente a los ojos. Rememorando aquella noche pensó que el carmín de sus labios eran resaltados por el brillo de la luna y quiso besarla, pero su timidez lo paralizó. Ella sin perder su sonrisa le tomó la mano callosa con la suya delicada y tersa conduciéndolo hacia la entrada del edificio. El se sintió como un niño llevado de la mano de su madre.

Hizo un alto en sus recuerdos mientras encendía un nuevo cigarrillo y daba las primeras pitadas repasando los acontecimientos de aquella noche. Jamás se volvió a repetir en su vida tanto fuego como el que ardió esa noche, admitió.

Por la mañana lo despertó el fuerte olor a café. Ella apareció con un tazón de café, pan negro y un trozo de salame sobre una bandeja. Se veía alegre y en su idioma natal adivinó él que lo invitaba a desayunar. Actuaba como una amante solícita que quiere halagar a su compañero. Se sentó en la cama tomado la bandeja, mientras ella recogió la camisa blanca que estaba en el piso. Hizo un comentario, que no se preocupo en entender, pero al hacer ella una mímica sobre la camisa entendió que la plancharía. Con la boca llena de pan y salame, asintió despreocupado.

‑ ¿Daireaux…? Daireaux, ist your last name… ‑ dijo ella sonriente dándolo por seguro y señalando el nombre bordado en la camisa. Esto lo tomó de sorpresa y se atragantó con la comida. Tosió y bebió apurado el fuerte y negro café para aliviarse y evitar regurgitar la masa de pan y salame. ¾Y fue peor…¾ farfulló. El trago de café fue interrumpido con otra convulsión y escupió parte de lo que tenía en la boca y derramó el café de la taza. Ella extrañada tomó la bandeja y con gestos le indicó que se levantará. Seguido señaló un sillón para que se sentara mientras en su idioma se expresaba con preocupación. Luego fue hasta la cocina a dejar la bandeja y volvió con un trapo y una esponja para limpiar la cama.

Aparentemente, ella se convenció que se llamaba Daireaux, y él no hizo ningún esfuerzo para desmentirlo. Luego el incidente quedó olvidado ya que cuando la estaba observando como ordenaba la cama sintió que se excitaba y se abalanzo sobre ella. No se resistió, y por el contrario, lo abrazó con una mezcla de furia y deseo haciendo el amor con el mismo ardor que la noche anterior y otra vez se sorprendió de la forma volcánica en que se entregaron.

La mañana de domingo, evocó, se presentó más como un día de primavera, que de otoño. Una vez que le planchó la camisa y el pantalón lo apuró para salir a caminar.

Ignorando hacia donde se dirigían tomaron un ómnibus y poco tiempo después bajaron en una especie de plazoleta. Había una iglesia grande cuya arquitectura le recordó a la catedral de La Plata; detrás de la iglesia se veía el moderno edificio del hotel Hilton. Se dio cuenta que el lugar era una zona de turismo como lo era la plazoleta de San Telmo o la Recoleta. Y se sorprendió cuando ella tomándolo del brazo lo empujó hacia la catedral.

Hizo memoria, tratando de recordar cuantas veces había entrado a una iglesia. Debió reconocer que, salvo de chico, cuando lo llevaban sus tíos los domingos y la vez que se casó su hermana y en el bautismo de su sobrino, jamás volvió a entrar en una iglesia. Debió confesar que ingresó al templo con cierto temor imaginando que Dios no le perdonaría su falta de atención hacia Él. Sin embargo sus temores de que un rayo cayese sobre él fulminándolo desaparecieron en cuanto entró. Se sintió maravillado ante el imponente interior de la iglesia. Estaba lleno de gente como la noche anterior en el concierto. Y a ambos lados había gente parada formando una masa compacta. Ella se adelantó y se abrió paso notando que la gente se corría al verlo a él y supuso que su uniforme despertaba curiosidad. Llegaron hasta cerca del altar quedándose a un costado. En ese instante advirtió que el cura estaba dando la misa.

Aburrido comenzó a pasar la mirada por la ornamentación de la majestuosa catedral. Se detuvo a observar unas estatuas de santos que lo miraban con ojos compasivos. Al menos esa fue la impresión que tuvo. Uno de ellos advirtió tenia un aire a alguien conocido; el rostro a medida que lo observaba más detenidamente le resultaba familiar. Se sobresalto al descubrir la semejanza con su compañero Lombriz, y ese descubrimiento fue suficiente para aclararle la memoria; miró la hora casi con desesperación, eran las doce y cuarto. ¡A la una salía el carguero y él estaba lo más pancho en una iglesia! Sin pensar la tomó del brazo y casi la arrastró rápidamente hacia la salida. Ella lo miraba con asombro y parloteaba en su lengua lo que él intuyó sería una condena a su proceder. Se paró en la escalinata de entrada a la catedral y aunque perdía minutos preciosos trató con mímicas y gestos de hacerle entender que perdía el avión, y que antes tenía que pasar por el hotel a recoger sus cosas. Ella pareció entender después de unos segundos de duda. Luego ella tomó la iniciativa y aferrando su mano se dirigió con paso presuroso hacia el hotel Hilton distante unos treinta metros de donde estaban. Enfilo directo hacia un taxi parado frente a la entrada del hotel.

En el trayecto ambos se mantuvieron en silencio. Cuando llegaron el portero se apresuro a darle un papel; era un mensaje de su compañero Lombriz. La tripulación ya había dejado el hotel y se dirigían hacia el aeropuerto, se habían llevado su bolso y lo esperaban en la zona de cargas. Devuelta en el taxi tomaron rumbo a la estación aérea encerrados en sus pensamientos. Los de él, admitió, confusos por un lado por no saber como despedirse de ella. Por otro lado más preocupado, y asustado, si el comandante lo veía con el uniforme del comisario de abordo.

Cuando al final llegaron él descendió primero y salió corriendo olvidándose de la mujer. El sonido de la voz de ella lo paró en seco, giró sobre si y la enfrentó. Por unos segundos no supo que hacer. Ella lo miraba con sus ojos grises brillantes y su eterna sonrisa aunque notó, o creyó notar, un cierto rictus de amargura. La tomó de los brazos y la atrajo hacia él y le dio un suave beso en la frente. Advirtió en ese momento que unas lagrimas corrían por sus mejillas; se las limpio con el pulgar, y ella volvió a sonreír. Hizo un gesto para que le diera un lápiz y un papel: En el escribió Juan Daireaux  y la dirección de la compañía aérea en Ezeiza. ¾Escríbeme…¾, atinó a decir, y la volvió a besar.

El rostro del comandante y del avión despegando se le presento en su mente. ‑ Adiós ‑ logró despedirse y salió corriendo hacia la entrada presintiendo que la dejaba llorando. ¾Y no la vi más…¾, murmuro con un suspiro.

Después de eso recordó que a escondidas y con la ayuda de Lombriz pudo cambiarse. ¾Pero no me salve del reto del comandante por llegar tarde¾ comentó pensativo.

Cambió de posición en su improvisado asiento mientras apagaba su segundo cigarrillo. Luego apoyó sus codos sobre sus rodillas sosteniendo la tarjeta postal con las dos manos; la contemplo por unos segundos como si quisiera arrancarle un secreto mensaje que intuía debería tener, pero que no podía adivinar. Luego, en forma impulsiva, la rasgó en cuatro pedazos. Se levantó y decidido se dirigió hacia un tambor de gasolina que hacia de recipiente de basura.

En una plaza de Budapest, una mujer sentada en un banco observa con atención como su hijo de dos años juega en la arena con otros niños de su misma edad. Su mente repasa su pasado. Unas lagrimas corren por sus mejillas al recordar con nostalgia un otoño de hace tres años. Absorta en ese recuerdo del pasado no se dio cuenta que su hijo se había acercado y la miraba con sus ojos pardos en silencio. Sonrió mientras con un pañuelo se limpió el rostro, luego abrazó al niño con una mano y con la otra le revolvió el negro cabello. ‑ “You look like you father… and you skin has the same perfume…” ‑ murmuró sin que el niño la entendiera.

Buenos Aires 18/4/93


[1] La acción transcurre a fines de octubre, de 1989. Días después se inicia la caída del muro de Berlín y el fin del comunismo. La gente en la plaza está festejando el levantamiento de 1956 contra la ocupación de la URSS. Cantan el himno nacional de Hungría.