Archivado en November, 2008

Los sueños

Wednesday, November 19th, 2008

Yo sueño que estoy aquí
destas prisiones cargado,
y soñé que en otro estado
más lisonjero me vi.
¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño:
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.

Calderón de la Barca.

Si nuestra mente, cuando dormimos, mediante sueños crea mundos que creemos reales. Es decir que solo al despertar tomamos “conciencia” que no son reales. ¿O creemos que no son reales? ¿Acaso en la vigilia nuestra mente nos hace creer que las cosas que percibimos son reales, cuando en realidad son sueños?

He aquí unos sueños que el lector deberá descifrar si simplemente han sido sueños, enseñanzas veladas o mensajes del futuro. O hechos de otra vida… O simplemente sueños.

 

Inquietud

 

Un sueño de esta mañana me llenó de inquietud., sin saber el motivo. Se inició con una visita a un negocio con el que tenía alguna relación.  Después me dirigí a otro negocio con el cual también tenía también alguna relación. Lo sucedido y qué relación tenía en ambos lugares se ha borrado de mi memoria casi en su totalidad al despertar. Solo han quedado retazos incoherentes que no logro dilucidar. Lo que recuerdo, en parte, es que al salir de este último negocio me dirigí al primero que quedaba en la calle EE. UU.. Pero decidí, en el sueño, ir por otro camino.

Al tomar por el otro camino las calles se hicieron menos de ciudad, y más de pueblo. Y me daba cuenta que estaba alejándome cada vez mas hasta dar la impresión de estar perdido. Las calles eran de tierra y había baldíos. En un cruce con un surco de agua barrosa me tope con una mujer que parecía que estaba hablando sobre la Biblia. Le pregunté cómo debía encontrar la calle que buscaba. Me indicó, y seguí sus indicaciones. Pronto me encuentro en una especie de carretera de tierra donde pasan muchos vehículos de distintos tamaños y modelos. Y luego las imágenes me transportan a una calle normal. Estoy caminando y levanto la vista. En el cielo veo un helicóptero chocando con lo que parece una topadora. Se ve una explosión y cae gente. Uno de los que cae se enreda en unos cables. Otro esta enredado en un balcón. Éste último lucha por desenredarse. Mucha gente mira asombrada lo que pasa, pero nadie parece llamar a una ambulancia. Luego es de noche y veo a un tercero de los caídos sin cabeza. Una moto con sirena aparece. Y yo despierto.

 

El mapa

 

Buscaba en un mapa los límites de Nueva Zelanda. Ella se puso a mi lado. Juntos observamos los contornos del país, y leímos los nombres de las ciudades. El nombre “Gra”, o algo parecido, dijimos que era el nombre de la capital. Ella luego me dio un dulce beso en los labios. No lo esperaba, aunque lo deseaba. Extrañamente no había nadie cerca que advirtiera el comportamiento de ella (y el mío). La intimidad era importante: Ambos estábamos comprometidos. Y ella llevaba en su conciencia un bagaje de prejuicios.

Después, estábamos en un lugar menos expuesto, pero igual con riesgo a que nos descubrieran. Sin embargo todo parecía que estaba desierto. Que los únicos que estábamos en esa oficina éramos nosotros solos. Olvidé qué hablábamos en ese lugar; creo que sobre el mapa. A riesgo de que nos sorprendieran no pude resistir en besar su cabellera. Ella se perturbó. Luego, en un arranque de audacia nos besamos en los labios. Pero no fue un dulce beso. Sentía que nuestros dientes rozaban incomodo nuestros labios. Me parecieron besos de principiantes. Ella luego bajó la vista y en un susurro contenido me dijo —Esta noche, a las ocho, voy a lo de mi tía… —Por el tono interpreté que quería que nos viéramos. Me sorprendió. No creía que ella pudiera superar sus fuertes prejuicios de mujer casta. Que fuera tan audaz. Me alegró que me deseara ver. Yo la amaba.

Respondí, sin saber el motivo, que no podía ir.

Extraño me resultó recordar que la capital de Nueva Zelanda sea Auckland. ¿Por qué entonces en mi sueño aparece el nombre Gra, o algo parecido?

 

Almohadones

 

Dos almohadones… ¿O tres? Juegan en un sueño. Tienen la forma de un corazón, y un voladizo blanco bordado. Son de color rosa o celeste. ¿Lo son realmente de ese color? ¿Son tres o dos? En el sueño están presentes y parece que cumplen un rol importante, pero lo ignoro.

Aparecen y desaparecen entre otras imágenes que ya se han desvanecido de la memoria. ¿Eran dos o tres? ¿Eran de color rosa y azul? ¿Qué significan? Quizá imágenes sin control de la memoria.

 

Tallos sin flor

 

Sostenía en mi mano un ramo de tallos, sin flor, y prolijamente cortados. Seguido entro en un bar de una galería. Una mujer de espaldas está sirviendo una de las mesas, y creo conocerla. Su cabellera es rubia. Pienso que estoy enamorado de esa mujer. Pero no entiendo por qué me enamoro de una mujer que está de espaldas a mí y cuyo rostro ignoro. Decido regalarle los tallos, que ahora le han florecido pimpollos. Me acerco a ella y entonces me encuentro en un descampado, rodeado por un cerco de arbustos. Aún conservo los tallos. Me enojo conmigo mismo y tiro al suelo el ramo. Exclamó: —Siempre estoy pensando y preocupado por el amor de ella, y nunca pienso en mi amor. De ahora en más pensaré en mi amor. Al menos no me dolerá el desencanto, el desprecio, la indiferencia…

Y despierto

 

Visión

 

Comencé a ver nublado. Como uso lentes de contacto atribuí mi turbia visión a la suciedad de éstos…Me los quité para limpiarlos y, entonces mi visión quedó congelada, como una fotografía, en una imagen. Mi cerebro registraba que mis globos oculares parecían tener pegado una especie de emplasto o calcamonía con un dibujo de unos anteojos negros y apoyados sobre los cristales un naipe con el as de diamante. Esta imagen me impedía la visión y me desesperaba. Salgo a la calle a ciegas y cruzo una avenida, oigo el ruido del caótico tránsito. Y varios chirridos de frenos…

 

Inodoros y Mercedes Benz

 

Es confuso, como la mayoría de los sueños. Estoy en un colectivo. En un cruce de una calle y una avenida diagonal (como si fuera la Diagonal Norte y Lavalle) el colectivo se detiene, y lo cruza otro colectivo. Pienso en descender y subirme al otro colectivo. Alerta espero que el otro vehículo se detenga, pero no desciendo.

Luego estoy en un cajero automático. Tengo en mi mano dos tarjetas e introduzco una con esfuerzo puesto que la ranura parece obstruida. El cajero no me da dinero sino un inodoro. Introdujo la otra tarjeta y recibo un Mercedes Benz.

Por último un desconocido en una villa, parece la villa 31, regala a cada habitante un Mercedes Benz, y dice: —Veremos que hacen con el auto… —La idea, parece ser, qué uso le darán al auto. Si a partir de ese auto salen de la miseria vendiéndolo, o haciendo un negocio, o solo lo usan y continúan viviendo en la villa. Después el desconocido regala inodoros.

 

La risa

 

Tomaba un café en una galería, cuando me sobresalte al escuchar detrás de mí una risa de tono inconfundible. Me di vuelta de inmediato sorprendido de que ella estuviese ahí. Pronto mi alegría con el encuentro se volvió desencanto. La risa no era de ella.

Afinando mi oído comprendí que me había equivocado. La risa de ella era más sonora y alegre. No podía tener imitación. Así como uno se deleita con el sonido de un clarinete y diferencia a un ejecutante de otro. Solo ella puede ejecutar esa musical risa.

 

Una avioneta

 

Una avioneta hace varios giros en el aire. Planea sobre el río, Vuelve a la costa y hace otras piruetas. Sé que en cualquier momento deberá hacer un aterrizaje forzoso, o estrellarse. Finalmente logra tocar tierra haciéndose pedazos.

(La noche precedentemente, y antes de irme a dormir leo en el diario que una avioneta se estrelló en Campo de Mayo. Solo leí el titular, y no le presté más atención)

 

El gato

 

Aferré con fuerza la piel del cuello del gato y lo levanté a la altura de mi hombro. El gato maulló furioso. Al mismo tiempo se agitó moviendo el cuerpo con violencia tratado de desprenderse de mi mano que, como garra, lo sostenía en vilo. Sus patas delanteras se agitaban en el aire mostrando sus filosas garras. Todo en vano.

Ignoraba la razón por la que lo hacía. Como tampoco entendía el odio que me provocaba el felino. Luego, al pie de la escalera, sin saber el motivo, o quizá por darme cuenta que no tenía sentido lo que estaba haciendo, lo solté. El gato, liberado, con un chillido de furia subió las escaleras huyendo de algo desconocido para su instinto. Se perdió en la oscuridad del piso superior.

Lo seguí, y al poner el pie en el primer escalón, oí un ruido: toc, toc, toc; extrañado subí un escalón más, el ruido volvió a repetirse: toc, toc, toc. Sin comprender comencé a tener miedo. Balbucee unas palabras como ¿quién estaba ahí? Me respondió el toc, toc, toc. Sentí entonces que mi cuerpo se paralizaba de terror: toc, toco, toc, se repitió. Volví a preguntar con mucho esfuerzo para articular mi voz ¿quién estaba ahí? Toc, toc, toc. Sobreponiéndome a medias al miedo continué subiendo. El ruido no se repitió, más confiado continué subiendo. Al llegar al último peldaño, la oscuridad era total. Tanteé la pared en busca de la llave de luz, advirtiendo que lo podía haber hecho desde abajo. Toc, toc, toc. El ruido me paralizó, el pánico me invadió, entonces de mi garganta salió un alarido desgarrante de terror… Toc, toc, toc…

Estaba todo sudoroso y sentí un dolor en todo mi cuerpo. Comprendí de inmediato que me había caído de la cama.

 

Recuerdos

 

No sé si sucedió, o es producto de mi imaginación. Recuerdo una cara, que a medida que pasa el tiempo se desdibuja volviéndose borrosa.

De seguir así será una imagen perdida en el tiempo. Quizá un sueño.

En el archivo de mis recuerdos sólo quedan imágenes truncadas que no entiendo por qué están ahí. Y por qué han quedado tan fijamente grabadas. Es como revisar un viejo arcón y encontrarse con objetos que no se entiende por qué están guardados y que se ignoraba su existencia.

Entre esas incomprensibles imágenes recuerdo a un joven de unos veinte años, pelirrojo barbudo y esmirriado, sentado tímidamente cerca de una pequeña mesa en un reducido cuarto de una vieja casona de la calle Sarmiento, esperando con una mezcla de temor y curiosidad la llegada de un hombre vestido con una tunica negra y cubierto su rostro con una capucha también negra; en su mano derecha empuñaba una espada.

Luego recuerdo a este joven sentado en un austero living de un diminuto departamento del viejo Palermo conversando sobre comportamientos en otros países. Sobre su experiencia en Nueva York.

Otro recuerdo es en una feria de artesanos, él le regala a una joven un anillo trenzado en alambre de plata de escaso valor, que ella aún conserva como una joya.

Las imágenes se desplazan ahora a un caserón de la calle Paraguay donde el joven barbudo me presenta a varios artesanos cuyos rostros se han borrado.

Después recuerdo encontrar a este joven en una esquina de la zona bancaria. El joven está ahí como quién está solo y espera (no sé qué). Aunque me aclaró que esperaba a su padre.

Otra imagen se ubica en un bar cambiando ideas sobre el centro del mundo, sobre Gurdjieff, sobre la “Golden Dawn” y sobre “Los símbolos sagrados” del francés René Guenón.

La siguiente imagen es en otra esquina especulando la forma de escribir en una revista sobre la “filosofía del zen”.

Luego hay imágenes que se confunden en el tiempo y lugar haciéndome dudar si son reales o imaginarias. Más tarde o más temprano los sueños se confundirán con lo que alguna vez creí era real y dejaré este mundo ignorando, o sin dilucidar, los significados de los recuerdos. Es decir, los retazos de imágenes que nuestra mente misteriosamente retiene, descartando otras, y que probablemente tengan un significado. ¿Cuál, y con que fin? Lo ignoro.

 

Pasó a mi lado

 

Mi hijo pasó a mi lado y no lo detuve. Dejé que continuara su camino. Luego quise buscarlo y me fue imposible encontrarlo. Ya no lo encontraría más. Desesperado por haber perdido a mi hijo me arrepentí de no haberlo detenido cuando al pasar por mi lado dudé en impedirle el paso. Con angustia me pregunté si al detener su camino hubiese sido peor que, como ahora, perderlo.

Luego, al despertar, descubrí que el sueño sólo había reflejado lo que ya había pasado.

 

 

Estacionamiento

 

Estacionó el auto, y al descender miró hacia arriba y advirtió que ella estaba en el balcón observándolo. Se saludaron con la mano y ella desapareció, mientras él esperaba en la puerta de calle que le abriese. Unos minutos después ella salió del ascensor y abrió la puerta.

Se volvieron a saludar con un beso en la mejilla, y subieron al departamento. Dentro el ambiente estaba cálido. Él entonces se sacó el sobretodo y el saco poniéndose cómodo.

Conversaron, mientras tomaban café, de cosas circunstanciales, sin profundizar demasiado. Luego iniciaron un juego de caricias y besos, decidiendo acostarse y hacer el amor. Hubo buen clima y sus cuerpos y mentes estaban en armonía. El goce, ambos, lo sintieron como una delicia.

Después del clímax y exaltación de los sentidos sintieron que sus cuerpos se relajaban satisfechos, y los invadió una mayor ternura. Volvieron a las caricias con renovada dulzura, y quedaron dormidos.

Rato después, ambos despertaron. Él calmo, y más frío decidió que debía irse. Ella asintió y se vistieron en silencio. Él sentía que tenía deseos de quedarse, pero calló sabiendo que no podía.

Se despidieron en la puerta como amigos prometiéndose volver a ver. Ella lo vio partir y lo saludó con la mano, como si él fuese a hacer un largo viaje.

Él llegó a su casa y en silencio se dirigió a su dormitorio. Ya eran las dos de la madrugada.

—¿Qué te pasó? ¡Estaba preocupada! –oyó que decía su esposa. —Creí que te había pasado algo—, agregó.

Él contestó que no había pasado nada, y argumentó que se había quedado conversando con los amigos. Su esposa le reprochó que a mitad de semana no debía andar trasnochando. Él pidió que se callara y se durmiese mientras se dirigía al baño. Luego se desvistió y se acostó de espalda a su mujer. Su esposa se pegó a él, y lo abrazó. Ambos quedaron dormidos de inmediato.

 

Averiguando el pasado

 

De repente quise averiguar el pasado. Ignoro cual o de quien. A mi lado alguien trata de disuadirme. Ambos, en una noche brumosa, estamos detenidos en una esquina de la ciudad. La neblina nos envuelve y el único color de nuestras ropas y rostros son distintas tonalidades de gris. A pocos pasos un farol opacado por la niebla asemeja un sol borroso. Un punto de luz plateada difusa. Insisto en ir hacia el pasado, y mi compañero cede diciendo: ¾Tómate un taxi… ¾En ese instante aparece en escena un taxi similar a los que se ven en las películas norteamericanas de los años cuarenta en blanco y negro. Abrí la puerta y subí al taxi. Y sonó el despertador.

 

Dos sueños

 

Estaba dormido profundamente cuando el sonido del teléfono me despertó sobresaltado. Asustado, con el corazón latiendo con fuerza, estiré la mano hacía el teléfono, y éste dejó de sonar antes de levantar el tubo. Esperé un par de minutos que volviera a sonar mientras sentía una fuerte angustia pensando quién llamaría a esa hora, ya era de madrugada, y convencido de que sería una mala noticia. Sin embargo, el teléfono no volvió a sonar. Intranquilo volví a intentar dormirme aceptando, para tranquilizarme, que había sido una falsa llamada. Finalmente el sueño me venció.

Ahora viajaba en un ómnibus con mi esposa. Ambos íbamos callados, concentrados en nuestros pensamientos. De pronto mi esposa dijo que descendería en la siguiente parada. Se levantó y bajó. Cuando el ómnibus volvió a arrancar miré por la ventanilla buscando a mi esposa en la vereda. No estaba, había desparecido. Me extrañó. No podía haberse desvanecido. En tanto el ómnibus tomaba velocidad recorriendo en paralelo a un muro de color rosado.

Más tarde, al recordar este sueño, no pude precisar si el primero había sido también un sueño.

 

El bebé

 

Estaba eufórico, pero entonces Raquel me recordó que el bebé aún estaba escondido en un tubo de una habitación. Que era hora de hacer algo. Como un sueño borroso de otro sueño vino a mi memoria que ese bebé había aparecido en una habitación de una extraña casa parecida a un laboratorio secuestrado por dos delincuentes. Las paredes eran frías, asépticas. Entré en esa casa y descubrí a los secuestradores; y los maté. Luego me deshice de ellos tirándolos a un río. Escondí al bebé en un tubo pensando no involucrarme en el secuestro.

Seguido le revelé a Raquel esta historia. Ella quiso ver al bebe, y entonces, tomando precauciones, la lleve hasta la casa. Saqué el bebé del tubo y se lo mostré. La criatura lloraba y hacía días que no comía, ni se lo aseaba. Raquel lo limpió y le cambió los pañales. No le dimos ningún alimento y cuando Raquel se lo quiso llevar yo me negué argumentando que eso nos comprometería con el delito de secuestro. Propuse dejarlo en el tubo, y pensar más tarde como entregarlo a sus padres.

Después busqué una llave para abrir una casa mientras pensaba por qué yo tenía llaves de esa casa. Todos mis movimientos y el clima eran de inseguridad y miedo a ser descubierto. Pensaba cómo estaría ese bebé tantos días en la oscuridad de un tubo frío, sin alimentos y agua. Rogaba que aún viviera.

Ahora no era una casa donde estaba escondido el bebé sino una especie de galpón con varios subsuelos. Había mucha gente por las escaleras y chicos corriendo. Tratábamos de pasar desapercibidos mientras descendíamos. Entonces ante un portón de metal dije que ahí estaba el bebé. No quería abrirlo delante de la gente que pasaba a mi lado. En la espera de que no hubiera nadie pasaron unos chicos y uno de ellos me pateó por detrás entre las piernas y salió corriendo.

Finalmente abrimos el portón. Se trataba de un depósito con locomotoras diesel, y había gente entre ella que parecían mecánicos.

Por último estamos frente al tubo vacío. El bebé había desaparecido. Y antes de despertar me reproché que hubiera matado a dos hombres, que en cierta forma me parecía excepcional, y me torturaba con fuertes cuestionamientos que había dejado morir un bebé como un desalmado.

 

En blanco y negro

 

El sueño es en blanco y negro. O a mi me parece. Paso por un edificio en cuyo costado hay gente que, con abrigos, está haciendo una fila aparentemente para entrar al edificio de una planta. La vestimenta de la gente y el edificio tiene un aire a una escena de los años cuarenta. Esas imágenes pueden dar idea de una película, en blanco y negro, de esa época, y confundirse con un campo de concentración nazi. Seguido estoy caminando por una vereda, en una puerta hay un policía, y estacionado un viejo camión que observo con curiosidad. Continúo mi camino y vuelvo a pasar en sentido contrario por la fila. Me coloco en ella para comprar hielo. Por timidez no pregunto si es la cola del hielo. Nadie sale del edificio y la fila no se mueve. Después, sin aviso de nadie, como autómatas nos corremos hacia otra puerta del edificio. Quisiera preguntar si están esperando comprar hielo. Pero no me atrevo. Suena el despertador.

 

En la bañera

 

Estaba en la bañera disfrutando de un baño de inmersión. Rato después sumergí mi cabeza debajo del agua. Estuve unos segundos, con los ojos cerrados sintiendo el placer de mi cuerpo ligero y fresco. Al emerger advertí que estaba flotando en el mar. Un mar sereno y de un brillante color lapislázuli. A donde comenzaba la playa divisé la figura de una mujer sentada en una reposera. Estaba de perfil y lucía un vestido floreado y cubría sus cabellos rubios con un sombrero de playa. Su cabeza giró hacia mi lado y sus ojos celestes se fijaron en mí. Sonreía. La reconocí, era ella, no cabía duda. Me sorprendió que la blancura de su piel no la mortificara el sol que estaba muy alto y ardiente. Le hice seña con una mano a modo de saludo e invitándola a que nademos juntos. Ella desvió su rostro en una actitud indiferente. Entonces comencé a nadar hacia la orilla, pero tenía la sensación que a cada brazada la costa se alejaba. Opté por sumergirme y nadar por debajo del agua y, al volver a la superficie para tomar aire, me encontré otra vez en la bañera.

Apático destape ésta y esperé que el agua se escurriera por la rejilla. Luego me sequé y me dirigí a la cama.

Ella estaba durmiendo con una respiración serena. Evitando despertarla me acosté a su lado, pero se despertó y me abrazó semidormida y comenzó a besarme suavemente… Sus besos parecían caricias, y su piel calida se pegaba a mi cuerpo como si fuera de seda. Sentí el goce en todo mi cuerpo. Indescriptible la dulzura que manaba de su cuerpo y sus gestos. Besos y caricias de ella me embriagaron…

Y desperté solo en mi cama. Temblaba. No sabía si de frío o de fiebre. Entonces recordando el sueño me pregunté: ¿Estaré en sus sueños? ¿Alguna vez, ella, me recordará? ¿Cuáles serán sus sueños?

 

Veneta

 

Estaba en la casa de un amigo que hacía por lo menos treinta y cinco años que no veía. Cuando llegué encontré la casa deshabitada. En la habitación de mi amigo, con la cama deshecha, me recosté. Seguido apareció un chico de unos siete u ochos años que quería buscar en un mapa de Europa la ciudad de Veneta. Me aclaró que existían tres ciudades con el mismo nombre, y que la que buscaba tenía frontera con tres países. Decidí acompañarlo a una biblioteca.

Estábamos saliendo cuando apareció mi amigo acompañado de un hombre de raza negra. Éste me saludó como si me conociera. Su rostro me resultó familiar, pero ignoraba por qué. Mi amigo y el negro hablaban entre ellos en francés. Yo no quise ser menos, y sin hablar el idioma, dije “glu glu” con la lengua trabada y porque no sabía el idioma galo. Los otros dos se rieron y continuaron su camino conversando en francés.

El chico, que decía ser hermano de mi amigo, me apuró para ir a la biblioteca, donde no encontramos ninguna ciudad llamada Veneta.

El sueño se va desdibujando en una mezcla de imágenes del chico y yo buscando el nombre de la ciudad en una enciclopedia y el rostro del negro sonriéndome y preguntándome de dónde lo conocía.

 

Un amigo

 

Mi amigo estaba sentado junto a un grupo de gente. A su lado un chico de ocho o diez años. Mi amigo me sonrió, y yo le dije que hacía tiempo que no nos veíamos. Quizá treinta o más años. Lo recordaba con afecto. Se lo hice saber, y él sonrió. Le pregunté por qué no volvía y el respondió que tenía que tomar el colectivo.

Al despertar, como siempre ocurre, estaba confuso y las imágenes del sueño se hicieron borrosas. Me esforcé en recordar el sueño. Me pregunté qué sería de mi amigo que hacía más de tres décadas que no veía. Alguien, tiempo atrás me había dicho que había muerto.

 

Sobresaltado

 

Me desperté sobresaltado, agitado, y con la boca seca. Respiraba con dificultad. Todo esto provocado por un sueño que no podía considerar una pesadilla como para provocar las sensaciones descriptas. Sin embargo había alterado mis sentidos, al menos una parte de ellos, como si hubiese tenido una pesadilla.

Las imágenes que recuerdo de ese sueño, como siempre confusas; trozos de imágenes; la mayor parte borrado de mi memoria.

En el sueño, Raquel, había regresado de España, y yo, con tono insistente y de exigencia quería saber que me había traído. Solo me mostró un cinturón del grosor de un dedo. Después me mostró una rara campanilla coronada con una escuadra y compás. Y un hilo enrollado a modo de “yo-yo”. Se tiraba del hilo, como si fuese un resorte y la campanilla sonaba.

Al despertar sobresaltado, como dije al principio, comprendí que en mi sueño el rostro no era el de Raquel, sino el de mi madre…

 

La palabra perdida

 

Esa mañana desperté con un sueño. Pero me levanté sin prestarle mayor atención. Como tantos sueños que uno olvida con el tiempo. Pero por la tarde vinieron a mi mente las imágenes del sueño. En él, recordaba, alguien preguntaba qué significaba tal palabra; era una palabra sencilla, aunque de uso preferentemente en conversaciones de tono no vulgar. Me extrañaba que no supiera el significado.

Le di el significado e incluso su etimología. Y para corroborar lo que decía tomé, en el sueño, el diccionario y busqué la palabra. Con asombro comprobé que la palabra, tan común, no estaba incluida. Busqué en otros diccionarios con idéntico resultado.

Sorprendido, parecía que la mencionada palabra había desaparecido del vocabulario. Incluso en el sueño recordaba como se pronunciaba en francés, alemán e inglés, y en otros idiomas. Luego busqué en los diccionarios de esos idiomas su significado. Tampoco figuraba en los diccionarios de dichos idiomas.

Lo extraño, o lo más extraño, era que yo ahora, despierto, no recordaba cual palabra era que había soñado. Confundido me estrujé el cerebro tratando de recordar qué palabra sería. Sonreí pensando que le estaba dando demasiada importancia al sueño. Sabía que los sueños generalmente se olvidan a los pocos minutos de despertar. La mayoría de los sueños solo quedan en la memoria imágenes fragmentadas. Y generalmente las imágenes sueltas son borrosas.

Por lo tanto no pensé más en el tema. Pero al día siguiente volvió a mi memoria, con mayor fuerza la idea de recordar la palabra perdida en el sueño. Tomé entonces conciencia que el deseo de saber a que palabra se refería mi sueño se estaba convirtiendo en una obsesión demasiado fuerte. Tal obsesión me llevó a intentar repetir el sueño. Y por espacio de una semana me dormía intentando concentrar mi pensamiento en repetir el sueño, Pero todas las mañanas despertaba sin haber soñado absolutamente nada. Pasados los días fueron debilitándose el recuerdo del sueño hasta olvidarlo.

Un año después, viajando en tren, escuché involuntario la conversación que dos hombres mantenían en el asiento, detrás de mí. A pesar que hablaban en voz baja pude oír que se referían a una palabra perdida, y de inmediato recordé mi sueño.

Aguce el oído y presté atención. Según contaba uno al otro en la reconstrucción del templo de Salomón tres obreros que estaban alisando el terreno para levantar el nuevo templo, en el mismo lugar donde había estado el primero, descubrieron a ras de tierra una entrada secreta a un pasadizo subterráneo que desembocaba en una bóveda. En dicho recinto se encontraba grabado en un delta de oro el verdadero nombre de Dios. Nombre sagrado éste que los judíos habían perdido cuando Nabucodonosor destruyó el primer templo. Así recuperaron la palabra perdida que los conectaba con el creador.

No pude oír más nada porque los viajeros bajaron en cuanto el tren se detuvo en la siguiente estación. Me llamó la atención cómo me había impresionado escuchar la extraña narración. Y me pregunté ¿qué relación podía haber entre un sueño vulgar como el que había tenido, hacia ya tiempo y que extrañamente recordaba, y el verdadero nombre de Dios? Reflexioné que mi sueño no tenía dimensiones bíblicas. No le veía sentido. Un psicoanalista, razoné, opinaría que el sueño (o los sueños) son manifestaciones del inconsciente que salen en desorden a la parte conciente. De la misma forma que mezclamos el orden de las páginas de un libro o, más aún, de varios libros, o a veces mezclamos el orden de las palabras.

Finalmente viendo que no le encontraba explicación, ni sentido estar preocupándome por un simple sueño traté nuevamente de olvidarlo concentrándome en las cosas reales que me rodeaban. Y que sí tenían sentido.

Pero pasado unos días comenzó a sucederme un extraño hecho: Todas las mañanas despertaba recordando el sueño. No bien la luz entraba en los rincones de mi memoria, las imágenes borrosas e incoherentes del sueño se manifestaban perturbándome y aflorando desde el subconsciente y me surgía la necesidad de encontrar la palabra perdida en el sueño.

Me esforzaba en despreocuparme del ello, y una hora después lo olvidaba durante todo el día y hasta que me dormía. Pero a la mañana siguiente volvía a recordar. Extrañado decidí consultar a un sicoanalista.

Éste me escuchó y sugirió que debería someterme a terapia con el fin de lograr encontrar la respuesta en mi subconsciente. Comencé, entonces, a concurrir dos veces por semana a su consultorio en las que descargaba mis emociones y frustraciones y en la que el psiquiatra solo escuchaba.

A la cuarta visita abandoné el tratamiento convencido que ese no era el camino. Entonces decidí consultar a un vidente. Y para mi sorpresa el vidente interpretó que mi sueño recurrente tenía relación con una pregunta que le hacía en el porvenir y, según el vidente, si no la respondía satisfactoriamente perdería la oportunidad de mi vida. La respuesta, según el adivino, debía ser una sola palabra. Pero ¿cuál era esa palabra?. Era una incógnita.

Una semana después de haber estado con el vidente advertí que ya no me despertaba recordando el sueño. Como si éste se hubiese borrado de mi memoria.

Pero un mes después, cuando ya creía olvidado el tema, llegó a mis manos un libro que contenía tres citas. La primera, de un tal Georges Duby decía: “la huella de un sueño no es menos real que la de una pisada”. La segunda, atribuida a Shapeskeare, sentenciaba: “estamos hechos de la sustancia de los sueños”. Y por último Ambroce Bierce opinaba que “si deseas que tus sueños se hagan realidad ¡despierta!”.

Me pareció que, misteriosamente, estas tres citas se encadenaban entre si, que a su vez se relacionaban con mi sueño. ¿Sería un mensaje? Entonces si un sueño formado por mi propio cerebro es tan real como una huella dejada en el barro, ¿cómo se hace para despertar? me pregunté.

Deje el libro de citas a un lado y reflexioné si en ese momento estaba soñando o esta despierto. Luego deseché esta idea como absurda y volví a admitir que la clave de mi obsesión (porque ya se estaba convirtiendo en una obsesión) estaba en recordar ¿cuál era la palabra que había soñado? Pero por más ejercicio mental que hacía para recordar, mi mente se cerraba a recuerdos. Era evidente que había perdido el nombre como se pierde un objeto en un profundo pozo. Pero luego tenía la esperanza de que así como uno pierde un objeto y lo vuelve a encontrar, volvería a encontrar la palabra perdida.

A medida que pasó el tiempo los recuerdo de ese sueño se fueron borrando de mi memoria. Hasta que una noche soñé que un desconocido buscaba una palabra perdida. Como un cáncer que va creciendo dentro de su cuerpo, de la misma forma iba creciendo su obsesión por encontrar esa palabra y, a medida que pasaba el tiempo, torturaba cada vez mas su mente en su búsqueda, exigiéndole a su memoria que abriese el archivo de los sueños, que aseguraba su mente guardaba celosamente.

En su delirio recorría los laberintos de su cerebro buscando el nombre que lo obsesionaba.

Cuando su estado llegó al paroxismo no hubo más remedio que internarlo en un sanatorio para enfermos mentales. En una de las sesiones terapéuticas el psiquiatra argumentó ante él que, después de todo, se trataba de un desequilibrio emocional y, lo más importante, que no había llegado a perder la razón.

Oír el extraño esta última palabra y prorrumpir en una estruendosa y terrorífica carcajada fue sintomático. En un estado de exaltación frenética comenzó a gritar: ¡Razón! ¡Razón! ¡Claro, esa era la palabra perdida!

Había recuperado finalmente la palabra olvidada, pero simultáneamente había perdido la razón… Y desperté con la sensación de haber tenido una pesadilla.

 

Juventud y vejez

 

Finalizado el almuerzo, un anciano fue a echar una siesta, como era su costumbre, debajo del olmo. Un par de horas después despertó inquieto. Había tenido un extraño sueño. En ese sueño él era un anciano que se encontraba asimismo frente a frente, pero con sesenta años menos. Se veía al igual que en un espejo pero joven. Lo observó con ojo crítico. El joven, que era él, sonreía con un rostro altanero, engreído y nada agraciado. Todo lo contrario de lo que había pensado cuando él era joven y se veía en un espejo. Luego la imagen se desdibujó y desapareció. Fue cuando despertó.

Se levantó de la reposera, donde había dormido su siesta, y pensando que un sueño es un sueño, continuó con la poda de unos árboles, que venía haciendo desde la mañana.

Por la noche, mientras cenaba vino a su memoria, ignorando el por qué, un hecho ocurrido cuando era muy joven. Recordaba que se encontró con un viejo cuyos rasgos, ahora sorprendido caía en la cuenta, se parecía a él. Aquel anciano, achacoso, le pareció desconfiado. En ese momento salió de su recuerdo al oír la voz de su nieto y se puso a jugar con él, dejando de lado sus recuerdos.

Al día siguiente, mientras amontonaba las hojas secas, volvió a recordar el sueño y ese fugaz momento de su juventud. Pero no supo diferenciar cual había sido el sueño, y cual la realidad. Aceptó al final que ambos, sueño y realidad, era una jugada de su imaginación senil.