Archivado en April, 2012

Los seis Principios de Faraday

Wednesday, April 18th, 2012

De una obra de Isaac Watts titulada The Improvement of the Mind -La mejora de la mente-, leída a sus catorce años, Michael Faraday adquirió estos seis constantes principios de su disciplina científica:

  • Llevar siempre consigo un pequeño bloc con el fin de tomar notas en cualquier momento.
  • Mantener abundante correspondencia.
  • Tener colaboradores con el fin de intercambiar ideas.
  • Evitar las controversias.
  • Verificar todo lo que le decían.
  • No generalizar precipitadamente, hablar y escribir de la forma más precisa posible.

Las razones de la sinrazón

Friday, April 13th, 2012

Las razones de la sinrazón, dice Don Quijote, queriendo decir con ello que muchas veces lo que consideramos irrazonable, muchas veces, es razonable.

Por otra parte el dicho popular advierte que las razones del corazón no las entiende la razón.

La vida y la muerte son sinónimos de un sueño.

Tuesday, April 3rd, 2012

Lo plantea Shakespeare en Hamlet:

Morir; dormir. ¿Dormir? ¡Soñar acaso!

O Calderón de la Barca:

¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño:
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.

Otro poeta, Bécquer nos dice:

Al brillar un relámpago nacemos,
y aún dura su fulgor cuando morimos;
¡tan corto es el vivir!
La Gloria y el Amor tras que corremos
sombras de un sueño son que perseguimos;
¡despertar es morir!

Vuelvo a Shakespeare. Esta vez en La Tempestad:

Estamos hechos de la misma materia que los sueños. Nuestro pequeño mundo está rodeado de sueños

Por supuesto no debo omitir a Borges: There are more thing:

El hombre olvida que es un muerto que conversa con muertos.

 No elegí filosofos ni científicos para apoyar mi teoría. Me basé en poetas, porque ellos intuitivamente, como los artistas, saben más de ciencia y filosofia.

La Biblioteca de Salomón

Tuesday, April 3rd, 2012

Y me dediqué a investigar y a explorar
con sabiduría todo lo que se hace bajo el cielo:
es esta una ingrata tarea que Dios impuso a
los hombres 
para que se ocupen de ella.
Ecls. 1,13

Cuando Salomón, rey de Israel, culminó la edificación del Templo de Jerusalén en cumplimiento de un pacto con su Dios, llamó nuevamente a su arquitecto Hiram Abib y le ordenó la construcción de una biblioteca.

Una vez finalizada esta nueva obra, Salomón se hizo traer de todos los puntos de la tierra colecciones de libros con la idea de penetrar en los secretos del universo y conocer, además de su geografía, la sabiduría de otros pueblos, otras razas, otros credos. En el pórtico de entrada el rey de Israel colocó una placa de oro con la siguiente inscripción:

Aquí dentro se custodian miles de libros que tratan sobre la búsqueda y la obtención de la verdad. La mayoría de estos libros afirman decir la verdad. Muy pocos libros admiten que su verdad no es la única. Ninguno tiene la verdad absoluta. En realidad la verdad está fragmentada en cada libro como partes de un espejo roto en millones de pequeños trozos y que a manera de un rompecabezas el lector deberá armar pacientemente. Pocos lectores han logrado armar ese juego, y ha sido siempre al final de sus vidas, cuando no en el instante de transición entre nuestra existencia bajo el sol y la que, quizás, tendremos arriba del sol.

Cada libro es un tratado, desde todo punto de vista, diferente sobre el hombre, la naturaleza y el universo. En muchos libros se plantean los interrogantes sobre el nacimiento, la vida y la muerte; de dónde venimos, qué hacemos; a dónde vamos. En casi todos se habla de la existencia de Dios. En unos pocos se niega. En otros libros se han inventado maravillosos mundos de fantasías y de sueños. Hay quienes combinan las palabras en versos para describir la belleza, el placer de los sentidos, y cantan la alegría de la vida. Otros han escrito en una alquimia de palabras el dolor, la risa, el llanto, la tristeza. El alma humana, el corazón, la mente serán desnudados o vestidos según convenga a cada historia para actuar en la gran obra de la vida; enfrentando o combinando la pasión con el fanatismo, el odio con el amor, la vanidad con la sencillez, la hipocresía con la verdad, la avaricia con la generosidad. Otros narran las noches de los tiempos, las decadencias y los triunfos de los pueblos que nos precedieron, y especulan sobre los pueblos que vendrán. Más poéticos, otros, describirán paisajes de tierras exóticas y países extraños. En algunos libros se cuenta como el hombre con sus angustias, miedos u obstinaciones fundaron o gobernaron ciudades, hicieron sus campañas guerreras, sus descubrimientos; sus victorias y sus ocasos.

El que penetre en esta biblioteca tiene la libertad de tomar un libro, leerlo y sacar sus propias conclusiones, sin que por eso deba desdeñar la opinión de otros exégetas. Es saludable discutir el sentido de un texto, y no debe extrañar que otro piense distinto sobre el mismo escrito. Son varios caminos de comprensión; ambos pueden ser sendas correctas; y si uno se equivoca en su trayecto, con el tiempo se dará cuenta, o se perderá en intrincados caminos. Pero siempre se está a tiempo de regresar a la senda correcta. Sin embargo otros no querrán volver. Los hombres no tienen el mismo grado de captación. Hay quiénes les basta una mirada, algunos necesitan fijar la atención, y otros carecen de visión. Es un trabajo muy arduo y doloroso para el lector ciego de espíritu aceptar que no sabe nada, y muchos prefieren seguir ignorando su ceguera. Todo lector debe saber que para leer debe saber razonar.

Muchos libros están escritos con palabras o letras extrañas; necesitará entonces saber otras lenguas. Si carece de la capacidad de entender otros idiomas ignorará otros mundos.

Hay quiénes leen por pasatiempo, no aspiran a más; otros para vestirse con las ropas del sabio; pocos por sed de conocimientos. Estos últimos pueden abrir su mente al saber, y también al fanatismo. La luz es necesaria para leer mejor. Como necesaria es la luz interior para comprender. En la oscuridad alguien puede guiarte con su luz para buscar un libro y leerlo. Agradece su ayuda, puede ser sincera. No obstante, desconfía; no todos desean que tú veas todo, sino lo que ellos quieren que veas. Más mérito es tener luz propia. Para que un libro sea bueno o malo dependerá del que lo lea más que el que lo escribió.

Esta biblioteca debe ser mantenida, cuidada, custodiada. Es necesario que algunos trabajen en ella para que otros gocen de ella. Debe haber servidores que limpien el polvo de los estantes y de los libros, artesanos que eviten su deterioro y bibliotecarios que sepan ubicar las obras en sus correspondientes lugares. Muchos lectores pueden creer, con razón, que el que limpia solo sabe deletrear, que el que los cura lee pero no piensa y el bibliotecario no le interesa el espíritu de la obra. No siempre es así, y puede ser, también, que el que limpia sepa más que el que dice ser sabio. No faltan quiénes se enamoran de su obra como un esposo enfermo de celos. Y están quiénes se enamoran apasionadamente de un libro, por ser raro, por la belleza de sus ilustraciones, o por avaricia, pero no por su contenido; aman el cuerpo ignorando que tiene alma.

La biblioteca no sería tal si no hubiese uno que otro ratón, alguna que otra araña, una infinidad de polillas, mucho polvo, bastante humedad. A través del tiempo lector y libro se convertirán en polvo. Muchos escritores y aquellos que los han leído se apolillan o se enmohecen. Algunos narradores tejen su telaraña con sus lectores. Y casos hay de escritores y lectores convertidos en ratones.

En esta biblioteca podrán llegar a conocer la ciencia del bien y del mal; quizás los secretos de este mundo le sean revelados. Y aún así no se saciará de conocer. Esto es vanidad. ¿De qué le sirve al hombre conocer todo lo que hay debajo del sol, y lo que está en el cielo, si no sabe qué será de él cuando deje de ver el sol? Por muy sabio que sea ignorará los designios de Dios. Todo es vanidad.

Nota al pie:

Se supone que se trata, no hay prueba que lo confirmen, de un manuscrito encontrado 1951 en las ruinas de lo que fue la Biblioteca de Alejandría. Algunos eruditos afirman que el documento es apócrifo. Su descubridor, el arqueólogo Ibn Ahmad escribió al pie del manuscrito en árabe lo siguiente:

Nabucodonosor, rey de Babilonia, trescientos cuarenta y cuatro años después de la muerte de Salomón, envió a su capitán de guardias, Nabuzaradán, al mando de un ejército y arrasó Jerusalén, Templo y biblioteca incluidos.

Pasaron trescientos veinte años de la destrucción de Jerusalén, para que otro rey llamado Ptolomeo Filadelfo concretara, esta vez en Alejandría, una biblioteca similar. Las legiones del César se encargarían de darle el mismo fin. En la edad media la Inquisición se dedicó a quemar libros. Y en el siglo XX, aún quedan fieles discípulos.

Buenos Aires, 29 de Agosto de 1993.