Archivado en May, 2013

Añoranza y decepción

Saturday, May 11th, 2013

Entró al restaurante, con apariencia de bodegón, y se ubicó en una mesa con vista a la calle. Para el final del almuerzo, mientras saboreaba un café, observó distraído hacia la calle gris, de veredas angostas y baldosas rotas. Autos, colectivos y camiones se desplazaban con aceleraciones bruscas y frenadas histéricas y bocinazos irritables que lastimaban los oídos. En el aire flotaban pequeñas nubes de monóxido de carbono que escupían los vehículos y que contaminaba el aire. -Sí, es un espectáculo deprimente –se le ocurrió pensar. -¿cómo se puede vivir así? –agregó y sorprendido recordó que él vivió en esa calle. –Es curioso –reflexionó, -sabía que esa calle se llamaba Moreno, pero de su memoria se había borrado el número del edificio. Sólo tenía registrado que era el piso 10 y el departamento D. Habían pasado ya veintitrés años. Perón ya había muerto, y los militares gobernaban el país.

Una ola de nostalgia amarga cubrió de recuerdos esas un poco más de dos décadas pasadas. Sintió que su estado de ánimo se parecía al flujo y reflujo de las corrientes marinas. Su humor, como las mareas, subía y bajaba con cada recuerdo; buenos y malos.

Con ese talante salió del restaurante en dirección a la calle Bolívar buscando señales de un tiempo pasado. Al cruzar por la puerta de entrada donde vivió constató que el número del edificio era el 445. Por esa puerta quedaron en su memoria el día que ingresó por primera vez, 1978, con una carga de frustración y dos años después al mudarse con optimismo… Y deudas. Pero no importaba, volvía a ser dueño de una casa, de su propio hogar, en un barrio de jardines y tranquilidad.

Al llegar a la esquina se detuvo. Su mirada se fijó en el vetusto edificio de arquitectura de principios del siglo XX de estilo francés Beaux Arts o académico francés. Se conocía por el palacio Raggio. Curiosamente, en la colonia, en ese solar vivió la familia de Ortiz de Rosas. Cuando se inauguró el edificio fue destinado a departamentos de alquiler para familias pudientes, ahora, notó, alberga, como un viejo conventillo, familias muy pobres. En sus balcones, carente de flores, además de ropa secándose, se amontonan objetos, como colchones, viejas bicicletas, palanganas, y cacharros dando la sensación de descuido, suciedad, desorden, apatía. Hace pensar que detrás de las lonas o telas astrosas que hacen de cortinas, (las persianas han desaparecido vaya uno a saber el motivo) las amplias habitaciones están subdividas por paredes de cartón en cuartuchos miserables. Y en ellas viven miserablemente varias familias. ¿Por qué sus habitantes no se organizaban y ponían el edificio en condiciones habitables? Y reflexionó que a la miseria no se le puede pedir que además sea culta.

¡Vaya paradoja! –exclamó. En antaño las familias de ese edificio probablemente estudiaban en el Colegio Nacional Buenos Aires, justo enfrente. Y hoy los hijos de esa pobre gente apenas estudian la primaria en una escuela paupérrima. Antes de continuar por la vereda del Nacional Buenos Aires, se detuvo en este edificio, que en su época se reconocía como centro de un nivel educacional de excelencia. Pero que ahora debe competir con desventaja con mejores colegios privados. Notó que los plátanos sobre el frente del colegio se mantenían fuertes, atiborrados de ramas y hojas, a pesar de las agresiones de los humanos y los gases y ruido de los vehículos.

Siguió su camino hasta la iglesia San Ignacio cuyos muros se levantaron hace tres siglos y soportan, como los plátanos, el paso del tiempo contaminado por las agresiones. Ya en la esquina de Alsina sonrió ante la “Librería del Colegio” que a pesar del deterioro del tiempo aún conserva su belleza. Sin pensar ingresó a la librería en busca de una vieja edición del petit Larousse. Extrañado notó que el salón estaba colmado de gente, los hombres y las mujeres vestían a la moda de los años 50. Confuso desvió la vista hacia la calle sorprendido de ver por Bolívar un par de tranvías traqueteando. Detrás un auto negro mostraba a la derecha del conductor una banderita roja con la palabra “libre” inequívoca señal de que se trataba de un taxi de aquellos años. Se notaba un tráfico escaso, y mucho menos enloquecedor que cuarenta años después. Volvió otra vez la mirada estupefacta hacia el salón de ventas. Vendedores y clientes se movían a ritmo frenético. La mayoría mujeres con chicos entre los 6 y 12 años, vestidos, los más pequeños con un conjunto de pantalón corto y camisa blanca y gorro tipo jockey. En tanto los mas grande ya usaban saco, pero con pantalón corto. Todos parecían hablar a la vez, y a la vez los empleados mostraban a sus clientes cuadernos, manuales, libros de lecturas, lápices, reglas, compases. Los vendedores luego llenaba boletas con carbónico que entregaban a la clienta para pagar en la caja. Le causó gracia, dentro de su confusión, un vendedor mostrando a su clienta y al que sería su pequeño hijo unos modelos “pluma cucharita” y una marca de frasco de tinta. Pudo comprender que el movimiento y aglomeración se debía a que estaban al inicio de las clases. Una señora sostenía en su mano un libro de primer grado titulado Upa, y luchaba para que le dijeran el precio. Un chico de unos siete años trataba, en punta de pie, y con las manos en el mostrador estirar la cabeza por encima del mueble. Turbado advirtió que ese niño por los rasgos tenía un gran parecido a él.

-Buenas tarde, ¿Lo puedo ayudar? –Sobresaltado oyó una voz a su espalda. Hasta ese momento había escuchado las voces como en un sueño, pero esta era clara, real. Se dio vuelta y un joven vestido con chomba le sonreía. Boquiabierto paso la vista a su alrededor. El salón estaba ahora desierto, y en semipenumbra. Un empleado descansaba desganado detrás del mostrador, y sobre éste se exhibían viejas y ajadas ediciones. Un Upa, manoseado por años de uso dormía sobre otra pila de viejos libros. Comprendió que había vuelto a la realidad. -¿Lo puedo ayudar? –insistió el joven vendedor. Confuso, agradeció y con paso apresurado salió del local.

II

Una vez en la calle continuó por Alsina hacia la Av. Diagonal Sur. Al pasar por la antigua universidad recordó con nostalgia sus años de estudiante de minería. Y también que en 1966, en una noche que quedó signada con el nombre de “La noche de los bastones largos” un gobierno militar se consideró con el derecho de echar de las aulas a brillantes profesores por pensar distinto a las estrechas miras de los uniformados. En el cruce de Perú, Alsina y Diagonal Sur su memoria se transporta a 1951. Al pie de la estatua ecuestre de Julio A. Roca estaba armada una tribuna donde Perón arenga a una concentración peronista. Él recuerda haber estado ahí, con ocho años, sin comprender por qué su madre quiere que esté escuchando lo que, a esa edad, no entendía. Se desentiende de estos pensamientos y se encamina por Perú hacia la Av. De Mayo. Al pasar por el edificio del Consejo Deliberante su memoria vuelve a transportarlo con diecinueve años acompañando a una joven de su misma edad. No eran novios, pero él estaba enamorado de ella. Sin embargo la joven era esquiva a sus declaraciones amorosas. En el esporádico tiempo que se conocieron mantuvo la joven una distancia un poco más allá de una amistad, con algunos escarceos amorosos y besos no tan púdicos. Muchos años después se cruzaron en la calle Florida, se saludaron sorprendidos por el encuentro, y él la invitó a tomar el té en la confitería Richmond. Ella le contó entonces que estaba trabajando en Alemania (era hija de una familia de ese origen) y que había vuelto para visitar a sus padres. Pero en unos días más regresaría. Orgullosa le mostró el pasaporte Alemán. Mientras ella hablaba él la estudió. Seguía teniendo un rostro hermoso, aunque un poco ajado, y su cuerpo ya no era el de una bailarina. Había engordado, y su cadera ensanchado. No era la joven esbelta de años atrás. Volvió a echar una mirada al Consejo Deliberante. El edificio siempre le causó admiración por la belleza de su arquitectura con sus columnas, estatuas, sus enormes ventanales y sus macizas puertas de madera. Varias veces, principalmente su hemeroteca, recorrió por dentro sus lujosos pasillos recubiertos de mármol y boiseries. Y herrerías de hierro y bronce de primera. Y arañas, candelabros y luces con cristales biselados. Sólo una vez no apreció la belleza del edificio ni su interior. Ocurrió en julio de 1952. Al final de la tarde de un día lluvioso una larga fila se extendía por la calle Perú y continuaba por la Diagonal Sur. Los rostros de los que hacían la fila, en su gran mayoría, estaban constreñidos por una pena; en algunos sus mejillas estaban húmedas de lágrimas. Y estas se mezclaban con la fina lluvia que caía por sus rostros. Unos constantemente se secaban sus ojos con un pañuelo ya húmedo de tanto usar. La fila, estoica, indemne a la lluvia esperaba impasible entrar al “palacio” y despedir el cuerpo de Eva Perón. Otra vez, contra su voluntad, se veía obligado a acompañar a su madre que, como el resto, lloraba la muerte de la “jefa espiritual”. Él, ya tiene nueve años, y está confundido. No entiende por qué tantas lagrimas por esa mujer gritona y mandona. Otro recuerdo se mezcló con ella. Quizá fue un año o dos antes. Caminaba con su madre por la Av. De Mayo y ante la puerta del edificio de “El hogar de la empleada” hay un grupo de gente expectante. En ese momento sale del edificio una mujer rubia, joven, bella. La gente aplaude y grita ¡Evita! ¡Evita! Ella sonriente, cubierta con un tapado de visón, lleva sus dedos a sus labios y tira unos besos al público que la vitorea. La mujer se detiene ante él y lo mira sonriente invitando a que se acercara. -¡Evita quiere darte un beso! –oyó que decía su madre emocionada -¡Andá! –es la orden perentoria. Pero su timidez lo clava al piso. Siente que alguien, quizá su madre, lo empuja con fuerza hacia adelante. Por la fuerza del empuje casi se cae si la llamada Evita no lo sostiene y lo abraza mientras su cabeza se apoya en su regazo. Por unos segundos se siente cómodo y asustado en la calidez de ese cuerpo. Ella le da un fuerte beso, le remueve el pelo castaño y con rapidez se desprende de él y se zambulle en un Cadillac negro. Se cerró la puerta y el automóvil se desplaza silencioso hacia el centro de la avenida, para luego acelerar y perderse en la noche.

Todo había ocurrido en breves minutos. Y él, a pesar de estar su madre a su lado, se sintió sólo sin comprender qué había pasado. Siempre se preguntó el significado, si lo había, de ese instante ínfimo en su vida. Observó otra vez el edificio del Consejo Deliberante y volvió  a rememorar el momento en que, siempre arrastrado de la mano de su madre, ingresó a un salón donde sobre una tarima posaba el féretro de Eva Perón. Su madre besó con pasión el cristal que resguardaba el cuerpo de la difunta. Luego su madre lo tomó de las axilas y levantando su cuerpo exigió que besara el cristal. Él contuvo las lágrimas y se negó a la orden de su madre. Ante la insistencia, y con lágrimas en sus ojos simuló el beso apoyando la frente sobre el cristal. Aún no puede olvidar el rostro blanco de ese cadáver. Y aun hoy no puede entender tanta devoción.

Se despreocupó de estos pensamientos y continuó su camino hacia la Av. De Mayo.

III

Hizo un inventario. A su izquierda, en la esquina de H. Yrigoyen y Perú, un edificio de oficinas semejante a un paralelepípedo que intentaba sin éxito ser arquitectonico reemplazaba a la vieja e histórica casona del Club del Progreso. Frente, formando esquina aún se mantenía la vieja farmacia. Cruzando, antes de llegar a la avenida, a su derecha había desaparecido el antiguo baño público subterráneo. En ese baño, en 1954, fue a higienizarse para estar más presentable ante su padre. Se habían citado en la confitería London. Recordaba que estaba asustado por el encuentro. Él , en pocos días, cumpliría doce años y hacía un año que no se veía con su padre. Y, en ese lapso pasaron muchas cosas en su vida. Su madre, por su mal carácter e irresponsable había sido despedida de su trabajo. No tenía trabajo y estaban en la pobreza extrema. Como consecuencia de ello, el día anterior, en la pensión que habitaban el dueño los había desalojado y quedado con sus pertenencias hasta que le pagaran lo que le debían. De todos modos era poco lo que tenían ya que su madre empeñó tiempo atrás el resto, incluida la hermosa radio que le regaló su padre. Radio que, junto con los libros, ayudaban a soñar aventuras y evadir su soledad y sus angustias. Por su memoria pasaron programas escuchados: “Tarzan”, “La familia Rampullet”, “Los cinco Grandes”, “Tatín”, “Pepe Iglesias” y un sinfín más. El dueño de la pensión solo le permitió a él y su madre llevarse lo puesto. Y por la noche pasaron durmiendo en los bancos de la estación Constitución. Por la mañana, mientras su madre buscaba trabajo y una nueva pensión, él fue a la pensión a rogarle al dueño le dejara llevarse sus cosas del colegio. Éste ascendió y de paso le avisó que su padre había llamado y que lo esperaba esa tarde en la confitería London. Volvió al baño público. Si había ido ahí era porque no tenía donde lavarse y no iba a presentarse ante su padre desaliñado. El encuentro con su padre, como siempre, era una mezcla de alegría y resentimiento. La alegría de escuchar cosas que a él le interesaban: historia, ciencia, costumbres; de libros, de cine. Y de su vida en las estancias de la Patagonia. Y de sus viajes por el sur. En cambio el resentimiento venía por tener un padre que se perdía por un año en los confines del mundo, y cuando regresaba sólo estaba un par de horas con él. Que se preocupaba superficialmente por lo que hacía cuando él estaba ausente. Preguntaba, sin entusiasmo, si continuaba estudiando, principalmente el idioma alemán o si iba tres veces por semana a hacer gimnasia a la YMCA. Él estaba consciente que podía mentirle a su padre pero no se atrevía y contestaba con evasivas. Y no podía decirle que el dinero para el colegio se lo gastaba su madre, siempre llena de deudas por mala administradora. Y perdida de sus trabajos. Ahora su madre lo había conminado a que le pidiera plata. Pero él no se animó. Hizo a un lado estos pensamientos penosos y cruzó la Av. De Mayo.

Al llegar a la esquina de Rivadavia un local de hamburguesas, y que la moda llamaba “fast food” reemplazaba a la antigua joyería Escasany. Se preguntó que lo fundadores  de esa joyería se revolverían en sus tumbas sabiendo que sus descendientes no continuaron con la tradición familiar y se volvieron pseudos banqueros, simples especuladores de dinero. A su izquierda, por Rivadavia, el viejo restaurante Pedemonte se había mudado a la Av. De Mayo. Ese tradicional restaurante donde iba a almorzar Lisandro de la Torre y que amargado de tanta corrupción política se suicidó. –¡Bueno, de nada le sirvió el ejemplo! –exclamó sonriente. –La clase política continua siendo corrupta… -murmuró. Antes de cruzar miró a su derecha por si venía un auto y reconoció a mitad de cuadra la parte trasera del edificio de La Prensa, y su biblioteca. Ahí estudiaba cuando iba a la secundaria. Reconoció que en invierno era el lugar acogedor, por su calefacción, y no la fría pieza de la pensión. En el salón de lectura de la biblioteca había un grupo de jóvenes que estudiaban también, y entre intervalo e intervalo se producían entre ellos conversaciones dicharacheras y sonrisas, que los bibliotecarios luego llamaban al orden y silencio. Pero él nunca intimó con ellos, no solo porque eran de otro colegio, sino por su timidez. Él se ubicaba en un rincón solo. Del grupo había una muchacha que, había advertido, estaba pendiente de su llegada, y cada tanto dirigía su mirada hacia él. Nunca se atrevió a hablarle.

Ya en Florida sus recuerdos y añoranzas continuaban ocupando su mente. El banco de Boston con su exquisita puerta de bronce labrada lo llevó a recordar el “Informe para ciegos” de Sabato que señalaba que los bancos semejaban templos de dioses paganos. Se detuvo frente al banco y giró la cabeza hacia lo alto fijando la vista en un ventana del edificio de enfrente desde donde Medrano observaba el paso de los transeúntes y fijaba en sus “Grafodramas” escenas de los porteños.

Cruzó Bme. Mitre. Ya no estaba la tienda Etam, ni el Bazar Dos Mundos, ni Los Gobelinos; el tiempo y el “progreso” (o las mala economías del país) se lo habían llevado. Más adelante la galería Güemes aun conservaba aires de tiempos pasados. De tiempos en que un ilustre escritor inspirado, como su padre, del sur argentino escribió “Correos del Sur” y “Vuelo Nocturno”, y quizás los primeros borradores de “El Principito”.

Giró la cabeza y el edificio de Gath & Chaves, de estilo segundo imperio habían convertido sus vidrieras en pequeños locales parecidos a un bazar persa. Y su interior, ayer un lujo de decoración en oficinas insulsas. Por los años cincuenta su padre lo vestía, una vez por año en la sección niños. Siempre le compraba las mismas ropas: pantalón corto, camisas blancas de manga corta en verano y largas en invierno; sacos haciendo juego con el pantalón. Y en invierno un sobretodo abotonado y cerrado en el cuello. Y la infaltable gorra tipo jockey con un botón, de adorno, en el centro. Recordaba maravillado la atención de los vendedores que trataban a padre e hijo como si fueran de la alta sociedad porteña.

Pensando en ello levantó la cabeza hacia el último piso de la famosa tienda y sintió que se elevaba como si fuese un espíritu. Pronto se encontró en medio de un gran salón. Una rápida mirada le bastó para descubrir que estaba en la confitería de Gath & Chaves. Advirtió asombrado que las personas que ocupaban las mesas del bullicioso salón  vestían a la moda de principios del siglo XX. Recorrió las mesas notando que era invisible para los demás. En una mesa a su derecha un joven sostenía con sus dos manos un diario abierto en una página interior y parecía concentrado en su lectura. Se aproximó y leyó la primera página: ¡Armisticio! Estaba impreso con grandes letras en negrita. Se fijó la fecha 12 de noviembre de 1918.

IV

Se puso de costado para ver mejor al joven. Debía rondar los treinta años. Usaba anteojos sin armazón y lucía su camisa con un grueso cuello desmontable almidonado y corbatín negro al uso de la época. Un sombrero homburg informal posaba sobre una silla. Observó con mayor detenimiento sus rasgos que le parecieron conocidos. Su tez muy blanca y su rala cabellera rubia le recordaban a alguien pero no acertaba saber a quién.

Despreocupándose de buscar el parecido con algún conocido volvió a recorrer con la vista el salón. Según señalaba el diario se encontraba transportado a 1918. Y la forma de vestir de quienes lo rodeaban parecía confirmar este supuesto. Se preguntó por qué se encontraba reviviendo un pasado veinticuatro años anterior a su nacimiento. No lograba entender si lo que sucedía, de la misma forma que en la “Librería del Colegio”, era un sueño o una alucinación viajando a través del tiempo. Oyó un ruido de papeles y se dio vuelta. El joven que le había llamado la atención dejó con fuerza el diario sobre la mesa, de ahí el ruido, y unos ojos grises fijaron su vista en él. Sobresaltado su corazón latió con fuerza. Seguido advirtió que no era a él que miraba, puesto que era invisible a la vista de los demás, sino que dirigía la mirada a los ascensores. Su expresión denotaba que esperaba a alguien y que estaba irritado con la espera mientras extraía un reloj de su chaleco, abría la tapa y consultaba la hora. Para después de unos segundos cerrar fuerte la tapa del reloj y volverlo al bolsillo de su chaleco, sin perder la irritabilidad de su rostro. Esos movimientos produjeron un estremecimiento en él. El joven que estaba frente a él era su padre. Y tal aseveración se confirmó al descubrir en su anular el particular anillo de sello. No cabía duda era su progenitor en su juventud.

En ese momento las facciones de su padre cambiaron por una expresión de alivio. Siguió la mirada de su padre. Una mujer joven de unos dieciocho o veinte años parada a espalda del ascensor pasaba la mirada por el salón y al descubrir a su padre se dirigió directamente a la mesa de éste. Su asombro y nerviosismo aumentó al comprender que se trataba de su madre. Delgada, piel olivácea y cabello negro peinado a la moda. Vestía sencillo con elegancia. Su padre se paró e invitó a sentarse a su madre. Esta lo hizo con una sonrisa seductora. Extrañado advirtió que no se besaron. Y no pudo evitar observar el contraste de ambos en sus caracteres. Estructurado su padre, y despreocupada, superficial su madre. Pero ambos eran sanguíneos. Luego se extrañó que sus padres se conocieran a esa edad. Siempre había supuesto que se habían conocido veinte años más tarde.

Pero ahí estaban. Luego de la sorpresa inicial sintió cierta alegría que ambos se hubiesen conocido en su juventud, y no en su madurez cuando ambos rondaban los cuarenta y cincuenta años respectivamente. -¿No estás triste? –preguntó su madre en tono que quería ser irónico.

-¿Por qué? –quiso saber su padre extrañado con la pregunta. –Perdieron los alemanes la guerra… -aclaró ella en tono burlón señalando el diario. Los ojos de su padre relampaguearon y su tez adquirió el color rojo. –Siempre llegando tarde –le reprochó ignorando el comentario anterior. -¡Bueno, che! Se me hizo tarde. ¡Qué querés! –exclamó su madre fastidiada. Ambos se quedaron en silencio con expresiones ofendidas.

-¿Vas a tomar algo? – preguntó su padre en el momento que se acercó un mozo. Ella asintió seria y pidió un servicio de té.

-¿Para qué me llamaste? – quiso saber su madre en cuanto el mozo se retiró. Su tono era agresivo. Su padre se revolvió inquieto en su silla, como a quien le resulta difícil tener una conversación normal. -¿Qué tal te trata Ridders? – preguntó amable obviando la respuesta de su madre. –Bien, por ahora… Debo servir el desayuno, el almuerzo y la cena. El señor es una persona tranquila y la señora parece media tonta. Tienen cuatro chicos y una nena… La molesta es la suegra. Anda detrás mío viendo que hago o no hago. Que los cubiertos se ponen así. Que esto está mal. Que aquello tiene que estar prolijo… ¡Me tiene harta, che…! En cualquier momento hago la valija y me voy. ¡Qué se cree!

-Pero es un buen trabajo, te pagan bien y tenés alojamiento. Aprovechá. Es una buena familia con la servidumbre-, aconsejó. Y ese fue el detonante para que su madre y padre se trenzaran en una discusión en que una decía que él estaba del lado de los patrones y el otro la acusaba de incompetente e irresponsable.

Callaron con la llegada del mozo con el té y una bandeja de masas. Su madre tomó una masita y la llevó a la boca con aire glotona. -Bueno, ¿qué querés? ¿Para qué me llamaste? –repitió con la boca llena. Su padre aguardó unos segundos observando como ella se engullía otra masita.  –Me voy al sur -, aclaró. –A Río Gallegos…

-¿A qué? –interrumpió su madre sorprendida al tiempo que llevó la tercera masita a su boca. –Conseguí trabajo en los almacenes Lahusen… -respondió paciente. -¿Lahusen? ¿Alemanes?

-Sí… -afirmó observando como devoraba la siguiente masita. Por unos momentos ambos quedaron pensativos. Su madre bebió un sorbo de té y volvió a atacar las masitas. –Pero, Federico, ¿un almacén en Río Gallegos? ¿Pero hay gente viviendo ahí? No debe haber nadie-, dio por sentado. –Pero ya vos estuviste ahí –continuó, -con una compañía de no sé que cosa de limites. Esas que hacen mapas.

-Con la Compañía Alemana de Agrimensura… Para fijar los límites de los territorios nacionales… Y sí, hay gente viviendo en Río Gallegos. Y la casa Lahusen provee a las estancias de la Patagonia. Hay muchas estancias…

-Y si ya estuviste, ¿para qué querés volver? –Su padre desvió la vista y se restregó en su silla. Su madre ya se había bajado media bandeja de masas. –Porque el trabajo es muy bueno y me pagan bien.

-Entonces quiere decir que vas a vivir allá.

-¡Claro que me voy a vivir a Río Gallegos! – respondió su padre irritado. Imperturbable su madre bebió otro sorbo de té y volvió a las masas. –Bueno, ándate. A mi que me importa-, respondió ella. -¿Para eso me hiciste venir? –preguntó en tono agresivo. -Pensaba –respondió su padre cuidando las palabras, -que querías venir conmigo…

-¿Estás loco? –interrumpió su madre con la boca llena de masas. –No. Yo me quedó aquí. Estoy cómoda acá, en Buenos Aires. ¿Qué querés, enterrarme en el medio del campo…? Yo me crié en el campo, y sé lo que es vivir en el campo. No andate solo –remarcó a la vez que volvía a atacar las pocas masas que quedaban. Y se volvió a servir otra taza de té. Su padre quedó en silencio, con la vista fija en las manos de su madre que llevaba la taza de té a sus labios. –Bueno, solo quería decirte eso… -dijo finalmente con un dejo de frustración. Luego hizo una señal al mozo para que se acerque, pagó la consumición y, sin despedirse, se levantó, tomó el sombrero, y se dirigió a los ascensores.

En todo tiempo su madre no pronunció ninguna palabra manteniéndose en una pose indiferente. Sola, acercó a su boca una masita, mientras una lágrima recorrió su mejilla que presurosa secó con un pañuelo.

Él sintió un vacío en su corazón al ver a su madre triste sin comprender como había pasado de la agresividad con su padre al desconsuelo. En ese momento sintió que alguien rozaba su espalda. Se dio vuelta y se encontró, otra vez, en la calle y en tiempo presente.

V

El joven que lo rozó pidió disculpas y continuó con paso vivo por Florida perdiéndose entre el frenético gentío que la transitaba. Tuvo conciencia que había despertado de un sueño momentáneo, y sin entender los juegos de la mente recreando espejismos siguió su camino.

Antes de llegar a la Av. Corrientes prestó atención a la vidriera de la librería El Ateneo. Siempre se detenía a mirar los libros expuestos y recrear su mirada con las nuevas novedades de las editoriales. La mayoría de las veces ingresaba al salón de ventas y recorría las mesas ávido de descubrir un nuevo libro que lo transportara a tierras exóticas, a conocer otros mundos, o develar historias. O simplemente gozar de una aventura. Abría un libro de los tantos expuestos y recorría sus páginas leyendo párrafos salteados, y si se “enganchaba” seguro que terminaba llevándoselo. Pero había otra librería que era para él un templo, un mundo de sensaciones: la librería de Tomás Pardo, en la calle Maipú. Ahí, junto al librero conversaba largas horas sobre este o aquel libro, o sobre el autor. Ahí descubrió a Kipling, a Borges, Sabato, etc. Ahí el librero, a pedido, le conseguía viejas ediciones de tal o cual libro como aquel de Blasco Ibáñez, Los cuatro Jinetes del Apocalipsis, o Las Minas del Rey Salomón de Haggar. O El Hombre que Ríe de Victor Hugo.

Esta vez no entró a la librería y continuó hacia Corrientes. En la esquina registró que ya no estaba más la casa de carteras Mayorga y, como en el caso de Escasany, ahora lo ocupaba un “fast food”. Sin embargo el viejo edificio aún conservaba algo de la antigua arquitectura. Antiguamente ese solar había sido una residencia palaciega. Después la casa de carteras adaptó la planta baja a las necesidades de un negocio y su planta alta a la administración. Aún recuerda que siendo cadete de un estudio jurídico, tendría en ese entonces unos dieciséis años, entregó un sobre subiendo a la planta alta. Debía subir por una suntuosa escalera de mármol y baranda de bronce labrado que se había conservado de la vieja casona. Y él, al subir y bajar por esa escalera, se imaginaba el amo del antiguo palacio.

Junto con la casa Mayorga habían desaparecido la zapatería Guante y su competidora, Delgado. También la casa Tonsa, la sastrería Cervantes, y la tienda James Smart. En esa tienda su padre, y después él, se procuraban de conseguir la colonia Ambre. Otra desaparición la tradicional zapatería Los Angelitos. Todas esas casas habían marcado una época de Buenos Aires, y sintió que marcaban un retroceso en la tradicional calle Florida. Que decir del Jockey Club, señorial arquitectura que el fanatismo convirtió en cenizas. Y hoy es un adefesio de Galería. Sin pasado, sin futuro. Sin tradición. Una calle atiborrada de locales que venden baratijas, y en mendicantes. Al menos, aceptó, la vieja Galería Pacifico remozada había mantenido su estilo.

Cruzó la avenida Córdoba y se detuvo ante el abandonado edificio de la tienda Harrods. No podía creer que esa tienda, otrora centro de compras cuyos clientes ostentaban el buen gusto sin importar la clase social estuviera en estado ruinoso. En un pantallazo su memoria retrocedió treinta años atrás con las imágenes del edificio engalanado con motivos navideños. En la entrada el tradicional portero de Harrods con su uniforme militar color verde entorchado de galones y botones dorados, y gorra de plato en la puerta saludando atentamente a todos los clientes como si estos fueran viejos conocidos. -¡La biblioteca circulante! – exclamó por lo bajo recordando que Harrods tenía una biblioteca que prestaba libros. No recordaba cuantos libros había leído pero ahí descubrió “La invención de Morel”, a autores como Cronin, Graham Green; la ciencia ficción. La bibliotecaria, siempre amable, le recomendaba libros y autores. Y todo eso había desaparecido. ¿En donde estarían esos libros? Se preguntó. Una imagen de un salón vacío, oscuro y lleno de polvo se le representó. Y de pronto, sin explicación, se encontró vagando por los salones oscuros y polvorientos del edificio. Estanterías y mostradores se amontonaban en rincones de algunos pisos. Y en otros esparcidos aquí y allá, algunos cubiertos con telas y otros mostrando su vetustez.

En el último piso, llamó su atención unas puertas batientes con herrajes de bronce, oscurecidos por el tiempo, y cristales biselados con el monograma de Harrods y visillos blancos que el tiempo y el polvo colorearon de gris oscuro. Prestó atención a un murmullo, ruido de vajilla y sillas que se corren provenientes detrás de las puertas. Extrañado ingresó al salón como lo hacen los espíritus atravesando las paredes.

Como había ocurrido en Gath & Chaves, se encontraba ahora en la confitería de Harrods colmada de clientes a la hora del té. Observó por los altos ventanales caer la lluvia que chocaba contra los vidrios y sus gotas se deslizaban formando líneas plateadas. Esta vez los hombres y mujeres vestían a la moda de los años cuarenta. Su mirada vagó por entre las mesas en que señoras parloteaban y reían moderadamente quizá saboreando comentarios maliciosos de amigas y conocidas de su círculo social. Notó que sólo había dos parejas con chicos, y un par de hombre sentados alrededor de una mesa en unos de los rincones del salón. Giró su cabeza y su mirada chocó con las figuras de sus padres ingresando al salón.

Aunque con más años los reconoció en al acto. Se dirigieron a una mesa de un rincón, y se sentaron. Él entonces, cargado de ansiedad, se acercó a la mesa que ocupaban al tiempo que lo hacía uno de los mozos. –Estoy de antojo. Tomaré un chocolate con churros –comentó su madre. –Que sean dos –ordenó su padre. El mozo se retiró a cumplir el pedido. En tanto él estudió los rostros de ambos. Su padre, calculó, debería acusar cincuenta años, y su madre, por lógica, unos cuarenta. Pero como siempre lo sabía ambos representaban diez años menos. Notó que estaban incómodos.

-Buenos, entonces, estás de paso-, señaló su madre, y añadió en tono bajo y suave. –Entonces, ¿no te vas a ser cargo? –Su padre se revolvió incomodo. -¿Fuiste al médico? –preguntó contenido. –No… Pero si tengo dos meses de atraso quiere decir que estoy embarazada- El rostro de su padre no parecía expresar alegría, y su madre expresaba angustia. Si mantuvieron en silencio hasta el instante que se acercó el mozo y sirvió dos tazas de chocolate y una bandeja con media docena de churros. –Así que tenés antojo de chocolate con churros-, comentó su padre intentando ser gracioso. –Si tengo antojo es porque estoy embarazada-, puntualizó ella en ese tono agresivo que le era tan familiar. Su padre hizo un gesto. –Bueno, tenés que ir al médico insistió molesto. –Yo me voy mañana Río Gallegos-, aclaró, -de madrugada. Te escribiré.

-¡Pero vos sos el padre…! –exclamó por lo bajo su madre. -¡Y qué sé yo si soy el padre! –reaccionó exaltado su padre. -¿Cómo decís eso, Federico…? –No respondió su padre quedando pensativo. –Bueno, Lola, cualquier cosa que necesites me avisas.

-No necesito nada-respondió orgullosa su madre, –Sólo que reconozcas a tu hijo. Fue como un estallido en su cerebro. ¿Estarían hablando de él? Sintió que su respiración estaba contenida y una sensación de vértigo. -¿Estarían discutiendo su gestación? –se volvió a preguntar. Observó a su padre que flemático llevaba la taza de chocolate a su boca, mientras su madre hundía un churro en la taza.

-Está caliente el chocolate -, comentó su padre dando la sensación de no continuar con el tema de reconocimiento. -¿Qué tal es como patrona doña Amalia? –dijo tratando de ser agradable. Su madre se tomó el tiempo en engullir un churro. –Y sí… -respondió con la boca llena mientras con una mano tomaba otro churro y con la otra bebía el chocolate. –Pero voy a cambiar de patrón. Voy a trabajar en la casa de un médico-, comentó. El rostro de su padre mostró sorpresa. -¿Otra vez? ¿Pero por qué te querés ir de lo doña Amalia?

-Porque me pagan más. Doña Amalia es una explotadora…

—Pero, Lola, tenés que tener un trabajo estable. No podes cambiar de trabajo por capricho. No creo que sea porque te pagan más. Seguro que no te gusta algo de doña Amalia… -Su madre no respondió, mas atenta al quinto churro, y beber el chocolate.

Mientras sus padres ofrecían un cuadro patético se sintió dolorido. Había descubierto, lo que su subconsciente sabía desde pequeño. Su gestación se trató como si fuese un objeto descartable. Desvió la vista hacia el ventanal y sintió vértigo, tanto que creyó que se caía. Todo a su alrededor se oscureció. Fue un segundo, a su alrededor la gente caminaba apurada por Florida.

La tía

Saturday, May 11th, 2013

El cuento es una masa de verdad y sueños.
Pero al igual que la harina, el agua y la sal
una vez amasado no vuelven a separarse.

Fragmento

En el verano de 1961, tenía diecinueve años, Pedro me pidió que lo acompañara a un baile de estudiantes de fin de curso en Ramos Mejía. Había conocido una chica y estaba ansioso de encontrarse con ella.

El salón de baile se había organizado en el gimnasio del colegio. Y no bien ingresamos, Pedro logró ubicar a su compañera, y después de las presentaciones quedé solo mientras mi amigo ya estaba bailando. Me coloqué en un rincón pasando la mirada distraído por todo el lugar lleno de chicas y muchachos bailando. Advertí en una mesa a mi izquierda a una mujer de unos treinta años compartiendo una mesa con dos jóvenes de mi edad. Decidido me acerqué a la mesa e invité a bailar a una de las jóvenes. Esta no se hizo rogar.

Mientras bailabamos noté que tenía un carácter alegre y una conversación entretenida. Se llamaba Sara. Al finalizar el disco se hizo un intermedio e imitando a las demás parejas la acompañé hasta su mesa junto a sus compañeras. La más grande me invitó a que me sentara con ella y Sara insistió. No me hice rogar. Vinieron entonces las presentaciones. La más joven se llamaba Carmen y la más grande, que me pareció las acompañaba como “custodia” de la castidad de las chicas se presentó como Lucía, tía de Carmen. Advertí que ambas tenían un parecido físico, pero no de carácter. La tía,  parecía desinhibida. En tanto su sobrina poseía un aire retraído; ojos marrones esquivos y cabellera cortada a lo varón. Comenzamos con una conversación de circunstancia.

Volvió a sonar la música y la tía, antes de que Sara tuviese iniciativa, sugirió que bailase con su sobrina. Esta, timida, dijo que no, pero ante la insistencia de de su tía aceptó.  La música era de ritmo lento, con los Cinco Latinos. Mientras bailabamos comecé a sentir cierta atracción por ella. Poseía unas facciones dulces y una mirada timida. Había algo en ella que me atraía. La cuestión que a partir de ese momento estuvimos bailando varios longplay. En un intervalo decidimos volver a sentarnos y diez o quince minutos despues, para no quedar mal con Sara volví a bailar con ella. Y  así, alternando con Carmen y Sara bailamos hasta que la dirección del colegio dio por terminada la fiesta. En el interín ya habíamos acordado con Carmen encontranos al día siguiente, domingo, a la tarde en la plaza frente a la estación Ramos Mejia. Y antes de que nos despidieramos, ambas jovenes se dirigieron al toilette quedando solo con la tía. –Me alegra que hayas decidido invitar a salir mañana a mi sobrina-, señaló la tía con una sonrisa. Asentí comprendiendo que en algun momento que bailaba con Sara tía y sobrina cuchichearon. -¿A que hora se citaron? –Quiso saber la tía. Respondí a las cinco. -¿Dónde vives?- Contesté en el barrio de Congreso. –Que bien –dijo despues de unos segundo de meditación. –Entonces me gustaríamos que nos veamos a las ocho- Quedé sin saber que decir. Ella aprovechó para agregar. –Necesito hablarte de Carmen, y acá no puedo. Eso si te interesa relacionarte seriamente con mi sobrina-. Respondí entre molesto y nada seguro, que sí, que me interesaba. Y pregunté donde nos veriamos. –Carmen tiene que estar en la casa a las siete. Los padres son muy estrictos. Así que a las ocho me parece bien. ¿Conoces la confitería Las Delicias?  ¿No? Es en Medrano y Rivadavia – precisó.

Para la tarde del domingo, a las cinco en punto, estaba como soldado firme en la estación Ramos Mejia. Llegó puntual, y después de los saludos nos sentamos en un banco de la plaza donde conversamos un tiempo. Mas tarde la invité a tomar un café en una confitería cerca de la plaza donde continuamos nuestra charlas de “bueyes perdidos”. A las seis y media Carmen dijo que tenía que irse porque los padres la estaban esperando. Nos despedimos con un beso ingenuo en la mejilla y acordamos que me llamaría en la semana para volver a encontrarnos.

Mientra regresaba en tren para encontrarme con la tía intentaba intrigado saber qué me diría. Todo parecía que Carmen era un chica normal, al menos así lo parecía. Quizá se olcultaba en ella una personalidad esquizofrenica, y la tía tratara de mitigar la reacción que podría producir en mi. En fin ya vería de que se trataba. En tanto el calor se hacia sentir sofocante.

Llegué a la confitería pasadas las ocho. Ella me estaba esperando en un rincón apartado del salón. Me acerqué y nos saludamos intercambiando besos en la mejilla. Seguido me senté. Hablamos sobre el sofocante calor y otras trivialidades cuando se acercó el mozo preguntando lo que me serviría. Opté por una gaseosa. El mozo se retiró y ella me preguntó cómo me había ido con Carmen. Respondí que bien. Asintió ella y señaló que su sobrina era una chica sensible. Y me advirtió que no la debía herir. Y que si no tenía fines serios era mejor que no la viera más. Y agregó todo aquello que le dice una madre al novio de su hija. ¡Y para decirme esto me citó! Pensé con cierta bronca. Continuó luego preguntando sobre mis gustos, aspiraciones; mi futuro. Hizo otras preguntas másy dijo que tenía que irse.

Salimos a la calle y nos recibió un aire caliente y sofocante. Si bien dentro de la confitería hacia calor (por aquella época no existian los aires acondicionados en esos lugares) fuera parecía el infierno. –Espera… -advirtió la tía con voz sofocante al tiempo que se sujetaba de mi brazo. Sorprendido noté que la piel de su rostro estaba blanca. –Sufro de baja presión -, aclaró con signo de costarle mantenerse en pie. Me asusté. –Esta humedad elevada no la soporto. Para colmo olvidé mis pastillas en mi casa-, dijo con esfuerzo rebuscando en su cartera. -¿Puedes acompañarme hasta mi departamento? Tengo miedo de tropezar… Vivo acá, a media cuadra… -señaló con pesadez. Dije que sí, que no se preocupara. Cruzamos Medrano y lentamente caminamos por Rivadavia. Unos treinta metros más adelante se detuvo ante una puerta. – Es aquí…

Buscó la llave en su cartera y un llavero relució en su mano antes de caer al suelo. Presto recogí el llavero, y luego de que ella me indicara cual llave introducir en la cerradura, abrí la puerta de entrada. Seguido subimos al ascensor hasta el quinto piso. Y esta vez ella abrió la puerta de su departamento. –En el baño tengo las pastillas…-dijo mientras entrabamos y señaló un sillón para que me sentara al tiempo que cerraba la puerta de entrada y se dirigía, supuse, al baño.

Esperé sentado en el borde del sillón con la sensación de estar confundido. Con los ojos puestos en la puerta del baño oí el sonido del agua de una canilla. Desvié la vista y me distraje unos segundos observando a mi alrededor. En la entrada, un diminuto pasillo conectaba con una pequeña cocina que ya había visto fugazmente el ingresar. Y a mi izquierda una ventana daba a un hueco de luz. A mi derecha un tabique de maderadividía el monoambiente en dos. Había pocos muebles, una mesa con sillas, el sillón en que me encontraba sentado, una especie de bargueño; un Winco, y una colección de longplays. Se notaba austeridad y buen gusto.

Minutos después salió del baño con aire más animado. Supuse que la pastilla le había levantado el ánimo. – ¡Uf! ¡Qué calor! –exclamó apantallándose con una mano. –Ponte cómodo, sácate el saco y la corbata-, sugirió. Al mismo tiempo abrió la ventana y se dirigió al otro lado del tabique. –Vení Pasá a este lado que está más fresco… -sugirió. La seguí sintiendo que continuaba confuso. Mientras abría un ventanal observé contra una de las paredes un diván que supuse se convertiría en cama. Sobre la pared del diván lucia un poster de Nureyev y Fonteyn en la clásica pose del “Paraíso Perdido” que dio la vuelta al mundo.

Insistió Lucia, ya debo llamarla así, que me sacara el saco y la corbata y respondí que no era necesario porque ya me iba. Que si se sentía bien no era necesario que me quedara. –Bueno, pero antes toma un vaso de agua con limón-, ofreció. Y antes que respondiera se dirigió a la cocina. –Siéntate, acá está mas fresco…-dijo señalando el diván. No obstante el ofrecimiento me mantuve de pie mirando hacia el ventanal.Continuaba confuso y no sabía el por qué. Me acerqué al ventanal y miré hacia abajo. Unas plantas ocupaban el piso bajo.

Volvió Lucia con el vaso que agradecí. Mientras bebía observé a Lucia que se había sentado en el diván. Vestía una blusa blanca similar a la que vi lucir a Ava Gadner en una película. Un cabello negro y unos ojos brillantes que me miraban divertidos. Sentí ante ella cierta excitación que sumó a la confusión que ya llevaba. Noté que se había descalzado y la blusa colgaba fuera de la pollera. Verdaderamente estaba sexi, y yo me estaba poniendo más nervioso.

Terminé de beber y ella estiró la mano y tomó mi vaso que puso sobre una mesita al lado del diván. Insistió que me sentara. Accedí, ubicándome al borde del diván. Luego ella tomó mi mano diciendo que su corazón latía normal y que lo comprobara llevando  la palma de mi mano  a su pecho. Al posar la mano sobre su pecho me desorienté y excite más. Aún más cuando ella sin soltarme pasó mi mano por debajo de la blusa. ¡No tenía corpiño, y mi mano se apoyaba sobre el duro pezón! Sus ojos brillantes parecían decir -¡que esperas!