Archivado en August, 2013

Encuentro

Friday, August 9th, 2013

-Federico se dirigió hacia la salida con paso ágil a pesar de sus setenta y dos años. Estaba satisfecho con las herramientas compradas en el remate del Banco de Préstamo de la calle Esmeralda. Ya en la puerta del banco oyó que lo llamaban por su nombre. Sorprendido se detuvo y giró buscando el origen de la llamada.

-¡Tío Federico! -volvió a oír, y advirtió que un hombre de edad madura acompañado con un joven de unos quince años se acercaba a él. De inmediato reconoció a Alberto, el hijo de su hermana Catalina, y supuso que el joven sería su hijo.

Luego de los saludos protocolares y las justificaciones de cada uno del por qué estaban ahí Federico tomó la iniciativa y los invitó a tomar un café en un bar cercano.

-¿Y, de la familia, qué se sabe…? -quiso saber Federico una vez que se sentaron frente a una mesa del bar y pidieron los cafés y la gaseosa para el joven.

-¿Estás enterado, tío, que falleció Otto?

-No… -respondió Federico con aire fingido de sorpresa.

-Y tío Ernesto…

-Ernesto también… -murmuró Federico pensativo. Por unos segundos se mantuvo en silencio con la vista perdida. En esos segundos una confusión de imágenes, como un calidoscopio, llenaron su memoria. Sus dos hermanos, más joven que él, habían fallecido. Hechos del pasado, recuerdos de su juventud, y de no tan joven, se confundían con reproches de su conciencia. Y tomó razón que pronto él también sería en poco tiempo un recuerdo. Desvió su vista y chocó con la mirada del joven. Le sonrió al tiempo que recordaba a su hijo. Había cosas que arreglar con él se dijo. ¿Pero cómo encontrarlo? ¿Dónde viviría con su madre? O era probable que ya no viviera con la madre. ¿Cuánto años tendría? Quizá veinte… Su sobrino lo sacó de su abstracción y conversaron un rato más. Luego se despidieron prometiéndose verse más adelante, sabiendo él que se trataba de una promesa meramente formal.

Se dirigió a tomar el subte en tanto volvió a pensar en su hijo. Recordó entonces que debía estar por vencer la cuota anual de la “Youngmen”. Se detuvo y sacó del bolsillo interior de su saco la agenda. Pasó unas hojas y confirmó que efectivamente en quince días vencía la cuota. Es probable que lo encuentre ahí, pensó vacilante.

-Está su abuelo en el comedor -anunció solícito el conserje en cuanto Jorge ingresó a la “Youngmen”.

-¿Mi abuelo? -dijo extrañado, y de inmediato comprendió. -¡Ah, sí! Gracias -agradeció confuso y se dirigió al comedor.

Mientras ascendía la escalera de mármol se dijo que, como siempre, su padre se aparecía de improviso, sin dar aviso previo. Luego pensó en la confusión del conserje. Siempre confundían a su padre con un abuelo. Claro había razones para esa confusión: él ya tenía veintiún años y su padre frisaba los setenta y tantos. Edad ésta que se tienen nietos y no hijos. Pero el viejo se mantenía bien reconoció.

Y ahora apareció. ¿Cuánto hacía que no lo veía? Más de un año. Entró al comedor y, en una rápida mirada, lo ubicó en una mesa alejada. Estaba sentado leyendo un diario. Así sentado y encogido, con el armazón de los anteojos colgando casi en la punta de la nariz semítica parecía un viejito bueno. Pero no había que equivocarse, juzgó, y se acercó.

-¡Hola, papá! -Saludó y se inclinó para darle un beso. Federico respondió el saludo y sonrió complacido. Seguido preguntó qué tomaba.

-Bueno, voy a tomar el té con masas. ¿Qué te traigo?

-Otro café -respondió el padre señalando el pocillo vació. Jorge asintió y se levantó para hacer el pedido y traerlo a la mesa ya que en el lugar se atendía por autoservicio.

-No te esperaba, por aquí -señaló Jorge al regresar con una bandeja y mientras alcanzaba el pocillo a su padre.

-Llegué ayer de la Patagonia… -respondió su padre simulando indiferencia y desviando la vista. Jorge asintió en silencio removiendo la cucharita en la taza de té. Intuyó que éste le estaba mintiendo. El viejo está jubilado, recordaba, y estoy seguro que no trabaja.

-¿Qué estás leyendo? -Preguntó su padre señalando un libro que su hijo había traído con él, y dejado a un costado de la mesa.

-Los cuatro Jinetes del Apocalipsis -aclararon sin tomarse el trabajo de mostrarle el libro. Se le ocurrió pensar que el viejo, en algunos aspectos, se parecía al alemán Hartrott, unos de los protagonistas principales de la novela de Blasco Ibáñez.

-¿Cuando vence la cuota del club? -oyó que preguntaba su padre al tiempo que sonreía sabiendo que era una pregunta retórica puesto que su padre sabía muy bien cuando vencía.

-No te preocupes. Este año no tenés que pagar.

-¿No?

-A los muchachos que están haciendo el servicio militar el club los libera de la cuota social por un año.

-¿Estás haciendo el servicio militar? -se sorprendió Federico.

-Unos meses… Luego me dieron la baja por hijo único de madre soltera -subrayó.

-Ah… -exclamó su padre por lo bajo y desviando la vista pensativo. Así que el muchacho ya tenía veintiún años, reflexionó. Se sintió incomodo. Su hijo había subrayado las palabras: “hijo único de madre soltera”. Miró al joven de soslayo, mientras éste se llevaba una masita a su boca. ¿Se parecía físicamente a él? se preguntó. No lo sabía. Le había oído decir a Lola, infinidad de veces, como reproche que: “Tu hijo es asqueroso igual que vos” refiriéndose a ambos. No sabía si lo decía por la personalidad, o por el físico. O por ambas.

En tanto, Jorge, pensaba que el viejo debía estar feliz de no tener que pagar la cuota anual de la “Youngmen”. ¡Con lo amarrete que era el viejo!, exclamó en su interior. Salvo alguna ropa comprada cuando era más chico en Gath & Chávez, o en el Hogar Obrero, nunca se molestó en hacer otros gastos. ¡Ni para su educación! volvió a exclamar con amargura. Con excepción, reconoció, de la “Youngmen” que venía pagando anualmente desde los nueve años. Y pagaba por año con la excusa de que trabajaba todo el año en una estancia en la Patagonia. Pero la real excusa, consideró, era para no tener la obligación de encontrarse más seguido con él y con su madre.

-Compré una casa en Haedo. Modesta -oyó que decía. -Y me gustaría que la conocieras -. Jorge se esforzó en mantenerse indiferente. -¡Salute con el viejo! -Exclamó sorprendido en su fuero interno y añadió -¡Me está invitando a su casa! Hizo memoria que, desde que tenía edad para preguntar dónde vivía su padre, nadie sabía decirle. Ni a él ni a su madre el viejo jamás permitió preguntarle. Y de su trabajo sólo sabían por referencias casuales de él mismo, que comentaba como al pasar, o por alguna infidencia de su madre.

-¿Quieres venir el domingo a tomar el té? -oyó que lo invitaba su padre con aparente indiferencia.

-Bueno, sí. Me tenés que decir como llegar.

Seguido su padre sacó de su bolsillo un papel doblado en cuatro partes y lo extendió sobre la mesa. Había dibujado unas líneas a modo de mapa explicativo. Sonrió el joven y no dejó de maravillarse de la habilidad de su padre para dibujar con prolijidad y precisión de detalles la manera de llegar a la casa. ¡Tan distinto a la manera de ser de su madre! Atolondrada y poco hábil para la escritura.

§

Ese domingo Jorge descendió del colectivo y recorrió las tres cuadras de tierra hasta la casa.

Se detuvo frente al número que le había dado su padre, y apreció con cierta curiosidad la fachada. Un muro bajo de ladrillos a la vista, de no más de un metro de alto, seguido por un ligustro impedía ver la casa. Se acercó a la verja de madera y dio un vistazo más allá de la entrada. Un jardín no muy cuidado, con dos palmera y un pino, separaban la entrada de la casa. Ésta, de construcción prefabricada, estaba cubierta casi en su totalidad por una enredadera. El techo lucia con tejas españolas. A un costado un treillage romboidal dejaba adivinar la existencia de una galería.

No había timbre en la entrada y golpeó las manos para llamar la atención. Esperó unos segundos y por detrás del treillage apareció su padre acercándose a la verja. Abrió ésta y se saludaron y seguido lo invitó a pasar. Una vez que el joven ingreso, su padre señaló en el jardín un par de pequeños senderos recubierto con polvo de ladrillo. Orgulloso comentó que él los había diseñado. No obstante lo precario consideró que estaban bien hechos. Notó también que las plantas crecían libremente, en estado silvestre, sin orden ni armonía.

Luego el joven siguió a su padre hasta la galería y entraron a lo que parecía la habitación principal cuya superficie sería de cuatro por cuatro metros. Y paredes de madera. Dominaba el centro de la habitación una cama de hierro, de dos plazas, apoyado su respaldo contra la pared opuesta a la entrada. A cada lado de la cama se ubicaban un par de mesas de luz anticuadas. Por una única ventana ubicada del lado que daba al jardín y a la calle penetraban unos rayos de luz. De un lado de la ventana se situaba una antigua cómoda con espejo y mesada de mármol, y del otro lado un viejo ropero de tres cuerpos. En la pared opuesta a la ventana había una improvisada biblioteca con una cortina que ocultaba una veintena de libros y unos biblioratos. Completaba el mobiliario de la habitación una mesita con una máquina de escribir de los años treinta, cubierta con una funda plástica, y dos sillas estilo provenzal. A los pies de la cama se arrimaba un estropeado baúl de viaje. Al volver a pasar la mirada sobre la mesada de la cómoda descubrió una ajada tarjeta de visita. En una fugaz mirada pudo leer escrito con una birome, con letra clara: “Federico, estuvimos, y no estabas. Emma”. Simuló prestar atención al reloj de péndulo que colgado sobre la pared de la pequeña biblioteca y que en ese momento hacía sonar su carillón. Eran las cinco de la tarde. En tanto, su mente intentaba recordar que su madre le había comentado que su padre tenía una hermana llamada Emma que vivía en Lanús. ¿Cuántos hermanos tendría? Hizo memoria que su padre a los siete u ocho años le había contado, como una anécdota curiosa, que tenía un hermano ventrílocuo. Con gracia refirió que su hermano confundía a su madre -es decir a mi abuela, señaló – escondiéndose debajo de la mesa y, llamándola, hacía que su voz pareciera venir de lejos.

Siguió a su padre en el recorrido de la casa y pasaron a una habitación contigua. Ésta era chica, no más de dos por tres. Una pequeña mesa rectangular, cubierta con un rustico mantel, estaba arrimada contra una ventana angosta. Sobre la mesa había un juego sencillo de té, y unas facturas. En una rápida mirada, antes que su padre se lo explicara, comprendió que la habitación hacía de comedor, despensa y depósito de herramientas. Una segunda puerta comunicaba con una cocina. Ésta, a diferencia al resto de la casa estaba construida en material. Era un cubículo con dos puertas, a los extremos; una daba a la galería, y la otra al fondo de la casa. En las reducidas dimensiones había una pileta de loza con una canilla de agua fría; una corta mesada de madera y unos estantes. Sobre la mesada, un calentador de kerosene, calentaba una tetera de cuyo pico, como una locomotora, escapaba el vapor. Su padre recordó entonces que había dejado calentando el agua cuando él llegó. Apagó el calentador y propuso mostrarle la parte trasera de la casa antes de servir el té. El joven, asintió, y pensó, que la cocina era rudimentaria y pobre. No tenía heladera ni una sencilla cocina a gas. ¡Ni siquiera contaba en la cocina con agua caliente!

Fuera, un patio reducido cuyo ancho no pasaría de los dos metros hasta la medianera de los vecinos y no más de cuatro metros de fondo. Al costado, separado por un pequeño pasillo y pegado a la pared estaba el baño. Éste era un excusado, un agujero en el piso, revestido en cemento, y una ducha eléctrica. Por lo menos se baña con agua caliente, comentó para sí.

De una ménsula, sujeta en la pared externa de la cocina, colgaba una fiambrera de alambre, y dentro un trozo de carne, y unos tomates. No terminaba de sorprenderse ante lo primitivo, a su entender, en que vivía su padre. No sabía si se debía a su pobreza o a su tacañearía. Y, bueno, si es feliz así, allá él, exclamo en su fuero íntimo.

Volvieron a entrar y su padre lo invitó a sentarse a la mesa, y sirvió el té. Su padre conversaba animadamente sobre cómo había comprado la casa y los arreglos que había hecho en ella. Estaba orgulloso del empapelado que había colocado en las paredes de la pequeña habitación en que se encontraban. Era un papel barato pero el joven se sorprendía de lo bien colocado que estaban.

Luego del té volvieron a la galería y se sentaron en unas reposeras. La de su padre estaba cubierta, a modo de tapizado, con una piel con lana de oveja. Éste le aclaró que la había traído de la Patagonia. Un cálido sol de otoño mitigaba la fresca temperatura e invitaba dormitarse.

La referencia sobre la piel de oveja dio pie a que el joven preguntara cómo había llegado a la Patagonia. Era una oportunidad de conocer a su padre un poco más, siempre esquivo con respecto a su vida privada.

-Con la Dirección General de Tierras y Colonias -respondió afable. -Había que mensurar los campos de explotación lanar -añadió -Y yo iba con la Comisión de Agrimensura como apuntador.

-¿En qué año?

-Eh… Ah… -por unos segundos quedó pensativo. -Mil novecientos quince… No, dieciséis… Sí, mil novecientos dieciséis.

Pero al llegar a Puerto Deseado -continuó -el ingeniero, que ya estaba allá, vio que físicamente era distinto a los rústicos peones de la zona. Y opinó que era superfluo para el trabajo en el campo. Y entonces, como yo hablaba alemán, me recomendó a la Casa Lahusen, un almacén de alemanes. Y, como a ellos le convenía andar bien con el ingeniero, porque tenían campos que mesurar, enseguida me dieron el trabajo de cajero.

Por un rato, Federico se mantuvo en silencio, su mente recordaba que tenía veinticinco años cuando llegó a Puerto Deseado. Ya habían pasado cuarenta y seis años de aquella aventura.

-Pero después trabajaste en una estancia… -oyó que decía su hijo.

-Ah… Sí. Pero eso fue más adelante, cuando tuve que renunciar por razones morales de la casa Lahusen… En 1921…

-¿Por…? -Se extrañó el joven. Federico quedó pensativo, tratando de ordenar sus pensamientos. En su rostro se notaba que no tenía muchas ganas de contar el episodio.

-Estando en Puerto Deseado -se decidió a narrar -yo era uno de los pocos que recibía el diario La Vanguardia…

-¿Y eso que tiene que ver?

-Bueno, sucedió que los esquiladores pidieron dos centavos más por chapa. Entonces liderada por la Sociedad Exportadora de Menéndez y la casa donde yo trabajaba y los estancieros… Ellos se sindicaban como los reyes de la Patagonia… y se negaron a pagar los dos centavos de aumento.

Al negárseles, los esquiladores solicitaron la cooperación de los esquiladores de San Julián, de Río Gallegos y de Río Grande… Y pararon el trabajo de esquila…

Entonces Menéndez y los estancieros, con el párate, se vieron con un beneficio menos. Y avisaron a Buenos Aires que en la Patagonia los esquiladores se habían levantado en huelga con el argumento de obstaculizar los intereses de los estancieros. En Buenos Aires, el gobierno, que estaba pegado a los intereses creados de Menéndez y los estancieros, mandó la tropa para establecer el orden… Y al mando de toda la tropa estaba el Tte. Cnel. Varela. El gobierno le había dado la orden de detener a todos los que se resistieran a volver al trabajo.

Entonces al llegar a Río Gallegos, el Tte. Cnel. Varela, preguntó: ¿Quiénes son los cabecillas? Y le han dicho, fulano, mengano; esto y aquello… Y les señalaron a un grupo de esquiladores que estaban agrupados en un campo.

Ahora bien, como toda paisanada del campo tienen dos o tres caballos que llevan con ellos como montura de recambio para viajes largos. El Tte. Cnel. Varela ignoraba esto. Y cuando fue con la tropa para ver donde estaban reunidos… Reunidos, ¡juntados! Y cada uno con sus dos o tres caballos… ¡Claro, daban la impresión de un voluminoso ejército! Entonces la única forma que se le ocurre para hacerle frente era ¡ratatata…! con la ametralladora…

Y eso pasó. Entonces Varela telegrafía a Buenos Aires pidiendo refuerzos y diciendo ¡que se habían levantado en revolución! Y cuando llegan los refuerzos empezaron a tirar abajo a todo el que se les ponía enfrente…

Y eso es lo que pasó en la Patagonia… El Tte. Cnel. Varela cuando volvió para Buenos Aires tuvo su castigo, también. Un anarquista dijo a este lo voy a liquidar… Anarquista, digo yo, porque tenía una bomba… Aunque para tener una bomba no se necesita tener un ideal.

-¿Pero eso que tiene que ver con vos…?

-¡Ah, bueno! En Puerto Deseado algún envidioso, o alcahuete de los milicos, me sindicó a mí y a dos más como que estábamos involucrados en la revuelta: ¡Porque recibíamos La Vanguardia! ¡Y porque éramos socialistas debíamos ser anarquistas! Mirá vos que disparate… ¡Ni siquiera sabían hacer el distingo!

-A lo mejor los otros dos estaban involucrados…

-¡No, qué va…! -interrumpió haciendo un gesto con la mano. -Uno se llamaba Portales, que era el jefe del ferrocarril que iba a Río Turbio… El otro, Correa Alegre, era el telegrafista del ferrocarril… Y el otro era yo…

A los tres nos chaparon y nos metieron en una barraca. Porque en la comisaría no había lugar para nosotros. Nos custodiaban tres milicos… Conversábamos con ellos para no aburrirnos, y no aburrirse ellos. ¡Je! ¡Je! Hacíamos camaradería… Fíjate que uno de los milícos era de Lanús, y hablábamos de gente conocida de allá…Después de todo de ahí no podíamos dispararnos. ¡Era como si estuviéramos en el Polo!

-¿Y luego, qué pasó?

-Después… nos llevaron en vapor a Río Gallegos. En un vapor de propiedad de la compañía Menéndez…

Allá, en Río Gallegos nos llevaron en un camión, hasta la cárcel. A Portales, Correa Alegre y a mí. A los tres. Nos llevaban unos soldados, con fusil y bayoneta calada.

Cuando íbamos en camino, un poco para entretenerme en el viaje, le digo al soldado que estaba a mi lado, un conscripto, -qué buenos Máuser que tienen. ¿Y son precisos? ¿Disparan lejos? -Y me responde: -Sí, como no. Fíjese que bueno serán que le disparamos la otra vez a unos vecinos que estaban curioseando a unos mil metros… Y hasta allá llego la bala…-Y se quedó pensativo. Entonces le digo -¿Y…? – Y me responde -ahí quedó…

-Qué, ¿lo mató?

-¡Ah, no sé! Me responde… Bueno, y así llegamos hasta un pabellón… Había una piecita. Y ahí nos dejaron. ¡Y ahí estábamos los tres más bandoleros! -ironizó con una sonrisa.

-¿Y después?

-Un día… Al segundo o tercer día… Viene un milico con galones con un ayudante. Entra a la piecita y saluda -Buenos días -.

-Buenos días -respondimos nosotros.

-¿Quién es Federico, el alemán? -pregunta. -Soy yo -respondí. -¡Ah! ¡Pero me da lastima en Ud.! -exclama, y agrega -¡Un hombre culto, que habla alemán, metido con todos los bandidos!

-Pero yo no los conozco -respondo yo sorprendido. -No sé si son bandidos -agrego.

-Bueno, cállese -me conmina. -Hay gente que tiene un buen concepto de Ud. Pero también muy malo -juzga en una evidente contradicción, y luego reacciona diciendo: -Bueno, muy bien, acá es para que firmen esto -y me muestra un papel escrito a máquina. Y yo lo tomó y pido una lapicera para firmar que me alcanza el milico. Entonces salta Correa Alegre. -¿Pero qué es lo que vas a firmar? Esperá, déjamelo leer… -lo lee y dice: -¡Che; aquí dice: Póngase en libertad a nosotros tres! -Y ahí no más firmamos los tres. Y ahí terminó el episodio -concluyó con una sonrisa divertida mirando a su hijo.

-¿Y cómo, así no más? -quiso saber el joven sospechando que faltaba algo más en el relato.

-Parece que una persona -respondió concentrado después de unos segundos de silencio, -telegrafió a Buenos Aires pidiendo respeto por nuestras vidas. Y de Buenos Aires solicitaron informes. Y entonces cambiaron la sentencia de muerte, por la de libertad.

-¿Y luego que hicieron?

-Resulta que había que regresar a Puerto Deseado. Y no teníamos un centavo. Entonces fui al subjefe de la policía, y éste nos mete en un buque que venía de Punta Arenas, y nos manda a casa de nuevo.

Y todo por Menéndez y los estancieros que no querían dar dos centavos más por la chapa de la esquila. Si no le convenía a ellos ya era delito…

-Y en Lahusen, ¿qué te dijeron?

-Nada.

-Seguiste trabajando…

-¡No…! No, yo no hubiera aceptado volver a trabajar con ellos. Después de allí me fui a trabajar, como administrador, a una estancia…