Archivado en September, 2013

Sueños

Saturday, September 7th, 2013

Cuando dormimos, el cerebro liberado del control de la razón, crea historias fantásticas.  En segundos extrae el material guardado en la memoria al mismo tiempo que crea el argumento, arma los diálogos, diseña el ambiente y elige los actores  presentando una obra de teatro que nosotros, espectadores obligados, llamamos “sueños”.

El soldado desconocido

Saturday, September 7th, 2013

I

La mañana soleada de fines de abril con el aire fresco de la primavera contribuía a que el anciano, con paso vacilante, disfrutara la caminata por la avenida de los Campos Elíseos en París. Al llegar frente al Arco de Triunfo y observar el monumento arquitectónico sintió un impulso curioso y cruzo hacia plazoleta circular. Ya en ella se detuvo pasando la mirada por todo el contorno y vino a su memoria el recuerdo de la primera vez que conoció París.

Volvió a mirar hacia la avenida de los Campos Elíseos, y se vio esa mañana de junio de 1940 erguido en la torreta de su panzer desfilando triunfante ante franceses que apostados en una larga fila sobre la vereda observaban en silencio, entre atónitos, dolidos y curiosos el paso del ejercito conquistador.

Fue una entrada distinta, reflexionó. En el Sarre, en el Sudetes y en Austria fueron recibidos con entusiasmo y admiración. En cambio, en París, tuvieron un recibimiento de una ciudad apática, resignada, y en algunos con odio reprimido. En un primer momento tuvo la sensación de entrar en una ciudad fantasma. Pero a los pocos días la urbe volvió a tener el ritmo nervioso que la caracteriza y los parisinos continuaron su vida normal, soportando a los “conquistadores” y simulando indiferencia. Al menos en los primeros tiempos… Y en Varsovia fue muy distinto, – murmuró, rememorando sus experiencias de la guerra.

Giró su cabeza tratando de olvidar las imágenes que venían del pasado y su mirada chocó con la llama votiva que custodia la sencilla tumba en que están sepultado los restos de un soldado no identificado: Ver la tumba del soldado desconocido y asociarla con otro soldado renovó sus recuerdos de guerra; recuerdos que quería olvidar pero que insistentemente volvían a su memoria negando a ser borrados. – Aquel soldado de Varsovia, – siseó sin dejar de mirar el fuego, – también era un soldado desconocido.

Apartó la vista de la llama, y girando nuevamente se dirigió hacia las Tullerías. Mientras caminaba comenzó a reconstruir el rostro de aquel soldado que el destino lo cruzó en su camino.

A finales de septiembre de 1939 su pequeña sección panzer estaba estacionada, esperando ordenes, a unos diez kilómetros al este de la ciudad de Varsovia. Su última misión había sido la de “limpiar” el camino que une Bialystok con Varsovia de probables focos de resistencia. En realidad no encontró resistencia, salvo algunos soldados polacos dispersos que los tomó prisioneros. El ejército polaco había sido totalmente vencido y quebrada su moral combativa, por lo que era razonable que no encontrara ninguna oposición a su paso.

Cuando ya pensaba que el ejército se había olvidado de él y de sus hombres recibió por radio, a primera hora de la mañana, la orden de trasladarse, solo él, de inmediato a la ciudad de Poznan, y ponerse a las ordenes del general Petzel, comandante militar de la ciudad. Se fastidió por tener que dejar su unidad y a su vez le pareció extrañó su traslado sin su blindado a un nuevo destino militar que ignoraba. Pero en la wehrmacht ordenes son ordenes y no se discuten sentenció. Una hora después un suboficial al volante de un VW militar lo recogió y puso rumbo a su nuevo destino debiendo pasar obligadamente por el centro de Varsovia.

Dos horas después se sorprendió al cruzar por la ciudad totalmente derruida, literalmente arrasada por los cañones, los blindados y la aviación. Y admitió que desde el punto estrictamente militar no hubiese sido necesario haber efectuado tal operación destructiva. Sin embargo, reconoció, que era la nueva concepción de la guerra. No solo la aniquilación del ejército enemigo, sino también la aniquilación moral de la población civil mediante la destrucción total de las ciudades o pueblos. Entre los escombros aún se veían cadáveres de civiles mutilados mientras que soldados polacos prisioneros los desenterraban de entre los escombros y los cargaban, como si fueran bolsas, sobre un carro tirado por una mula. Observó que los soldados hacían este trabajo con la mirada perdida.

Más adelante una abigarrada columna de prisioneros civiles marchaba custodiados por soldados hoscos. Los rostros de los prisioneros denotaba angustia y cansancio. – Judios…- murmuró con desdén su chofer señalando con su barbilla hacia la columna. Miró sorprendido por un breve segundo al suboficial e iba hacer un comentario reprobable pero desistió.

Pasado el medio día el VW se detenía ante el edificio del ayuntamiento de la ciudad de Poznan donde se había asentado el cuartel general del comandante militar de la ciudad, y rato después se presentaba ante su nuevo jefe. Este lo estaba esperando junto a un capitán de las SS.

Se cuadró haciendo sonar los tacos de sus botas y saludó con el brazo extendido a la manera de los legionarios romanos, y adoptado por el partido, pronunciando el saludo ritual – ¡Heil Hitler! – Con la misma energía y forma respondió el saludo el oficial SS, y advirtió que su nuevo comandante respondía con poco entusiasmo el saludo levantando la mano con gesto lánguido y pronunciando la palabra ritual en tono desganado.

Sabía que muchos oficiales de la wehrmacht, aunque adheridos al partido, no se adaptaban al nuevo saludo que había sustituido al tradicional saludo militar de la venia. Pero además había oído rumores de que su nuevo jefe no simpatizaba mucho con el partido, y se decía que no demostraba mucho entusiasmo con los métodos del ejército paralelo formado por los SS. – Capitán Werra, – le espetó sin preámbulos el general. – ¿Está Ud. al tanto de los reglamentos disciplinarios y los procedimientos de una corte marcial en tiempos de guerra? – Sorprendido por la pregunta y aterrado pensando en que lió se había metido como para merecer una corte marcial respondió con un débil “sí”.

- Muy bien, capitán, para mañana a las 0745 horas se hará un juicio sumario a un soldado. Ud. será el fiscal acusador…

Sintió un gran alivio al darse cuenta que lo cosa no era con él. – Mi general, yo no soy abogado, – atinó a decir aprovechando la pausa de su jefe y de inmediato se arrepintió de excusarse al notar los ojos encendidos del general. – El capitán Bach estará a cargo de la defensa, – continuó el general haciendo caso omiso a la excusa y señalando al SS a modo de presentación. Éste hizo una leve inclinación de cabeza acompañada de una ligera sonrisa. – Busque al sargento Stern, en la Oficina de Justicia, – agregó, – tiene el sumario, léalo y prepárese, – concluyó haciendo un ademán para que se retirase junto con el SS.

En el pasillo el SS le extendió la mano y apuntó pomposo – Esperemos que la verdad y la justicia ilumine al tribunal. – Él contestó vacilante unas palabras de compromiso mientras estrechaba el fuerte apretón de mano y su mente trataba de entender la situación que se encontraba. Luego escuchó el enérgico – ¡Heil Hitler! – del SS despidiéndose que él respondió por reflejo quedándose solo.

II

El edificio del ayuntamiento de la ciudad de Poznan era un hervidero de uniformes militares alemanes que entraban y salían de despachos y se desplazaban como hormigas enloquecidas por los pasillos; se escuchaban y se confundían las ordenes y contraordenes dadas con voz altisonante y los tacos de botas retumbando sobre el embaldosado. Como siempre, reflexionó, detrás del ejército conquistador venía otro ejército: el de los burócratas, que todo lo quiere reordenar, desordenando lo ordenado, inventando nuevos formularios, nuevas ordenanzas, disposiciones y reglamentos; mudando oficinas, cambiando nombres, suprimiendo esto o aquello por lo mismo. Creando el caos en aras del orden. Las distintas dependencias burocráticas se estaban instalando y pujaban unas y otras compitiendo por obtener el mejor espacio dentro del edificio. A ello se sumaban los reclamos y peleas por las perdidas o “sustracciones” de elementos de oficinas (escritorios, ficheros, sillas, etc) que necesita el burócrata que acompaña a la vanguardia de todo ejército. Reflexionó que muchas veces la burocracia podía ser más despiadada y destructiva que las bombas y los fusiles.

Y como era de esperar todos creían saber donde quedaba la Oficina de Justicia, indicándole el camino a seguir, aunque cuando llegaba a destino recibía un: “No es aquí. Vaya allá” Por fin en el quinto intento subiendo y bajando escaleras y deambulando por laberínticos pasillos encontró la dichosa “oficina” en el subsuelo del edificio. Por un estrecho, oscuro y extremadamente húmedo pasillo llegó hasta una puerta con un papel pegado de apuro con la inscripción “Oficina de Justicia”. Consideró con ironía que como símbolo la justicia estaba muy abajo. En cuanto ingreso a la precaria habitación, sin ventanas, e iluminada con una bombita colgada del techo que expandía una luz pálida, se encontró con tres suboficiales, dos de ellos despatarrados en unas sillas desvencijadas y un tercero en cuclillas fumando. Se reían y daba la sensación de que estaban comentando anécdotas graciosas. Ante la entrada de un oficial superior los tres demudaron sus rostros y como un resorte su pusieron de pie y en posición de firmes al tiempo que efectuaban fuerte y rígidos el saludo ritual. Él respondió el saludo a desgano (pensó que se estaba pareciendo al general en la manera de saludar) y quitándose la gorra y colocándosela debajo de la axila preguntó quién era el sargento Stern. Uno de ellos se adelanto con paso firme y se puso a sus ordenes. Luego de explicarle los motivos de su presencia, el sargento tomó de una mesa una prolija carpeta y se la entregó. Con la carpeta en sus manos buscó donde sentarse advirtiendo que había dos escritorios destartalados junto a las dos sillas donde habían estado sentado los otros dos suboficiales, en el mismo estado lamentable, uno de los escritorios tenía una vieja máquina de escribir y una lámpara en idénticas condiciones que el mobiliario; en el segundo escritorio dos canasto contenían papeles colocados prolijos junto a un par de cajas nuevas desentonando con el entorno. Completaba el mobiliario un desvencijado archivo de metal que junto a los demás muebles contribuían a crear un ambiente sórdido. – Es lo que nos dieron… y que pudimos conseguir, mi capitán, – comentó el sargento adivinando su pensamiento. Hizo una inclinación de cabeza como dando a entender que comprendía la situación. Luego se sentó en el escritorio dejando a un lado su gorra junto con sus guantes y encendió la lámpara. Al mismo tiempo el sargento pidió autorización para continuar con sus respectivas tareas y obtenido el permiso se pusieron a ordenar y revolver papeles. Mientras, él abrió la carpeta y comenzó a leer detenidamente el sumario. En resumen el acusado, soldado de primera clase Werner Müller, perteneciente a uno de los regimientos de infantería del III Ejército, tenía orden de requisar una granja que estaba en el camino de su regimiento para asegurarse que no se escondían soldados polacos y, según sus declaraciones, se dirigió hacia la casa del granjero con la intención de cumplir la orden rutinaria. No fue bien recibido por los ocupantes de la casa y tuvo una discusión y se fueron a las manos; obligándose el soldado a reducir a las dos mujeres, una anciana y la otra joven. Luego de la inspección de la casa confirmando que no había ningún soldado polaco y nada sospechoso que atentara contra el ejército alemán se retiró. Y eso era todo. Sin embargo, el granjero, que había estado ausente en el momento que ocurrieron los hechos, se presentó, horas después, nada menos que ante el comandante militar acusando de robo al soldado y golpear a las dos mujeres indefensas. “Y por supuesto, – reflexionó con un dejo de ironía, – el ejército podría tolerar que un soldado le pegara a una mujer pero no aceptaría que cometiera un robo, y menos un soldado raso.” Tomó algunas notas y satisfecho cerró la carpeta con un movimiento rígido, recogió su gorra y guantes y se irguió devolviendo la carpeta al sargento, para luego retirarse de la habitación, previo saludo a sus tres ocupantes cuyos semblantes denotaban el alivio de volver a quedar solos.

En el oscuro pasillo se encasquetó la gorra y se enfundó los guantes para luego sacudir con sus manos su cuerpo intentando sacarse la fría humedad que sentía se le había pegado a su piel.

En las escalinatas del ayuntamiento buscó donde estaba estacionado su VW y una vez ubicado se dirigió al vehículo y ordenó a su chofer, mapa en mano, que tomase el camino a. la granja donde se había cometido el supuesto delito. Esta estaba ubicada a veinticinco kilómetros al norte de Poznan en un camino secundario. En un viaje normal tardarían una media hora en llegar. Sin embargo les insumió mas de una hora y media ubicar la granja.

La tierra que rodeaba la granja era yerma y desolada creando una sensación de desolación, que el día gris de principio de otoño contribuía a remarcar. La casa del granjero, similar a una “dacha”, estaba semiderruida por el abandono y la pobreza.

Una vez frente a la puerta de entrada dio unos golpes y esperó que le abriesen. Minutos después al no obtener contestación entró. Se detuvo un instante en el vano al percibir sus fosas nasales un penetrante olor a ajo, grasa de cordero y pies sucios. Luego entró, una sola ventana pequeña que no alcanzaba a iluminar con la luz del día el oscuro recinto dejaba ver entre luces y sombras una habitación que hacia de sala, comedor y cocina con unos pocos muebles viejos hechos a mano esparcidos por el suelo y rotos. Como si una estampida de animales hubiese pasado por la sala arrasando con furia incontenible todo lo que obstruía su paso. A un costado, un tosco hogar de piedra, esparcía sus cenizas sobre el sucio piso de madera. A su derecha había una puerta; era una segunda habitación, más pequeña, con otra pequeña ventana, en la que cabía una cama de hierro de dos plazas y un ropero, dejando un mínimo espacio para desplazarse. El ropero tenía la puerta abierta; contenía escasa ropa gastada y de confección casera desordenada como si alguien hubiese estado removiendo buscando algo, alguna ropa estaba desparramada por el piso. El colchón, desplazado entre la cama y el piso, tenía un cotín sucio y con grandes manchones de humedad y quizás orina se encontraba desgarrado, presumiblemente con una bayoneta, y el relleno de paja esparcidos por todo el piso.

Volvió a salir al porche y respiró profundo el aire fresco del campo que contrastaba con el olor hediondo del interior. Luego ordenó a su chofer que volvieran a la ciudad.

Una vez en la ciudad se dirigió directamente al edificio de la policía polaca. En el recinto se encontró con la misma actividad febril de quienes están ocupando un lugar que no conocen, y simulan conocer. Pero esta vez no eran uniformes militares los que corrían de una lado al otro sino SS y de la Gestapo. Notó que las ordenes eran dadas con mas aparatosidad e histeria por funcionarios de comportamiento pedante y además preocupados en hacerse notar. Se encaró con un oficial de uniforme negro que se notaba se encontraba a sus anchas en su papel de “conquistador”, como si ellos hubiesen ganado la guerra contra Polonia y no los militares. El brillo de sus ojos denotaban fanatismo. Cuando preguntó por el prisionero, advirtió que éste se sorprendía, y luego su rostro adquirió preocupación, como quién creía tener todo bajo su control y se da cuenta que no es así. ¿Cómo era posible que él no supiera que había un soldado alemán detenido? – se pregunto estupefacto. ¿Un soldado alemán acusado de robo? No podía ser… – se respondió incrédulo. Y además, cómo era que él, responsable de la policía no lo sabía. – exclamó casi en un grito, y comenzó a aullar a sus hombres pidiendo un respuesta. No disimulaba que los militares no eran de su agrado, pero consideraba grave que un “polaco” acusara de ladrón a un soldado alemán. Comenzó a sentir cierto desagrado por ese hombre con reluciente uniforme negro que denotaba haber sido en otros tiempos un mediocre funcionario del estado y que ahora, con charreteras brillantes, parecía querer llevarse el mundo por delante. Recordó los consejos de su madre cuando con lagrimas en los ojos, angustiada por que él había decidido incorporarse a la wehrmacht, le aconsejaba mantenerse lejos de esos hombres de negro. Son necios que les han dado el poder de la vida y la muerte de sus compatriotas- sentenciaba angustiada.

Después de media hora de espera entre idas y vueltas y llamadas telefónicas de los subalternos del hombre de negro éste se acercó con aire jactancioso y le espetó que el soldado al que él hacia referencia estaba detenido en la comandancia militar. Que lo fuera a buscar ahí. No se privó de opinar que era humillante que se hubiese detenido a un alemán por una denuncia hecha por quienes son como animales. Además de sugerirle que como oficial alemán debía informarse correctamente de su misión y no andar vagando al buen tuntún buscando al prisionero. Tratando de ignorar los comentarios arrogantes del hombre de negro, saludo con desgano, despidiéndose, lo que fue contestado con la energía característica de los sectarios.

III

Volvió al subsuelo del ayuntamiento y otra vez en la Oficina de Justicia encontró a los tres hombres en total holgazanería; éstos al advertir su presencia se apuraron torpemente a simular que estaban atareados. Haciendo caso omiso al comportamiento de los suboficiales ordenó al sargento Stern que lo llevase hasta la celda donde estaba el acusado. Haciendo sonar los tacos el sargento pidió que lo acompañara. Salieron al húmedo pasillo y por este continuaron hasta toparse con una arcada donde un guardia se cuadro militarmente al ver a sus superiores; el sargento respondió al saludo militar agregando que iban a ver al preso. El guardia entonces haciendo sonar los tacos de sus botas giró sobre sus talones y comenzó a descender por una oscura y más húmeda escalera de piedra seguido por ellos. Él pensó que estaba bajando a los infiernos con la diferencia que en vez del calor del averno los recibía un frío húmedo y un vaho maloliente penetrante. Una auténtica mazmorra de la edad media, rumió para sus adentros.

Al final del último escalón sobre un banco había una lámpara de kerosén que iluminaba sombrío un estrecho pasillo con tres puertas de hierro con tachones oxidado y una pequeña ventana rectangular de unos 20 por 25 cm con un barrote en cruz en cada una de ellas. La típica puerta de un calabozo del medioevo, confirmó taciturno.

El guardia tomó una gruesa llave antigua que llevaba en la cintura y la introdujo en la cerradura de la primer puerta. La abrió con esfuerzo; los goznes oxidados chirriaron quejándose, quizás, de los siglos de inactividad. Luego el guardia tomó la lámpara de kerosén del banco e luminó el recinto. Pidió entonces quedarse solo con el preso y tomando la lámpara que le extendió el guardia ingreso al calabozo de gruesas paredes de piedra. Como en la granja, un fuerte olor a orina, excremento y paja húmeda inundo sus fosas nasales; el olor se mezclaba con el rancio olor a traspiración y mugre humana. Disimulo una mueca de asco tapándose la boca. Una mesa y un banco era el único mobiliario; sobre la mesa una vela encendida, cuya cera chorreaba sobre su gruesa superficie cilíndrica como si fuesen nervios, se consumía esparciendo una débil luz sobre un rincón del calabozo. No había ventanas y la luz de la lámpara que llevaba en la mano y la vela apenas alcanzaban para iluminar su alrededor dejando en total oscuridad los ángulos del calabozo. Por eso no vio al preso hasta que éste se corrió desde uno de los oscuros rincones hacia la mesa. Se cuadró militarmente y saludó extendiendo la mano y pronunciando el “¡Heil Hitler!” ritual. Ordenó que se pusiera en posición militar de descanso, mientras colocaba la lámpara sobre la desvencijada mesa. Estudió al joven que tenía enfrente suyo. El legajo decía que tenía veintidós años, aunque su cara era la de un niño; delgado y alto, probablemente 1,90 m: sus ojos celestes tenían un reflejo de inocencia que se acentuaba con su mechón rubio sobre su frente. Sus facciones expresaban temor. A simple vista no tenía la imagen del soldado pendenciero, y mas bien parecía un chico jugando a los soldados.

- Y, bien soldado. ¿Cómo justifica su comportamiento contrario al honor militar?, – preguntó retórico.

- No sé, mi capitán, – respondió con voz entrecortada y con la vista al frente. – Todo fue muy rápido…, – se interrumpió para contener el sollozo. Entonces le pidió que le relatase los hechos.

En síntesis él había llegado a la casa de la granja, en realidad una miserable choza, opinó, con la intención de cumplir la orden de requisa. Pensaba que los habitantes de la casa colaborarían. Lo recibió una mujer anciana y una joven de su edad; hablaban polaco, por lo que no se entendían. Por lo gestos de ambas mujeres interpretó que no querían dejarlo pasar y sospechó entonces que escondían algo. Venciendo la resistencia de ambas mujeres, que gritaban una jerigonza incomprensible para él, ingresó a la casa. Una vez dentro y después de una rápida mirada al cuartucho se dirigió al segundo cuarto, mas pequeño, que hacia de dormitorio seguido de las mujeres que no dejaban de parlotear, y al no encontrar tampoco nada sospechoso se decidió a salir. Giró sobre si mismo y se topó con la joven que estaba detrás suyo, y detrás de ésta la anciana. Fue entonces que advirtió que la joven llevaba prendido de su blusa un camafeo. En realidad era una barata imitación de un camafeo en latón y hueso. No obstante le recordó a uno autentico de su madre, y este recuerdo lo indujo a comentárselo a la joven mientras lo señalaba apoyando su dedo índice sobre la baratija. Dedujo que las mujeres no entendieron lo que él decía en alemán por la forma en que por un lado la joven retrocedió aterrorizada chocando con la otra mujer y ambas se pusieron a gritar como locas en su idioma. A la confusión se sumó que la anciana se adelantó, haciendo a un lado a la joven, lo cual no fue fácil por lo estrecho del lugar, y se abalanzó sobre él con los puños cerrados golpeándole el pecho con desesperación y aullando. En ese pandemónium que se armó en el angosto paso entre la cama y el ropero él solo atinó a retroceder y empujar a la anciana que calló al suelo; la joven espantada trató de huir dándose vuelta y él entonces pasando por encima de la anciana la tomó de un brazo y ella girando lo atacó con patadas e intentando arañarlo, trataba de defenderse lo mejor que podía; no conseguía desplazarse ni girar, estaba constreñido entre la cama y el ropero, mientras que la anciana en el piso se abrazaba a su pierna y se la mordía. Para sacarse a la mujer de su pierna la golpeo con la culata de su fusil haciéndole perder el conocimiento; en el forcejeo la joven se desprendió de él, e intentó nuevamente huir, lo que lo obligó a tomarla de la blusa y al tironear ella le rasgó la blusa, y luego se desmayó. Al ver a las dos mujeres en el suelo, se asustó y luego de unos segundos de indecisión salió corriendo.

- ¿Pero si eso ocurrió en ese cuartucho, que necesidad había para hacer ese revoltijo y destrozar los pocos muebles que había en el otro cuarto? – El soldado abrió los ojos sorprendido por la pregunta y contesto que no entendía. Volvió a reiterarle la pregunta aclarándole que había encontrado la “choza” como si un huracán hubiese pasado por las habitaciones. El joven soldado con una expresión confundida y voz entrecortada respondió que no había tocado nada. Juró, por su honor de soldado, que él no había destruido nada, y que a pesar de la lucha en la estrecha pieza nada se había movido de su lugar. Eso lo recordaba bastante claro, añadió, porque al ver a las dos mujeres en el piso, una casi encima de la otra, el pasó entre ellas, y antes de salir huyendo miró por todos los rincones tratando de encontrar un justificativo a la reacción de las dos mujeres hasta convencerse de que no escondían a nadie y que solo había sido una reacción histérica de ambas.

No muy convencido de la afirmación del joven soldado dio por concluido el interrogatorio saliendo del calabozo. Detrás suyo oyó el rechinar de los goznes de hierro de la puerta al cerrarse y los sollozos del soldado. Sintió pena por él.

Averiguo, luego donde se encontraba estacionado el regimiento del soldado y se dirigió hacia un sector de la ciudad donde habían establecido el comando. Una vez en el sector comprobó que los oficiales y compañeros del soldado Müller coincidían en que era un buen soldado, un poco retraído, pero jamás se les hubiese ocurrido pensar que fuera un ladrón y abusador de mujeres. Satisfecho con estas declaraciones, decidió que para completar la información y preparar la acusación debía hablar con las mujeres. No se sorprendió cuando, obligado a volver al edificio de la policía, nadie sabía el paradero de ambas mujeres atribuyéndolo a que en primer lugar ellos no habían tomado la denuncia y en segundo lugar: ¡Estaban en guerra! En un estado beligerante nadie se ocupa de los civiles. Y esto se lo confirmó el propio oficial de la Gestapo a cargo de la policía polaca con el cual había tenido el primer encuentro.

Frustrado volvió al ayuntamiento. En cuanto subió los escalones del edificio advirtió que el sargento Stern lo esperaba para comunicarle que el General Petzel reclamaba su presencia.

Una vez frente al comandante militar de la ciudad, éste sin saludar le advirtió:  -Capitán, está en juego el honor militar en este asunto. Si bien somos un ejército conquistador, no somos los bárbaros que arrasaron Roma. Por lo tanto el escarmiento debe ser ejemplificador, por sobre todas las cosas. No quiero clemencia, por atenuantes que seguramente invocará el abogado defensor.

Ud. ya debe saber la estrategia del abogado defensor. ¿No es así? – Iba a responder que no sabía cual era el planteo que haría el defensor, pero tragó saliva y se quedó mudo. El general lo miró con ojos brillantes: – ¿Qué hizo hasta ahora…? – preguntó con una voz de bajo.

Volvió a tragar saliva y resumió lo que había hecho hasta ese momento, agregando que el estado de destrozo en que encontró la casa mostraba que el soldado acusado había actuado con una furia de un enajenado y se lamentaba no poder hablar con las victimas del abuso ya que no las encontró, pero esperaba volver más tarde y hablar con ellas. Mientras daba cuenta de sus actividades notaba que el semblante del general se había puesto rígido y su mirada brillaba mas intensamente presagiando que algo andaba mal sin acertar a comprender qué era lo que lo estaba poniendo colérico.

- ¡Pero, Ud., capitán, no sabe ni donde está parado! – exclamó con furia interrumpiéndolo. – ¡Los destrozos en la casa no fueron provocados por el soldado, sino por los SS que se llevaron a toda la familia por ser judíos! ¿Me entiende? ¡Son judíos! ¿Aún no sabe qué significa ser judío para nuestro Führer? – Antes de que él respondiera el general, más calmo, agregó: – Capitán, el defensor, es un SS. Su argumento se basará en que siendo las “victimas” judías, no hay delito. Por lo tanto, Ud. deberá centrar toda su acusación en el honor militar, y en la desobediencia de una orden superior… – Calló abrupto y el silencio que se produjo permitió oír los sonidos de desplazamiento de tropas y voces de mando que provenían de la ventana que daba a la calle.

- Ese estúpido soldado robó, - continuó, más calmo – y el código militar dice que está prohibido, y entonces debe ser juzgado. No me importa si son unos sucios judíos. Lo que importa es mantener la disciplina y el orden. Y el orden se mantiene cumpliendo estrictamente el reglamento, a rajatabla,. – Hizo otra pausa fijando la vista en él: – Si permitimos que este soldado no sea ajusticiado por robar a un judío, mañana todos los soldados robaran a los judíos. Si somos permisivos con ellos, entonces habrá un hilo muy delgado para que luego comiencen a robar a los gentiles…

Desde ningún punto de vista debe Ud., capitán, dejar que este soldadito de plomo (supuso que se refería al SS) ponga al tribunal militar en condiciones de no poder juzgar bajo los principios del código militar. Lo que le estoy diciendo es una “sugerencia” no solo mía, sino también del tribunal y del Estado Mayor. ¿Me entiende, capitán?

-Pero, mi General, el defensor argumentará  que el objeto robado no apareció y que por lo tanto…

-Capitán-, interrumpió el general controlando su colera, -¿conoce la sentencia la mujer de César no sólo debe ser honrada; además debe parecerlo…?

Rato después, sentado en la Oficina de Justicia, recapituló lo que había oído y tomó conciencia de lo que estaba ocurriendo y no quería aceptar. Los judíos estaban siendo reubicados, como ganado, fuera de la ciudad, de la misma forma que se separa los animales que van al matadero con los que quedan para cría.

Admitía que hasta ahora se había mantenido al margen de la obsesión de los miembros del partido con respecto a que todos los males de Alemania eran por culpa de los judíos. También admitía que había mirado para otro lado cuando en el Sarre, en Chescolovaquia y en Austria había visto como trataban los SS a los judíos. Reconocía que su actitud de “indiferencia” tenía un justificativo de seguridad hacia su persona. En la rama Suiza de su familia sus bisabuelos habían sido judíos conversos. Y conversos o no, para el partido, cuyo objetivo era la pureza de la raza: Él era un impuro. Era una preocupación constante que tenía puesto porque él había mentido al ingresar al ejército falseando el nacimiento y religión de sus bisabuelos. En realidad, al asumir el Führer el gobierno su familia había ocultado y destruido celosamente toda la documentación que lo uniera a una familia de origen judío. Pero podía ocurrir, reflexionó, que un celoso SS, investigara mas concienzudamente sus orígenes… Y entonces se vería degradado a soldado raso cuando no seguir el destino que le reservaban a los judíos.

IV

A las siete de la mañana en una de los salones del ayuntamiento se reunió todo el séquito del tribunal militar de justicia. El reo ya estaba en el banquillo de los acusados. Luego que un escribiente diera lectura a los cargos que motivaban la reunión del tribunal le tocó el turno de fundamentar la acusación lo que hizo en un resumen escueto basado en el cumplimiento del código militar solicitando al final la máxima pena prescripta por los reglamentos en tiempos de guerra.

Finalizado su acusación le correspondió a la defensa rechazar los cargos. Inició el defensor su alegato haciendo hincapié en los méritos del soldado y que el incidente había sido un mal entendido entre personas que hablaban distintos idiomas negando que el soldado hubiese robado algo y que ello quedaba demostrado al no encontrarse entre sus pertenencias la prueba del delito. Por último señaló que la “familia “ acusadora pertenecía a una organización judía, enemiga del pueblo alemán, la cual ya había sido detenida por conspirar contra el Reich, y que el soldado Müller, un ario puro, argumentó, había cumplido con su deber al tratar de obtener información. Volvió a enfatizar que había una conspiración judía contra el Reich, y que esta denuncia hecha por parte del jefe la familia judía solo tenía el objetivo de resquebrajar la moral de la wehrmacht. Este hecho era la punta del iceberg de una conspiración mayor. Reiteró que la familia había sido detenida y encontrada culpable de conspiración. Concluía que la acusación no tenía fundamento por cuanto al soldado Müller no se le encontró entre sus pertenencias nada que lo involucrase con un robo. Que se trataba de judíos a los que no se les debía creer y solicitaba la inmediata libertad del acusado.

Al concluir su defensa el SS se sentó satisfecho intuyendo que éste estaba más satisfecho por la arenga que por el interés de defender al soldado.

Por unos segundos se hizo un pesado silencio. Los jueces militares se removieron inquietos en sus asientos y luego el presidente del tribunal anunció que se pasaría a un cuarto intermedio para deliberar sobre lo expuesto por la defensa y la fiscalía para finalmente dar su veredicto.

Media hora después los jueces militares volvieron al salón y en forma escueta y precisa el presidente del tribunal dio su veredicto condenando al acusado a la sentencia de muerte. El acusado, aclaró el juez, enfrentaría a un pelotón de fusilamiento en la madrugada siguiente. Mientras el juez leía el veredicto observó que el joven soldado apenas podía controlar las convulsiones de su cuerpo, a la vez que su rostro contraído contenía el llanto pronto a explotar. Su defensor imperturbable escuchó la sentencia sin prestarle atención a la angustia de su defendido.

Finalizado la lectura de la sentencia los jueces militares se retiraron, al tiempo que dos guardias tomaban de cada brazo al joven soldado y se lo llevaban al calabozo a pasar la última noche. En la puerta el prisionero no pudo contener mas su llanto y las lágrimas cubrieron su rostro. Alcanzó a oírle decir con voz entrecortada y angustiada: – Yo no robé… nada… No robe nada… Hay… una confusión…, sus palabras se perdieron al dejar la sala.

- Merecen que lo fusilen… – comentó el SS con desdén mientras guardaba sus papeles en su portafolio. – Dejarse engañar por unos judíos, – añadió despreciativo, – y llorar como una mujer no es propio de un soldado del Reich… Se merecía la pena capital; lo felicito por su trabajo como fiscal,- concluyó estrechando su la mano, luego hizo el saludo nazi con su característica energía y se dirigió hacia la salida resonando sus tacos sobre el embaldosado.

Se sentó quedándose con una desazón. La justicia militar no era lo justa que debía ser, se lamentó. Después de todo la justicia civil era igual, admitió. Ahora comprendía el símbolo de la ley y la justicia: Una mujer con una venda sobre los ojos y una balanza en su mano izquierda y una espada en su derecha. La balanza indicaba que la ley ponía en el fiel los argumentos de la acusación y en la otra los de la defensa, y la espada representaba la sentencia salomónica de tratar equitativamente a ambas partes del conflicto. Pero la justicia, cegada por una venda, contrariamente a la interpretación filosófica, significaba en realidad que no podía ver lo que se colocaba en cada fiel de la balanza, por lo que la espada de la justicia terminaba cortando a tontas y locas. Y en el presente caso las partes, que debían hacer justicia, se habían enfrentado entre cumplir el código militar y la “pureza aria” sin importarles si se hacia justicia con el reo. Se levantó y con un suspiro pesaroso, dejando de lado estos pensamientos, se dirigió hacia la salida.

En el pasillo se encontró con el general Petzel ingresando al edificio. Se cuadró de inmediato – Capitán, ya me he enterado del resultado de este juicio. Lo felicito.

Mañana después de cumplir con la sentencia queda Ud. liberado de esta comisión y puede volver a su unidad, – y continuó su camino mientras él solo atinó a decir Ia wohl, comprendiendo molesto que debía quedarse a presenciar la ejecución.

En la madrugada del día siguiente fue testigo del fusilamiento de un pobre soldado desconocido sacrificado en aras de la disciplina, mientras una familia, a su vez, había sido ejecutada en la horca por el solo delito de ser judía.