El anticuario

 

Hace aproximadamente veinte años recorría una tarde la avenida Santa Fe viendo las vidrieras de los locales que se extienden a lo largo de la elegante vía del norte. Estos exhibían, en la mayoría de las casas, adornos navideños. Buscaba, precisamente, comprar unos regalos con motivo de las fiestas cuando distraído pasé por un local de antigüedades. Me detuve curioso a observar los objetos expuestos. El nombre del local, Kunst macht gunst me llamó la atención. Recorde la divisa: citada en El Anticuario de Walter Scott. Parecía, a juzgar por lo mostrado en su vidriera, que el anticuario se especializaba en armas blancas y de fuego. Mostraba una variedad de viejos trabucos maltratados, oxidados algunos; muchos con apariencia de haber estado enterrados largo tiempo. Había pistolas y revolveres; rifles, escopetas y fusiles de distintos modelos y procedencia. Unos cuantos totalmente deteriorados por el tiempo. En un escaparate se exhibían sables, espadas, etiletes, dagas y toda clase de cuchillería.

El local estaba cerrado y a oscuras. Sin embargo, más allá de la vidrera, se percibían unos estantes donde se amontonaban cascos de guerra de distintas épocas y guerras. También insignias de ejercito o marina, o aviación; cantimploras, y otros adminículos de guerra por el estilo.

Descubrí en un rincón oscuro una espada samurai con vaina y empuñadura de marfil repujada con motivos en relive alegóricos. La takana resaltaba en la penumbra como una joya.

Luego reflexioné sobre los objetos en cuestión. Están ahora, quietos, fríos, silenciosos como la muerte. Todos se muestran con apariencia inofensiva; durmiento un dulce sueño. Objetos destinados a ornamentar una repisa, o en una panoplia. O exhibirse como falsos trofeos de algún mitónamo. Cada una de ellas podrá contar una historia de muerte. Quizá fueron testigos de la cobardía o el heroismo; otros de la maldad, el odio, la pasión… El asesinato…

Pero inertes y frías como la muerte aún están ávidas, en especial los puñales y las espadas, de ofrecer sus servicios segando una vida. Después de todo, ¿para qué fueron construidas, si no es para matar?

-Pensar que estos objetos guardan muchas historias de odios y crimenes… -oí que decían a mi espalda. Sorprendido ante éste comentario giré y me enfrenté con un hombre anciano vestido con un traje cruzado de buen corte. Usaba sombrero rancho que dejaba entreveer una cabellera cana. Lucia camisa blanca impecable y bien almidonada junto con una corbata negra. Una perla estaba prendida a su corbata. El triángulo de un fino pañuelo asomaba del bolsillo superior del saco. Completaba su atuendo un clavel en el ojal de la solapa. Sus ojos azules poseían cierto brillo de tristeza resaltando sobre su piel extremadamente blanca. Me observó con una sonrisa complice, y se llevó la mano al sombrero descubriendose a modo de saludo. Advertí en ese movimiento que los puños de su camisa lucian unos gemelos de oro.

Pensé, que este anciano pasado de moda, leía el pensamiento.

Me sentí molesto ante el intruso. Intenté una sonrisa de compromiso y encogí los hombros como dando a entender que no me interesaba su opinión. Seguido hice ademán de retirarme.

-Es extraño que mucha gente-, comentó el anciano, y me detuve a escucharlo, -coleccione estos objetos que han sido fabricados para matar… Paradojico que lo que sirve para quitar la vida del prójimo, se coleccione con devoción casi religiosa. Y esto aunque muchos disfracen el asesinato como lance de honor. O defensa personal…

-Bueno, su opinión es muy severa-, repliqué. -Si alguien está dispuesto a matarlo, es legítimo que Ud. se defienda a costa de matar a su probable asesino. ¡Es su vida o la de él!

-Es probable que en ese extremo uno deba matar a otro… -Afirmó el anciano sin perder la sonrisa. -Al menos desde su punto de vista. Pero considero que para llegar a ese extremo debe haber ocurrido algo que hizo que se provocara esa situación…

-¿Es decir que, si un delincuente además de asaltarme y violarme, decide matarme yo debo ser además el culpable de provocar esa situación?

-Sí -respondió categórico. Y antes de que pudiera responder por absurdo su afirmación agregó: -Como dije antes es interesante y fascinante conocer la historia que esconden estas armas. ¿No es cierto? -Me desubique. Pensaba que continuaría discutiendo sobre la legítima defensa, y en lugar de ello volvio sobre las armas de colección. Como si el otro tema no diera para más. -Como ser-, continuó -esa takana que se ve en ese rincón, dentro del local. Es del siglo XVII. Es una joya. Y puede tener una interesante historia de samurais ¿no?

-Y, sí… Puede ser… Debe valer una fortuna…-Atine a decir.

-Bueno, no la compre, es falsa.

-Pero-, otra vez sorprendido -¿cómo sabe que es falsa?

-Soy armero, y coleccionista de armas-, respondió sin dejar de sonreir. -Y tengo muchos años en el oficio… Muchos más que la edad que Ud. tiene. Es probable que que Ud frise los cuarenta años, ¿no?

-Sí…

-Es aún joven. Cuando Ud. nació yo ya tenía aproximadamente cincuenta años, y más de treinta de oficio de armero…

-¿Es decir que ahora Ud. tiene unos noventa años y setenta de armero…?-pregunte en un facil calculo sorprendido. -Se conserva bien para la edad que tiene. Yo creía que podía tener unos setenta y tantos años.

-Gracias. Ve ese sable, -y señaló un sable oxidado de la vidriera. En su empuñadura ostentaba grabado el escudo argentino. -Es autentico. Pero no tiene ninguna historia macabra. Es un sable de un oficial de granaderos usado entre 1920 y 1945 en desfiles y guardias en la Casa Rosada. Jamás su dueño desenvainó con causa de defensa, ni la envainó con sangre. La paradoja: El herrero forjó la hoja con arte para ser usada en la guerra, y solo fue usada en utilería.

En cambio ese fusil que está al lado, con el caño oxidado y la culata comida por las tremitas y otros insectos, tiene una historia interesante. Estuvo enterrado por espacio de ciento cincuenta años frente al cabildo de Buenos Aires. Es un fusil inglés que un soldado escoces empuñaba en el momento de ser atacado por los defensores de la ciudad. Este fusil quedó cubierto de barro despues de la escaramuza, y paso desapercibido por quienes recogieron los cadaveres y armas en ese sector. Otra lluvia y el paso de los carros lo hundieron mas en la tierra. Los años pasaron y nuevas capas de tierra se sumaron a las existente. Luego vinieron el empedrado, y mas tarde el asfalto. En ciento cincuenta años descendió mas de quince metros. Por el año de 1940, comenzaron las excavaciones para construir el subterraneo de la linea D. Y la piqueta de un obrero lo volvió a la luz. Este hombre, un italiano, no dijo nada de su descubrimiento y se lo llevó a su casa como trofeo. Al morir su hijo lo vendió.

-¿Y cómo sabe toda esa historia?

-Porque yo lo compre…

-Pero… ¿Es Ud. el dueño de este local?

-Sí, señor… -respondió al tiempo que extraía del bolsillo de su pantalón una llavero unido a una cadena de oro sujeta al cinturón. Abrió la puerta del local, al tiempo que me invitaba a pasar. Picado por la curiosidad acepté la invitación. El anciano prendió unas luces, y todos los objetos parecieron cobrar vida. Al menos eso me pareció. Luego de dejar su sombrero sobre el mostrador se acercó a la vidriera, y levantó el fusil. El dueño -, dijo mientras sujetaba el fusil con las dos manos-, se llamaba Joseph Jersey. El arma le fue entregada con todo el equipo en 1805…

-¡Eh! -lo interrumpí. -¿Cómo sabe a quién pertenecía?

-Aquí esta su nombre… -Y señaló la culata. Me acerqué, y pude comprobar que en ella había sido grabado a cuchillo por una mano inexperta el nombre y el año. Si bien el tiempo había hecho su trabajo volviendo borrosa la escritura, aún se podía leer la inscripción.

-Teniendo el nombre y el año, y el tipo de fusil, pude conseguir algunos datos interesantes proporcionados por el Seventy first Regiment, en Inglaterra.

-¿Al regimiento setenta y uno? ¿Es el de la primera invasión inglesa?

-Así es. Estando en Inglaterra pude acceder a los archivos de la época. Estos me confirmaron que el joven Jersey se incorporó con dieciocho años y estuvo en Buenos Aires. Y encontré algo más. Tuve acceso a unos archivos del regimiento, que estan en un museo. En él se guardan una colección de cartas, notas y diarios de soldados, muchas donadas por parientes, y otras que quedaron, por distintas razones, en el regimiento. Por curiosidad investigué en los archivos de la época. Más precisamente en los años de las invasiones inglesas: 1806 y 1807. Lo primero que encontré fue un diario del teniente coronel Lancelot Holland.[1]

-¿Lancelot? Como el caballero que le robó la dama al Rey Arturo-. Interrumpí haciendome el gracioso. El anciano me estudió unos segundos antes de responder.

-…And so at that time sir Lancelot had the greatest name of one knight of the world[2]-, recitó pensativo.

-Lo siento-, volví a interrumpir, -pero no entiendo mucho el inglés…

-No importa. Disculpeme, me desvié de la historia. Como le decía. Éste teniente coronel vino con la segunda invación inglesa. En 1807. Hace una descripción de la ciudad de Buenos Aires, la forma en que comabatieron y cómo fue tomado prisionero. Animado por lo que había descubierto intensifiqué mi busqueda.

Entonces encontré una correspondencia del teniente Malcom Roberts. Se trata de unas seis hojas escrita en seis oportunidades en el lapso de varios meses del año 1806. En su correspondencia no hace mención del soldado Joseph Jersey. Sin embargo lo que relata me permitió reconstruir por asociación, a grandes rasgos, un capítulo de la existencia del dueño de este fusil.

-Es decir, por analogía.

-Sí

-Pero ¿Ud. tuvo en cuenta que el que escribió esas cartas era un oficial de su majestad? Estos, por lo general, pertenecían a la nobleza y poseían privilegios que un simple soldado ni soñaba. Por lo tanto la descripción del lugar y las visicitudes de este teniente serán diametralmente diferente a las del soldado. Éste carecería de la minima educación, y por añadidura un joven sin experiencia. No sé, me parece a mi que debía ser así.

-Muy buena deducción. Así es. Y he tenído en cuenta ese detalle, que no es nimio. Continuo. El soldado Jersey se incorpora al regimiento setenta y uno de la reina escapando, supongo, de la miseria y el hambre de su ciudad natal Durness, Escocia. No bien se incorporó tuvo su primer destino en el Cabo de Buena Esperanza. En ese destino, a juzgar por una de las cartas del teniente la vida del soldado debía ser muy aburrida. Solo guardias y algunas tareas rutinarias del ejercito.

Poco tiempo después, se rompe la rutina, y es embarcado junto con todo el regimiento con destino desconocido. Antes hicieron una parada en una isla ignorada por Jersey llamada Santa Elena. Finalmente continuaron viaje. La navegación fue una tortura para los soldados no acostumbrados a los viajes por mar.

-Me lo imagino -apunté. -No hacían un viaje en un crucero turistico. Además, en esa época, los viajes por mar no tenía nada de lo romántico que pintan las películas de Hollywood. Ratas, piojos, comida agusanada. No había baños. Durmiendo hacinados en una bodega axficiante, con olores nauseabundos. El aseo debía ser un lujo para un soldado. Aunque no creo que tuvieran conciencia higienica…

-No crea, fijese que en el diario de Holland, anota su preocupación por su higienización. Y critica a los lugareños con el adjetivo de sucios.

-Es posible. Pero no se olvide, como ya se lo mencioné, que él era un oficial. Probablemente con más cultura y preparación que los soldados que, le reitero, como la mayoría, no debían saber leer ni escribir. Propio de la época.

-Es cierto. La cuestión que finalmente el barco llegó a estas costas. Claro, él no sabía donde había llegado, salvo que, por rumores, había oido que pronto desembarcarian con la intención de tomar un fuerte en manos de los españoles.

El desembarco se produjo una mañana cargada de neblina…

-En Quilmes.

-Sí. Pero el soldado Jersey no sabía el nombre. Y el paisaje, como lo expresa el teniente en otra carta, les pareció a todo el regimiento un paramo. Que la expesa niebla debió hacer mas desolador.

Pronto emprendieron la marcha bajo una fina lluvia. La marcha se les hizo tediosa. Avanzaban por un paisaje de extensión dilatada de pasto, como si fuese un mar. Descubrir un árbol en el trayecto era lo único que los distraía en ese paisaje monotono. A mitad de camino se cruzaron con un grupo que parecían soldados españoles. Pero huyeron, y no les fue necesario disparar un solo tiro.

Finalmente llegaron sin haberse cruzado con nadie mas hasta los primeros caserios hechos de barro y techo de paja. Los primeros pobladores que se asomaron a su llegada eran tan sucios y miserables como los de su pueblo natal. Jersey debe haber notado curioso que lo único que los diferenciaba era su aspecto moreno, y sus chozas de barro y no de piedra como en Escocia. Por las calles de tierra y en algunos terrenos se diseminaban restos de vacas descuereadas. Perros cimarrones se estaban haciendo un festin con una de ellas. Un olor putrefacto llenaba el aire, descomponiendo a la mayoría del regimiento. Parecía que los pobladores de la periferia estaban acostumbrados al olor y no lo sentían. Acamparon en un lugar que ni siquiera sabían el nombre, pero a juzgar por lo que habían visto paracía un matadero de animales.

Poco después entraron en el fuerte. Recién entonces Jersey se enteró que la aldea y el fuerte se llamaban Buenos Aires.

El teniente Roberts escribe que entre la lluvia, el frio, el barro y los olores a podredumbre a los soldados les pareció que el nombre correcto del fuerte debería haber sido Bad Air.

-Y Ud. deduce que el soldado Jersey debió haber pensado lo mismo.

-Correcto…

-Pero no se olvide que este muchacho vivía en la miseria. No es de extrañar que el paisaje de la aldea le fuese indiferente dado que su aldea debía ser tan miserable como ésta. Por lo que los oleres de podredumbre también existirian.

-Dificilmente en Escocia se desollaría un animal para procurarse solo el cuero dejando el resto de la carne a los perros… No se olvide que en Buenos Aires se mataba ganado por el cuero, y el resto quedaba a la podredumbre.

Pero volvamos a nuestro soldado Jersey. Después de la rendición del fuerte de Buenos Aires, el regimiento pasó a la rutina. Guardias, limpieza de la cuadra, limpieza del fusil… Y haciendo ocio.

Los lugareños eran amables y, aparentemente, nada hacia presagiar una rebelión. Cuando llegó, los tomó de sorpresa. El joven Joseph, que debía estar descansando en el catre con sus otros camaradas, debió salir corriendo a tomar una posición. Que de seguro le señaló el teniente Roberts. Fue obligado a salir fuera del fuerte para reprimir la sublevación. Cuando llegó a lo que es hoy Diagonal Norte y Defensa una bala enemiga, es decir patriota, le cegó la vida. Final de la historia-. Concluyó volviendose de espalda y dejando el fusil nuevamente en la vidriera.

-¿Cómo supo que murió en combate? -Quise saber al tiempo que se daba vuelta y me miraba.

-Es una suposición. En los archivos en Inglaterra no hay constancia de lo que le ocurrió. Pero ningún soldado deja abandonado su fusil, si no es por muerte-. No me convenció su argumento, y estaba por replicarle cuando me mostró una daga.

-Fijece en esta daga-, comentó jugando con ella en sus manos. -Es de factura toledana del siglo XVIII. Obsérvela.

Tomé en mis manos la daga que me extendía. La empuñadura de madera con incrustaciones  en oro y una filigrana. Dentro de un rombo figuraban dos letras, A y T, que supuse serían las iniciales de un nombre. La hoja cubierta por una vaina de plata. La desenvainé a medias y descubrí que la hoja, de dos filos, tenía grabada una inscripción. La extraje de su vaina para leer la inscripción:. Instintivamente di vuelta la hoja y me encontré con otra inscripción:. Miré al anciano pidiendo una explicación.

-Un bel fuggir tutta la vita scampa- recitó.

-Lo siento pero no entiendo latin. Supongo que es latin, ¿no?

-Sí, es latin. Significa que: Una bella huida libra toda la vida-. Aclaró. Por unos segundos quedé meditando sobre el lema.

-Si no me equivoco debo interpretar que es mejor huir sin pelear, que pelear y morir…

-Algo parecido. Es de Lope de Vega, citado en su obra Gatomarquia. En realidad Lope de Vega ironiza un refran italiano que dice: Un bel morir tutta la vida onora. Es decir: Una bella muerte honra de por vida-. Le devolví la daga.

-Las letras AT debe ser el nombre del dueño-, señalé.

-Sí -. Afirmó al tiempo que volvía a colocar la daga en su lugar. -Un italiano. Se llamaba Antonino di Taranto, conde de Cortina-. Comentó. -La daga es un regalo de una amante española-, continuó revelando. -La historia es así: El conde estaba casado, pero no era feliz. Su matrimonio había sido arreglado, como se estilaba en aquellos tiempos por conveniencia social con una dama de su mismo rango, y edad. A la edad de quince años. Realmente el conde era un infeliz. Su mujer poseía un carácter agrio, histerica e hipocondriaca.

Para alejarse de ella, por no decir huir, acepto a los veintidos años unirse al sequito del embajador italiano ante la corte española. En una fiesta en el palacio del rey de España conoció a la española que sería su amante. Ella, una marquesa, ya tenía treinta años, y según parece, bien llevados. Además una mujer de mundo. Había sido obligada a casarse con un viejo decrepito, aparentemente impotente, y dedicado a la bebida. Los elementos necesarios como para que una mujer bella y de temperamento fogoso, tuviera varios amantes. El flechazo entre ambos fue instantaneo Tanto como para que ella dejara a sus amantes por este joven de pasión arrebatadora. Él aportaba la excitación de la juventud, y ella su experiencia de alcoba. La mujer necesitada de un joven que le llevara el ritmo en el tálamo, y el joven asombrado de todo lo que descubria y aprendía de la diosa Afrodita. Una mezcla de pasión explosiva que en los corrillos de la corte se comentaba casi a diario.

A tres meses del encuentro la pasión, no quisiera llamarla amor, no había disminuido, y el joven cumplía veintitres años. La mujer no encontró mejor idea que mandar hacer una daga, con el mejor acero de toledano. Ignoro por qué agregó esa inscripción irónica.

Pero al decir de Don Quijote: Mas fuerza tiene el tiempo para deshacer y mudar las cosas, que las humanas voluntades.[3]. La cuestión que, con el tiempo, los amantes comenzaron a perder la discreción. Con mas frecuencia de la tolerada se hacían ver juntos con gestos más allá de los permitidos por la moral de la época. La corte española, cuya rigidez es proverbial no vio con buenos ojos, lo que toleraba en ámbitos reservados. A esto debemos agregar que el protocolo español es aún más rigido. Cuestión que lo que no escandalizaba a puertas cerradas, y que era practica común, movia a escándalo a la luz del día.

El marido, siempre el último en enterarse, fue puesto en autos. Y el joven conde, antes de que se convirtiera en una cuestión diplomática, fue puesto en una diligencia a su país.

-¿Y la daga cómo llego a sus manos? -pregunté sospechando que estaba inventando esta historia.

-Aún no he llegado a eso…

-¿Y entonces como sigue? -respondí curioso en oir cómo intentaría cerrar la historia.

-El conde, no bien llegó a Italia, le escribió a la marquesa jurandolé amor eterno, y que prontó estaría a su lado. Se desesperó al no recibir respuesta. Escribió otra vez, con el mismo resultado. Envió entonces un emisario, y éste volvió con una historia que lo dejó frío.

La marquesa, no lo quiso recibir al emisario. No obstante éste antes de regresar quiso averiguar sobre la dama. Entonces se enteró que, días después de haberse ido su amante, su esposo falleció dejandole una fortuna inmensa. Y la mujer que había tenido una pasión desbordante con él, rapidamente encontró un sustituto.

Es entonces que el conde, desesperado escribe su última carta narrando su desventura, y con la misma daga se quita la vida.

-Todo un novelón -comenté sarcástico, puesto que ya no le creía la historia. -Pero no me dice cómo llega a sus manos la daga.

-La esposa del conde -, continua el anciano -guarda la daga y la carta como un trofeo oprobioso en un pequeño cofre de joyas. Este cofre, pasa de generación en generación. En la quinta generación, ya han pasado unos cien años, el hijo bastardo del último conde quiere emigrar a America. Pero no tiene dinero. No se le ocurre mejor idea que pedirle a su padre el dinero del pasaje. Éste, que no quiere reconocer a su hijo, se lo niega., El muchacho entonces, ayudado por el ama de llaves, que es su madre, por la medianoche se introduce en el palazzo. Su madre le indica el escondrijo donde el conde guarda las monedas de oro. Para su sorpresa descubre el famoso cofre y, sin dudar y sin saber su contenido, se lo lleva.

Antes de embarcarse decide ver qué hay en el cofre. No tiene llave, pero violenta la cerradura. Como era de esperar dentro encuentra la daga y la carta. No sabe leer, pero intuye que guarda un gran secreto de su progenitor. La guardará aún con mayor celo con la esperanza que le sirva como garantía de su libertad en caso de que sea detenido.

Por suerte para él esto no ocurre, y finalmente desembarca en Montevideo en 1909. Fue a parar a una pensión donde un ratero, en un momento de descuido le roba el cofre. Al revisar el contenido se desilusiona, puesto que había pensado había dinero dentro, decide quedarse con la daga. Abandona el cofre y la carta. A lo primero, el hijo bastardo del último conde se desespera. Pero ya en América, admite que los objetos ya no le sirven de nada, y no se preocupa más de ello.  Pero guada la carta.

En tanto el ratero, se dedica al contrabando entre ambas bandas del Río de la Plata. Luce la daga en la faja y se enorgullece de ser su “propietario”. Años después, una partida de la policía lo detiene. La daga queda en manos del comisario, y éste la coloca como trofeo en la pared de su escritorio. Mitómano, a todos contaba que esa daga había pertenecido a un peligroso delincuente que él enfrentó y venció a mano limpia.

Tanto creyó esta historia que jamás reconoció que el “dueño” era un simple contrabandista.

Al morir en 1945, igual que ocurrió con el fusil inglés, sus familiares me la vendieron.

Sucedió que, por eses cosas del destino, revolviendo en un negocio de anticuario de San Telmo, descubrí la carta. Asociar esa daga con la carta me fue facil.

Y como diría Becquer. O parafraseando al poeta: La daga se encuentra, dormida y olvidada en un rincón a la espera de que alguien la empuñe y la use.

Me quedé perplejo con la historia del vejete, y con aire divertido señale hacia la vidriera. -Y ese revolver, qué historia tiene?

No me respondió. En ese momento entró un cliente, que parecía un turista. Le habló en alemán. El anciano, que parecía que hablaba varios idiomas, se concentro en la conversación con el cliente.

Entendiendo que estaba demás lo saludé, y él respondió mi saludo con una media sonrisa, y continuó conversando con el germano.

Ya en la calle me pregunté si lo que había oído era producto de una imaginación prodigiosa, o real.

Pasaron unos años de aquel encuentro cuando caminando por la avenida Santa Fe recordé al anticuario. Curioso me acerqué al negocio. Para mi sorpresa el local ahora estaba ocupado por ropa de mujer. Pregunté sobre el anticuario, pero la joven que me atendió pareció no entender. Ese negocio de ropa hacía años que estaba ahí. La propietaria, me informó, poseía el local desde hacía muchos años. No supo precisar cuantos.

Como dije al principio de la narración ya han pasado unas dos décadas y aún sigo pensando si lo que viví fue producto de mi imaginación o real.


[1] El diario La Nación, ya se había anticipado transcribiendo el mecionado diario en la edición del 2 de julio de 1937. Seguramente el anticuario ignoraba esta edición. O simuló ignorarla.

[2] “The Acts of King Arthur and his Noble Knigth from the Winchester Mss. of Thomas Malory and Other Soucers” Autor: John Steinbeck

[3] Cervantes/Don Quijote/ Cap. XLIV; 1° parte.

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