La tía

El cuento es una masa de verdad y sueños.
Pero al igual que la harina, el agua y la sal
una vez amasado no vuelven a separarse.

Fragmento

En el verano de 1961, tenía diecinueve años, Pedro me pidió que lo acompañara a un baile de estudiantes de fin de curso en Ramos Mejía. Había conocido una chica y estaba ansioso de encontrarse con ella.

El salón de baile se había organizado en el gimnasio del colegio. Y no bien ingresamos, Pedro logró ubicar a su compañera, y después de las presentaciones quedé solo mientras mi amigo ya estaba bailando. Me coloqué en un rincón pasando la mirada distraído por todo el lugar lleno de chicas y muchachos bailando. Advertí en una mesa a mi izquierda a una mujer de unos treinta años compartiendo una mesa con dos jóvenes de mi edad. Decidido me acerqué a la mesa e invité a bailar a una de las jóvenes. Esta no se hizo rogar.

Mientras bailabamos noté que tenía un carácter alegre y una conversación entretenida. Se llamaba Sara. Al finalizar el disco se hizo un intermedio e imitando a las demás parejas la acompañé hasta su mesa junto a sus compañeras. La más grande me invitó a que me sentara con ella y Sara insistió. No me hice rogar. Vinieron entonces las presentaciones. La más joven se llamaba Carmen y la más grande, que me pareció las acompañaba como “custodia” de la castidad de las chicas se presentó como Lucía, tía de Carmen. Advertí que ambas tenían un parecido físico, pero no de carácter. La tía,  parecía desinhibida. En tanto su sobrina poseía un aire retraído; ojos marrones esquivos y cabellera cortada a lo varón. Comenzamos con una conversación de circunstancia.

Volvió a sonar la música y la tía, antes de que Sara tuviese iniciativa, sugirió que bailase con su sobrina. Esta, timida, dijo que no, pero ante la insistencia de de su tía aceptó.  La música era de ritmo lento, con los Cinco Latinos. Mientras bailabamos comecé a sentir cierta atracción por ella. Poseía unas facciones dulces y una mirada timida. Había algo en ella que me atraía. La cuestión que a partir de ese momento estuvimos bailando varios longplay. En un intervalo decidimos volver a sentarnos y diez o quince minutos despues, para no quedar mal con Sara volví a bailar con ella. Y  así, alternando con Carmen y Sara bailamos hasta que la dirección del colegio dio por terminada la fiesta. En el interín ya habíamos acordado con Carmen encontranos al día siguiente, domingo, a la tarde en la plaza frente a la estación Ramos Mejia. Y antes de que nos despidieramos, ambas jovenes se dirigieron al toilette quedando solo con la tía. –Me alegra que hayas decidido invitar a salir mañana a mi sobrina-, señaló la tía con una sonrisa. Asentí comprendiendo que en algun momento que bailaba con Sara tía y sobrina cuchichearon. -¿A que hora se citaron? –Quiso saber la tía. Respondí a las cinco. -¿Dónde vives?- Contesté en el barrio de Congreso. –Que bien –dijo despues de unos segundo de meditación. –Entonces me gustaríamos que nos veamos a las ocho- Quedé sin saber que decir. Ella aprovechó para agregar. –Necesito hablarte de Carmen, y acá no puedo. Eso si te interesa relacionarte seriamente con mi sobrina-. Respondí entre molesto y nada seguro, que sí, que me interesaba. Y pregunté donde nos veriamos. –Carmen tiene que estar en la casa a las siete. Los padres son muy estrictos. Así que a las ocho me parece bien. ¿Conoces la confitería Las Delicias?  ¿No? Es en Medrano y Rivadavia – precisó.

Para la tarde del domingo, a las cinco en punto, estaba como soldado firme en la estación Ramos Mejia. Llegó puntual, y después de los saludos nos sentamos en un banco de la plaza donde conversamos un tiempo. Mas tarde la invité a tomar un café en una confitería cerca de la plaza donde continuamos nuestra charlas de “bueyes perdidos”. A las seis y media Carmen dijo que tenía que irse porque los padres la estaban esperando. Nos despedimos con un beso ingenuo en la mejilla y acordamos que me llamaría en la semana para volver a encontrarnos.

Mientra regresaba en tren para encontrarme con la tía intentaba intrigado saber qué me diría. Todo parecía que Carmen era un chica normal, al menos así lo parecía. Quizá se olcultaba en ella una personalidad esquizofrenica, y la tía tratara de mitigar la reacción que podría producir en mi. En fin ya vería de que se trataba. En tanto el calor se hacia sentir sofocante.

Llegué a la confitería pasadas las ocho. Ella me estaba esperando en un rincón apartado del salón. Me acerqué y nos saludamos intercambiando besos en la mejilla. Seguido me senté. Hablamos sobre el sofocante calor y otras trivialidades cuando se acercó el mozo preguntando lo que me serviría. Opté por una gaseosa. El mozo se retiró y ella me preguntó cómo me había ido con Carmen. Respondí que bien. Asintió ella y señaló que su sobrina era una chica sensible. Y me advirtió que no la debía herir. Y que si no tenía fines serios era mejor que no la viera más. Y agregó todo aquello que le dice una madre al novio de su hija. ¡Y para decirme esto me citó! Pensé con cierta bronca. Continuó luego preguntando sobre mis gustos, aspiraciones; mi futuro. Hizo otras preguntas másy dijo que tenía que irse.

Salimos a la calle y nos recibió un aire caliente y sofocante. Si bien dentro de la confitería hacia calor (por aquella época no existian los aires acondicionados en esos lugares) fuera parecía el infierno. –Espera… -advirtió la tía con voz sofocante al tiempo que se sujetaba de mi brazo. Sorprendido noté que la piel de su rostro estaba blanca. –Sufro de baja presión -, aclaró con signo de costarle mantenerse en pie. Me asusté. –Esta humedad elevada no la soporto. Para colmo olvidé mis pastillas en mi casa-, dijo con esfuerzo rebuscando en su cartera. -¿Puedes acompañarme hasta mi departamento? Tengo miedo de tropezar… Vivo acá, a media cuadra… -señaló con pesadez. Dije que sí, que no se preocupara. Cruzamos Medrano y lentamente caminamos por Rivadavia. Unos treinta metros más adelante se detuvo ante una puerta. – Es aquí…

Buscó la llave en su cartera y un llavero relució en su mano antes de caer al suelo. Presto recogí el llavero, y luego de que ella me indicara cual llave introducir en la cerradura, abrí la puerta de entrada. Seguido subimos al ascensor hasta el quinto piso. Y esta vez ella abrió la puerta de su departamento. –En el baño tengo las pastillas…-dijo mientras entrabamos y señaló un sillón para que me sentara al tiempo que cerraba la puerta de entrada y se dirigía, supuse, al baño.

Esperé sentado en el borde del sillón con la sensación de estar confundido. Con los ojos puestos en la puerta del baño oí el sonido del agua de una canilla. Desvié la vista y me distraje unos segundos observando a mi alrededor. En la entrada, un diminuto pasillo conectaba con una pequeña cocina que ya había visto fugazmente el ingresar. Y a mi izquierda una ventana daba a un hueco de luz. A mi derecha un tabique de maderadividía el monoambiente en dos. Había pocos muebles, una mesa con sillas, el sillón en que me encontraba sentado, una especie de bargueño; un Winco, y una colección de longplays. Se notaba austeridad y buen gusto.

Minutos después salió del baño con aire más animado. Supuse que la pastilla le había levantado el ánimo. – ¡Uf! ¡Qué calor! –exclamó apantallándose con una mano. –Ponte cómodo, sácate el saco y la corbata-, sugirió. Al mismo tiempo abrió la ventana y se dirigió al otro lado del tabique. –Vení Pasá a este lado que está más fresco… -sugirió. La seguí sintiendo que continuaba confuso. Mientras abría un ventanal observé contra una de las paredes un diván que supuse se convertiría en cama. Sobre la pared del diván lucia un poster de Nureyev y Fonteyn en la clásica pose del “Paraíso Perdido” que dio la vuelta al mundo.

Insistió Lucia, ya debo llamarla así, que me sacara el saco y la corbata y respondí que no era necesario porque ya me iba. Que si se sentía bien no era necesario que me quedara. –Bueno, pero antes toma un vaso de agua con limón-, ofreció. Y antes que respondiera se dirigió a la cocina. –Siéntate, acá está mas fresco…-dijo señalando el diván. No obstante el ofrecimiento me mantuve de pie mirando hacia el ventanal.Continuaba confuso y no sabía el por qué. Me acerqué al ventanal y miré hacia abajo. Unas plantas ocupaban el piso bajo.

Volvió Lucia con el vaso que agradecí. Mientras bebía observé a Lucia que se había sentado en el diván. Vestía una blusa blanca similar a la que vi lucir a Ava Gadner en una película. Un cabello negro y unos ojos brillantes que me miraban divertidos. Sentí ante ella cierta excitación que sumó a la confusión que ya llevaba. Noté que se había descalzado y la blusa colgaba fuera de la pollera. Verdaderamente estaba sexi, y yo me estaba poniendo más nervioso.

Terminé de beber y ella estiró la mano y tomó mi vaso que puso sobre una mesita al lado del diván. Insistió que me sentara. Accedí, ubicándome al borde del diván. Luego ella tomó mi mano diciendo que su corazón latía normal y que lo comprobara llevando  la palma de mi mano  a su pecho. Al posar la mano sobre su pecho me desorienté y excite más. Aún más cuando ella sin soltarme pasó mi mano por debajo de la blusa. ¡No tenía corpiño, y mi mano se apoyaba sobre el duro pezón! Sus ojos brillantes parecían decir -¡que esperas!

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