Nacemos para morir…

He oído decir que nacemos para morir. Y que la muerte es apenas una frontera delgada que se cruza en una fracción de segundos, y sin regreso[1].

Pero entre ambos extremos, la vida y la muerte, hay un camino que parece muy largo cuando se comienza, y advierte que es muy corto cuando finaliza. Es un viaje que debemos recorrer para llegar a nuestro fin. Desde luego nadie tiene apuro en recorrerlo.

Es un viaje interior y exterior. El interior es más arduo. Nuestro viaje puede ser una simple caminata con anteojeras, lo mismo con una venda, también a la manera del siglo XXI con auriculares prendido a nuestro Smartphone. O podemos hacerlo con los sentidos abiertos a lo que nos rodea. En este estado el camino exterior atrapará todo lo que nos rodea y que nuestra senda interior analizará y guardará en el archivo de nuestra memoria para ser usado en todo momento a lo largo de nuestro viaje. Cuanto más rica sean nuestras vivencias a lo largo del recorrido, más rico y placentero será nuestro viaje. Más aprendemos, menos errores cometemos durante el recorrido. Unas frases inscriptas en el portal de una iglesia de Baltimore nos guiará en el viaje: Anda plácidamente entre el ruido/ y la prisa, y recuerda que paz puede haber en el silencio… /y mantén en la ruidosa confusión paz con tu alma…[2]

Al final del viaje quizás nos preguntemos: ¿De qué ha servido este viaje si hemos venido al mundo desnudos y lo dejamos de igual modo? No lo sé. Pero así como los filosofos dicen que la materia no perece sino que se transforma en millones de átomos que forman una nueva materia. Así nuestra experiencia del viaje enriquecerá a los que vienen detrás.

Y para cerrar permítanme señalar que un loco que llamaban socarronamente El caballero de la Triste Figura en el siglo XVII hizo tres viajes por Extremadura y cuyos ecos aún se oyen en nuestro tiempo. Decía el escudero del hidalgo de cabeza en las nubes que en el viaje es como el juego de ajedrez, mientras dura el juego cada pieza tiene su particular desplazamiento. Pero que acabando el juego todas las piezas se mezclan y se guardan en una bolsa, que es como dar con la vida en la sepultura.[3]

 

[1] Selena Miller, citado en Cervantes siglo XXI, La Nación, 23/05/2015

[2] Max Ehrmann; iglesia de Saint Paul, Baltimore, U.S.A.

[3] Don Quijote de la Mancha, segunda parte, cap. XII

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