LA CASA DEL TIGRE

Siguiendo una rutina que llevaba aproximadamente un cuarto de siglo, a las nueve de la mañana, Ismael Isaura hacía un alto para desayunar en la espaciosa cocina, mientras leía el periódico del día anterior y, por último, revisaba la correspondencia que le llegaba de Buenos Aires con una semana de retraso, y a veces más tiempo. La mañana estaba fría, (el termómetro marcaba 3 grados bajo cero), y al entrar a la cocina sintió el agradable calor del horno caldeando el ambiente. Se sentó en la larga mesa (que a la hora del almuerzo ocupaban una docena de peones) y tomó el diario. La primera plana de La Prensa anunciaba la muerte de Perón, y la nota necrológica, seguramente diferente al resto de los demás diarios, no se lamentaba por la muerte del ex tirano prófugo. Después de una lectura rápida tampoco él se lamentaba por la muerte del general. Dejó el diario a un costado y se dispuso a leer la correspondencia.

Dos cartas le sorprendieron: Una tenía una estampilla con el perfil de Franco, indicando su procedencia española; la otra una estampilla francesa. El remitente de la primera decía Martín Guerra y no tenía domicilio, solo se citaba la ciudad y el país: Alicante, España. La segunda era de su amigo Pierre Richelet, causándole menos sorpresa, aunque extrañeza, ya que hacia tiempo que habían dejado de escribirse. Reprimiendo la ansiedad de leer en primer lugar la carta de su antiguo amigo rasgó con cierta curiosidad el sobre proveniente de España, preguntándose mientras desdoblaba la hoja que venia dentro quién sería el tal Martín Guerra.

Comenzó a leer y su rostro adquirió cierta palidez mientras que sus ojos se agrandaban no dando crédito a lo que estaba leyendo y una confusión de recuerdos vino a su memoria. Al finalizar su lectura advirtió que la mano que sostenía la hoja temblaba ligeramente, y la tiró sobre la mesa como si fuese un papel ardiendo. Respiró hondo tratando de serenarse y poner orden en sus caóticos pensamientos. Admitió que la lectura de esa carta lo había perturbado. Luego, adivinando lo qué diría su amigo, rasgó el otro sobre. La carta, escrita en francés con letra minúscula y apretada, estaba fechada un mes atrás como la de España, pero con tres días de diferencia. Comenzaba pidiendo perdón por los años en que había dejado de escribirle y después de preguntar formal por su familia deseando que estuviese bien y preguntando también por su inveterada soltería entraba de lleno en el motivo que lo llevaba a escribir.

Concluyó la lectura de la última carta, excitado y sin ánimo de continuar revisando el resto de la correspondencia, quedando pensativo.

En ese instante lo distrajo el silbato estridente de la locomotora diesel cruzando su campo hacia la estación del pueblo, distante cinco leguas de la estancia. Miró, entonces  la hora en el viejo reloj de péndulo de la cocina, macizo mueble de pie que a un costado de la puerta parecía custodiar la entrada que daba al patio interior. Eran las 9 y media de la mañana. Sonrió. El tren que estaba llegando al pueblo era el de las 5 y 57, es decir, que llegaría a la estación con casi tres horas de retraso. – Ya los ferrocarriles no eran como los de antes, cuando la puntualidad era una norma, – exclamó por lo bajo. Aún recordaba cuando niño oír al mediodía el silbato del tren lechero y su padre murmurar:

– Son las doce y siete, – y ajustar  la hora de su reloj de bolsillo a la del tren. – Luego vino Perón, – murmuró mirando la postrera foto del general en el diario, y con una mezcla de ignorancia, soberbia, chauvinismo, demagogia y oportunismo de sus seguidores, – los ferrocarriles fueron argentinos. Ya lo eran de hecho, -reflexionó,- a pesar de que los administraban los ingleses, pero la política demagógica debía tener un enemigo solapado: el odiado imperialismo. Como si ellos pudieran llevar a su casa en Inglaterra las vías, los durmientes, las máquinas y las estaciones. Después, como eran argentinos y del pueblo, la irresponsabilidad y la falta de idoneidad los administró. Total, ahora eran nuestros, concluyó.

Volvió a sonreír decepcionado e impotente ante lo que consideraba una tamaña estupidez del pueblo que volvía a traer al general de nuevo para que éste se riera de ellos otra vez y los dejara peor que antes. -¿Donde diablos escuché decir que la voz del pueblo es la voz de Dios…? – exclamó en voz alta.

Suspiró pensando que de nada valía hacerse mala sangre -Volvamos a la realidad… -reflexionó, aunque la realidad que tenía frente a él le pareció surrealista- y observando ambas cartas sintió que los recuerdos olvidados en el laberíntico archivo de su memoria se desempolvaban y lentamente se volvieron a ordenar. Curiosa coincidencia, se dijo; esta historia comenzó y concluía en el mismo lugar en que estaba sentado ahora, en una fría mañana de julio, con el silbato de un tren, y una carta.

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